—113→
José ya tenía ocho años y sus hermanitas Victoria y María siete y cinco respectivamente.
Nunca habían necesitado demás solícitos cuidados, y sin embargo, jamás se vieron más abandonados de sus padres.
A Dorotea le faltaba tiempo para dedicarlo a su amor, y Dagiore parece que había cobrado verdadera aversión a su hogar.
En poder de manos extrañas la mayor parte del día, siempre que podían escapaban a la calle y en pandilla con otros muchachos del barrio se entregaban a juegos naturales de la infancia.
En esta época de la vida, en que la curiosidad y la observación se expanden de una manera tan franca, es cuando más vigilancia necesitan los niños.
Pero la generalidad de los padres, sin ningún tino ni previsión, los abandonan a todos los espectáculos y hablan delante de ellos sobre tópicos escabrosos, creyendo de buena fe, la más de las veces, que los niños, por la poca edad que cuentan, están exentos de las dolorosas ulterioridades que traen en pos de si los ejemplos perniciosos.
Blanda cera, sus cerebros copian y reflejan, como la máquina fotográfica, las escenas de la vida que se desarrollan ante su vista.
Los hijos de Dorotea, en sus juegos de la calle, —114→ aprendieron, como es natural, infinidad de picardías que los iniciaba en los misterios de vicios repugnantes.
Desgraciadamente, la mayoría de la población es proletaria o poco más: vive en casas pequeñas, en sus negocios o en cuartos reducidos: de aquí que las criaturas salgan a la calle, que vivan y se eduquen en ella: la disciplina de la familia, que se observa en sociedades constituidas, no existe, y los niños crecen huérfanos de las ideas del hogar; irrespetuosos y sin freno que alcance a dominarlos. Más tarde estos elementos se incorporan a la sociedad para perturbarla y pesar desastrosamente en las cuestiones políticas...
José iba ya a la escuela.
Aprendió bien pronto a leer y escribir, pero luego los progresos de su instrucción anduvieron con bastante lentitud.
Su inteligencia presentaba grandes disposiciones para la síntesis: rozaba apenas los detalles e iba de pronto al fin.
Especialmente en aquellas cuestiones que requieren preparación y experiencia él se adelantaba tratando de resolverlas como un nuevo Alejandro.
El medio social en que crecía lo había envuelto por completo.
No era él: distaba mucho, por lo tanto, de ser una personalidad original que se desarrolla: era nada más que un reflejo de su época, trasunto fiel de las preocupaciones reinantes; fielmente vaciado en el molde de usos y costumbres que tenían corriente propia y poderosa, y cuya influencia sólo podría contrarrestar un verdadero carácter.
La madre, apurada a causa de sus travesuras, y —115→ habiendo tenido noticias por el maestro, de que era un faltador insigne a la escuela, resolvió ponerlo en la tienda de sus padres.
Pero ya sólo podría salvarlo una inteligencia previsora y enérgica, que se encargara con paciente y solícito cuidado de dirigirle, tratando de rectificar el temprano extravío de sus aspiraciones sociales.
Así, a su edad, sirvió sólo de estorbo en el negocio de sus abuelos.
Aquella atmósfera de rutina lo enloquecía. Quería aire, luz, escenas imprevistas. Lo decía a gritos en su locuacidad enfermiza. Él no había nacido para tendero y no quería estar detrás de un mostrador.
Los abuelos dijeron que era incorregible y que no les era posible tenerlo por más tiempo.
Les faltaba al respeto a menudo y nunca obedecía las órdenes que le daban.
Hacía y deshacía a su antojo. Si a veces por casualidad quedaba sólo un momento, se ponía a cambiar los efectos de los estantes, arguyendo luego con un acopio enojoso de razones que la innovación que hacía era necesaria, porque saltaba a la vista de la manera estúpida que estaban todas las cosas en la tienda.
Cualquier idea que se le ocurría, buena o mala, le parecía la concepción más oportuna y sabia, y cuando se la motejaban por disparatada, decía que sus abuelos eran unos testarudos y que no la practicaban por no dar su brazo a torcer y confesar que un niño sabía más que ellos.
Todos estos episodios de muchacho voluntarioso y mal criado hicieron creer a Dorotea que su hijo estaba llamado a grandes destinos.
Volvió a llevarlo a su casa y lo puso en la Universidad, —116→ donde se matriculó en primer año de estudios preparatorios.
Desde este momento José inauguró una vida bastante independiente.
Sus estudios le servían de pretexto para todas sus picardías.
Cuando precisaba dinero iba a la madre con el cuento de que necesitaba comprar tal o cual texto de enseñanza.
Si quería pasear alguna noche, decía que tenía que concurrir a una lección nocturna.
Sin embargo, su instrucción no hacía casi ningún progreso: a los tres o cuatro años de vida estudiantil no tenía asimilado ningún conocimiento sólido ni había conseguido dominar ninguna materia: llegó hasta el cuarto año, habiendo sido reprobado en algunos cursos.
Entre las asignaturas en que fue aprobado se contaban las matemáticas y la filosofía. Sin embargo, antes y después del examen no sabía resolver el problema más sencillo de aritmética. En cuanto a filosofía era otra cosa. Le tocó la bolilla que respondía en el programa a las pruebas de la existencia de un Dios. Repitió bien alguno de los argumentos acumulados por Balmes y otros metafísicos y consiguió salir distinguido en el examen: estos resultados ponían en evidencia la fuerza de los profesores y el celo de los que lo habían examinado.
Todos aquellos estudios que se prestaban a juegos de palabras y de cuya discusión jamás se sacaba nada claro ni provechoso, eran de su especial predilección.
No sabía nada, y se creía un sabio.
Tenía una opinión tan exagerada de su talento, —117→ que se irritaba hasta la demencia cuando le contradecían alguna de las ideas que vertía.
Insultaba a su contrario, y más de una vez la discusión terminó en las vías de hecho.
Los prematuros elogios de Dorotea, el falso sentido que le habían inculcado respecto a sus destinos, obraban de consuno para malear su juicio.
Cuánta vez no había sentido afluir presurosa la sangre al corazón oyendo vocear, con voz gangosa, a su maestro para la época de los exámenes en la sucia escuela del barrio: «Vosotros, jóvenes educandos, estáis llamados a regir los destinos de la Patria...»
Todo ese brillo falso de las democracias lo había ofuscado desde muy niño.
Algo parecido había oído leer en los diarios y conocía con las exageraciones de los biógrafos, la historia de los hombres que de humilde cuna se habían luego elevado a los primeros puestos de la sociedad.
Pagado de sí mismo, colérico con aquellos que lo censuraban algo, implacable para los defectos ajenos, su ensimismamiento y propia adoración arrojaban tupida venda sobre sus ojos, impidiéndolo conocer su pequeñez o ignorancia.
Por lo demás, tenía excelentes condiciones: valiente y generoso, su pecho se inflamaba de indignación al conocer la más leve injusticia.
Su desinterés por el dinero no tenía limites. Ignoraba aún lo que costaba ganarlo y no había sentido todavía ninguna verdadera necesidad. Por esto, no imaginaba que el dinero tuviese otro objeto que derrocharlo en francachelas y placeres.
Envuelto por nubes rosadas de ilusión y lleno de fantásticas esperanzas para el porvenir, traspuso José con planta segura, los dinteles encantados de la primera —118→ juventud, que para él no fue más que la continuación de una adolescencia maliciosa.
Era hombre por la talla y por algunas ideas, pero los que están familiarizados con el análisis y constatan en sus observaciones de todos los momentos que hay abismos en cada detalle, sólo podrían tenerle en tal carácter cómo se reputan plantas esas creaciones artificiales de invernáculo que se elevan a gran altura creciendo viciosamente, pero que sacándolas del calorífero, no tienen eficacia propia para la lucha y languidecen y mueren al primer embate crudo de la atmósfera.
Estas fuerzas negativas que fermentaban la volubilidad de su carácter futuro, cobraron un nuevo vigor al sentir su naturaleza esa transición fisiológica de la edad en que la inocente crisálida del niño se desgarra por completo para dar al hombre esas alas de Ícaro que se derriten al fuego que encienden los deseos y que nada alcanza a colmar en su ansiedad tiránica o inextinguible: cuando no sucede que se ignora lo que se anhela, quedando siempre ansiosos e irritados los nervios, debido a que una falsa educación divorcia al cerebro de las tendencias naturales de la vida, produciendo en la economía el más deplorable desequilibrio.
Entonces sus estudios incompletos reflejaron en su imaginación los más disparatados sistemas.
De esta manera se presentaba a la sociedad, reclamando un puesto, sin ningún bagaje de conocimientos sólidos, pensando en idilios, sin experiencia y desprovisto por completo de antecedentes respecto de la vida real moderna en que iba a militar.
Pero los sensibles huecos que traían el desequilibrio a su cerebro haciéndole formar un concepto falso —119→ de los hombres y de las cosas, él los llenaba con esperanzas y quiméricos ensueños.
Como la generalidad de nuestra juventud, como la mayoría casi absoluta de toda ella, se lanzaba a la lucha de la vida confiado sólo en su buena estrella y esperándolo todo de la suerte y la casualidad.
No reclamado por ninguna necesidad apremiante, siguió aún por algún tiempo esta vida artificial en que la imaginación hace sonámbulos de los hombres y llena de desgracias a personas que no tienen motivo de estar pesarosas.
Soñando amores imposibles y vagando su espíritu por las nubes, no nacía en su mente un propósito deliberado al cual pudiera hacer concurrir los esfuerzos de su actividad.
Todas sus esperanzas eran sueños. Esperaba algo sin poder determinar lo que fuera. Pensaba que había de acontecer en su vida algún suceso imprevisto que cambiase en un instante su situación.
Pero los días se sucedían unos a los otros, iguales y monótonos, y el famoso suceso no venía.
Cayó entonces el pobre joven en una negra melancolía.
Culpó al mundo de sus desdichas.
Sin embargo, en medio de sus tristezas, como un tibio rayo de consuelo venía a mitigar un tanto su pena la idea de que todos los grandes hombres habían sufrido en vida la indiferencia de sus semejantes.
Como los extremos se dan la mano, si la vanidad punza horriblemente, también suele traer sus compensaciones por ridículas que sean.
El amor ocupaba a todas horas su pensamiento, pero un amor pueril y de pura fantasía, fiel reflejo de la falsa noción que respecto a esta tiránica pasión —120→ habíanle inculcado ciertos novelones en consorcio con los ardores que empezaban a despertarse en su carne ardiente y juvenil.
Se enamoraba de cualquier joven que veía.
Entonces hacía una novela: soñaba una cita, una escala y luego una entrevista a lo Romeo y Julieta en la que sellaban su pasión con un juramento de amor eterno.
Contaba ya dieciséis años y no se había atrevido a decir nada, hasta entonces, a ninguna mujer.
Se contentaba solamente con mirarlas abriendo mucho los ojos, y desde lejos.
También es cierto que carecía de relaciones: Dorotea no lo había presentado a ninguna familia.
Con el trato de las mujeres, los jóvenes adquieren maneras y una noble confianza que alcanza a cambiarles el carácter y a evitarles muchos dolores y malos pasos.
Se refugió en sí mismo buscando siempre la soledad.
La madre comprendió que algún pesar afligía a su hijo.
Lo interrogó, pero este no pudo satisfacer sus preguntas.
Era esto imposible: él mismo ignoraba lo que tenía.
Como siguiera el tedio de José y cada día iba enflaqueciendo más, Dorotea entró en verdadero cuidado; pidió consejo a varias personas y consultó el caso con el mismo Dagiore, al cual, hablaba de tarde en tarde.
El esposo de Dorotea había cambiado por completo en los últimos años.
Bebía mucho, y estaba medio idiota.
—121→Ya no tenía la Fonda y del antiguo fondero no quedaba más que su sórdida avaricia y sus reniegos de cada día; pero para con su familia era un manso corderillo: ahora Dorotea y sus dos hijas lo dominaban por completo, y no con mimos, sino tratándole como a un perro.
Dagiore dijo brutalmente que era muy natural que estuviese así y que se aburriera de todo si no trabajaba en nada; que lo que necesitaba eran unos palos.
Tenía verdadero encono para su hijo. Este se le había separado desde muy niño y siempre había demostrado más predilección por la madre.
Después, cuando fue creciendo y Dorotea lo vestía con bellos trajes se avergonzaba de su padre y lloraba si este quería llevarlo a pasear.
Este abismo que habían abierto los suyos para con él era una humillación que lo postraba, se sentía sin valor para reaccionar y entonces bebía odiando en silencio a toda la familia.
Ya todo sentía que se acababa para él: su ilusión de poder realizar algún día el proyecto de comprar un hotel, se había desvanecido casi por completo.
Trabajaba ahora maquinalmente y sin verdadero estímulo.
Su hijo, a quien le hubiera dejado con tanto gusto la sucesión del negocio, era un cajetilla que venia a corregirle palabras y a darle lecciones de cosas estúpidas y que él no entendía.
Por esto casi no iba a su hogar: se sentía mal allí porque encontraba todo diferente de su modo de ser.
¡Y todavía si lo dejaran tranquilo!
Pero de todas maneras lo fastidiaban y todo concluía por un amago a la bolsa, a esos billetes que tanto —122→ amaba y que sólo dejaba confiadamente en poder del Banco de la Provincia.
Todos aprobaron esta vez la idea dada por Dagiore de hacer trabajar a José.
Dorotea interesó a sus relaciones en los trabajos preliminares para buscarle empleo y cuando creía que ya sus esfuerzos eran vanos, supo por una amiga que en una casa introductora de artículos de tienda precisaban un dependiente.
La amiga conocía a uno de los socios y prometió hablar en favor de José.
El comerciante quiso ver al candidato y Dorotea que tenía aún algún ascendiente sobre su hijo, le hizo una infinidad de reflexiones, diciéndole que ya era un hombre y debía ganarse el pan con su trabajo y que tal vez allí encontraría un honroso porvenir.
José comprendía muy bien esto, pero al aplicárselo a él sintió un escalofrío en todo su cuerpo.
Le costaba trabajo convencerse que era una vulgar medianía como la generalidad de los muchachos con que se codeaba diariamente en la calle.
Quién le hubiera dicho que cada uno de esos jóvenes camaradas a los que despreciaba y tenía en la opinión de cretinos o poco menos pensaban de sí mismos de manera extremadamente ventajosa, no cayendo en cuenta, siquiera, que José tuviese cerebro, tal era la indiferencia con que apreciaban las cosas que eran ajenas a sus personalidades respectivas.
Fue una transición violenta para el pobre muchacho.
Sintió que su orgullo se desgarraba en dolorosos jirones.
Precisamente proyectaba en esos días una excursión a la estancia de un compañero de estudios y —123→ había preparado para el objeto un buen contingente de novelas y libros de poesías.
¡Ir a soterrarse entre paredes de géneros cuando se prometía unos días deliciosos leyendo a Espronceda a la sombra apacible de los árboles y en el silencio imponente de la Pampa...!
La vida real con sus deberes prácticos se le hizo horrible.
Sin embargo, callado y como una víctima que llevan al sacrificio, acompañado de Dorotea, fue a hablar con uno de los propietarios del Registro.
Hombre práctico, pagado de detalles y que en todo miraba por sus intereses, empezó a hacer a José un interrogatorio humillante.
Más de una vez el joven estuvo a punto de contestar una insolencia, pero se contuvo, pensando que en su casa quedaría en una situación violenta y que sus padres y relaciones ratificarían la opinión de que no servía para nada.
El comerciante le puso unas cuentas y José tardó mucho en sacarlas. O nunca la había sabido o tenía olvidada la tabla de multiplicar.
Jamás se sintió más humillado que entonces.
Estaba abrumado. Parecía que una montaña iba a desplomarse sobre su cabeza.
Su madre arregló las cosas por él.
Convino las horas y el sueldo.
Ganaría cuatrocientos pesos al mes y tendría que ir a las diez para salir a las cinco.
Dorotea aún le consiguió una ventaja.
Dijo que José estudiaba y que no bien pasara el tiempo de las vacaciones necesitaría una hora para salir a dar una lección.
El comerciante convino en hacer esta concesión y —124→ todo quedó arreglado para que José empezase a concurrir a su empleo desde el siguiente día.
El muchacho estaba aturdido y un encono sordo hacía hervir su sangre.
No podía comprender cómo su familia permitía que sufriese tanto -cinco horas cada día- por una compensación tan mísera al mes.
Sin embargo, cuando recibió la primera vez los cuatrocientos pesos, sintió una alegría loca. Dorotea, a quien le había parecido que esa cantidad era del todo suficiente para las necesidades del joven, pero pequeña para que la ayudase en los gastos de la casa, no le exigió absolutamente nada, contentándose con decirle:
-En adelante no te daré un real: aquí en casa tendrás todo lo que necesites, pero con tu sueldo te vestirás y atenderás a tus estudios.
El mismo día que cobraba gastaba entero su sueldo.
Ese día era de fiebre para él: todo lo inútil que veía en los escaparates deseaba comprarlo.
Se arregló con un sastre conviniendo en darle una mensualidad de 150 pesos para que lo vistiera, y pocos meses después era uno de tantos jóvenes a la dernier, cortados por idéntico patrón y que al verlos pasear por la calle de Florida parece que pertenecen todos a la misma familia, por ese aire de uniformidad que comunica el uso de iguales modas. Su saquito cuerpeado, su sombrero de anchas alas, la boquilla de ámbar, y más que todo, su charla, su mirada audaz y la manera automática y pedante de saludar, demostraban ampliamente que se había asimilado los usos de la juventud casquivana de su tiempo.
Una cosa le faltaba y era un reloj. Había empezado —125→ a suspirar por él, hasta que cobrando creces esta aspiración se trocó bien pronto en una necesidad imperiosa. Era punto de honor. A ninguno de sus compañeros le faltaba, y siempre que les veía sacarlo para mirar la hora, se sentía humillado y una ráfaga candente inundaba su rostro.
A la salida del registro pasaba por una infinidad de relojerías. Examinaba los relojes y se informaba de los precios. Había visto en lo de Fabre un remontoir de oro que costaba 2.800 pesos.
Se decía a solas, en el despecho de su falta de recursos, que sería bien feliz si pudiera comprarlo, y entonces su pensamiento ascendía todas las esferas de la vanidad. Pensaba la sorpresa con que lo mirarían sus amigos y la satisfacción con que examinaría la hora.
Su cerebro estaba habituado ya al encadenamiento de estas ideas locas que partían de un hecho imposible.
Era su refugio y su consuelo, en medio de las irritaciones que le procuraba su posición precaria y monótona.
No pudiendo hacer otra cosa se decidió por un reloj algo viejo pero de plata dorada, que había exhumado entre un grupo de joyas de ocasión que ostentaba un escaparate en la calle de las Artes.
Al recibir su paga ese mes, olvidó al sastre y otros compromisos y cerró trato por el reloj en trescientos cincuenta pesos. Compró una cadena de cobre, muy relumbrosa y llena de colgajos, pensando que otro mes podría reemplazarlos con un relicario fino.
Debió el reloj tener un resorte bastante bueno para no descomponerse hasta llegar él a su casa, pues en —126→ tan corto trayecto lo había abierto un número infinito de veces.
Les mostró a Dorotea, a sus hermanitas y a Clara, la esfera, la máquina y la cadena: cuando una de estas le dijo que parecía la prenda muy vieja, le acometió un acceso de indignación.
Estaba a tal punto encantado de la pieza, que creía imposible la existencia de otra tan bella.
Risibles misterios de la propiedad que ciegan el juicio con la posesión de las cosas.
