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ArribaAbajoSoneto XCI


- 279 -


    Yendo un triste pastor todo embebido
En sombras de su dulce pensamiento,
Estas quejas le daba al leve viento
Con suspirar del corazón salido:

   «¿A quién me quejaré ciego, perdido,
Pues en las piedras no hallo sentimiento?
¿Con quién hablo, a quién digo mi tormento,
Si do más llamo, soy menos oído»

   «¿Por qué, graciosa Ninfa, no respondes?
¿Por qué el mirarme tanto me encareces?
¿Por qué oír siempre quieres mi querella?

   «Cuanto yo más te busco, más te escondes;
¡Cuanto más malo estoy, más te endureces:
Crece con mi afición la causa de ella!»




ArribaAbajoSoneto CXII *


- 283 -


    El vaso reluciente y cristalino,
De ángeles, agua clara y olorosa,
De blanda seda ornado y fresca rosa,
Ligado con cabellos de oro fino:

   Bien claro parecía el don divino,
Labrado por la mano artificiosa
De aquella blanca ninfa graciosa,
Más que el rubio lucero matutino.

   Nel vaso vuestro cuerpo se figura,
Rajado de los blandos miembros bellos,
Y en el agua vuestra ánima tan pura:

   La seda es la blancura, y los cabellos
Son las prisiones y la ligadura
Con que mi libertad fue asida de ellos.




ArribaAbajoSoneto XCIII


- 292 -


    Cuando Febo los montes encendía
Con celeste y brillante claridad,
Por conservar su intacta castidad
Delia cazando el tiempo entretenía.

   Venus, que de cierto hurto descendía
Con que cautivó a Anquises su beldad,
Viendo en Diana tanta honestidad
Como burlando de ella le decía:

   «Tú con tus redes vas por la espesura
Los ciervos fugitivos enredando;
Mas las mías enredan el sentido.»

   «Más vale -respondió la diosa pura-
En las redes los ciervos ir tomando,
Que el que te coja en ellas tu marido.»




ArribaAbajoSoneto XCIV


- 297 -


    Fortuna me ha traído a tal estado,
Y me tiene a sus plantas tan rendido,
Que ya no he que perder de tan perdido,
Ni tengo que mudar de tan mudado.

   Para mí todo el bien ya se ha acabado;
Desde hoy doy el vivir por ya vivido;
Porque donde es el mal tan conocido,
También el vivir más será excusado.

   Si me basta el querer, la muerte quiero:
Que otra esperanza a mí no me conviene;
Y así curaré un mal con otro mal.

   Y pues tan poco bien del bien espero,
Puesto que otro remedio el mal no tiene,
No me culpen si quiero alivio tal.




ArribaAbajoSoneto XCV


- 235 -


    ¿Cómo puedes ¡oh ciego pecador!
Estar en tus errores tan contento,
Sabiendo que esta vida es un momento
Que se marchita como tierna flor?

   No pienses, no, que el justo Juzgador
Ha de dejar tus culpas sin tormento,
O que no ha de llegar el tiempo lento
Del día de horrendísimo pavor.

   No gastes días, horas, meses, años
En seguir de tus daños la amistad,
De que nacen después mayores daños.

   Y pues de tus engaños la verdad
Conoces, deja ya tantos engaños,
Pidiendo a Dios perdón con humildad.




ArribaAbajoSoneto XCVI


- 243 -


    ¡Oh arma gloriosísima y triunfante,
Balüarte feliz de nuestras vidas,
Por quien fueron ganadas las perdidas
Con que el Tártaro horrendo estaba ovante!

   Sigan a esta bandera militante,
Por quien tantas victorias son habidas,
Tantas almas que, ciegas y perdidas,
Van errando en Poniente y en Levante.

¡Árbol sublime, planta matizada
De blanco carmesí, de oro embutida,
De preciosos rubíes esmaltada,

   De tan claros trofeos guarnecida!
Muerte a la misma vida en ti fue dada,
Porque a la muerte en ti se diese vida.




ArribaAbajoParáfrasis del salmo CXXXVI


Super flumina babilonis, etc.