Era de ver cómo lo defendía José de los defectos que le atribuían, doblemente singular en él que no encontraba cosa de buen gusto en los objetos de pertenencia ajena.
Sus gastos fueron aumentando con las necesidades que surgían naturalmente de su nueva vida, y el sueldo no le alcanzaba para nada, según su propia expresión.
Se había relacionado con muchos jóvenes de su edad, unido a los cuales, frecuentaba por la noche los Cafés y echaba su partida de billar.
Una noche, uno opinó que fueran a ver la Compañía de opereta francesa.
Todos aceptaron, y José fue a pedir licencia a Dorotea, la cual se la concedió dándole por esa noche la llave de la puerta de calle.
Los más íntimos de José eran Andrés, el muchacho de la Botica, que estaba ya muy crecido y seguía estudios de farmacia, Guillermo, hijo de uno de sus patrones del Registro, y Juan Diego, insigne cachafaz de muy buena familia, estudiante de segundo año de medicina y que entendía más de parrandas que de fisiología.
El grupo de los cuatro se dirigió al teatro.
—127→Esa noche subía a la escena Le petit Faust.
Cuando entraron nuestros jóvenes, la función había empezado.
El coliseo estaba repleto de gente, y en uno que otro palco, se exhibían, muy cargadas de joyas, algunas cortesanas a la moda.
Aquella composición ambigua de público, los libres ademanes de los artistas, y la atmósfera demasiado pesada, turbaron grandemente a José.
Juan Diego los dejó un momento y se dirigió al extremo opuesto de la platea. Allí tocó en el hombro a un joven, que parecía una damita por su compostura y poca edad.
-Victor -dijo el estudiante.
-Ah ¿eres tú?
-Sí, he venido con algunos amigos: ¿vamos para allá?
-No puedo; apenas se concluya este acto voy a irme.
-¿Por qué?
-Está el viejo con unos diputados en un palco cerrado de aquí arriba: si voy al otro lado me vería.
-Quédate: sería más que casualidad que te viera.
-No; después no habías de recibir tú la raspa.
Hablaron un rato más, y al concluir el acto, Víctor se fue y Juan Diego volvió al lado de sus compañeros.
José estaba absorto: no veía ni podía pensar que las mujeres de la escena eran vulgares hermosuras bien recargadas de afeites, porque estaba demasiado sobrexcitado y sentía ya en su sistema nervioso el efecto de la impresión que le habían producido con —128→ las lascivas miradas que enviaban a la platea y la desvergonzada mímica de sus movimientos.
Después vino el cancán, y todos los espectadores batieron frenéticos las manos; muchos golpeaban con los pies, con los bastones... aquello ya era indigno.
José, haciendo coro a los demás, gritaba con desaforada voz:
-¡Bis, bis!
Y las piernas de aquellas mujeres en unión con los saltos de los gandules volvieron a excitar a la concurrencia.
José a cada momento pedía a Juan Diego, le repitiera los cantos que escuchaba, porque deseaba aprenderlos de memoria.
Así, aquel espectáculo de lubricidad desenvolvió en él un erotismo torpemente provocado, desarrollando precozmente sus pasiones amatorias.
No era José una excepción: toda la juventud allí congregada estaba encaprichada con alguna de las actrices o coristas.
Cuando terminó la función nuestros jóvenes, con algunos otros, quedaron aún en el teatro.
La mayor parte de las luces fueron apagadas por un comparsa, y la sala, tan bulliciosa momentos antes, quedó tranquila y solitaria:
Al poco rato el pequeño mundo de entretelones empezó a desfilar por delante de los jóvenes.
Las cancaneras, ahora muy tapadas, salían ya acompañadas o tomaban en la puerta el brazo de su amante respectivo.
Al pasar la soi-disant prima dona, José no pudo contenerse, y recordando el trío de Vaterland, dijo:
-¡Trou la ou! ¡la ou trou la ou la ou!
—129→Ella sonrió y los otros jóvenes festejaron la ocurrencia.
A su vez, José con sus compañeros, emprendieron la retirada.
Esa noche el joven soñó con el cancán y las piernas de las bailarinas, que sobre sus párpados las sentía danzar, simulando las tenues gasas de sus polleritas, en los giros veloces, la agitada espuma de un salto de agua. Las veía con sus ademanes, pararse en la punta de los pies, correr luego fugitivas y hacer remolinos, para volver sonrientes a extender voluptuosamente los brazos hacia el público, enviándole besos, que se escurrían por entre las yemas sonrosadas de sus dedos.
También Margarita iba a visitarle en su agitado sueño. La oía cantar:
«Fleur - decandeur - je suis - la petite - Marguerie; - mon coeur - ne sait rien - ni le mal - ni le bien».
Luego desfilaban Valentín y los coros:
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Después volvía la danza, al compás de una música bastarda, y las macizas piernas de las cancaneras iluminadas macilentamente, a intervalos, por las luces de Bengala.
Venía nuevamente Margarita y le decía:
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Y José volvía a ver ese brazo, ese seno y esa —130→ pierna. Extendió las manos y despertó enardecido, abrazando la almohada inerte de su lecho.
Desde esta noche leyó muchos libros, pero ninguno de ellos era texto de sus estudios.
Al siguiente día fue al Registro cabizbajo, bajo la impresión de todas estas emociones y con unas ojeras que hasta entonces no había tenido.
—131→
Hemos avanzado algunos años siguiendo en su desarrollo la vida de José. Para la mejor comprensión de ciertos hechos posteriores tenemos ahora que retroceder al momento en que empezó a alborear la pasión de Dorotea por el Mayor Paz. Era este, como queda dicho en capítulos anteriores, un hombre audaz, y más que todo, un vividor insigne.
Antes de entregarse Dorotea, que sentía extraños temores y remordimientos, estaba llena de escrúpulos y había impuesto un sin número de condiciones con las cuales se aturdía y trataba de engañarse ella misma.
El Mayor hacía todas las concesiones que se le pedían, pero remitiendo su cumplimiento al porvenir pretextando siempre alguna disculpa hábilmente forjada.
Tenía la seguridad que la tierna paloma había de caer en sus redes, pero antes de comprometerse con las exigencias de Dorotea no habría titubeado en abandonar de todo punto los trabajos tan felizmente iniciados, aunque se fuera con la irritación de un deseo no satisfecho.
No había duda que estaba vivamente excitado por la hermosura de Dorotea.
Pero sus intereses pesaban en él mucho más que las incitaciones de la carne.
—132→Pertenecía a esa clase de hombres que habiendo toda su vida gozado sólo en brazos de mujeres vulgares se hallaba ya hastiado de compromisos, de las deudas contraídas con este motivo y de las desazones que traen de suyo la intimidad y la confianza.
Había observado que siempre que iniciaba un amorío, su amante se mostraba en las primeras entrevistas sumisa, humilde, pudorosa y apasionada sin recurrir a extremos fastidiosos.
Después, cuando habían hecho vida común, cambiaba como por encanto, estaba él preso, y constantemente amenazado con una música de llanto si regresaba un poco tarde.
Todas estas escenas, que tanto consiguieron irritarlo antes, lo habían vuelto cauto, llenándolo de una prudencia cínica y prematura.
En una de las primeras entrevistas, y en momentos que el Mayor gemía en tiernos arrullos, ella contuvo vivamente un avance audaz de aquel.
-Bueno -dijo él fingiéndose incomodado-, me irritas con tus caricias, me vuelves loco cuando me concedes un beso y de pronto huyes de mis brazos: está bien, ya veo que no me quieres: me voy, pero aunque sufra todos los tormentos del infierno no volveré a verte...
E hizo ademán de retirarse.
Jadeante y atemorizada, se abalanzó con los brazos abiertos, conteniendo la partida del Mayor.
El taimado esperaba este desenlace.
-¡Ah! no te irás -exclamó, asomándole una lágrima-: soy tuya, tuya, ¿entiendes? Haz de mí lo que quieras.
Entonces él quiso comprometerla en una cita para esa misma noche.
—133→-No, por favor, no me propongas eso: dime: ¿me amas?
-Me ofendes, mi alma, con esa pregunta: ¿dudas de mí?
-¡Dios me libre! pero te preguntaba, para decirte, que ya que tanto me amas, nos vamos lejos, juntos, solitos.
-Tú sabes que dependo de mis jefes y no puedo alejarme sin que me lo ordenen.
-Aquí en la ciudad, si no hay otro medio: ¡buscaremos un barrio distante y viviremos tan felices!
-Mi vida, es hacer escándalo sin necesidad; luego tus hijos.
-Los llevaríamos, qué cosa más natural.
El Mayor sintió un escalofrío.
Esta escena ya se había repetido varias veces y el experimentado militar no sabía ya de qué argumentos valerse para hacerle abandonar semejantes ideas.
No quería, ahora, comprometer al respecto una batalla decisiva porque no tenía completa seguridad en el éxito.
Así es que decidió halagar su deseo prometiéndose para más tarde, cuando las cosas le permitieran hablar con imperio, convencerla a buenas o malas, haciéndola razonable.
Ejercitado en estas veleidades de mujer caprichosa, había conseguido, merced a una experiencia propia, un tacto delicado, y sin quererlo llegó a practicar un principio vulgar, por desgracia demasiado generalizado y que en las esferas de la política sobre todo, acciona con una eficacia digna de la más pura máxima evangélica. Consistía esta táctica en no negar nada jamás y ofrecer siempre, prestando aquiescencia y hasta aplauso a toda idea o pedido.
—134→Este sistema de halagar las pasiones ajenas es un medio que da excelentes resultados en los primeros tiempos, pero que después envuelve al que lo pone en práctica en una red de odios, dándole el prestigio de un profeta falso o impotente, porque si bien es fácil forjar un castillo de naipes es luego imposible impedir que lo derrumbe el primer embate del viento: parecido proceder observan los comerciantes cuyos negocios andan mal: renuevan sus pagarés sin amortizar un centavo hasta que llega un momento en que los intereses ultrapasan el mismo capital, quedando entonces de manifiesto su insolvencia. ¿No es una promesa, acaso, en cierto modo, lo mismo que una letra a tal o cual plazo? No cumplirla, es robar al que se ha hecho, tiempo, confianza y ese aliento con que fortifica la esperanza.
Estas tristes teorías las aplicaba el Mayor Paz para satisfacer todas sus necesidades.
Así es que le era fácil contraer deudas y engañar a las mujeres.
Viendo que no había otro camino para triunfar, contestó a Dorotea:
-Bien, mi vida, no me opongo: quiero que seas tú la que mandes.
-Viviremos juntos, ¿no es verdad?
-¿Y no tienes miedo?
-¿De qué? -preguntó la culpable tratando de ocultar una emoción que a despecho suyo empezaba a dominarla.
-Vaya, de tu marido.
-Por tan bien que se porta conmigo.
Sin embargo, tal vez habría algún medio para hacerlo entrar en razón.
-¡Ah! no lo conoces.
—135→-En fin; sea como tú quieras, pero te prevengo que no será posible hoy ni mañana: tengo que buscar casa y arreglarla.
-Aunque sea una semana, esperaré con gusto.
-Entre tanto, ya que estás decidida, ¿qué te costaría venir esta noche adonde te he dicho?
-No... después: ¿para qué quieres hacerme dar este paso cuando sabes que te pertenezco y que dentro de poco seremos ya para siempre uno del otro?
El Mayor no podía comprender cómo Dorotea rechazaba la idea de la cita, que podía quedar envuelta en el misterio, y se decidía tan francamente por una huida, que se haría pública a los pocos momentos de abandonar su hogar.
Se desesperaba al ver que se le escapaba la presa.
Si no conseguía la cita, perdía la batalla.
Insistió como pudo, siempre sobre aviso para no ser sospechoso ante Dorotea, que podía apercibirse del gran interés que tenía en hacerla salir esa noche.
No consiguiendo ningún resultado habló de otra cosa.
Ella, en su fiebre, volvía a hablarle de la felicidad que les esperaba cuando viviesen juntos.
El Mayor, con un pensamiento preconcebido, se retiró, despidiéndose hasta dos días después como habían convenido.
Sin temer nada inmediato, Dorotea, ahogando su pasión, fue la que propuso la idea de no verse al siguiente día, porque su conciencia intranquila empezaba a ver visiones.
Estaba lo más nerviosa. El menor ruido la espantaba. Hacía esfuerzos por alejar de sí el recuerdo de Dagiore, de sus padres y de los vecinos. ¿Qué dirían —136→ de ella? ¡Ah! se convencía de que no tendría fuerza para verlos más en la vida.
Había momentos en que se arrepentía del paso que iba a dar. Se enternecía y hasta pensaba que Dagiore nunca había sido malo. Entonces se paseaba desesperada por la solitaria habitación.
Era una ráfaga de buen sentido que soplaba sin fuerza en su cerebro débil y enfermizo.
Luego venía la reacción, fuerte, avasalladora, irresistible, y se enojaba de su cobardía anterior.
Su memoria evocaba hasta el recuerdo de los más mínimos detalles para condenar a Dagiore.
Sus humillaciones de seis años, su vida estúpida deslizada entre cuatro paredes húmedas y feas, mientras que otras paseaban, vestían lujosos trajes y gozaban de la vida al lado de hombres elegantes y educados.
Entonces su furor crecía y tenía ganas de golpearse por haber titubeado.
Era el huracán de la calle, que barría hacia su hogar, en grandes bocanadas, los microbios que envenenan la salud moral, trayéndole el contagio de infinitas miserias y falsedades, al desbordar de esas almas tristes, que el orgullo disfraza con un rostro alegre, murmullos de vergonzante vanidad que se ostenta o espectáculo de blancas hilas que ocultan la excrecencia de la llaga.
En su situación presente no veía ni pesaba más que los inconvenientes, y en el delirio de su imaginación, sólo inventaba ventajas para la vida ilícita que proyectaba.
No habría habido en el mundo razón convincente para detenerla.
Obraba a impulso de los secretos resortes que ponían —137→ en acción el temperamento físico-moral que había desenvuelto en ella una vida sedentaria y ociosa, irritada a cada instante, por el espectáculo del lujo ajeno y la sed de bulla y aventuras que despertaban en su corazón las lecturas a que se entregaba.
Tenía inflamada la imaginación, por decirlo de esta manera, y en su delirio, en su típica alucinación, se reflejaban los disparates que forjaba, como si tuviesen formas plásticas, y todo ese mundo de quimeras se enredaba con los hechos familiares de cada día desquiciando sus ideas y su juicio.
Siempre había creído que el destino le depararía una vida de estrépito y la llevaría a jugar un papel principal en ruidosas aventuras.
Era su deseo, que al sentirse impotente, se refugiaba en esperanzas fantasmagóricas.
Ansiaba tanto un hecho cualquiera que diese animación a su vida y la lanzara al movimiento para librarse del tedio que la abrumaba, que cuando empezó a interesarse por el Mayor creyó que el momento que esperaba había al fin llegado.
Tenía una verdadera superstición al respecto y creía en su fatalismo inconsciente que estaba escrito su encuentro en el mundo con el Mayor.
Por esto es que lo hallaba tan hermoso.
Le sucedía lo mismo que al que tiene mucha sed, que una agua turbia le parece deliciosa.
También el modo como se habían producido las cosas contribuía a aturdirla.
La noche en que oyendo gritos el Mayor en casa de Dagiore penetró en ella tan resueltamente no había hecho más que ceder a los impulsos de su carácter impetuoso.
Contaba en su vida muchos casos parecidos.
—138→Un mes antes los diarios le habían elogiado por la conducta que observó en un incendio salvando con riesgo de su existencia la vida de una anciana.
Pero Dorotea apreciaba el suceso de distinta manera, deformándolo al juzgarlo bajo el criterio enfermizo de sus preocupaciones.
Era su sueño que empezaba a realizarse; el turno que le llegaba para entrar activamente en esa existencia dramática en que hasta entonces había vivido tan sólo con el pensamiento.
En esas fiebres de envidia, en que no sabía por qué le faltaba alguna chuchería a su traje, las novelas traían el consuelo a su corazón agitado y adormecían sus impaciencias dilatando el dorado prisma de su ilusión en infinitos eslabones de esperanza.
Si la sirvienta la pedía algo que necesitaba o sucedía algo que viniese a interrumpirla en el éxtasis de la lectura, se irritaba y prorrumpía en gritos desabridos.
En estas ocasiones era injusta a lo sumo: retaba sin razón a la sirvienta y aplicaba dolorosos pellizcos a sus hijos por vía de correctivo.
La sirvienta replicaba y los chicos formaban una algarabía infernal con sus llantos lastimeros.
Entonces se creía bien desgraciada: no podía descender sin dolor de las esferas fantásticas que pintaban sus libros a las necesidades prácticas de su hogar, y en vez de tratar de poner orden en los negocios de la casa, se refugiaba despechada en el silencio de la sala.
No tenía ojos para los suyos, los cuales, viendo que no se les vigilaba, tomaban la calle; adonde salían a engrosar otras pandillas y a hacer travesuras.
La ansia loca que la devoraba por competir en —139→ lujo con sus vecinas hacía que abandonase el cuidado de sus hijos, que andaban sucios y con los vestidos rotos.
Cuánto odio sentía nacer a ratos en su pecho al encontrarse encerrada en su casa. Ella que deseaba aventuras y vastos horizontes. Se sentía eternamente humillada y su despecho degeneraba en rabia al comparar su vida monótona con la existencia tumultuosa de esas mujeres predilectas de la belleza y la fortuna que todos conocían y que en su tránsito por la calle iban dejando el perfume de sus ropas y despertando la admiración de los hombres.
Para ellas se habían hecho las lisonjas, los encajes, las sedas, el terciopelo, los carruajes y hasta las crónicas de los diarios que perpetuaban los triunfos conseguidos en la exposición de los paseos públicos, en los teatros y los bailes.
Al pensar en todo esto le latía con fuerza el corazón y se le enardecía el rostro, coloreándose sus mejillas con el más vivo matiz de la amapola.
Luego entraba Dagiore. El carácter maleado de Dorotea, no tardaba en hacerlo salir de quicio al infeliz.
Y siempre lo mismo, siempre creyéndose desgraciada y víctima de un destino implacable.
¡Ah! ¡Si ella hubiera sabido que muchas infelices vecinas la envidiaban, cansadas de su lucha de trabajo diario, al verla en medio de las comodidades y sin que turbara su sueño ese doloroso fantasma de los pobres, que en la hambre no saciada de hoy recuerda el pan que mitigará la necesidad del siguiente día!
Así fue que cuando ella se dio cuenta perfecta de la actitud asumida por Dagiore y de la oportuna presencia del Mayor, que la libró de un peligro cuyo —140→ grave desenlace era difícil prever, creyó que era llegada su hora y que al fin el destino se apiadaba de sus desgracias.
Se imaginaba que entraba a accionar recién en la verdadera ruta de la existencia, porque no podía resolverse a llamar vida a los años trascurridos, confinada en un medio siempre monótono o igual, sin emociones agradables ni delirantes alegrías como deseaba en su implacable sed de mundanas satisfacciones.
El Mayor, como hemos dicho, encontró el terreno perfectamente preparado.
Ella había leído en las novelas, que después de mucha trama y sufrimientos, se alcanzaba al fin la felicidad.
Estaba segura de esto y lo creía como un artículo de fe.
Se mareaba por completo, se confundía y creía con cándida sinceridad que ella misma era una de las heroínas de las novelas que había leído.
El Mayor, empezando por arriesgar su vida para salvarla, había concluido por enamorarse perdidamente de ella. De esta base partía su fantasía, seguía con la fuga, hasta perderse luego en idilios, desafíos y nuevas huidas en carruaje o en brioso corcel, a la grupa de su amante, salvando precipicios a la luz momentánea del relámpago.
Arrullada por estos fantásticos ensueños, se había quedado como en éxtasis, sentada en una butaca de la sala, cuando un golpe dado en el llamador de la puerta de calle la hizo saltar sobresaltada.
Estaba nerviosa y asustada. Se encontraba tan mal que no veía el momento de la partida. Parecía —141→ un criminal que espera en su sobresalto de cada instante que aparezca un gendarme a prenderlo.
No creía que fuera cosa que le importara mucho el golpe que había oído, pero no se atrevió a abrir la puerta de la sala, y como recatándose, corrió hacia las piezas interiores.
En ese momento Clara venía con una carta.
-Para usted, señora -dijo.
-¿Quién la ha traído? -preguntó Dorotea tomándola.
-Un muchacho.
-¿Está ahí?
-No, señora, se fue.
Dorotea abrió la carta y vio que era del Mayor.
Un ligero temblor recorrió su cuerpo, volvió a mirar el papel y no comprendió nada; se le turbaba la vista y el juicio.
Fue entonces a la sala y se encerró.
El experimentado Mayor, viendo que no podía hacerla su amante sin llevarla consigo, lo que de ninguna manera estaba dispuesto a hacer, se había decidido a jugar el todo por el todo.
Le pintaba su amor con colores de brocha gorda, insistiendo hasta el cansancio que estaba dispuesto a vivir con ella, pero que había tenido la desgracia al volver a su casa de encontrar una nota del Ministerio en que se le llamaba a recibir órdenes al día siguiente, y que por una conversación que había tenido con un compañero de armas presumía que lo iban a mandar en comisión a Martín García.
Terminaba diciendo, que si partía no podría precisar el momento del regreso y que su amor era tan grande que hasta estaba decidido a mandar su baja, y que para hablar de todo esto, la esperaba a las ocho —142→ de la noche en la esquina de Rivadavia y Cerrito, que él no iba por temor de encontrarla con visitas.
La carta estaba escrita con viveza y preveía todos los casos. Tampoco había olvidado de alentarla inspirándola ánimo y diciendo que no existía sacrificio que no debiera hacerse por el amor.
Lo único censurable que tenía la misiva eran unos nutridos errores de ortografía, pero Dorotea, que era poco fuerte en la materia, no estaba en condiciones de notarlos.
Todo lo que la carta decía lo creyó desde el principio al fin.
Ella hubiera querido que la entrevista tuviese lugar en su propia casa, pero ignoraba el domicilio del Mayor para avisarle, y este había sido tan listo, que lo primero que recomendó al mensajero fue que dejase la carta y se retirara en el acto.
Dorotea no desconfiaba del Mayor, pero la sobrecogían a ratos extraños recelos.
Aunque era aún muy temprano empezó a arreglarse.
Quería aturdirse y no pensar sino en estar hermosa.
Sin embargo, estaba muy preocupada y el desasosiego de su persona que iba de un lado a otro sin objeto determinado, demostraba bien claramente su intranquilidad.
Una infinidad de noches había salido sola sin dejar dicho una palabra y ahora torturaba su cerebro buscando sin necesidad un pretexto.
De pronto pensaba que podía decir que iba a la de alguna amiga, pero luego se le ocurría que esta por una desgraciada coincidencia podría esa noche visitarla.
En su atolondramiento había dicho a Clara impensadamente —143→ y sin que se lo preguntara, que iba a ir a lo del dueño de la casa para pedirle hiciera en ella algunas composturas y la blanqueara.
Media hora después, atenaceada por la misma idea y olvidándose de la casa, del dueño y del blanqueo, dijo que iba a ir a una novena que se estaba rezando en San Miguel.
-Lléveme, señora, ¿quiere? -le pidió Clara.
-No -replicó Dorotea asustada-, tengo después que ir a algunas tiendas, y además tú te quedarás para cuidar a los niños.
Muy compuesta y perfumada salió de su casa poco antes de las ocho.
Caminaba ligero y miraba con recelo a los transeúntes; y cosa extraña, a todos creía encontrarles parecido con Dagiore. Si este por una casualidad hubiera pasado por su lado la habría petrificado... Una voz de hombre que oía la hacía retroceder intimidada. Sentía la garganta seca y las piernas se le doblaban temblorosas. Creía a ratos, que no le sería posible llegar. Para desconcertar a imaginarios perseguidores, porque en su obsesión suponía que todos sabían que el Mayor la esperaba en la esquina de Rivadavia, dobló por Cangallo hacia el centro y siguió por Artes hasta Piedad: al entrar en esta calle ya no sabía qué hacer, estaba frenética, loca; de pronto se le ocurrió volverse, después cayó en una gran atonía por la propia fuerza de su desesperación, y siguió su camino rezando un padrenuestro; al entrar en Cerrito, caminó aún más ligero, como esos enfermos que toman precipitadamente una droga amarga, parecía que ella también quería pasar de una vez el mal trago. Siguió, recatándose en la sombra y arrimándose de tal modo a la pared que parecía que deseaba incrustarse —144→ en ella; ya varias veces se había pegado en el hombro chocando en molduras salientes.
No bien entró en esta calle, el ojo de lince del Mayor la descubrió.
Tenía de qué vanagloriarse.
Su treta había dado resultados que no esperaba.
Corrió a su encuentro y la tomó del brazo.
Dorotea se sentía tan débil por la emoción, que estaba a punto de desvanecerse.
Entre tanto el Mayor murmuraba a su oído ternuras de amante agradecido. Dorotea no le escuchaba.
-Vamos, mi vida; aquí nos ven todos.
-¿Adónde? -dijo ella como resistiéndose.
-Aquí no más: ¿acaso no tienes confianza en mí?
Iba a contestar, pero la sobrecogió el pito de un vigilante que tocaba a diez varas de ellos la alerta periódica que les prescribe el reglamento policial.
Se le ocurrió que pedía auxilio para prenderlos, y sin decir una palabra, siguió al Mayor.
Este, que le daba el brazo, notó que el de Dorotea temblaba.
-Tranquilízate, mi alma -la dijo-: ¿qué puedes temer a mi lado?
Y abrasándola con su aliento, empezó a distraerla con un diluvio de palabras.
Así anduvieron hasta la boca-calle de la Plaza de Lorea, por donde doblaron, internándose en la vetusta recova que mira al Oeste.4
Hasta hace poco, existía allí un negocio de regular aspecto, que tenía encima de la puerta principal un letrero que decía en grandes letras pintadas: CAFÉ Y POSADA.
—145→Al lado de la gran puerta que daba acceso al Café existía otra más pequeña que internaba a un pasadizo o zaguán continuado; luego se entraba a un pequeño patio, muy húmedo, donde caían las puertas de varias habitaciones.
El Mayor empujó la primera de esas puertas e hizo entrar a Dorotea.
Era una de tantas casas en que se alquilan estercoleros para que se revuelque la podredumbre que fatalmente guardan en su seno las grandes ciudades.
El vicio hipócrita, contenido en la calle por temor a la represión de la ley y a la opinión pública, acude allí a satisfacer sus innobles apetitos.
Los libertinos conocen estas pocilgas inmundas y saben el precio que se cobra en cada una de ellas.
Penetran con desenfado, pero prontamente, y luego llaman golpeando las manos. Entonces acude un hombre o una mujer, con más generalidad una de estas, tratan el cuarto, lo pagan adelantado, y ya después a la salida, nadie los incomoda ni ve.
El alquiler varía según el arreglo del cuarto. El primero comúnmente cuesta de treinta a cincuenta pesos, y los siguientes en escala descendente hasta diez pesos: los de esta última tasa apenas si tienen un catre de tijera, una mohosa palangana de lata encima de una deslustrada silla de palo; y sin embargo, son los que más ganancia dan: siempre se ven disputados por una clientela asidua de tahures de baja estofa, vagos de toda especie, cocheros y changadores que han conquistado alguna parda beata o porteros que van a refocilarse con la cocinera de alguna casa vecina. Es un vaivén continuo en que se repite siempre la misma escena con sólo el cambio de actores.
—146→El Mayor, que era conocido en la casa, había estado una hora antes a tomar el primer cuarto para que no le molestaran al entrar, y más que todo, para que Dorotea no se apercibiese del sitio en que la hacía penetrar.
Una vez dentro de la habitación, el militar cerró la puerta.
La luz de una lámpara, encendida de antemano, iluminaba la escena con reflejos opacos.
Dorotea estaba consternada.
Paseó su vista absorta por el cuarto.
Vio la cama, una cama grande de fierro, y un estremecimiento de terror agitó todo su cuerpo.
Siguió, después, recorriendo con mirada vaga los demás objetos que allí había.
Tenía el lecho un cortinado de muselina floreada; al lado, la mesa de noche; en otro ángulo un lavatorio chico con sus respectivos utensilios; enfrente de este, una cómoda, con sus cajones vacíos; y en medio de la habitación, la mesa, en que estaba colocada la lámpara, de forma redonda y cubierta con una carpeta color café.
Un viejo confidente y cuatro sillas completaban el mueblaje de la habitación.
La pieza estaba recuadrada con pintura de cola y tenía cielo-raso de arpillera; el piso era de baldosa: se sentía allí frío y se aspiraba un olor malsano de humedad.
Una pequeña alfombrita estaba extendida entre los pies exteriores de la cama.
Concurrían a hacer más ridículo este conato de engañoso buen tono, con que se había pretendido alhajar la pieza, unos cuantos grabados, en marco negro, que pendían de las paredes: uno representaba a Garibaldi —147→ -esa pobre víctima del amor de sus connacionales, cuya memoria ofenden colocando su retrato en parajes inadecuados-, y los otros, diversos buques de la armada real italiana.
En otros cuartos, los mamarrachos guardaban más armonía con el objeto a que eran destinadas las habitaciones: cuadros de mujeres desnudas y de escenas crudas o simplemente ridículas, en general escogidas de la profusa edición francesa popularmente conocida bajo el título de Galerie pour rire.
El Mayor, en su efusión sensual, la tomó del talle, pero Dorotea se desprendió de sus brazos con inusitada energía.
-¡Ah! no, no: ¿dónde me ha traído? -exclamó toda consternada y olvidando que ese mismo día se había tuteado con el Mayor-: no puedo consentir esto, ábrame Vd. esa puerta o grito: ¡quiero irme!
El Mayor, aturdido con tal salida, no atinaba a darse cuenta de esta resistencia que no esperaba.
Quedó un momento indeciso, pero enseguida se repuso.
-Mi vida, dijo, estás en casa de un amigo mío que me ha facilitado esta pieza; si no es de tu agrado perdóname; me han sucedido hoy tantas cosas que me ha faltado el tiempo para buscar otra parte mejor; sin embargo, aquí estamos seguros y nadie sabrá que has estado conmigo, ¡te lo juro!
-¡Ah! pero yo quiero irme; no abuse Vd. de mi confianza, no sé cómo me encuentro aquí, yo no esperaba esto: quiero irme, -volvió a repetir, e hizo ademán de retirarse caminando hacia la puerta.
El Mayor la adelantó y se puso de espaldas contra la misma.
—148→Así se encontraron uno enfrente de otro, trémulos y perplejos.
-Mi alma -continuó el Mayor tomándola del talle y comunicando a su voz una inflexión de sollozante ternura-; no eres razonable.
Hizo una corta pausa. Torturaba su cerebro para buscar un medio que hiciese ceder a Dorotea. Pensó en sacar su revólver y hacer la farsa de prometer que se mataría si ella persistía en retirarse.
Si pone en práctica esta idea es casi seguro que le hubiera dado los resultados que deseaba, pero la desechó pareciéndole demasiado exagerada.
Entonces dijo, cambiando de tono:
-Está bien: no pienso abusar de Vd., antes de todo soy un caballero y la amo a Vd. demasiado; si Vd. quiero irse, puede hacerlo; pero me queda el derecho de pensar que Vd. me ha engañado y que jamás me ha amado: mañana me iré muy lejos y Vd. no me verá más en la vida.
Hizo su papel de víctima tan bien que Dorotea se enterneció un poco.
Su temor también desapareció un tanto al oír al Mayor que tenía que partir al siguiente día: al menos así lo entendió ella.
En ese momento no pensaba en la fuga: todo su afán era salir del atolladero en que tan imprudentemente se había metido: estas escenas las había soñado Dorotea de muy distinto modo: vagando siempre su espíritu en regiones ideales creía que alguna vez palparía las visiones de un encanto y dulzura celestes que había tantas veces entrevisto, a través del prisma falso de la imaginación.
Y se encontraba en aquel cuarto horrible y frío: hubiera querido morir.
—149→¿Dónde estaba esa atmósfera tibia y cargada de perfumes enervantes, en que desfallecen los enamorados uno en brazos del otro?
Una lámpara que con sus reflejos débiles daba un aspecto lúgubre a la habitación, por toda luz.
No había allí un rayo melancólico de luna que penetrara al través de una tupida madreselva y fuera a platear unos rostros pálidos de amor.
No se oían murmullos de arroyuelos ni bullicioso canto de avecillas.
Y él, estaba segura, no la amaba: sabía bien a qué iba y qué quería de ella.
En un mundo de pensamientos que le ocurrían en un segundo, pensaba cosas que la hacían mal.
¿El amor al manifestarse en el hombre era siempre brutal?
¿Entonces todos eran como Dagiore?
No pudo contenerse un momento más y rompió a llorar desconsoladamente.
-Mi cielo, cállate, no llores, mira que me partes el alma: ¿qué tienes? -la decía el militar fingiendo la mayor angustia.
Sin embargo, conservaba en esos momentos toda su sangre fría.
Estaba radiante y no quería demostrarlo. Pensaba, a impulso de su experiencia propia en casos análogos, que una mujer que sólo se defiende con sus lágrimas, está irremisiblemente perdida.
La condujo hacia el sofá y allí le prodigó infinidad de consuelos y caricias, y le hizo protestas y juramentos de amor eterno.
-¿Me amas? -le decía.
Apremiada ella, fue cediendo en su llanto y al fin contestó débilmente:
—150→-Sí.
Desde este momento fue creciendo la audacia del Mayor.
En medio de un diálogo poco sostenido y que se hacía algo embarazoso, volviendo ella a sus sueños y como queriendo rectificar el desencanto que había sufrido, dijo con lánguida voz:
-¿No traes espada?
El Mayor interpretó mal esta pregunta: creyó que tenía miedo y para tranquilizarla sacó el revólver de su cintura y replicó:
-No, pero en cambio traigo este -y mostraba el arma.
Dorotea quedó intimidada: tenía ahora miedo del Mayor.
Era el mismo revólver con que había ensangrentado a Dagiore.
El militar se inclinó un poco y alargando la mano lo depositó sobre la mesa en que estaba la lámpara.
Dorotea, postrada por tantas emociones, quedó desde que vio el arma completamente dominada por el Mayor.
Este empezó a desabrocharle la bata, y Dorotea resistía tan débilmente, como un gato herido, que al ultimarlo sus perseguidores, todavía pretende defenderse alzando sus manecitas lacias y casi inertes.
Volvió a sollozar.
Entonces la audacia sin límites del Mayor dio su golpe definitivo.
Con un movimiento rápido la cargó trasportándola del confidente a la cama.
Ella cesó poco a poco de llorar, y sus mejillas, que ardían, consumieron las lágrimas que no había enjugado con el pañuelo.
—151→Se sentía abochornada para contestar las palabras del militar, pero con todo, conversaron bastante.
Él prometió pedir su baja si al día siguiente lo ordenaban que partiese a alguna parte, pero ella no se entusiasmó: hubiera preferido que se fuese muy lejos, para no volver jamás.
Media hora después, estaba Dorotea delante del lavatorio componiéndose el pelo ante el espejo.
Se le hacía tarde y quería marchar enseguida.
Cuando estuvo pronta, el Mayor apagó la luz de la lámpara y abrió la puerta. Así en la oscuridad se dieron un prolongado beso y salieron. Un murmullo de voces que se oía en el pasadizo los hizo retroceder instintivamente.
Era la patrona, gorda y desvergonzada italiana, que impedía la entrada a un compradito, porque tanto él como su compañera venían algo malos de la cabeza. La práctica de la casa en estos casos era no permitir que entraran, a objeto de evitar escándalos y enredos con la policía: la patrona era inexorable para hacer cumplir esta consigna, porque sabía por experiencia propia que el Comisario de la sección no discutía mucho al imponer multas de quinientos pesos.
-Retírese, le digo -exclamaba-: no hay cuartos desocupados...
-Por las chinches; pero oiga, madama, yo no les tengo miedo: alquíleme, ¿quiere? sea buena, madama.
-Le digo que se retire.
-Eso será lo que tase un sastre -contestó el chulo en su pesada terquedad de beodo, y recostándose en la pared del zaguán, continuó-: a ver, patrona, si me deja entrar: la doy cien pesos por el cuarto.
—152→-Guárdese su plata de porquería y mándese mudar, porque lo voy a hacer llevar con el vigilante.
-Vamos -le decía entre tanto su compañera-; no le hagas caso a esa gringa sarnosa, que cuando uno paga no debe pedir nada por favor.
-Cállate tú, que no sabes lo que dices: yo te mando ¿oyes? No hay por qué insultar a la patrona, yo la defiendo porque ella es muy buena: le doy doscientos pesos, vaya, ¿está contenta?
Cansada la italiana de esta escena resolvió llamar a su marido.
-¡Bautista, Bautista! -gritó.
Al beodo parece que le agradó el nombre y empezó también a decir:
-Bautista, Bautista, hermano Bautista, venga pronto: el nombre no más me ha asustado: debe ser escopeta ese Bautista.
Aquello degeneraba en sainete.
A la patrona no lo agradó la broma y tentaciones tuvo de acercársele y arrojarlo a empellones como ya lo había hecho con muchos otros anteriormente, pero recelaba de los compadritos, a quienes tenía un miedo cerval.
Decidió ir personalmente a llamar a su marido.
Tenía para esto que pasar al Café. Siempre que sucedían cosas por el estilo, Bautista en vez de acudir, iba por la puerta pública del negocio a buscar al vigilante.
El Mayor estaba irritado con esta escena que lo colocaba en una posición falsa, porque Dorotea se había enterado de la disputa y ya no podía creer que estuviera en la pieza de un amigo suyo. También este temía que se produjese un escándalo y se reuniese —153→ gente. En este caso tendrían que estar encerrados una hora más por lo menos.
En cuanto a Dorotea, no hablaba de indignación y vergüenza.
Más de una vez el Mayor quiso salir y obligar al compadrito a que se retirara, pero Dorotea lo contuvo: tenía miedo de quedar sola o que el Mayor fuese a comprometerse quedando ella en una situación crítica, que tal vez llegase al punto de ser descubierta en aquel paraje.
El Mayor pesaba también todas estas circunstancias, pero sabiendo que los borrachos cuando tienen un capricho son cargosos a lo sumo, estaba demasiado decidido a darle un susto, y salió con este objeto del cuarto, no bien sintió extinguido el rumor de los pasos de la patrona.
El militar ardía de coraje. A no ser la presencia del compadre, Dorotea no habría conocido el sitio adonde la había llevado.
Con el revólver en la mano se acercó al compadre y le intimó que en el acto se retirara.
Este se intimidó un poco, pero contestó sin embargo:
-Yo no hago mal a nadie, ahora si me quieren aporrear porque soy pobre, es otro cantar.