    Sobre los ríos que van
Por Babilonia, me hallé,
Donde sentado lloré
Por los que en Sïón están
Y por cuanto allí pasé.
Allí un río permanente
Mis ojos han destilado,
Y despacio he comparado
Babilonia al mal presente,
Sïón al tiempo pasado.

   Los contentos precedentes
A mi alma se presentaran,
Y los objetos ausentes
Se me hicieron tan presentes
Como si nunca pasaran.
Cual si hubiera despertado
Vi, y lloré lleno de horror,
Este sueño imaginado:
Vi que todo bien pasado
No es gusto, sino dolor.

   Yo vi que todos los daños
Nacían de las mudanzas,
Las mudanzas de los años;
Vi cuán enormes engaños
Producen las esperanzas.
Vi que lo que más conviene
Poquísimo tiempo dura;
Vi cuán aprisa el mal viene,
Vi cuán triste estado tiene
Quien se fía de ventura.

   Vi que el bien más especial
Nunca se aprecia mejor
Que cuando el mal es mayor;
Vi al bien suceder el mal
Y al mal lo que es mucho peor.
Vi con notable trabajo
Comprar arrepentimiento;
Vi que nadie está contento,
Y a mí me vi cabizbajo
Dando mil quejas al viento.

   Un río es el recio llanto
Con que baño este papel;
Parece cosa bien crüel
Verme en medio del espanto
Y confusión de Babel.
Como hombre que para ejemplo
Del peligro en que se halló,
Cuando la guerra dejó
En las paredes del templo
Todas sus armas colgó;

   Así después que observé
Que el tiempo todo lo acaba,
Tan afligido quedé,
Que en los árboles colgué
La flauta con que cantaba.
Colgué la flauta, que leda
Hizo mi vida pasada,
Diciendo: «Música amada,
Déjoos en esta arboleda
En memoria consagrada.

   »¡Flauta mía, que tañendo
Los montes hacíais ir
Adonde estabais, corriendo,
Y el agua que se iba huyendo
Volvías a hacer subir:
Ya nunca os escucharán
Los tigres que se amansaban,
Y las reses que pastaban
De las hierbas se hartarán
Que por otros dejaban.

   »Ni en rosas tan dulcemente
Transformaréis los abrojos
En el prado floreciente,
Ni detendréis la corriente,
Y más si es la de mis ojos.
No moveréis la espesura,
Ni podréis atrás volver
La fuente corriente y pura,
Pues no pudisteis mover
El rigor de mi ventura.

   »Os quedaréis ofrecida
A la fama, flauta bella!
¡Flauta de mí tan querida!
Pues mudándose la vida
Se mudan los gustos de ella.
Hay para la mocedad
Sus gustos acomodados;
Luego en la mayor edad
Se siente la vanidad
De los placeres pasados.

   »El placer que ahora se alcanza,
Mañana ya no lo veo:
Así nos trae la mudanza,
De esperanza en esperanza
Y de deseo en deseo.
Mas en vida tan escasa
¿Qué esperanza será fuerte?
¡Flaqueza de humana suerte!
¡Cuanto de la vida pasa
Nos va acercando a la muerte!

   »Mas quede en esta espesura
El canto de mocedad,
Porque la gente futura
No crea obra de la edad
Lo que es fuerza de ventura.
Que ni el tiempo, ni el espanto
De ver cuán ligero pase,
Nunca en mí pudieron tanto,
Que aunque interrumpiese el canto,
La causa también dejase.

   »Mas en tristeza, en enojos,
En gusto, en contentamiento,
En sol, en nieve y en viento,
Tendré presente a mis ojos
Por quien muero tan contento.»
Así la flauta dejaba,
Despojo de mí querido,
En el sauce que allí estaba,
Que por trofeo quedaba
De quien me había vencido.

   Pero la antigua pasión
Que esclavo me conservaba,
Me preguntó a la sazón
Dónde la música estaba
Que yo cantaba en Sïón;
Y en qué paró aquel cantar
Del mundo tan celebrado;
Por qué lo dejé de usar,
Pues siempre ayuda a pasar
Cualquier trabajo pesado.