En diferente ocasión el Mayor le hubiera dado una paliza, pero las circunstancias especiales en que se encontraba lo obligaban a ser prudente.
-Mira -le dijo con toda energía, pero muy despacio-: si no te vas en este mismo instante te hago llevar a la Policía, y tomándolo del brazo lo empujó hacia la calle.
En la puerta lo recibió su compañera y él se dejó conducir buenamente.
—154→En medio de su perturbación mental no dejó de asustarse, pero cuando estuvo en la vereda de enfrente, volvió a cobrar brios y demostraba deseos de volver. Su querida lo siguió arrastrando del brazo, pensando que de otra manera habían de concluir por hacerle una visita al Comisario.
Cuando el Mayor vio que subían la vereda opuesta, corrió al cuarto donde estaba Dorotea y buscándola en la oscuridad, la llamó diciéndole:
-Vamos, mi vida, salgamos pronto.
Sin decir una palabra Dorotea, tomó el brazo del Mayor, y como dos sombras, cruzaron rápidamente una parte del patio y todo el pasadizo. Antes de llegar a la puerta de escape se detuvieron un instante.
El Mayor se asomó. La calle estaba solitaria y por la vereda de la Posada no caminaba ningún transeúnte. Salieron entonces, no sin ocultarse Dorotea el rostro todo lo que pudo.
Al dar vuelta la cuadra reconocieron en la voz al compadre y su compañera.
Iban muy despacio por la acera opuesta y el beodo gritaba a la sazón:
-Doscientos pesos... yo se los ofrecí, porque hasta ahí no más llegan las bromas: gringa de porra; doscientos pesos; ja, ja, ja, los ha de oler si se mama y bala como carnero.
Dorotea y el Mayor aceleraron el paso.
En la próxima bocacalle Dorotea le pidió que la dejara.
El Mayor quería acompañarla hasta cerca de su casa.
Tenía urdidas una infinidad de mentiras y ansiaba por decírselas.
—155→Quería, en una palabra, que no se fuese resentida con él.
Pero todo fue en vano: ella exigió que la dejara, y media cuadra más adelante se despidieron.
-¿Me amas siempre? -dijo él.
-Sí -contestó, Dorotea brevemente.
-¿Nos veremos mañana?
-No.
-¿Y cuándo, entonces?
-Yo te lo diré: te ruego no vayas a cometer ninguna imprudencia: adiós, y uniendo la acción a la palabra, atravesó la calle, separándose del militar.
Varias veces en el tránsito tuvo que pasar a la vereda opuesta, acosada por libertinos que al verla sola la reputaban fácil presa para saciar sus instintos lujuriosos. Era la primera vez que se encontraba sin compañía por las calles a tan altas horas de la noche. En otras ocasiones y siendo de día había oído lisonjas a su belleza que halagaban su amor propio, pero ¡qué diferencia de esos galanteos cultos a las proposiciones groseras que ahora le hacían! Tenía tentaciones de correr hasta llegar a su casa.
A muchos los había desconcertado llamándolos atrevidos o insolentes con voz entera; pero uno, sobre todo, no se daba por vencido y la seguía obstinadamente poniéndosele al lado de rato en rato.
La calle estaba solitaria y Dorotea no encontraba siquiera un vigilante que la alentase.
Por fin llegó. Su perseguidor al verla entrar apresuró el paso, pero cuando llegó a la puerta ya estaba con los pasadores corridos.
Entró y un súbito terror la hizo temblar.
Todas las piezas estaban cerradas.
—156→¿Qué podía significar aquello sino que Dagiore había venido?
Esto fue precisamente lo que se le ocurrió a Dorotea.
En su perplejidad oyó la voz de Clara, que decía con voz un tanto insegura:
-¿Es Vd., señora?
-Sí: ¿qué hay? -replicó intranquila y dispuesta a correr hacia el zaguán.
-Voy a abrirle, venga: por aquí, señora, teníamos miedo.
Clara salió a su encuentro y Dorotea, reprimiendo la emoción que había pasado, y ya más tranquila, contestó:
-¿Y de qué tenías miedo, tonta?
-¡Ah! es que los niños se me durmieron, y yo sola...
-¿Quién te iba a comer?
-Nadie, pero cerré las puertas para estar más segura.
Dorotea entró.
Le causó estupor encontrar todo en el mismo orden que lo había dejado.
Es lo que sucede cuando se opera una revolución en el modo de ser moral de una persona. Se cree entonces que las cosas van a asociar su suerte con uno y hacer causa común imprimiendo carácter general al trastorno localizado en nuestros nervios sensitivos; pero ellas siguen su curso que sería indiferente e irónico si no fuese fatal, aislando siempre al dolor en sus crisis supremas.
Victoria y María dormían apaciblemente en una misma camita.
José, de genio más voluntarioso, no había querido —157→ obedecer a la niñera: se propuso esperar despierto a su mamá, pero el sueño lo venció y se quedó dormido en el suelo, casi debajo de la mesa.
La madre, sin contestar a las preguntas indiscretas de Clara, la ordenó que se acostara, y levantando a José se puso a desnudarlo.
Este se despertó a medias y empezó a llorar.
La madre, ansiosa de cosas nobles, lo besó repetidas veces en su boquita sucia y lo acostó en su misma cama.
Entonces empezó ella misma a desnudarse.
Al sacarse la pollera de seda, la escena de la Posada, que había olvidado por un instante, se presentó de súbito a su mente. La miró con terror. Estaba muy ajada. Cada arruga que notaba era para ella un testigo que la recordaba lo que en vano quería relegar al olvido. La colocó en una silla, suspirando, y pasó a sacarse las enaguas: al agitarlas para que cayeran, notó que no hacían el mismo ruido que por la tarde cuando se las puso: al tenerlas después en la mano vio que el ruedo estaba enlodado: con verdadera rabia las arrojó a un rincón.
Después le pareció que tenía olor a cigarro: así en camisa corrió al lavatorio, pero antes de lavarse se miró al espejo.
Estaba aún encendida.
Varios años antes los mozos de la Fonda, cuando la veían volver así, la calumniaban con juicios deshonrosos, y ahora que regresaba a su casa culpable y quemándole las sienes las caricias del adulterio, ni un rumor oía ni despertaba la sospecha más leve.
Aún podía deshacerse de la pollera y de esa enagua que la acusaba con su ruedo sucio... tal vez consiguiera mantener en el secreto sus culpables —158→ amores y no dejar rastro ostensible de su delito; ya había empezado a lavarse creyendo que los besos del Mayor le habían dejado olor a tabaco en las mejillas, pero vano afán: su corazón la traicionaba y en su golpe isócrono y precipitado, creía oír la tremenda palabra...
Un leve movimiento de la cortina del lecho, el natural crujido del colchón al doblegarse por el peso del cuerpo, o el rumor incierto de pasos en la calle, modulaban en su oído el epíteto deshonroso que esperaba por momentos ver salir vibrante de una garganta formidable.
Un vestido que se plegaba confusamente en un rincón, un mueble distendiéndose al proyectarse en las sombras, algunos papeles colocados encima del ropero, cobraban en su ánimo medroso las formas del fondero.
Era Dagiore; lo veía; se deslizaba por el suelo como una serpiente, sin hacer ruido y llevando entre los dientes un puñal que en su límpido brillo reverberaba de una manera siniestra los reflejos opacos de la lámpara.
Se había quedado ensimismada, y al soñar despierta esta escena desagradable, dio un salto brusco creyendo que la herían por la espalda.
Registró todo el cuarto, debajo de la cama, adentro del ropero, y no satisfecha aún, puso una silla para ver si encima estaban sólo los papeles.
Esa noche no durmió media hora seguida.
Tenía sueños enloquecedores. De pronto soñaba que Dagiore la había sorprendido en la Posada, y otras veces, que estaba en la cárcel y en un mismo cuarto con el compadre, la compañera de este y el Mayor.
—159→Luego despertaba en un sobresalto espantoso y con tal confusión en las ideas que le era difícil darse cuenta de lo que realmente le había acontecido.
Estaba tan excitada que el menor movimiento que hacía José en la cama le producía un estremecimiento en todo el cuerpo.
Así llegó la mañana.
Se levantó como una convaleciente, alelada y con una gran debilidad en la cabeza. Una sensación de estupor la embargaba y miraba con extrañeza los objetos que le eran familiares.
Había vivido esa noche diez años por lo menos y cosechado un lote inmenso de experiencia.
Sentía vergüenza del paso que había dado y aún culpaba a la suerte de su desventura: pensaba que ella no había sido dueña de sus actos, que todo había pasado contra su voluntad, y que había sido forzada traidoramente preparándosele una emboscada infame.
Pero sus mitos, el desorden de su imaginación, sus aspiraciones novelescas, todo esto, cayó con estrépito, desde el pedestal de humo que había creado su loca fantasía.
Había visto hasta entonces la comedia de la vida como cándida espectadora guardando todas las leyes de la perspectiva, y ahora veía rodar las tablas de la escena y se cercioraba de que los risueños paisajes eran horribles suciedades de pincel y que los dorados de efecto que encantan la vista, no son por dentro, mas que tosca y grasienta arpillera.
Creía que sabía ya a qué atenerse en los sueños de la vida, porque su desencanto había sido cruel.
Tenia amante, y no lo amaba.
Pensó en sus hijos, en el buen ejemplo que debía —160→ inspirarles con su conducta y decidió ser juiciosa y romper completamente las relaciones iniciadas con el Mayor.
Embebida en estas ideas y ya bastante calmada, pasó la mañana.
A eso de las diez y estando en el comedor oyó ruido de voces en el zaguán.
Se asomó para ver quién entraba, y en el acto retrocedió, pintándose en su rostro el más grande espanto.
Había visto juntos a Dagiore y a su amante.
Su marido fue a buscarla, diciéndole al Mayor que esperara un momento que iba a abrir la sala.
Dorotea no sabía lo que le pasaba ni se daba cuenta de cómo podrían estar los dos juntos.
En su dolorosa obsesión, resolvió esperar que se cambiasen las primeras palabras para saber lo que ocurría.
Como ella esperara, Dagiore la dijo:
-¿Estás enojada conmigo todavía?
-Yo no -contestó Dorotea, muy turbada.
-¡Eh! bueno: se acabó todo: yo me he hecho muy amigo del señor Mayor: ven a saludarlo.
Y al decir esto, Dagiore reía tontamente.
Dorotea lo miró consternada: el infeliz estaba casi borracho.
Veamos, entre tanto, lo que había sucedido.
La noche anterior, al separarse el Mayor de Dorotea, comprendió que había dado un paso en falso llevándola a la Posada y que esta falta no le sería fácilmente perdonada. Resuelto como estaba a no sacarla para vivir unidos, creyó que su causa estaba perdida si no procuraba algún medio para verla con —161→ frecuencia y hacer presión en su ánimo con el antecedente que mediaba ya entre ellos.
Estaba seguro que Dorotea no aceptaría bajo ningún principio una nueva cita a la Posada y como seguiría recelando de él le sería sumamente difícil volver a engañarla.
Fue entonces que se le ocurrió la idea cínica y audaz de valerse de Dagiore para continuar gozando de su conquista.
No bien concibió el proyecto, quiso ponerlo en práctica.
Muy de mañana se presentó en la Fonda.
Había pocos parroquianos, que a la sazón tomaban café solo o bien con leche. Dagiore limpiaba algunos vasos: los sumergía en el agua de una tinita y luego los colocaba boca abajo en un aparato de latón pintado que tenía un falso fondo de rejilla para que enjugaran las copas y los vasos, el cual estaba en uno de los extremos del mostrador.
Reconoció a su heridor inmediatamente y le puso cara hosca; pero este con su carácter insinuante se le acercó y empezó a pedirle las mayores disculpas por lo que había sucedido.
Puso en juego una táctica admirable.
Le dio al fondero toda la razón, diciendo que si hubiese sabido que era su mujer legítima jamás habría intervenido.
-Las mujeres -agregó dándola de chusco-, necesitan de cuando en cuando que se les asiento la mano.
Esto encantó a Dagiore. Al fin encontraba uno que aprobaba su conducta.
Siguieron charlando y el fondero le preguntó qué tomaría. El militar optó por el coñac Hennesy, del cual sólo había una botella.
—162→Dagiore bebió con él y entonces le propuso hacer una visita a Dorotea. Estaba seguro de su triunfo. Desde que lo vio tan afecto a la bebida pensó que conseguiría de él todo lo que quisiera.
El Mayor no podía estar más contento. Había creído que la realización de su proyecto le costaría algunos días, grandes esfuerzos de dialéctica, y lo que más le disgustaba, tener que codearse con los parroquianos de la Fonda, y sin embargo, había quedado concluido en menos de dos horas.
Desde este día siguió frecuentando la Fonda, y la casa de Dorotea como si fuese la suya propia.
Poco a poco fue cobrando un gran ascendiente sobre Dagiore.
Podría decirse que lo tenía dominado.
Dorotea aceptó la situación; la noche fatal de la Posada la ataba por completo a la voluntad del Mayor.
Entonces ella también se valió para satisfacer sus deseos de la influencia que ejercía su amante en el espíritu caduco de su marido.
Quiso un piano para que aprendieran sus hijas, y Dagiore por primera vez en su vida entregó sin protestar, diez mil pesos con ese objeto.
También es cierto que le habló de los deberes que tenía de dar una buena educación a sus hijos, y que en caso de alguna necesidad imprevista el mueble siempre se podría vender casi por el mismo precio que había costado.
El Mayor visitaba a Dagiore con mucha frecuencia. Bebía allí de balde y muchas veces se quedó a comer en el cuarto que ocupaba antes Dorotea y en que nació José.
Sin embargo, cada vez que entraba allí se encontraba —163→ mal, aquella atmósfera nauseabunda le chocaba. Tuvo entonces una idea. Él frecuentaba con varios amigos un Café donde iban a jugar al billar. ¿Por qué, pues, Dagiore no vendía la Fonda y ponía un negocio de esa índole? Se llamó bruto por no haberlo pensado mucho más antes. Le habló al respecto a Dagiore y éste se resistió, pero muy débilmente. Habló de su hotel, idea que nunca abandonaba. El Mayor le dijo, que un Café daba más que una Fonda y que si se decidía, esto no importaba que abandonase el proyecto de fundar una gran casa de huéspedes.
Dagiore no quería salir de su Fonda, pero el Mayor se iba de nuevo a la carga todos los días, repetía los mismos argumentos y le prometía traerle todos sus amigos. Habíale cobrado verdadero odio a la Fonda; de buena gana la habría derribado ladrillo por ladrillo.
Al fin venció las resistencias de Dagiore.
Pero aún tuvo que esperar algunos meses para ver su idea realizada, porque el fondero no convenía con el precio que le ofrecían.
El negocio daba bastante, es verdad, pero no tenía existencias: el verdadero capital allí era la práctica de su dueño: la misma clientela desaparecería al día siguiente si no era servida del mismo modo.
Llegó el día del arreglo y a la vuelta, en paraje mucho más ventajoso, alquiló Dagiore un local, donde estableció un Café y billar de aspecto muy decente.
—164→
José, con sus amigos, frecuentaba por la noche el Café Tortoni, que estaba entonces en una de las esquinas de Esmeralda y Rivadavia.
No habían escogido deliberadamente este Café para sus reuniones. Entraron a él una noche por casualidad, y ya después siguieron dándose cita allí.
La gran parte del público que concurría a este centro era extranjero, notándose mayoría de franceses.
Esta nacionalidad, que se distingue por sus rasgos expansivos, llenaba las amplias salas del Café con su charla ruidosa y su franca hilaridad.
Se oía un clamor incesante, formado por los cuchicheos de los parroquianos, el rodar de las fichas del dominó sobre el mármol de las mesas, el juego del chaquete; ruidos confusos del cliente que pide algún servicio y el mozo que grita para satisfacerlo, formando al combinarse, ese murmullo especial de los Cafés que va en ráfagas recorriendo los ámbitos de la sala para volver más lánguido luego renovado por el eco, y perderse finalmente en la bulliciosa algazara que surge de nuevo por todas partes.
Era uno de los primeros días de Junio, y sin embargo, la atmósfera era allí pesada y tibia por la aglomeración de hombres y el humo que despedían los cigarros.
El grupo que formaban nuestros jóvenes, sentados —165→ en torno de una mesa, era de los más bullangueros.
Sonoras carcajadas con que a menudo matizaban su conversación, atraía hacia ellos las miradas de los parroquianos que ocupaban las mesas vecinas.
Todo denotaba en ellos contento y alegría. Los pesares de la vida no habían aún impreso su sello de dolor sobre aquellas frentes tersas ni apagado la brillante claridad de sus ojos curiosos y atrevidos. Pisaban el dintel de la risueña juventud y rebosantes de salud y mágicas esperanzas caminaban hacia el porvenir tejiendo ilusiones para orientar su planta en el sendero de la vida. Ninguna necesidad imperiosa los ataba al presente y no tenían aún conciencia de los grandes dolores que reserva la existencia, en pequeños o grandes lotes, al pobre ser humano en su tránsito por la tierra. Sin embargo, se quejaban; pero sus lamentos eran efecto de dolores reflejos que sus imaginaciones asimilaban haciéndolos propios. El llanto estaba de moda y la literatura en boga concurría a dirigir los espíritus por esas pendientes enfermizas. Cuando hablaban de libros recordaban siempre, con especial agrado, a la Dama de las Camelias, a la María de Isaacs y al Werther de Goethe.
Estos libros, que pugnan en todo sentido con la lógica a que responden las necesidades del organismo humano, no son más que puñales envenenados con que hombres de indisputable talento hieren a mansalva el corazón inocente de la juventud.
¡Ah! ellos buscaron con insomne afán en los aquelarres del vicio la figura esbelta de Margarita Gautier.
¡Vano anhelo!
Las pasiones humanas obedecen en su desenvolvimiento —166→ a leyes tan fijas, como las que regulan la marcha de los astros en el infinito de los cielos.
Los sentimientos nobles languidecen y se atrofian, como los vegetales, cuando el elemento no les es propicio y se ven forzados a pugnar en tierra estéril.
Es la batalla por la vida o la lucha por la idea, en que predomina la especie más fuerte o la pasión más estimulada.
Es también la acción refleja, porque un miembro enfermo desconcierta con su nociva influencia al organismo entero.
Más de una vez creyeron estrecharla entre sus brazos, engañados por la ansiedad de un ideal que se reflejaba en los contornos de cualquier forma femenina; pero el tiempo y los hechos hacían que la abnegada Margarita desapareciese como azulada espiral de humo que desvanece ligera ráfaga de viento, y entonces habiendo caído la venda de los ojos, por desgracia siempre tarde, los jóvenes se encontraban con la hipócrita ramera que había secado sus ilusiones y acabado con su salud y su dinero.
¡A buena parte iban a buscar sentimientos elevados! Tristes mujeres que han roto los vínculos nobles que ligan en la tierra, sin un ideal que ilumine su sendero, agobiadas por la ignominia y habiendo quemado las naves en la isla fangosa del vicio, ¿A qué pueden tender sino a explotar con besos y caricias mentidas?...
También creían que Efraín era el mismo Isaac, ignorando que este era un honrado padre de familia, que lo pasaba muy bien al lado de su esposa y rodeado de sus hijos.
Compadecían a la sentimental María, y no contentos con esto, pretendían resucitarla al amoldar a sus —167→ ideas la imagen de cualquier jovencita que les halagaba la vista.
Ignoraban que la ausencia de un amante no es causa suficiente para hacer morir a una joven.