   Canta el caminante ledo
Por el camino fragoso,
Armándose de denuedo;
Y de noche, el temeroso
Cantando refrena el miedo:
Canta el preso dulcemente,
Los duros grillos tocando:
Canta el segador ardiente;
Y el trabajador cantando
Menos el trabajo siente.

   Yo que estas cosas sentí
En mi alma de dolor llena,
«¿Cómo dirá -respondí-
Quien ajeno está de sí
Dulce canto en tierra ajena?
¿Cómo ha de poder cantar
Quien con llanto baña el pecho?
Y si el que ha de trabajar
Canta por no se cansar,
El descanso yo desecho.

   »Pues no sería razón
Que por mucho que penase,
Para ablandar la pasión,
En Babilonia cantase
Los cánticos de Sïón.
Y así aun cuando la esperanza
De mi corazón quebrante
Esta vital fortaleza,
Moriré antes de tristeza
Que por mitigarla cante.

   »Que si el fino pensamiento
En la tristeza consiste,
No tengo miedo al tormento;
Pues morir de puro triste
Será mi mayor contento.
Ni en la flauta cantaré
De mis trabajos la suma,
Ni menos la escribiré;
Pues se cansará la pluma,
Y yo no descansaré.

   Que si una tan corta vida
Se acrecienta en tierra extraña
Sin que el amor se lo impida,
No debe pluma atrevida
Escribir pena tamaña.
Pero si para explicar
Lo que siente el corazón
La pluma se ha de cansar,
No se canse de volar
La memoria hacia Sïón.

   »¡Tierra bienaventurada!
Si por yerro o por descuido
De mi alma eres apartada,
Quede mi pluma entregada
A duro y perpetuo olvido.
La pena de este destierro,
Que quiero ver esculpida
En piedra o en duro hierro,
Esa nunca será oída,
En castigo de mi yerro.

   »Y si yo cantar quisiere
En Babilonia sujeto,
En tanto que no te viere,
Cuando la lengua moviere
Quede mi voz sin efeto.
Al paladar se me pegue
La lengua, pues te perdí,
Si mientras viviere así
Llega un día en que te niegue,
O en que me olvide de ti.

   »A aquella patria de gloria,
De luz, de magnificencia,
Es a do aspira mi esencia;
Pues si no está en mi memoria,
Está en mi reminiscencia.
Que aunque es de saber escasa
Nuestra alma, si la ilumina
Dios con celeste doctrina,
Se eleva desde su casa
Hasta la patria divina.

»No es, pues, de la falsedad
De la tierra de do vienes,
Alma mía; pues provienes
De aquella santa ciudad
Do se hallan todos los bienes.
Y aquella humana figura
Que aquí me puede alterar,
No es lo que se ha de buscar:
Es rayo de la hermosura
Que sólo se debe amar.

   »Los bienes que el mundo crea,
Y con que al hombre entretiene
Sin que su desdicha vea,
Son sombra de aquella idea
Que en Dios ser perfecto tiene.
Los que a mí me cautivaron
Son poderosos afetos,
Que nos mantienen sujetos:
Sofistas que me enseñaron
Caminos malos por retos.

   »De éstos el mando tirano
Me obliga con desatino
A cantar con son profano
Cantares de amor humano,
Por versos de amor divino.
Mas viendo yo el rayo santo
En la tierra de dolor,
De confusión y de espanto,
¿Cómo he de cantar el canto
Debido sólo al Señor?

   »De la gracia el beneficio
Me da perfecta salud;
Y es tanta su rectitud,
Que aun en lo que hice por vicio
Me inclina hacia la virtud:
Y aun este amor natural
Me hace subir con presteza
De la sombra a lo real,
De la individual belleza
A la que es universal.

   »Y así quédese colgada
La flauta con que tañí,
Y venga ¡oh ciudad sagrada!
Esa otra lira dorada,
Por cantar sólo de ti.
No cautivo y aherrojado
En la ciudad infernal;
Mas del vicio desatado,
Y de esta tierra llevado
A mi patria natural.