Ciertas necesidades del organismo cuando no son satisfechas por sus medios naturales, producen perturbaciones más o menos graves. Según el temperamento respectivo y los estimulantes que encuentra, se ha observado que la abstinencia en las solteras produce clorosis, anemias, tisis y muchas otras enfermedades que sería inútil consignar aquí.
Esto es evidentemente muy triste y acusa imperfección o injusticia en el sistema social, pero al fin es un hecho: es así que por comparación deductiva podemos suponer que no fueron causas morales sino puramente físicas, horribles protestas de la naturaleza humana contra las leyes que la sofocan, las que llevaron a la tumba a la amorosa y gentil María.
Con este ideal en la cabeza se creían perdidamente enamorados de cualquier sirvientita, y si la observaban hablando con otro, sentían un desencanto sin nombre.
La sociabilidad argentina, formada de medios tan complejos y tan antagónicos, retarda esa fusión de aspiraciones nacionales que es la nota que predomina en sociedades verdaderamente constituidas. El espíritu de asociación no ha anudado todavía los elementos humanos que caminan segregados y sin una ruta determinada. Es por esto que la vida es tan subjetiva, lo cual se observa en nuestra juventud, que peca por sus dotes negativas de expansión.
José y sus compañeros, aunque conversaban a menudo de asuntos íntimos, llevaban en sus cerebros un mundo de anhelos secretos que recíprocamente se —168→ ocultaban. Muchas veces sucedía que los cuatro estaban interesados en una misma joven, y como no lo decían ni venía tampoco un hecho práctico a poner de manifiesto la gestación de estas ternuras, caían de continuo en melancólicos ensimismamientos, y cuando reaccionaban, la humillación de un deseo no satisfecho los llevaba a murmurar de las mujeres en general. Hablaban entonces a impulso de un rencor secreto y como si continuaran en el diálogo la conversación íntima que cada uno de ellos había mantenido consigo mismo.
Llamaban perjuras a todas las mujeres y pensaban que tenían un ideal, lo cual no obstaba para que ellos fueran infieles a cada paso con ese fantasma seductor que crea el primer despertar de los deseos.
Cuando sus espíritus se encontraban en ese estado, leían con supremo deleite las páginas de Werther, la apología más grande que se haya hecho jamás del suicidio.
Así, esas tiernas almas empezaron a debilitarse aprendiendo que hay una puerta falsa para escapar en la vida de cualquier contrariedad.
El trasporte del primer momento no les permitía razonar.
Goethe era para ellos el autor predilecto, y sin embargo, nunca les pasó por la mente que tan elocuente abogado del homicidio de sí mismo muriera de senectud y ¡amando aún la vida!...
-Pero, ¿qué estamos haciendo aquí? -dijo de pronto Guillermo, que era siempre el más impaciente de todos.
-Esperemos un momento, a ver si se desocupa una mesa -contestó José.
-¡Bah! estamos frescos.
—169→-Ya la he pedido.
-Juguemos entre tanto un dominó.
-Ese es juego de viejos.
-A las damas, entonces: el que pierde sale.
-Me aburre mucho. Mejor es que vamos a otra parte. De todas maneras si queremos jugar al billar tendremos que esperar a que amanezca.
-No tanto. ¡Mozo! -gritó José.
Cuando apareció éste le preguntaron si todavía tardaría mucho en llegar el turno que les correspondía.
-Son los terceros -contestó el interrogado.
-¿No ven? -continuó Guillermo, y los que están jugando parece que recién empiezan.
-Bueno -dijo Juan Diego-, vamos a otro Café.
-Sucederá lo mismo -replicó Guillermo.
-¿Qué quieres que hagamos, pues?
-Vamos a recorrer la costa.
-¡Ya está!
-Habló el crápula -dijo Andrés, rompiendo el silencio en que se había mantenido.
-¿Y por casa cómo andamos? -le contestó Guillermo.
-Pues como quieran -dijo Juan Diego.
José estaba anhelante y hacía esfuerzos supremos para ocultar su emoción.
Hasta entonces no había pisado una sola vez la morada ostentosa del vicio y el libertinaje.
No obstante, estaba al corriente de todo.
Las conversaciones de sus amigos lo habían iniciado en estos secretos impúdicos y sentía cierta humillación de que fueran a descubrir que jamás había estado en una casa de tolerancia. Por esta causa se encontraba intranquilo. Tan cierto es que la virtud se avergüenza allí donde dominan ideas impuras. La —170→ vanidad en la juventud es la que produce estos lamentables contrasentidos. La moda está en ser vicioso y el ascendiente que se cobra siguiéndola en este funesto sentido precipita a todos en la fatal pendiente. Adolescentes hay que afirman haber padecido una enfermedad venérea sin que jamás la hayan sentido. El predominio de influencias malsanas genera estas aberraciones morales. Parece que faltara valor para sostener las ideas de virtud.
¡Cuántos jóvenes no son héroes del libertinaje a la fuerza!...
José, ya más de una vez, había negado la verdad, que tanto honor le habría hecho, asegurando que conocía esas horribles casas que sirven de refugio a las impúdicas rameras.
Sin embargo no había hecho más que pasar por el dintel de ellas y observar con mirada recelosa la tétrica puerta de fierro.
En otras ocasiones había pasado por las pocilgas en que se asila la prostitución clandestina, y al sentirse chistado, su cuerpo entero habíase estremecido de una manera extraña.
Después había seguido perplejo algunas cuadras, pero era sólo su persona la que se alejaba: su pensamiento mantenía fresco el eco lúbrico de las voces insinuantes de las prostitutas. Trasponía calles, cruzaba plazas y seguía atormentando a su oído el acostumbrado «adiós, mi hijito» o «¡adiós, buen mozo!».
Esto le producía estupor tan grande que degeneraba luego en un desasosiego continuo.
Su curiosidad estaba, por consiguiente, intensamente avivada.
Tenía fiebre por conocer un lupanar.
Hizo entonces un esfuerzo, y para evitar que lo —171→ supusiesen un joven afeminado o pusilánime, que es lo que más temía, dijo con voz que se esforzó por hacer tranquila:
-Tanta discusión por una zoncera: aquí no hay ningún marica: vamos todos.
-Eso no -replicó Juan Diego-, alguno puede tener miedo.
Los cuatro rieron y salieron del Café.
Fueron a dar una vuelta por la calle de Florida, y después de vagar casi sin rumbo, se dirigieron hacia la calle de Temple, por indicación de Guillermo.
Al pasar la calle de Suipacha empezaron sus tentativas por penetrar a una de las tantas casas de tolerancia que existen en ese radio; pero estas fueron infructuosas porque como eran cuatro no les permitían la entrada.
En vano Guillermo se afanaba por despertar confianza recordando sus visitas anteriores.
-No se puede; hay mucha gente -contestaba secamente el rufián, mostrando su innoble figura al través de los hierros de la puerta.
El joven en su capricho llegó hasta la súplica. Al cabo, convencido de que perdía su latín, cambió de tono, dio con el taco unos formidables golpes a la puerta, que repercutieron en el interior lúgubremente, y retirándose, llenó de injurias al rufián. Este ni siquiera replicó. Estaba acostumbrado a recibir esa lluvia de flores de labios de la juventud.
-¿Qué hacemos ahora? -dijeron a un tiempo José y Andrés.
-Seguir -replicó vivamente Guillermo-: en alguna parte nos han de dejar entrar.
-Mi opinión -dijo Juan Diego, el estudiante de —172→ medicina-, sería ir a comprar cohetes y arrojarlos al zaguán.
-No -dijo Andrés-, es exponernos tontamente a que nos lleven a la Comisaría.
-Pero es preciso hacer algo -gritó incomodado Guillermo.
-Pues vamos a lo de Luisa.
-Caramba, queda muy lejos.
-Tiene razón Juan Diego -contestó Andrés-, allí nos conocen y nos dejarán entrar.
-En marcha, pues.
Siguieron por la calle del Temple y doblaron por Artes, conversando a grandes voces.
-Nos han de creer muy flanelas, dijo a la sazón Guillermo, cuando en ninguna parte nos dejan entrar.
-No es eso -replicó Andrés-, es que nos encontramos a primeros del mes y todos los empleados andan con dinero.
-Tiene razón -agregó Juan Diego-; los primeros del mes, y los sábados, en que cobran los cajistas y una gran infinidad de gremios, no es posible andar por estos pagos.
José, entre tanto, callaba, ignorando ciertamente al punto donde se dirigían.
Conversando así, llegaron a la calle de Corrientes y bajaron por esta hasta Libertad.
-¡Alto! -dijo Juan Diego-, y los cuatro se detuvieron en la esquina-. Vean -siguió-, lo mejor que podemos hacer es que vayamos dos primeros: iré yo con José, y luego de un rato, tú, -señalando a Andrés, con Guillermo.
-Vayan, entonces.
—173→Se separaron, y al poco rato los dos entraban en uno de los tétricos zaguanes de esa calle.
El rufián dejó ver su cara de Iscariote al través de los hierros de la reja.
-¿Se puede entrar? -preguntó Juan Diego.
-Hay mucha gente.
-¿Qué no me conoce? -agregó el joven.
-¿No son más que ustedes? -y al decir esto el rufián se empinaba sobre sus pies, como para ver si había otros agachados en la parte inferior de la puerta, que era compacta.
Fastidiado por estas pesquisas, el estudiante se decidió por llamar a Luisa.
Entonces se les franqueó la entrada, y el cerrojo volvió a correrse. Podía decirse de aquella siniestra puerta que eran las fauces hambrientas del vicio que tragaba sin misericordia a la incauta juventud.
Cayeron nuestros jóvenes a un patio estrecho y regularmente alumbrado. Para andar había que tomar algunas precauciones, porque varias plantas interceptaban a trechos el camino.
¡A José lo sobrecogía extraño estupor! No se daba cuanta de lo que tenía, pero algo le pasaba. Se sentía mal.
Quedó algo alelado a unos cuantos pasos de la puerta de fierro.
-¿Qué haces? -le dijo Juan Diego-: por aquí; ven -y se dirigió a la entrada de la pieza que cuadraba el patio. La puerta estaba abierta, y aunque se percibía alegre rumor de voces no se veía nada a causa de que interceptaba la vista un espléndido cortinado.
José siguió a su compañero.
Iban ya a entrar, cuando los dos se detuvieron al sentirse chistados. Dieron vuelta y se encontraron —174→ con una pareja que salía del brazo de uno de los cuartos de la casa.
-¡Ah! ¿eres tú, María? -dijo riendo Juan Diego-. ¿Cómo está? agregó, reparando en el compañero. No se conocían ni de nombre, pero se saludaban por haberse encontrado en varios burdeles.
María era una joven húngara que chapurreaba muy mal el español. Guillermo la prefería, y como siempre lo veía con el estudiante, lo había llamado para preguntarle por qué no venían juntos.
Juan Diego apartó la cortina y entraron los cuatro.
La sala estaba llena de jóvenes high-life. En el centro de la habitación había una mesa ricamente tallada y con piedra mármol, atestada de copas y botellas, que por momentos se renovaban.
Era este uno de los filones de la casa. Tenían las rameras su consigna: inducir a beber a su clientela para ganar con el expendio de los licores o incitar a la Venus por medio de Baco.
Juan Diego se puso a conversar con varias mujeres y José se sentó algo apartado en una butaca.
En el extremo opuesto del salón estaba una flaca compatriota de Lord Byron; esa noche no había llegado, sin duda, ningún gentlman y estaba vacante: tan estirada y quieta aparecía en su asiento que semejaba un rígido cadáver. De pronto alzó su rostro demacrado y apercibió a José, al cual, sin duda, reputó fácil presa. Fue a buscarlo, y cuando estuvo delante de él le dijo:
-¿No pagas una cerveza?
El joven la miró y no supo qué contestar.
-¿Qué dice el buen mozo? -agregó la inglesa con tono que quiso hacer insinuante, y como viera que José se dejaba cortejar sin protesta se le sentó en —175→ las faldas, cruzó su brazo descarnado por el cuello del joven y le dio un beso.
José quedó consternado, pero su vanidad lo obligó a no rechazar a la impúdica mujerzuela: desde que entró se había encontrado violento al sentirse aislado: por lo demás no hacía sino imitar a la mayoría de los otros, que también sostenían su carga sobre las rodillas.
Hizo un supremo esfuerzo por aparecer tranquilo, tragó saliva, se compuso la voz con una tosecita provocada y empezó a dialogar sobre tonteras y a averiguarle el nombre a su escuálida compañera.
En ese momento penetraron Andrés y Guillermo.
-¡Muy bien! -dijo el primero divisando a José-. Te felicito, Emma.
Este se envalentonó con la presencia de sus amigos. Estaba fastidiado con la inglesa y ya aquel medio empezaba a enardecerle la sangre. No atendía a su compañera por mirar a una española trigueña que tenía al frente y que por lo bajita engañaba en su edad, al punto de parecer una niña.
Se le ocurrió un chiste y tuvo el valor de decirlo:
-¿Sabes -le dijo a Andrés-, que he hecho un gran descubrimiento?
-Vamos a ver.
-Es muy sencillo: que Emma no pertenece al orden de los mamíferos.
Los que estaban cerca festejaron la chuscada con grandes risas y la pobre Emma preguntó azorada:
-¿Qué dicen?
Al fin comprendió que reían de ella. Entonces despechada abandonó a José, diciéndolo con voz desabrida:
-¡Bruto! muy bruto.
—176→Los jóvenes, entonces, se acercaron adonde estaba Juan Diego.
A la sazón este mortificaba con pullas de mal gusto a una llamada Irene. Tenía esta su parte en la casa. Muy trigueña, tanto, que podía pasar por mulata. Era la única hija del país que había allí. Los libertinos de Buenos Aires la consideraban mucho, porque por su intermedio se ponían al habla con todo el gremio de las grisetas. Podía decirse de ella que era el teléfono del vicio. Su actividad no precisaba media hora para organizar los elementos necesarios a una orgía y pocas criadas y niñeras resistían a las seducciones de sus ofrecimientos. Como táctica para estar con todos bien hacía gala de una gran mansedumbre de carácter. Aun en ocasiones que se irritaba sabía velar su encono felino con una palabra moderada. Su experiencia de muchos años en el infame oficio que ejercía le había enseñado que a la juventud se la lleva a cualquier parte con halagos y zalamerías.
Por esto limitó su réplica a las cargantes expresiones de Guillermo, con estas simples palabras
-¿Cuándo dejarás de ser chichón?
Irene estaba casi relegada a la pasiva. Los jóvenes no le hacían caso, pero ella arreglaba muchas cosas y en diferentes ocasiones hacía de patrona. Con todo, no dejaba de hacer su conato para que se la convidara con una copa de cerveza o de oporto. Pero ella también tenía sus días buenos. Cuando caía, como gallina en corral ajeno, un estanciero o algún comerciante medio tosco o tímido, Irene lo abordaba.
Los mismos jóvenes ya sabían esto. No bien descubrían un ejemplar de esta familia lo clasificaban haciendo correr esta voz que los ponía de excelente buen humor:
—177→-Un marchante de Irene.
La que dirigía la casa se llamaba Luisa, pero todos la designaban impropiamente con el nombre de Madama.
Luisa tenía un aspecto honesto, a tal punto engañan las apariencias en el mundo. Revelaba en sus actos mucha energía y los jóvenes hasta cierto punto la respetaban. Caminaba y daba órdenes con majestuoso desenfado. Su vestido de costumbre, en invierno, era de terciopelo negro, algo suelto y de gran cola y por todo adorno una golilla blanca al cuello. El peinado que usaba era bastante sencillo, sin embargo que no descuidaba los bucles de su cerquillo.
Iba y venía por el interior de la casa y luego que encontraba las cosas a su agrado entraba al salón, donde se sentaba y empezaba con su pesado latín a predicar a los jóvenes que fuesen razonables y buenos muchachos, o en palabras más claras, que dejasen allí la salud y el dinero.
Tenía bastante quehacer: llevaba en un libro cuenta aparte a cada asilada: ella las surtía de trajes y todo lo que les era necesario y cada tres meses les entregaba el saldo, si es que resultaba, lo que no siempre sucedía, porque las explotaba sin misericordia: en el haber de cada prostituta, solo se acreditaba la mitad del dinero que ganaba: la otra parte ingresaba directamente a la caja de la madama por gastos de alojamiento y comida. Ella, también, inspeccionaba celosamente al cocinero y revisaba las cuentas del mercado y de otros consumos. De cuando en cuando hacía una visita a la sala reservada. Esta pieza era la primera de la casa y estaba lujosamente amueblada. Tenía su destino especial. En ella se recibían a las categorías y a los hombres casados que deseaban —178→ correr la tuna sin ser notados. ¡Ah! si esas tupidas cortinas y esos lujosos muebles pudieran hablar, qué historias tan chuscas y tan tristes, a la vez, nos podrían contar. ¡Cuántos que en el carnaval social usan el disfraz de Catón, habían allí arrojado la careta, para presentarse con la sensualidad de Alcibíades!
Hacía rato que la madama faltaba de la sala general, en la cual estaban nuestros jóvenes. Por esto, sin duda, reinaba alguna confusión y algunos se estaban permitiendo serias inconveniencias.
-Vamos -dijo Juan Diego, dirigiéndose a Guillermo-, haz sonar el dientudo.
-Tienes razón -contestó este- y fue a sentarse al piano.
Empezó con una cuadrilla, que aprovecharon algunas parejas.
Las prostitutas, en general, son muy afectas a la danza, y para la época del carnaval no pierden baile de máscaras. También es cierto que concurren a los teatros con el objeto de encontrar dueño por una noche. Sin embargo, no pierden ocasión de dar una vuelta y en las casas de tolerancia donde no hay piano hacen que el organista toque desde la calle.
La algazara subía de tono en la sala.
En ese momento se presentó Luisa.
-A ver, franelas -dijo-, ¿a eso vienen acá? -y se dirigió fríamente al piano, apartó a Juan Diego, el cual la rogaba los dejara bailar, y haciéndose sorda a todas las súplicas, cerró el instrumento y se guardó la llave, diciendo:
-Esta noche no hay música.
-¡Pero, madama!
-No, no puedo consentir que vengan a pasar el rato aquí sin hacer nada: ya saben que no quiero —179→ franelas, y si no van al cuarto a pasar visita, no les voy a permitir que vuelvan a entrar.
-Eso no lo dirá Vd. por mí, replicó cínicamente el que había acompañado a María, la húngara.
-No, lo digo por estos -y señalaba un grupo de jóvenes pálidos, en cuyas miradas lúbricas podía medirse toda la intensidad de la audacia que los animaba.
Parece que esta proclama surtió algún efecto, pues al poco rato se perdieron de la sala algunas parejas.
-Y Vds. ¿qué hacen que no siguen el ejemplo? -preguntó Luisa a nuestros jóvenes.
Cada uno de ellos tenía una compañera al lado y José sostenía una animada conversación con la pequeña española, que lo excitaba a cada momento con repetidos besos.
-A su tiempo maduran las uvas -replicó Guillermo.
-Tomemos algo, muchachos -propuso Juan Diego.
-Hombre, es cierto: a mí todavía no se me ha quitado el frío que nos chupamos en la bocacalle. Opto, pues, por un punch.
-Venga el punch -dijo Andrés.
-¿Y tú, José? -preguntó el estudiante.
-También.
-¿Y Vds., princesas, qué van a tomar?
Se decidieron las cuatro por el punch, pero de oporto, y los jóvenes pidieron para ellos de cognag.
Después que vaciaron las copas Guillermo se fue con la húngara. Juan Diego no tardó en seguirle. Entonces Andrés llamó aparte a José y le dijo que llevase a su compañera y que si no tenía dinero él pagaría.