   »Si mi cerviz humillare
A mundanos accidentes,
Duros, tiranos, urgentes,
Bórrese cuanto yo obrare
Del libro de los vivientes
Tomando sin dilación
La lira santa, y capaz
De más sublime invención.
Cállese esta confusión,
Cántese visión de paz.

»Óigame mi Rey querido;
Resuene este acento santo;
Muévase el mundo de espanto,
Pues del mal que me han oído
La palinodia ya canto.
A vos sólo me quiero ir,
¡Oh capitán soberano
De Sïón que busco en vano!
Pues no puedo allá subir
Si vos no me dais la mano.

   »En el día singular
Que en la lira el docto son
De Sïón se ha de entonar,
No dejéis de castigar
Los ruines hijos de Edón.
Y a los que tiñen sus manos
Con sangre del inocente,
Soberbios, locos y vanos,
Destruidlos igualmente,
Conozcan que son humanos.

   »Abatid el poder duro
De afectos desordenados,
Que contra mí conjurados
De mi libertad el muro
Rompieron al fin osados;
Que alzando la voz furiosos,
Se preparan a escalarme;
Espritos malos, dañosos,
Que pretenden animosos
De la virtud derribarme.

   Destruidlos, pues, mi Dios,
Humillad sus duros cuellos,
Porque no podemos nos
Ni con ellos ir a vos,
Ni sin vos librarme de ellos.
No es bastante mi flaqueza
Para darme defensión,
Si vos, ilustre Patrón,
En esta mi fortaleza
No pusiereis guarnición.

   »Y tú, carne, que me encantas,
Hija de Babel, tan fea,
De tantos pecados rea;
Que mil veces te levantas
Contra quien te señorea:
Feliz sólo puede ser
El que con Dios te resiste
Y te consigue vencer,
Y por fin te llega a hacer
Todo el mal que tú le hiciste.

   »Quien con disciplina cruda
Se castiga y se macera;
Quien del vicio se desnuda,
Y vuelve a su carne ruda
El mal que ella al alma hiciera.
Es dichoso quien tomare
Sus pensamientos recientes,
Y al nacer los sofocare,
Y con esto se librare
De vicios graves y urgentes.

   »Quien con celo religioso
Contra alguna peña dura
Los estrelle fervoroso,
Y haga de acto tan piadoso
La fuente de su ventura:
Y luego cuando imagina
Los vicios que el cuerpo da,
Los pensamientos declina
A aquella carne divina
Que en la cruz estuvo ya.

   »Quien del vil contentamiento
De aqueste mundo visible,
En cuanto al hombre es posible,
Levanta el entendimiento
Hacia el mundo inteligible,
Para que de allí reciba
La satisfacción completa
Que sólo viene de arriba,
Y ni es por poca imperfecta,
Ni sacia por excesiva.

   »Allí verá tan profundo
Misterio en la suma alteza,
Que a toda humana grandeza
Y al mayor fausto del mundo
Lo tendrá por gran bajeza.
¡Oh tú, divino aposento,
Patria mía singular!
Si sólo el te imaginar
Exalta el entendimiento,
¡Qué hará el llegarte a gozar!

   »¡Feliz quien pueda partir
Hacia ti, tierra excelente,
Tan justo y tan penitente,
Que cuando ahí llegue a subir,
Descanse perpetuamente!»




ArribaAbajoÉgloga I

 

Umbrano, Frondelio, Aonia.

 

UMBRANO


    ¡Qué variedad tan grande van haciendo
Las horas, oh Frondelio, apresuradas!
¡Cómo se van las cosas convirtiendo
En otras cosas varias, no esperadas!
Un día al otro día va trayendo,
Por unas mismas horas ya ordenadas.
Mas cuan conformes son en cantidad,
Tan diferentes son en calidad.

   En este campo vi las varias flores
A las mismas estrellas eclipsando,
Y ordenados andar a los pastores
Con todo cuanto el mundo está envidiando;
Competir con el campo los colores
Que las ropas andaban ostentando;
Do si materia rica no faltaba,
A la materia la obra aventajaba.