—180→El pobre joven estaba demasiado aturdido y demostró deseos de retirarse.
Su amigo lo disuadió y convinieron en seguir el ejemplo de Guillermo y Juan Diego.
-¡Galleguita! -dijo Andrés.
La joven fue hasta el umbral de la puerta donde estaban ellos.
-Llévate a este -le dijo.
La diminuta española se cogió con la izquierda de un brazo de José y con la otra mano recogió la larga cola de su vestido.
Entre tanto, la madama veía estas desapariciones con una satisfacción tan grande que se ponía de excelente buen humor. Y la sala quedaba por momentos casi vacía, hasta que volvía a animarse con la charla equívoca de las prostitutas que regresaban, para tornar enseguida, a poner en subasta, fríamente, sus ajados encantos.
Al cabo de media hora estaban ya de vuelta en la sala nuestros jóvenes. Charlaron aturdidamente fraternizando con los demás que se hallaban allí presentes. Parecía que se encontraban bien en aquella atmósfera, y la tranquilidad que revelaban ponía de manifiesto la relativa ignorancia que tenían de las jornadas traspuestas en el sendero del vicio.
Ellos que tenían un concepto elevado de la patria y del amor y cuyos corazones eran bien inclinados, latiendo en sus pechos, con noble espontaneidad, al primer llamado de los grandes sentimientos, ¿cómo era posible que descendiesen tanto hasta ir a revolcarse en la inmundicia?
¿Qué aberración era esta?
¡Quién les hubiese dicho que estaban al borde de un horroroso abismo, y que cada una de esas noches —181→ de equívoco placer, repercutirían tal vez, formando eslabones el dolor, hasta inocentes vástagos del futuro, degenerando al fin una familia entera!...
La madama dio el vuelto sobre el dinero que habían entregado los jóvenes y repartió una lata a cada una de las prostitutas.
-¿Pongámonos en retirada? -dijo Andrés.
-Es muy temprano -contestó Guillermo.
-Vamos a lo de Amalia, entonces -propuso Juan Diego.
-Mejor sería cenar antes -replicó Guillermo.
-Arreglaremos eso en la calle.
-Pues, vamos -Se despidieron y la galleguita besando a José le dijo:
-¿Cuándo volverás, mi hijito?
-Pronto.
-Bueno, adiós.
Al llegar a la puerta de fierro tuvieron que esperar un poco a causa de que un tropel de jóvenes pretendía entrar, entre los cuales había algunos barulleros a quienes Luisa negaba, hacía tiempo, la entrada.
Sucedió lo de siempre. Cansados de suplicar arremetieron la puerta a patadas. Uno de ellos que venía provisto de cohetes, arrojó una gruesa con la mecha encendida. Entonces dispararon temiendo a la policía. Los cohetes al explotar repercutieron lúgubremente en el interior de la casa y muchas rameras se asomaron en paños menores a la puerta de sus cuartos para imponerse de lo que sucedía.
El rufián, algo tarde, se decidió por abrir la puerta, y aunque su pie era enorme consiguió sólo apagar muy pocos, reventando los más debajo de sus piernas.
Nuestros jóvenes salieron.
La calle hormigueaba de libertinos. Era aquello —182→ la procesión del vicio. Desfilaban por las aceras jóvenes de buenas familias, dependientes de casas de negocio, grupos de italianos cantando y jornaleros ya ebrios, y de trecho en trecho, hombres bien vestidos recatándose en la sombra, esquivando encuentros, con el pañuelo en la boca, hasta que se decidían y penetraban con paso ligero a uno de los antros.
Las prostitutas que tenían cuarto a la calle abordaban a los transeúntes con infinita audacia y otras los chistaban desde la ventana.
De cuando en cuando, se oían disputas, imprecaciones, palabras soeces o esas eternas patadas en las puertas, que producía un ruido seco y destemplado.
Al llegar nuestros jóvenes a la bocacalle se encontraron con la pandilla que había prendido los cohetes. Todavía festejaban la acción, mientras disponían un nuevo avance a otra casa.
Desde allí se observaban los reflejos que salían de los focos de luz que alumbraban los zaguanes de las casas de tolerancia. Era una vislumbre mortecina que se perdía en rayos opacos al fundirse en la sombra de la calle. Al resplandor de esta penumbra se veían deslizar los bultos humanos, y aquellas casas malditas, con sus pinturas oscuras, se elevaban altaneras al proyectar sus siluetas en las tinieblas de la noche, como desafiando a la moral; vomitando a ratos, todas ellas, jóvenes que antes tenían algún pudor en el alma y seres que entraron con salud, realizando así la espantable acción de contaminar a las masas con el terrible azote de la sífilis, que empieza por la degeneración del tipo humano y concluye aniquilando el temple moral de las sociedades, que ruedan entonces al abismo.
—183→José se encontraba fuera de todo equilibrio. Eran pocos sus nervios para tantas emociones. No salía de su estupor y su moral trastabillaba. Recordaba a la galleguita, el piano, el tapiz rizado, las cortinas, los espejos, el arreglo de los asientos, el lujo de las meretrices, y más se confundía y abismaba cuando pensaba que todas esas mujeres sin conocerle lo tuteaban, se le sentaban en las faldas y lo cubrían de besos.
Sentía una impresión parecida a la que le produjo el primer vaudeville que presenció en el teatro francés.
Al fin se decidieron por dejar la cena para más tarde y se dirigieron a lo de Amalia. Era esta una mujer de la misma índole moral de Irene. Flaca, de color cobrizo y como de treinta y cinco años de edad. Su cinismo pasaba el límite de toda degradación. Desde muy joven se había arrastrado por el fango más corrompido de la crápula, consiguiendo al último una torpe fama en los cuarteles.
Era la Mesalina de la tropa, y por la respectiva comisión se encargaba de proporcionar queridas a varios oficiales.
Había tenido sus alternativas de pasable bienestar y miseria suma.
Alma pequeña, su carácter estaba envenenado con la ponzoña de la acritud, y ya ningún acontecimiento en su vida, por venturoso que fuese, conseguiría que se refrescasen en las fuentes del bien sus marchitos y podridos sentimientos. Entre las mucamas que había sonsacado para explotarlas en el tráfico del libertinaje, se contaba una preciosa joven, hija de italianos.
Un tipo soberbio de hermosura. Morena rosada y —184→ con unas copiosas trenzas castañas que le llegaban al talle.
Esta desdichada se llamaba Josefina y estaba de moda entre la juventud. Amalia la había vendido infinidad de veces, y ya algo gastada, y no siéndole posible exigir los mismos precios, se había decidido a abrir una casa clandestina de tolerancia, llevando a ella a la joven y a varias otras.
Amalia podía estar rica, pero tenía un querido, al cual profesaba una adhesión de perro. Este era un compadrito, sin profesión y que tenía el vicio del juego.
Amalia no recibía más que a sus conocidos o a los que presentaban estos: vale decir, casi, la juventud entera de Buenos Aires.
Nuestros jóvenes llegaron a la casa. Estaba cerrada. Guillermo golpeó en los vidrios de la ventana.
-¿Quién es? -dijo una voz, que el joven reconoció.
-Abre, Josefina -dijo.
Esta les abrió y nuestros cuatro conocidos penetraron a la sala.
La casita estaba muy mal alhajada.
Los muebles eran escasos y viejos y las mismas mujeres que se encontraban allí vestían sencillamente. A primera vista parecía aquella la morada de una familia pobre y honrada; tal es la condición de la pobreza, que a estas equívocas interpretaciones se presta.
-¿Y dónde está Amalia? -preguntó Juan Diego.
-Adentro -contestó Josefina.
El estudiante, como si estuviera en su casa, pasó al segundo patio.
En la cocina encontró a Amalia. Estaba preparando la cena. Encima del fogón humeaban dos cazuelas; —185→ y sin duda cediendo a ciertos resabios de cuartel, había colocado en medio del piso de la cocina la parrilla, en la cual se asaba una gorda pierna de carnero. Puesta en cuclillas Amalia, acomodaba las brasas revolviéndolas con un pequeño fierro. Con las yemas de los dedos pulgar o índice de la otra mano apretaba un cigarrillo de papel, alzando los dedos restantes como si los tuviese baldados. A ratos se encendía el asado y ella apagaba las llamas soplando con la boca.
-¿No me convida, amigaza? -gritó el estudiante haciéndose notar.
Amalia se restregó los ojos, escupió y dando manotadas al aire para ralear el denso humo que despedía el trozo de carnero, alzó la vista y dijo:
-Hijo de perra, ¿habías sido vos? andá pa la sala que ya voy.5 Levantó la parrilla y con una espumadera echó sobre el fuego bastante ceniza y luego volvió a colocarla.
-Ya está -dijo-; así no se quemará y lo comerán caliente las muchachas.
Fue a la sala, donde ya estaba Juan Diego, y dijo:
—186→-Muchachas, vamos a merendar; mientras, pueden Vds. esperarnos -agregó dirigiéndose a los jóvenes.
-Yo no tengo ganas -dijo Josefina-; más tarde tomaré algo: vayan Vds., -y siguió conversando con José, que la tenía al lado.
Este había olvidado ya a la galleguita. Josefina le había producido una vivísima impresión. Al principio fue una simpatía y más tarde un imbécil apasionamiento.
La joven estaba corrompida hasta el tuétano, pero rememoraba sus primeras protestas cuando era seducida de niña y representaba con bastante éxito su papel de víctima, tejiendo embustes y falsos candores.
Cuando la preguntaban su edad, afirmaba que tenía veintiún años y había, sin embargo, cumplido treinta.
Tenía también su capricho: un joven, oficial peluquero, que muy poco trabajaba y que le llevaba hasta el último centavo de sus ganancias. Este, poco aportaba por la casa y más se veían fuera. Sin embargo, cuando se encontraba allí, Josefina no le prestaba atención especial y lo dejaba para atender a sus amantes de un momento. El cínico peluquero no se incomodaba por esto. Dejaba hacer, y no sin gusto, a veces, ante la perspectiva del dinero.
Por espacio de muchos meses, José fue asiduo visitante de Josefina. Esta le había tomado algún apego. Se sentía enferma y abatida. A solas tenía exacerbaciones crueles. El peso de su ignominia y su entero desamparo la agobiaban como si tuviera encima una lápida mortuoria. Entonces veía con dolorosa lucidez su situación. Se la despreciaba, ¿por quién? por unos miserables que ella despreciaba más, que habían venido a solicitarla con sollozos de lujuria y —187→ que luego de satisfechos sus brutales deseos, abreviaban los momentos para salir fuera o ir a escupir a la calle. Hacía comparaciones, y creía con toda convicción que daba más de lo que recibía. Ella siquiera, se mostraba siempre amable y tenía el cuidado de enjuagarse la boca, en cambio que sus brutales amantes loe arrojaban su aliento fétido y la rozaban con sus carnes sucias sin consideración de ninguna clase.
Tarde, muy tarde, se apercibía la infeliz de que el fango en que se había ido hundiendo le llegaba al cuello.
Al principio todas fueron flores. Fue admirada, agasajada, llevada en palmas y en carruaje. Hubo días en que los regalos que recibió representaban una fortuna. Sus amantes de la víspera, altamente colocados, no la conocían ahora. Otras jóvenes, bellas y frescas, la habían suplantado, y ella descendía hora por hora. El modesto empleado, había venido a relevar al acaudalado señor, y en ciertos días, en que el dinero escaseaba, tampoco había titubeado en entregarse a un roñoso changador.
Andrés, Guillermo y Juan Diego se habían empeñado en una fastidiosa discusión filosófica.
José, atraído por las dotes de seducción que desplegaba Josefina, no tuvo valor para negarse a acompañarla cuando esta le propuso pasar a su pieza.
-Que te vaya bien, valiente -le dijo Andrés.
Salieron, y los tres jóvenes, cambiando de conversación, empezaron a hablar de Josefina.
-Sí, es cierto que es muy bonita; pero ya está muy ajada: lo que la salva es que tiene mucho arte para componerse.
-Dicen que ha estado varias veces muy enferma -agregó Guillermo.
—188→-Cómo no -replicó Juan Diego-: hay días que tiene los ojos inflamados, y eso no es mas que una reliquia.
La conversación tuvo que suspenderse, porque en ese momento volvían las prostitutas de la cena.
Una vez en el cuarto, José pudo mirar mejor a Josefina, porque había más luz. Notó al momento que los párpados de su nueva amiga estaban bastante irritados y que tenía la vista algo cansada.
Sin embargo, esto en parte servía de encanto a la joven, pues la misma necesidad que tenía de acercarse para ver a la persona con quien hablaba le daba un aire comunicativo, lleno de confianza y que le hacía aparecer sumamente cariñosa. Por esto, sin duda, siempre salen bien en las lides de amor las mujeres sordas y las miopes.
-¿Qué tienes en la vista? -no pudo menos de preguntar José.
-Un aire que me dio hace algunos meses: no me atendí y me embroma algunos días -contestó Josefina con naturalidad.
No tardaron en volver a la sala. Allí prodigó muchos cariños a José: la entraña de su orgullo se sentía conmovida al ver que un joven lleno de vida se ofuscaba por ella. En esos momentos que se desesperaba al ver su rápido descenso, una adhesión desinteresada como esta, era como un bálsamo que aquietaba la fiebre de sus temores. Se propuso sostener la conquista y lo consiguió. El incauto joven se dejaba acariciar y creía en los embustes de la corrida mujerzuela. Un día que entró José la vio abrazar al peluquero de un modo que nunca lo había hecho con él. Era después de una reyerta en que la joven creyó que iba a ser olvidada y su estúpido afecto —189→ había desbordado en explosiones de cariño. Cuando quedaron solos, José, lleno de celos, la reconvino diciéndola que amaba más a otros.
Josefina lo compuso con muy pocas palabras:
-Mi hijito, a ti te quiero más que a mi vida, pero es preciso ser política con todos, y le prodigó sus más ardientes caricias.
Otras veces le daba la buena a José por querer regenerarla, y en la efusión de su afecto la decía:
-¿Por qué no riñes con tu pasado? Podías alquilar una pieza en una casa de respeto y sacar costuras; yo te ayudaría al mes con quinientos pesos y haría el sacrificio de no verte.
-Mi hijito, yo no quiero explotarte: deja no más y no te aflijas hay tiempo -agregaba forzando una sonrisa alegre- tengo veintiún años, dentro de dos dejaré la vida y haré algo de lo que me dices porque estoy juntando algún dinero.
Como siempre mentía Josefina, porque en vez de ahorros tenía deudas.
En cuanto a que no quería explotar a José era cierto: estaba tan encaprichado el joven que habría hecho cualquier sacrificio por atender un pedido que le hubiese hecho Josefina. Sin embargo, esta le había regalado varios retratos suyos y un relicario con unas hebras castañas de su pelo, prohibiendo a José que retribuyese estos recuerdos, porque según decía, les quitaría todo valor, y parecería entonces que se los había vendido.
No hacía lo mismo con Guillermo, al cual vendía caros sus favores: cierta ocasión por acompañarlo en un paseo al Tigre le había cobrado mil pesos y siempre lo importunaba para que le regalase algo, y el joven cedía por hacer alarde de vana generosidad: era un —190→ misterio, de dónde sacaría dinero para tantas parrandas y tantas cenas.
Los jóvenes se aprestaron para retirarse.
-Me duele la cintura -dijo Josefina, ya en el zaguán, porque iba a abrirles la puerta.
Amalia que la oyó, le contestó desde el rincón de la sala, donde estaba agazapada como lechuza:
-¡Ah! maulita, aprende de mí que no me quejo: si eso es ahora, ¿qué te sucederá dentro de diez años?
Los jóvenes salieron y la puerta volvió a cerrarse. Más tarde concurrieron algunos militares y las prostitutas recién pudieron recogerse al alba. Josefina antes de apagar la luz se lavó los ojos con un cocimiento que sacó de la cómoda, y después, recostándose en la cama, vació algunas gotas de un frasco en una cucharita de café y alzándose el párpado del ojo izquierdo las dejó caer. Igual operación repitió con el otro ojo. Entonces, recién apagó la luz. A esa misma hora concluían de cenar nuestros cuatro conocidos. Por mucho tiempo no llevaron otra vida: de la ocupación al Café, del Café al vaudeville y del vaudeville a la casa de tolerancia.
José, ese joven tímido que hemos visto penetrar por primera vez a lo de Luisa, llegó a ser el más audaz y despierto de los libertinos.
Las malas compañías, la falta de relaciones íntimas con familias honorables, su educación, sus pocas ocupaciones, la absoluta libertad para ausentarse de su casa, las bebidas y los alimentos excitantes, los espectáculos y las lecturas, lo habían improvisado hombre antes de tiempo, y como las plantas que crecen viciosas al calor artificial del invernáculo, sus sentimientos y actividad, que la imaginación agigantaba llenando de fiebre su organismo, abrieron brecha, —191→ como corcel desbocado, en el sendero que las circunstancias dejaron libre a su expansión.
Él y sus compañeros no tardaron en ser salpicados por el lodo infecto de enfermedades degradantes con que la inflexible naturaleza castiga todos los torpes desenfrenos.
Juan Diego recetaba y Andrés procuraba los remedios.
—192→
Por causas bien complejas y que no es este lugar de exponer, había venido la política argentina a ser una esfinge más que nebulosa. En repetidos períodos de nuestra historia habíamos tenido ya una situación idéntica, marcada con acentuados matices. Así que la cosa, por lo menos, no tomaba de sorpresa.
Estas incertidumbres que sombreaban el horizonte vinieron a dar una fisonomía más típica a nuestra política de costumbre, que tanto en el gobierno como en la oposición, se alimenta de la mentira, y que forja hipócritamente un ambiente falso para pasear el fantasma que la demagogia, la candidez o la autoridad interesada, llaman luego, bombásticamente, «sufragio popular».
Entre nosotros no puede haber elección libre ni elección consciente, porque la mayoría de la población carece de instrucción, y la misma extensión del territorio obsta a la independencia necesaria que requieren actos de esta naturaleza. ¡Pobre del habitante de una región aislada que no siga a su Comandante! Año tras año estará sangrando multas y vejámenes.
Se comprende la república en Francia, que tiene de base una tradición de régimen administrativo y donde sus Liceos y Facultades formaron mayoría de —193→ plebeyos ilustrados con relación a los representantes de la nobleza.
Pero entre nosotros la democracia es una verdadera farsa, y la libertad política, un mito, que sólo aprovechan y proclaman los partidos cuando triunfan.
Es, pues, la política, entre nosotros, esencialmente romántica, y como D. Quijote, confunde pedantescamente un rebaño con vigorosos núcleos humanos.
Este utopismo de las instituciones relaja las fuerzas sociales y entorpece su desarrollo, que no puede ser lógico ni proporcionado. Los gobiernos no estudian las necesidades reales del país y sólo tratan de propiciarse amigos y de construir obras de aparato para esculpir en ellas su vanidad y hacer creer que es necesaria la permanencia de un determinado partido en el mando. Incrustada así la superchería, que nace de instituciones impracticables, se ha ido formando la costumbre de mentir en todo, y el gobierno ejecutivo, las cámaras, el pueblo y la prensa viven en un disfraz perdurable. Esto es bien natural, porque si la base es un continuo sofisma, claro está que los complementos del edificio social tienen que resentirse lastimosamente. Puede decirse que hay dos patrias. Una, que tenemos en la imaginación, y otra, que existe realmente y que no se la conoce o no se la quiere conocer.
El país, a la sazón, estaba infestado de politiqueros y todos esperaban como al Mesías, la aparición de un candidato a la Presidencia que contase con la influencia del primer magistrado de la Nación.
Había tenido lugar una cuestión sin importancia en el gabinete, nada fundamental y que podría clasificarse de simple amor propio. Siempre sucede lo —194→ mismo, porque para integrar los ministerios no se buscan hombres que representen verdaderos principios de gobierno del punto de vista económico o social. Sólo se piensa en reclutar ciegos partidarios.
Los círculos políticos se sentían agitados y en la prensa llovían los comentarios al respecto.
Esta crisis terminó con la renuncia de uno de los ministros y vino a sucederlo el Dr. Ferreol. La prensa amiga lo elevó a las nubes y su ambición se encontró sobremanera halagada. Recibió telegramas, infinidad de adhesiones, y pudo leer en los diarios, con indecible alborozo, biografías de su persona tan complacientes y exageradas que hubieran hecho ruborizar a otro más modesto.
Su nombramiento tuvo una particularidad que le sirvió de mucho.
Cansado el Presidente de la República con los comentarios de la prensa y el juego de intrigas que hacían valer los círculos para imponer determinados candidatos, se reunió con unos pocos amigos, y discutiendo el punto se resolvió ofrecerlo la cartera a Ferreol.
Decidido esto, el Presidente se trasladó acompañado de dos personas a la casa del Diputado. Este se deshizo en protestas de adhesión y sahumó la frente pálida del Presidente con una frase galante de cortesano.
-Más que el puesto, señor -le dijo-, me obliga el honor de la visita.
Allí mismo se redactó el decreto y se mandaron copias del mismo a los diarios.
Desde entonces Ferreol fue el hombre de moda, y los infinitos camaleones de nuestra política empezaron a cortejarlo.
—195→Había alhajado su casa fastuosamente y daba recibos cada jueves. Allí la puerta era franca para todo el mundo, porque si bien invitaba por tarjetas había dado la consigna a sus amigos de que llevasen la gente que quisiesen. Deseaba ensanchar el círculo de sus relaciones y asegurar el mayor número de adictos, porque su cerebro ahora se encontraba destrozado por la única preocupación de suceder en el mando al primer magistrado de la República.
Dorotea había sido también invitada. Ferreol sabía que Dagiore era dueño de un Café muy concurrido y que allí se podía hacer algo, aunque más no fuera que colocar algunos ejemplares de su diario. También quería halagar al Mayor, el cual era uno de sus buenos partidarios y hacía tiempo que sospechaba las relaciones que lo unían a Dorotea, por malicia o quizás por espíritu de venganza, pues no había ninguna prueba ostensible y la conjetura partía de ver a Paz concurrir asiduamente a lo de Dorotea. Esta no asistió a los primeros recibos, creyendo que la invitación obedeciese solamente a una cortesía de misia Pepita; pero luego que supo que frecuentaba todo el mundo la casa de Ferreol, se decidió a asistir pensando en sus hijas y también en José que podía conseguir un buen empleo. Toda una semana se la pasó en los aprestos para presentarse dignamente en el recibo. Victoria y María estaban fuera de sí. Se prometían gozar como nunca lo habían hecho y en sus cerebros vagaban los novios más apuestos y rendidos que se pueden concebir. Llegó, al fin, el suspirado jueves y por la noche aún les faltaba algo. Clara, que todavía las servía y que había quedado como un miembro de la familia, tuvo que disparar varias veces a las tiendas del barrio por cintas y alfileres.
—196→A las nuevo y media se pusieron en marcha. José las acompañaba, disgustado, y las muchachas, felices dentro de sus trajes incómodos, se mofaban de él.
En el zaguán José entregó la tarjeta de invitación a un lacayo y este les franqueó la entrada. En el patio fueron recibidos por Víctor, el hijo mayor de Ferreol, y otros caballeros. José dejó en manos de una sirvienta los tapados de las tres. Se dirigieron entonces a la parte en que estaba misia Pepita, la cual las hizo sentar y las presentó a algunas amigas. Víctor se llevó a José. Victoria y María se encontraban algo embarazadas, pero con todo, pudo la primera vencer su timidez para decir a su hermana:
-¿Repara en aquel loro?
-¿Dónde?
-Allí, a tu izquierda.
-Si es misia Mercedes.
-¡Qué espantajo!
-Sin embargo, ese verde oscuro está de moda.
-¡Ah! pero a ella no le sienta.
-Cállate, por favor, concluyó María, viendo que su hermana reía ocultándose la cara con el abanico.
La mujer del boticario, por su parte, al verlas entrar había hecho a su vecina, también enemiga de Dorotea, la crítica de las tres.
-Miren la desvergonzada, presentarse con ese escote: está visto que ya no puede reunirse la gente decente, porque la chusma tiene entrada a todas partes. -Y todas aquellas mujeres frívolas y tontas sólo se ocupaban de zaherirse y reparar recíprocamente en los trapos que las servían de adorno.
Todas allí estaban desconocidas y como envaradas por el ajuste de los corsés. José mismo desconocía a sus hermanas. Es que no hay vida para el hogar —197→ y todo se hace en él con el pensamiento fuera de la casa: ¿quién podría reconocerlas, si todas esas mujeres, ahora tan paquetas, no hacía una hora que se encontraban con el cerquillo enrulado en papeles, sin corsé y con un vestido suelto y sucio?
En cuanto a Dorotea no salía de su estupor al mirar el arreglo de la casa. Ella que la conocía no encontraba un solo mueble de los antiguos. Todo había sido renovado. Los dormitorios habían tenido que pasar al segundo patio. La sala y antesala tenían un mobiliario suntuoso y en las mesas, en el piano hasta en los rincones se veían valiosos objetos de arte. Las paredes estaban demasiado recargadas con las galerías, los cortinados, dos soberbios espejos y cuadros de gran mérito, algunos de ellos originales de Murillo. Bien mirado, aquello más parecía bazar o museo que sala de un ministro, pero esto era debido a que se le había obsequiado con exceso y Ferreol, para no herir susceptibilidades, exponía todos los regalos. Un piano Kriegelstein, de majestuosas voces, estaba esquinado en la antesala. Después de esta se pasaba al cuarto de trabajo de Ferreol. Pocos muebles, pero especiales. Un escritorio ricamente tallado, dos bibliotecas de un gusto muy elegante y con los estantes bien nutridos de tomos, un sofá, algunas sillas y una habanera trípode con incrustaciones de metal. En esta pieza los cuadros denotaban las predilecciones de su dueño. Washington, Danton, Marat, Robespierre, Thiers, Gambetta y Disraeli, estaban representados en muy buenos grabados.
Enseguida el comedor. Un juego soberbio de roble. El aparador, la gran mesa del centro, la pequeña de trinchar y las dos docenas de butacas, le habían costado cuatro mil patacones. Una de las —198→ confiterías más en boga había arreglado la mesa y tres correctos sirvientes servían los pedidos de los invitados.
Poco a poco, fue invadiendo la casa una concurrencia numerosa. Estaban allí representadas todas las clases sociales, no obstante de que la mayoría de los trajes eran uniformes.
Se formaron grupos. En la sala estaban las señoras y contados eran los galantes que las acompañaban. En los otros cuartos departían los hombres sobre asuntos generales, no faltando algunos Judas que denunciasen con sonrisas irónicas la ambición del anfitrión. Los menos relacionados o más tímidos salían a fumar al patio.
En medio de este amable tumulto se paseaba el doctor Ferreol prodigando almibaradas sonrisas. Hablaba con uno, lo dejaba, atendía a otro y así seguía, incansable y satisfecho, afirmando la base de su candidatura. El Mayor Paz lo seguía a ratos y Ferreol, acariciando su sueño dorado, pensaba que podría ser alguna vez su Edecán.
Un corredor lo abordaba con una sonrisa elocuente. No le dejaba hablar.
-Su asunto está a la firma -le decía.
Entonces un cesante, venciendo su timidez, se le cruzaba.
-Señor -profería, y empezaba en su cortedad a tragar saliva.
-No lo olvido, mi amigo: véame mañana en el Ministerio.
Carlos y Esteban disparaban de un lado a otro como unos guarangos, riendo y poniendo motes a los invitados pero los visitantes se dejaban pisar y ajar —199→ sus trajes encontrándolos adorables y los hacían jugar: luego corrían a las faldas de la abuela.
-¡Niños! -decía esta-: vayan para allá; esténse quietos -y seguía la conversación.
Misia Francisca, desde que su hijo había sido nombrado ministro no sabía lo que le pasaba. Era de gozarla al ver las ponderaciones que hacía de Ferreol.
Tenía su círculo, y no sin razón, porque ya más de un asunto se había despachado favorablemente por haber ella intercedido ante Ferreol.
Al lado de la madre del dueño de casa estaba sentada misia Carlota, viuda de un primo hermano de Ferreol, y que al morir su marido había quedado poco menos que en la indigencia con una hijita a la cual idolatraba. Cosiendo ponchos para el Estado se había sostenido basta ver crecida a su querida niña, que la ayudó luego en el trabajo con una abnegación ejemplar. Las virtudes de esta señora habían llamado la atención de sus parientes, los cuales más de una vez quisieron socorrerla, pero ella, agradeciendo, supo rehusar dignamente el dinero, que se la ofrecía. Entonces se pensó otro modo de protegerla, buscándola costuras que fuesen bien pagadas. Misia Pepita no tenía otra costurera y la recomendaba a sus amigas, Dorotea se había mandado hacer más de un vestido con misia Carlota y era siempre la que cortaba los trajes a María y Victoria, que luego cosían estas en su casa.
Esta excelente señora se mantenía retirada del mundo, pero pensando en el porvenir de su adorada pequeña, había reñido con sus hábitos y acudido a la invitación de su encumbrado pariente.
En aquel hervidero de pasiones, muchos habían husmeado que la modesta joven era sobrina del Ministro; —200→ la creían buen partido, y por esto no le faltaban cortejantes. La inocente niña estaba bien ajena a estas maquinaciones y en cuanto a la madre, cegada en su cariño, lo atribuía todo a las dotes personales de su Carlotita, pues la niña llevaba su mismo nombre.
La joven, por otra parte, tenía ya concebida su novela sentimental y todas sus simpatías las había enviado en la luz de una mirada al alma de José. Este siempre la había distinguido y recordaba maravillosamente todas las veces que se habían visto. Como en la mayoría de estos casos, era bien difícil decir cuál de los dos había primero interesado el corazón. José, confundido en un grupo, a la distancia, no la perdía de vista y el hilo invisible de sus miradas se fundía de vez en cuando entretejiendo en esos cerebros juveniles la eterna guirnalda que forma siempre el amor de esperanzas y quimeras.
-¿Qué hay? -dijo de pronto misia Francisca, cortando el hilo de la conversación que sostenía con Catay, al ver cierto movimiento en la antesala.
-Es que va a cantar el tenor B.
-¿Quiere preguntar qué es lo que va a cantar?
-Con el mayor gusto, señora.
Ferreol, en cada recibo preparaba bellas sorpresas a sus invitados. Los mejores artistas de Colón frecuentaban su casa y los concurrentes ya sabían de antemano que se cantaría y haría música.
-Va a cantar un trozo de Romeo y Julieta -dijo Catay ya de vuelta.
El tenor tenía una fresca y bella voz.
A poco de empezar lo interrumpieron los aplausos. Se conocía que la mayoría del auditorio no era muy —201→ diletante, razón sin duda de su inmediata impresionabilidad.
Muchos pidieron silencio y entonces el tenor siguió cantando el popular solo de la escena segunda del tercer acto:
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José había adelantado algunos pasos y no estaba muy distante de Carlota. Ese piano quejumbroso y esa melancólica expresión que daba el cantor de oficio a la cantata hacía un mal horrible a los jóvenes, que se miraban, a la sazón, intensamente. Eran almas predispuestas, porque habían crecido en la especial atmósfera de una ciudad populosa del siglo XIX. El dolor de ocasión les traía confusos recuerdos de infinitas necesidades, que no pueden ser satisfechas, porque nacen de un extravío de criterio, y estas verdaderas asfixias del alma hacían crisis en vaguedades de sonámbulo y en opresiones de pecho como si faltara aire a sus pulmones.
Y el tenor seguía cantando como si se le desgarrara el corazón:
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Por fin, aquel fullero del sentimiento terminó. Los aplausos y luego los comentarios que se hicieron calmaron a los jóvenes de su hesitación.
De pronto se formó un bullicio, cuyo eco fue recorriendo las salas. Al avanzar la ola de esta alegre —202→ algazara cerca de misia Francisca, preguntó a su vecino más próximo qué motivaba este alboroto.
-Es que quieren bailar- se le contestó.
-¿Y por qué no? -replicó ella-: no falta nada.
El piano pobló el salón con los alegres aires de una mazurca y la danza se improvisó.
Carlota se acercó a su madre y le dijo
-Mamá: si me vienen a sacar, ¿qué hago?
-Según el que sea, hija: sí le conoces o te le han presentado, acepta no más: ahora si no te gusta o crees que no es de tu rango, dale cualquier excusa: ya sabes que hay gente aquí muy cualquier cosa.
La niña, con este permiso, apenas podía reprimir su contento.
-Mira -continuó la precavida señora-, no olvides todo lo que te tengo enseñado y las respuestas que has de dar, y si por casualidad te encuentras con un atrevido, le dices que te haga sentar.
-Sí, mamá; pierda cuidado.
En esto se allegó un joven Burgos, escribiente del Ministerio, y la rogó quisiera acompañarlo a bailar la mazurca.
Accedió ella, y bien pronto se confundieron entre el tumulto de parejas que ondulaban en rítmico vaivén por el espacio libre de la sala.
José que vio esto quedó desesperado. ¡Ah! él conocía a ese tuno. Le buscaría camorra y se la pagaría.
Sus celos no le aconsejaban nada más juicioso, por el momento. Carlota al pasar por su lado le enviaba unas miradas que hubieran aplacado a cualquier amante menos feroz; pero José se creía ya con derechos imprescriptibles. En su despecho, y como buscando un refugio se acercó a Andrés que había ido acompañando a don Isidro.
—203→Allí todavía fue a iluminarlo la mirada enamorada de Carlota.
Un extraño que lo notó, y a quien no conocía José, lo dijo, queriendo echarla de gracioso:
-Anda Vd. en la buena. Si juega esta noche de seguro que pierde.
José se puso todo colorado.
-La verdad es que tienes mucha suerte -le dijo despacio Andrés-: yo no sé qué encuentran en ti las mujeres.
-Eso no quita que se eche en brazos de otro -respondió el joven brutalmente y dando salida a su rencor.
-No seas pavo: ¿qué quieres que haga la pobre en un baile? Bastante hace por demostrarte preferencia. La culpa es tuya que no te apuraste por sacarla.
-Sí, ¿pero no ves cómo vengo? Todos andan de frac y yo me he venido de levita.
-¿Pero estás ciego? Además que este es un baile improvisado, ya ves el traje de las mujeres, andan muchos con levita y otros se han lanzado con yaques.
En esto apareció Víctor, y José sufrió la angustia de ver cómo Andrés le imponía de lo que pasaba.
-¿No es más que eso? yo lo palanquearé, mi amigo. Voy a comprometerla para la segunda pieza, me acerco luego a conversar con Vd. un momento y Vd. lo aprovecha para pedirle la siguiente.
Así quedó convenido y no tardó mucho el delicioso instante en que José se paseaba muy ufano con ella, dándola el brazo.
Los papeles se habían trocado esta vez. Ahora era el escribiente Burgos que miraba a la feliz pareja con —204→ ojos de idiota. Estiraba el puño de su camisa, se peinaba con los dedos la onda de su pelo y buscaba una expresión lánguida para interesar a Carlota.
Los jóvenes mantenían una conversación al parecer muy animada.
¿De qué hablaban? Vaguedades que a ellos solamente les interesaba y comprendían.
Sin embargo, hubo un momento en que José venciendo su emoción quiso irse a fondo.
-Señorita -dijo-; desde la primera vez que tuve la dicha de ver a Vd. puede creer Vd. en mi sinceridad... desde esa vez la recuerdo siempre, todos los días.
Estas palabras le salieron entrecortadas, balbucientes. Lo peor del caso era que el infeliz comprendía que se había expresado de una manera vulgar. Pero no había podido concertar otras palabras. Quedó confundido y esperando como un criminal la respuesta de Carlota. Esta se había inmutado. Su corazón palpitó fuertemente, y sintió una oleada de sangre que desde sus entrañas vírgenes subía hasta incendiarle el rostro.
Los dos temblaban de pasión y los estremecimientos que sentían sus cuerpos se los trasmitían en el contacto de sus brazos.
Ella hizo un esfuerzo por reprimirse y dijo con dulce seriedad:
-Caballero, yo no puedo escuchar a Vd. esas palabras. Le ruego que me hable de otras cosas.
José había empezado y era imposible contenerlo en la pasión que ya lo dominaba. Interpretó mal las palabras de Carlota, ignorando que la infeliz no le había dado ni la tercera parte de la respuesta que lo enseñara su buena madre.
—205→-Señorita -dijo con una tristeza que a su despecho lo invadía-: por obedecerla sacrificaría mi vida, pero Vd. será tan buena para decirme una sola cosa y le juro no la molestaré más en la vida.
La joven calló sin saber qué responder, pero no podía ocultar que había entrado en cuidado. Entonces José continuó:
-Señorita: por lo que quiera Vd. más en el mundo, le suplico me diga si tiene algún compromiso. -Y José al decir esto miraba torvamente hacia la parte en que se encontraba Burgos.
Esto decidió a la joven.
-¿Yo? ninguno -contestó.
La pieza terminaba.
Asustada de su respuesta Carlota pidió a su compañero la sentara.
-¿Por qué? -dijo este-: ¿no me acaba Vd. de decir que no tiene ningún compromiso? -agregó con picaresco desenfado.
La joven sonriendo replicó candorosamente:
-Mamá puede retarme.
-Bueno, para la subsiguiente.
-Está bien.
José la sentó y salió al patio a respirar, porque la dicha lo ahogaba. Víctor y Andrés lo felicitaron.
-Yo también, aunque no sé de lo que se trata -dijo a sus espaldas Juan Diego, que entraba en ese momento.
-¡Tú! -exclamaron los jóvenes.
-A qué hora -observó Víctor-: pareces un príncipe.
-Díme ¿dónde dejo el sobretodo y el sombrero? Qué bueno está el baile. Caramba, esto promete.
Víctor llamó un lacayo y le hizo tomar el sombrero —206→ y el sobretodo del travieso estudiante, entregando en cambio el sirviente una tarjetita numerada.
-A la acción, muchachos -dijo Juan Diego-: ¿ninguno de Vds. me acompaña? me voy a bolear si entro solo.
-Vamos -dijo Andrés.
Por amistad con José decidieron sacar a Victoria y María, que estaban planchando.
Las jóvenes excitadas por la atmósfera cargada del salón presentaban en sus mejillas unas placas moradas, signo característico del temperamento linfático y de la pobreza fisiológica de sus constituciones.
Ferreol seguía atendiendo a sus contertulios y aunque parecía muy satisfecho estaba bastante contrariado: dos caudillos electorales que esperaba esa noche no habían venido y en sus sueños de ambición daba al hecho más importancia de la que realmente tenía.
Catay y D. Isidro se le acercaron: el primero ya había aprovechado la influencia de Ferreol consiguiendo ser nombrado cirujano del ejército, con residencia en Buenos Aires; y ahora médico y boticario trataban de que el Ministro interpusiese sus buenos oficios para que fuesen aceptadas varias propuestas de medicamentos que había ofrecido D. Isidro.