   Vi su lustre perder las blancas rosas,
Y casi obscurecerse el claro día,
Delante de unas formas peligrosas,
Que Venus más que nunca engrandecía.
En fin, vi las pastoras, tan hermosas,
Que el Amor de sí mismo se temía;
Y aun temió más el pensamiento falto
De no ser para haber temor tan alto.

   Ahora todo está tan diferente,
Que llena el alma y corazón de espanto,
Y parece que Júpiter potente
Se enfada de que el mundo dure tanto.
El Tajo tiene turbia su corriente;
Las aves dejan su armonioso canto;
La oveja, aunque de pasto no carece,
Más que si no comiera se enflaquece.

FRONDELIO


   Es, Umbrano, un decreto de natura,
Inviolable, constante, sempiterno,
Que siempre siga al bien la desventura,
Y que no haya placer que sea eterno.
Al día claro sigue noche obscura;
Al verano apacible, el duro invierno;
Y natura, que en todo es tan variable,
Tan sólo en esta ley es inmutable.

   Toda alegría grande y venturosa
Viene abriendo la puerta al triste estado.
Si una hora ved alegre y deleitosa,
Estoy temiendo el mal ya preparado.
¿No ves cómo la sierpe venenosa
Se oculta entre la flor del verde prado?
No te alucine, pues, ningún contento,
Pues es instable, más que el pensamiento.

   Y quiera Dios que el triste, el duro hado
Con tamaños desastres se contente;
Que siempre un grande mal inopinado
Es más de lo que espera incauta gente:
Y yo al ver este roble, que quemado
Tan gravemente fue del rayo ardiente,
Temo sea un prodigio que declare
Que el moro labrador mis campos are.

UMBRANO


   Mientras del acebuche duradero
Tengan nuestros pastores sus cayados,
Y dure aquel valor por quien primero
En todo el mundo fueron señalados,
No temas, no, mi caro compañero,
Que seamos de nadie subyugados,
Ni que este pueblo indómito obedezca
A ningún otro yugo que se ofrezca.

   Y aun cuando la soberbia se levante
Del enemigo a tuerto o a derecho,
No creas que la fuerza repugnante
Del fiero y del jamás domado pecho,
Que desde el Indo Hidaspe al moro Atlante
Toda la tierra tributaria ha hecho,
Llegue a rendirse a nadie en paz o en guerra,
En tanto que ilumine el sol la tierra.

FRONDELIO


   Esa tu temeraria aseguranza,
Que en fuerza y en razón no se asegura,
Es falsa; que a la grande confianza
No la ha ayudado siempre la ventura.
Está junto al altar de la esperanza
Némesis moderada, justa y dura,
Imponiéndole un freno y ley terrible
Para que nunca aspire a lo imposible.

   Y aquel grande redil seguro y fuerte
De los montes Atlánticos, ¿no oíste
Que con sanguinolenta y fiera muerte
Despoblado quedó por caso triste?
¡Oh caso desastrado! ¡Oh dura suerte,
Contra quien fuerza humana no resiste!
Allí también de vida fue privado
Mi Tionio, y en flor quedó cortado.

UMBRANO


   En llanto amargo tiéneme deshecho
De ese caso terrible la memoria,
Si pienso cuán ilustre fue su pecho,
Y cuán merecedor de larga historia
Era ese tu pastor, que sin derecho
Dio a las Parcas la vida transitoria.
Mas no hay quien al ganado de hierba harte,
Ni de juvenil sangre al fiero Marte.

   Y así, si no te fuere muy pesado,
Ya que esta triste muerte recordaste,
Cántame de ese caso desastrado
Aquellos tiernos versos que cantaste
Cuando ayer recogiendo tu ganado
De los demás pastores te apartaste:
También yo las ovejas recogía,
Y no te pude oír como quería.

FRONDELIO

   ¿Cómo he de renovar al pensamiento
Tamaño mal, tamaña desventura?
Porque al dar mil suspiros contra el viento,
Si es grande la tristeza, no la cura.
Mas pues también te mueve ol sentimiento
La muerte de Tionio triste, obscura,
Dejaré tu deseo satisfecho,
Si la pena a mi voz no ahoga en el pecho.