Ferreol notaba el negocio sucio, pero se veía obligado a ayudar para que lo ayudasen. Se defendió débilmente.
-Pero eso es asunto de licitación -dijo.
-La licitación sólo es obligatoria cuando se trata de una compra que exceda de mil fuertes, y ninguna de mis propuestas -respondió D. Isidro-, pasa de esa cantidad. Por otra parte, los medicamentos son reclamados —207→ con urgencia y los pedidos han sido bien informados.
-Es que la mayoría de ellos, según tengo entendido, no corresponden a mi despacho.
-¡Pero usted, doctor!...
Esta frase que halagó a Ferreol, concluyó con sus escrúpulos y dio la respuesta consagrada:
-Llévese un apuntecito y véame mañana en el Ministerio; trataremos de arreglar esto.
D. Isidro tartamudeó unas cuantas frases de reconocimiento y se apartó con Catay.
-Qué hombre fino y servicial; merece ser Presidente; no hay otro como él -decía don Isidro al médico, entusiasmado ante la perspectiva de redondear un buen negocio.
D. Guillermo, dueño del Registro donde estaba empleado José, y padre de nuestro joven conocido del mismo nombre, aprovechó el momento que hacía tiempo esperaba de ver solo a Ferreol y lo abordó.
Iba también a defender el pleito de su interés: quería que el Gobierno le comprase una gran partida de cobijas y mantas con destino a varios establecimientos públicos y que se suprimiese una cláusula en una licitación por vestuario que sabía iba a publicarse de un momento a otro, por habérsela enseñado el oficial mayor del ministerio respectivo. Ferreol prometió. Se sentía cansado con tantas exigencias. Ya no creía, como antes, en la existencia de personas que tuviesen patriotismo teórico. Rodeado de sanguijuelas, su sentido moral empezaba a zozobrar y su carácter se estaba amoldando al modo de ser de un clown de Circo que las circunstancias hacían accionar en un teatro más vasto. Carecía por completo de esa buena vista y ese tacto especial que distingue a los hombres —208→ de verdaderas disposiciones para el mando y que de una simple ojeada aquilatan el valor de las personas. Ferreol confundía a todos. Para él no había más que pillos. Unos brutos y otros inteligentes, pero que encontraban su punto de conjunción en las pretensiones que manifestaban. El grupo de intrigantes que lo rodeaba le impedía ver a los hombres probos, que nunca faltan en cualquier sociedad, bien inspirados y de errores sinceros.
Él por su parte, tampoco perdía su tiempo, y el ruido de sus fiestas le atraía algunas valiosas testamentarías y otros asuntos importantes que mandaba luego al estudio de su socio.
-Mi querido amigo -le dijo una voz a la espalda.
Dio vuelta Ferreol y se encontró con un antiguo colega de la cámara, un diputado por una provincia del norte, fatuo y majadero como ninguno. Como alardeaba tener gran influencia en su provincia, los políticos le tenían regular consideración.
-Creía que ya Vd. me haría la rabona por esta noche.
-¡Qué esperanza! Le había dado mi palabra y nunca falto a ella: así, aunque hubiera sido al alba me habría tenido Vd. por aquí. El diputado miró a sus lados y en medio de acciones de mal gusto, continuó con énfasis:
-Hubo sus inconvenientes. Fui a comer con el Presidente y después me instó para que le acompañara al teatro y he corrido con él la tuna.
Era la manía del Diputado: citar el nombre del Presidente en sus conversaciones. En el resto de la noche lo nombró cien veces más y siempre refiriéndose a episodios íntimos, como para demostrar que los unía una relación casi fraternal. Por lo que respecta —209→ a su instrucción este arrogante representante del pueblo era de todo punto inofensivo.
D. Guillermo, después de dejar a Ferreol, se dirigió con su aire siempre grave adonde estaba Dorotea.
La saludó y le dijo:
-Señora, si Vd. consiente pasearemos esta pieza -y le ofreció el brazo.
-Con mucho gusto, señor.
Empezaron a andar con dificultad a causa de que bailaban muchas parejas y a cada momento tenían que esquivar algún choque.
-Tengo que hablarla de un asunto algo serio, señora.
Dorotea entró en cuidado y replicó vivamente:
-Hable Vd., señor.
-Aquí no se puede andar: ¿quiere Vd. que pasemos al comedor? Allí estaremos algo más libres.
-Como Vd. disponga.
En el comedor, don Guillermo quiso servir algo a Dorotea, pero esta, que esperaba una desazón, rehusó tomar nada.
D. Guillermo insistió y pidieron dos tazas de té.
Entre tanto se habían sentado.
-¿Qué tiene Vd. que decirme? -preguntó Dorotea.
Señora, tengo que darle muchas quejas de su hijo. Se comporta muy mal, va tarde al registro y hace las cosas allí como si no se lo pagara.
-¡Ah! pobre muchacho: tiene mala cabeza, pero considere Vd. que es joven él; se ha de componer porque tiene buen fondo, se lo aseguro.
-Difícilmente, señora, y perdone que le hable con esta franqueza. Se reúne con jóvenes muy desordenados. —210→ Vd. sabe que allí lo hemos tratado siempre con todo género de consideraciones: se le ha aumentado varias veces el sueldo y no por esto se muestra más asiduo en sus tareas. Se lo digo a Vd. para que lo reconvenga y si él no se corrige, aunque me sea sensible, porque estimo a Vd. y veo que José nos ha acompañado algunos años, tendré que verme en la necesidad de despedirlo.
-¡Ah! señor, yo agradezco a Vd. todo lo que hace por José y le juro que haré todo lo que esté de mi parte para que se porte con Vd. como es debido.
-Si él hubiera sido otro a la fecha tendría una habilitación.
-Bien lo veo, señor.
-Otra cosa, señora; porque es preciso que Vd. lo sepa todo: he tenido el gran disgusto de saber que mi hijo con el suyo concurren a parajes que no me es posible nombrar. Yo he castigado severamente a Guillermo y le he prohibido se junte con José. Ruego a Vd. quiera tener la bondad de hacer igual prevención a su hijo. Bajo este concepto y si su comportación es otra quedará en el empleo que tiene en mi casa.
Dorotea, como todas las madres, veía la inocencia de parte de su hijo y creía que Guillermo era el que había inducido a José a dar malos pasos. Iba a hacer esta salvedad, pero se contuvo.
-Está bien, señor -dijo-: lo haré así.
La conferencia había terminado y D. Guillermo condujo a Dorotea nuevamente a la sala.
El baile tocaba a su término. Varias familias se estaban despidiendo y otras habían pasado al tocador de misia Pepita para colocarse sus abrigos y arreglarse.
Dorotea, muy contrariada con lo que le había dicho —211→ D. Guillermo, se alegró de poderse retirar también ella, sin despertar atención ya que tantas señoras salían.
Las niñas llamaron a su hermano para que las acompañase a buscar los tapados.
-No, mama, espérame un poco; ¿qué objeto hay en irse tan pronto?
-Si no quieres acompañarme, nos iremos solas -replicó con acritud Dorotea. Estoy descompuesta ¿sabes?
José notó algo en su madre: pocas veces le había hablado con tal sequedad. Aunque deseaba ver hasta el último momento a Carlota, se resignó y dijo:
-Si es así, vamos.
Se despidieron de misia Pepita, de misia Francisca, de misia Carlota, de su hija y de varias otras personas que estaban cercanas. Un apretón de manos, dos besos maquinales y unas cuantas palabras de convención, que se cruzaban sin sentido, las más de las veces, tal era el hábito de repetir siempre las mismas cosas, sin escuchar ni hacer las debidas pausas.
José oprimió fuertemente la mano a Carlota y esta devolvió suavemente la presión como significándole que entendía la clave de ese lenguaje.
Salieron. En la puerta las saludó Ferreol, que había ido despidiendo al nuncio apostólico. Aunque extranjero, lo creía una influencia electoral por sus conexiones con el clero. Víctor, que también se encontraba allí, deslizó estas palabras al oído de José:
-Vuelva cuando deje su familia: lo esperamos en mi cuarto.
Caminaron ligero, porque hacía frío. José y Dorotea iban callados, ensimismados en sus impresiones, —212→ mientras que Victoria y María recordaban alegremente los episodios de la reunión.
Al abrir José la puerta de su casa, le dijo Dorotea:
-Tengo que hablarte.
-Más tarde, mama, me espera Víctor.
-¿Qué se me importa a mí de Víctor? Entra, te digo.
-¡Pero, mama!
-¿Quiere decir que ya te crees independiente y no me haces caso?
-No es que no te haga caso, sino que estoy comprometido. Voy a volver muy pronto, y sin esperar contestación se puso en marcha.
Dorotea quedó muy seria, y sus hijas, temerosas de que volviese el enojo contra ellas, penetraron calladas a su habitación.
Muy crueles fueron los pensamientos de Dorotea: su hijo no la hacía caso, era un perdido y ella se sentía impotente para gobernarlo, porque José no sólo era un hombre, sino que desde varios años antes usaba de entera libertad para entrar a su casa a la hora que se le antojaba y aun algunas noches, faltar por completo del hogar: veía que le faltaba una mano de fierro para cortar estos hábitos. En vano se devanaba los sesos: no se le ocurrió medio de hacerlo entrar en vereda, y en su aflicción concluía por echarse la culpa de lo que sucedía y su conciencia de mala madre despertaba al fin con acerbos recuerdos. Ella no lo cuidó como era debido en su infancia, dejándolo en compañía de muchachos vagabundos, y más tarde le había concedido la llave de la puerta de calle. La punzaban extraños recelos y se figuraba a ratos que se lo traían muerto por haber peleado en alguna casa mala.
—213→Quiso esperarlo, pero cuando pasaron dos horas largas, sus hijas, ya recogidas, la decidieron a que se acostara.
José con acelerado paso regresó a lo de Ferreol. La fiesta no había concluido aún. Muchos hombres quedaban todavía, y algunas pocas familias que se preparaban para retirarse.
Misia Francisca, que no perdía oportunidad para hablar de su hijo, se complacía escuchando a don Isidro, que no encontraba palabras suficientes para encomiarlo. El suspicaz farmacéutico pensaba que todo lo que dijera a la excelente señora lo sabría bien pronto Ferreol.
-El doctor -decía a la sazón-, es el hombre más bien preparado que tiene el país para la vida pública y tengo la convicción de que nos mandará a todos desde el puesto más alto.
-Quién sabe -replicaba la madre-, se ven tantas cosas... y no siempre suben los que saben más.
-No tenga duda, señora: es el candidato más simpático al pueblo.
-Pero si todavía falta tanto tiempo: de aquí allá pueden suceder tantas cosas... -y como no creía en estas conjeturas, reía satisfecha la buena señora, muy complacida de poder enseñar sus dientes postizos.
-Sin embargo, señora, en todas partes no se oye hablar sino de política.
-Hay que tener en cuenta que Manuel es sumamente modesto y no es como otros que trabajan para sí: ya ve usted cuando lo nombraron Ministro: aceptó por patriotismo y porque el mismo Presidente de la República vino a esta casa a ofrecerle la cartera.
—214→-Mi tía -dijo Carlota interrumpiéndolos-, nos vamos.
-Qué apuro: nadie nos corre.
D. Isidro aprovechó el momento para despedirse: hacía media hora que no deseaba otra cosa, pero la vieja con su conversación sostenida no le había presentado la oportunidad.
-Voy a buscar a mi mujer, que me espera -exclamo al último.
-Dígale a Merceditas que me visite -respondió misia Francisca, encantada del boticario.
Cuando este se hubo alejado le dijo a Carlota:
-Qué hombre tan de buen sentido; da gusto conversar con él, -y como estaban cercanas varias personas se dieron vuelta para mirar al feliz boticario.
-Mamá está apurada, porque ya es muy tarde -dijo Carlota, y vengo a despedirme.
-No, mi hijita, vamos a ir juntas: es casi la misma dirección.
-No se incomode, mi tía, mire que nosotras podemos ir muy bien; Víctor nos va a acompañar.
-Miren el mequetrefe: valiente compaña: si van con él y les sucede algo tú o tu madre tendrían que defenderlo.
La joven rió del excelente humor de la señora.
-Cómo se pondría si la oyera -no pudo menos que decir.
-Déjate de eso: anda y di a Carlota que se tape, que vamos a ir en el carruaje.
-Mamá no va a querer -contestó en voz algo baja Carlota, porque se apercibía que muchos se imponían de la conversación, pues misia Francisca hablaba como si la escucharan sordos.
—215→En el mismo tono continuó la señora:
-Pues no faltaba más: ¿no ves que Manuel tiene tres carruajes y es preciso ocuparlos para que los troncos no se olviden de trotar? hoy me vine en el cupé y ahora ha puesto a mi disposición el landó -y al decir esto paladeaba como si estuviese gustando un caramelo.
-Voy a decirle a mamá, entonces.
-Espera; dame el brazo, voy a despedirme de Pepa.
Se dirigieron al tocador, y cuando pasaron por el comedor, José, que estaba con Víctor, Andrés y Juan Diego, pudo bañarse una vez más en la luz que esparcía la mirada enamorada de Carlota. Esa noche sería inolvidable para ambos. Habían bailado muchas piezas y hecho comunión de ideas y sentimientos.
Carlota era realmente bella. Estatura mediana, un tallo primoroso, ojos de azabache y pelo castaño. Las demás facciones delicadas y bien proporcionadas hacían un conjunto admirable; pero lo que le daba verdadero encanto y una seducción irresistible era su modo de ser, la vivacidad de sus expresiones y su voz de un timbre fresco y sonoro. Podía decirse de sus palabras que eran armonías que exhalaban dos filas de perlas reflejando sus cambiantes nacarados al través de una granada abierta.
Los jóvenes pasaron al cuarto de Víctor y al poco rato sintió José el ruido del carruaje que llevaba a la prenda de su amor.
-Ahora, que estoy en antecedentes -dijo Juan Diego-, puedo, mi querido José, darte mi mayor enhorabuena.
-Déjate de embromar.
—216→-Cuando se quiere bien, uno no debe ocultarlo -observó Andrés.
-Está bien -contestó José, haciendo gran esfuerzo para mantenerse sereno, pero que yo la quiera no significa nada: ella puede preferir a otro; y hay además -agregó desalentado-, que ver la opinión de la madre.
-Eso es lo de menos -exclamó Víctor-: yo me encargo de presentarlo en la casa.
-Ya lo ves -dijo Juan Diego-, se te abre el camino: «gracias, mi querido primo», dile.
Victor y José se miraron y rieron de la ocurrencia.
El hijo de Ferreol simpatizaba en extremo con José: conocía sus calaveradas y su audacia y estaba perfectamente dispuesto a intimar con él y a ayudarlo en todo lo que pudiese.
Así como lo pensaron se hizo, y nuestro joven empezó a visitar en casa de misia Carlota, donde fue bastante bien recibido.
José esa noche parecía que tenía azogue en el cuerpo.
Sus nervios estaban excitados y sentía una necesidad de acción que lo martirizaba.
El soplo confortante de un amor digno y puro había estremecido todo su ser y a su contacto mágico vibraban las cuerdas de su alma modulando plegarias, y resurgiendo en él frescos y lozanos los capullos de nobles sentimientos que guarda siempre el corazón humano como una herencia bendita o imprescriptible.
-Vamos al duerme -dijo Andrés, que era el más juicioso de todos ellos.
-Yo tengo que estudiar la conferencia de mañana -agregó el estudiante-: creo también que es hora.
—217→-¿Cuántos años te faltan? -preguntó Víctor.
-¿Cuantos? Uno no más. En Marzo del que viene presento la tesis.
-Yo no tengo sueño -exclamó José.
Al pobre joven lo conturbaba una ansiedad creciente. Sentía estimulada su actividad por la pasión que le devoraba el pecho y le ponía brillante la mirada. Soñaba con causas generosas, deseaba exponerse a mil peligros y distinguirse para demostrar grandeza de alma.
Pero a esa hora no había para él más que dos caminos: el de su hogar o el de la casa de tolerancia; y optó por la última.
-Vamos un momento a lo de Amalia -dijo Juan Diego.
-Lo que es yo no los acompaño -contestó Andrés.
-Qué diablos, vamos a cualquier parte, pero vamos todos -propuso José.
-Yo siento no poderlos acompañar -dijo Víctor en tono bajo- porque pienso írmele al cuarto a la sirvienta.
-Diablo: eso es más cómodo -contestó Juan Diego.
Entonces los jóvenes se despidieron.
-Hasta el jueves que viene -dijo Victor.
-Bueno.
-Lo que es usted Dagiore, ya sabemos que no vendrá por nosotros.
-¡Cómo no!
-Adiós.
-Adiós.
-Que les vaya muy bien.
-Y a ti con la...
-¡Chist! -y riendo se separaron.
Víctor fue a su cuarto a esperar que todos se recogieran —218→ en la casa, mientras su padre, cansado y aturdido con la fiesta, trataba en vano de conciliar el sueño, que ahuyentaba su ambición al forjar alianzas, combinaciones y prestigiosos caudillos catequizados.
José y Juan Diego arrastraron a Andrés, y los tres se dirigieron a lo de Amalia. Allí, como de costumbre, los abrió la puerta Josefina, que sorprendió a los jóvenes a causa de tener puestos unos grandes anteojos oscuros. La infeliz seguía cada vez peor de la vista.
José, tanto en el trayecto como en lo de Amalia, hablaba pronto de Carlota y de sentimientos dignos y elevados, y casi sin transición, al mismo tiempo, descendía a temas licenciosos. ¿Cómo explicar estas aberraciones? ¿Sería que la educación y el medio, lo arrastraban, como las olas de un mar embravecido a una débil nave que hubiera perdido el timón?
A la madrugada penetró a su casa y cuidando de no hacer ruido entró a su cuarto.
Cuando Dorotea se levantó se asomó a la habitación de su hijo y vio que dormía profundamente.
A las nueve se decidió a recordarlo.
-¿No piensas ir hoy al empleo? -le dijo.
-¿Qué hora es? -preguntó José, restregándose los ojos, y levantando la almohada, consultó su reloj.
-Es temprano -dijo.
Dorotea aprovechó la ocasión para decirle el sermón que le tenía preparado.
Ella creía que José quedaría confundido, pero sucedió todo lo contrario. El joven había hecho progresos de dialéctica.
-Mira, mama, te ha mentido miserablemente. Guillermo es el que no tiene ya compostura: debe a todo el mundo y es un sinvergüenza: en cuanto a que —219→ no me junte con él, perfectamente, y también encuentro razonable que se me pida vaya más temprano; pero eso de meterse don Guillermo en mi vida privada y calumniarme como lo ha hecho, no lo permitiré y hoy mismo le tiraré su empleo por la cara y me ha de dar una satisfacción: ¡si creerá ese viejo zonzo que me va a asustar!...
Dorotea se desarmó con estas palabras y empezó a rogar: trató de aminorar el alcance de lo dicho por don Guillermo y le pidió continuara en su empleo hasta encontrar otro.
José, que comprendía que en sus circunstancias no le convenía perderlo, se dejó convencer y habló un rato amigablemente con su madre.
Cuando esta hubo salido se empezó a vestir; tomó una bebida preparada con mercurio, y pasó a lavarse los dientes, porque el remedio se los ponía negros.
A las diez probó un bocado, y correctamente vestido salió para el Registro, no sin antes hacer un rodeo con el objeto único de hacer un pasacalle a Carlota.