UMBRANO


   Pues canta, ahora que el ganado pace
Entre la fresca hierba sosegado,
Y el sacro Tajo, que en las sierras nace,
Contra el tronco de un árbol recostado,
En mirar cuanto riega se complace,
Y está para escucharte preparado;
Y con triste silencio están las Ninfas,
Vertiendo de sus ojos claras linfas.

   El prado, flores blancas y bermejas
Nos está suavemente presentando;
Las dulces y solícitas abejas
Con un blando susurro están volando;
Las mansas y pacíficas ovejas,
De comer olvidadas, inclinando
Las cabezas están al son divino
Que al pasar hace el Tajo cristalino.

   El viento entre los árboles respira,
Haciendo compañía al claro río;
También el ave gárrula suspira,
Sus penas confiando al viento frío.
Toca, Frondelio, pues, tu dulce lira;
Que desde el olmo aquel verde y sombrío
La blanda Filomela condolida
Al doloroso canto te convida.

FRONDELIO


   Aquel día las aguas no probaron
Las graciosas ovejas; los corderos
El campo hinchieron de amorosos gritos;
No quisieron triscar por los oteros
Las cabras de tristeza, y se negaron
El pasto a sí, la leche a los cabritos.
Prodigios infinitos
Se vieron aquel día,
Que la Parca quería
Principio dar al caso fiero y triste:
Y tú, cuervo, también lo descubriste,
Cuando a la mano izquierda en voz obscura
Volando repetiste
La ley tirana de la muerte dura.

   ¡Tionio mío!, el Tajo cristalino,
Los árboles que ya desamparaste,
El mal lloraron de tu ausencia eterna.
No sé por qué tan presto nos dejaste:
Mas fue con-consentimiento del destino,
Por quien el mar y tierra se gobierna.
La noche sempiterna,
Que tú tan presto viste
Crüel, acerba y triste,
¿Por qué no te dejó gozar siquiera
De tu vida la dulce primavera?
¿Por qué usó con nosotros tal crueza,
Que ni en los montes fiera,
Ni hay pastor en el campo sin tristeza?

   Los Faunos ya no cuidan los pastores,
Ni las Ninfas van ya por la espesura
Tras los venados con la flecha ciega:
Todo parece lleno de amargura:
El campo a las abejas no da flores,
Y la aurora el rocío a la flor niega:
Yo, que por esta vega
Cantaba todo el día,
La flauta con que hacía
Mover los altos árboles tañendo,
La dejo que se vaya enronqueciendo.
¡Cuán triste está del monte la pendiente!
Y tú también corriendo
Pareces turbia y triste, ¡oh clara fuente!

   Las Ninfas en el río, en la aspereza
Del monte las Oréadas, sabiendo
Quién te obligó al feroz y duro Marte,
Con común sentimiento van diciendo,
Que no puede en el mundo haber tristeza
En cuya causa Amor no tenga parte.
Porque, por fin, de esta arte
Sus ojos cuidadosos,
Sus pasos vagarosos,
Su rostro, que el amor y fantasía
Como pálida viola lo teñía,
A todos daban un indicio cierto
Del fuego que allí había:
Que nunca supo amor estar cubierto.

   Delante de los ojos le volaban
Imágenes, fantásticas pinturas,
Ejercicios del falso pensamiento;
Y por las solitarias espesuras,
Entre las peñas solas que no hablaban,
Hablaba y descubría su tormento:
Y en aquel sentimiento
De continuo embebido,
Andaba tan perdido,
Que cuando algún pastor lo preguntaba
La causa de la pena que mostraba,
Como quien sólo por pensar vivía
Sonriendo replicaba:
¡Si no estuviera triste moriría!

   Mas como este dolor que lo acababa
Tanto en su bello rostro se mostrase,
Su padre, hombre sensato y muy sesudo,
Porque de aquella idea se olvidase
Alejarlo intentó de la que amaba,
Porque la ausencia a todo dar fin pudo.
¡Oh Marte falso y crudo,
De vidas codicioso!
Do el pecho generoso
Iba a resucitar con tanta gloria
De sus antecesores la memoria,
Allí fiero y crüel le destruiste
Con injusta victoria,
Antes que su pesar, la vida triste.

   Paréceme, Tionio, que te veo,
De teñir la tu lanza codicioso
Con sangre del infiel mahometano,
Sobre el caballo hispano belicoso,
Que ardiendo iba también en el deseo
De derribar por tierra al Tingitano.
¡Oh engaño cruel e insano!
¡Oh malograda vida!
La virtud, oprimida
Del numeroso bárbaro enemigo,
Reparo no encontró en su brazo amigo,
Porque el destino así lo permitiera;
Y así llevó consigo
El pastor más gentil que el Tajo viera.

   Cual Euríalo, en medio de la armada
Del Rútulo enemigo, despreciando
Las iras de la cruel y dura guerra,
El color cristalino iba mudando,
Pues la purpúrea sangre, derramada
Por su espalda, teñía ya la sierra:
cual flor (a quien la tierra
Le niega el nutrimento,
porque el tiempo avariento
A ella también el agua le ha negado)
Inclina el cuello lánguido y cansado;
Así Tionio devolvió su esprito
Al que se lo había dado;
Que éste es tan sólo eterno e infinito.

   De los helados labios la alma pura,
Llamando juntamente su enemiga
Y su prenda a Marfisa, se apartaba.
Y a ti, gentil señora, ¿no te obliga
A llanto perennal la muerte dura
Del que sólo por ti la vida amaba?
Por ti a los ecos daba
Acentos numerosos;
por ti a los belicosos
Ejercicios se dio del fiero Marte:
¿Y tú no pondrás tu amor en otra parte?
¡Oh ingrata! ¡oh vano intento!
Que en fin, en fin, de esta arte
Se muda el femenino pensamiento!

   Pastores de este valle ameno y frío,
Que de Tionio el caso desastrado
En la alta sierra pretendéis se cante,
Un túmulo de flores adornado
Levantadle a lo largo de este río,
Que detenga en el mar al navegante;
Y el laso caminante,
Que tal desgracia mire,
Gima, llore y suspire
Leyendo en dura piedra el verso escrito
Que diga así: «Memoria soy, que grito,
Para dar testimonio en toda parte,
Del más gentil esprito
Que sacaron del mundo Amor y Marte.»

UMBRANO


   Como el sueño al que se halla fatigado
Debajo de alguna haya verde, umbría;
Como al que está sediento y abrasado
El húmido aquilón o el agua fría,
Tal me es a mí tu canto delicado,
Tu suave verso y grata melodía:
Y aun ahora en tono dulce y blando
Me queda en los oídos susurrando.

   Mientras los peces húmidos tuvieren
Las cuevas arenosas de este río,
Y corriendo estas aguas conocieren
Del mar ancho el antiguo señorío;
Y mientras estas hierbas pasto dieren
A las lascivas cabras, yo te fío
Que en virtud de los versos que cantaste,
Vivirá ese pastor que tanto adiaste.

   Mas ya que poco a poco el sol nos falta,
Y del monte las sombras se acrecientan;
Ya que el cielo con flores mil se esmalta
Que a la vista tan bellas se presentan,
Llevemos por el pie de la sierra alta
Las ovejas que ahora se contentan
Con lo que ya han pacido: ¡oh caro amigo!
Anda, que hasta el otero iré contigo.

FRONDELIO

   Antes por este valle, amigo Umbrano,
Si te place, llevemos las ovejas;
Pues me parece suena en aquel llano
Cierto cantar que llega a mis orejas.
El dulce acento no parece humano,
Y si tú en este caso me aconsejas,
Quiero ver desde aquí qué cosa sea,
Porque esa voz me admira y me recrea.

UMBRANO


   Contigo voy, que cuanto más me llego
Me parece mejor la voz que oíste:
Peregrina, excelente; y no te niego
Que en el pecho me deja el alma triste.
¿Ves cómo están los vientos en sosiego?
Ni un rumor de la sierra les resiste:
Ningún pájaro vuela, mas parece
Que vencido del canto le obedece.

   Por eso a mí mejor me parecía
No llegar hasta allí, que estorbaremos;
Subamos a esta haya tan sombría:
Todo el valle de aquí descubriremos:
Zurrones y cayados todavía
En este hermoso tronco colgaremos:
Porque así queda el cuerpo más ligero:
Frondelio, déjame subir primero.

FRONDELIO

   Espera así: daréte el pie, si quieres;
Subirás sin trabajo y sin ruïdo;
Y después que subido allá estuvieres,
Tú me darás la mano, que es partido.
Pero antes me dirás, si ver pudieres,
De do nace este canto nunca oído,
Quién lanza el dulce acento delicado:
Habla, porque te veo estar pasmado.

UMBRANO


   Extrañas cosas muestra esa espesura
Que nunca vi, y en ella veo ahora:
Hermosas Ninfas hay en la verdura,
Cuyo rostro a los cielos enamora;
Pero una, de jamás vista hermosura,
Que de las otras muestra ser señora,
Sobre un triste sepulcro sollozando
Perlas está por lágrimas llorando.

   Una de aquellas altas semideas,
Que en torno están del cuerpo sepultado,
Continuando las lúgubres tareas
El sepulcro con flores ha adornado;
Otras, quemando lágrimas Sabeas,
De suave olor los aires han llenado;
Otras en paño rico y excelente
Envuelven a un infante blandamente.

   Una, que de las otras se ha apartado,
Con ayes que a un peñasco conmovieran,
Dice que pues la muerte ha arrebatado
Flor que sólo los cielos merecieran,
Esta prenda carísima ha quedado
De aquel a cuyo imperio obedecieran
Duero, Mondego, Tajo, con Guadiana
Y hasta el remoto mar de Trapobana.

   Añade que si hallare este menino
La noche intempestiva amaneciendo,
Al Tajo, puro ahora y cristalino,
Alecto lo pondrá turbio y horrendo;
Pero si lo conserva su destino,
Le está el cielo benigno prometiendo
Los espaciosos campos de Ampelusa
Y el monte que en mal punto vio a Medusa.

   He aquí el prodigio que la Ninfa bella
Con abundantes lágrimas recita;
Pero cual la eclipsada clara estrella
Que en el excelso firmamento habita,
Tal cubierta de negro veo a aquella
Que siente al parecer pena infinita.
Dame esa mano y sube tú a mirarlo,
Porque yo de dolor no sé contarlo.

FRONDELIO


   ¡Oh triste muerte, esquiva y mal mirada,
Que de ser inhumana te glorías,
A aquella diosa bella y delicada
Siquiera algún respeto haber debías!
Esa es por cierto Aonia, hija amada
Del célebre pastor que en nuestros días
Doma al Danubio, manda al claro Ibero,
Y espanta en el Euxino al Trace fiero.

   Murióse el excelente y poderoso
(Que a eso sujeta está la vida humana)
Dulce Aonio, de Aonia caro esposo.
¡Ah ley del hado, dura, cruel, tirana!
Mas el son peregrino y lastimoso
Con que canta la Ninfa soberana,
Escucha un poco; y mira bien, Umbrano,
Lo bien que suena el verso castellano.

AONIA *


   Alma y primer amor del alma mía,
Espíritu dichoso, en cuya vida
La mía estuvo en cuanto Dios quería:

   Sombra gentil de su prisión salida,
Que del mando a la patria te volviste,
Donde fuiste engendrada y procedida;

   Allá recibe el sacrificio triste,
Que te ofrecen los ojos que te vieron,
Si la memoria de ellos no perdiste.

   Que pues los altos cielos permitieron
Que no te acompañase en tal jornada,
Y para ornarse sólo a ti quisieron;

   Nunca permitirán que acompañada
De mí no sea la memoria tuya,
Que está de tus despojos adornada.

   Ni dejarán, por más que el tiempo huya,
De estar en mí con sempiterno llanto,
Hasta que vida y alma se destruya.

   Mas tú, gentil espíritu, entretanto
Que otros campos y flores vas pisando,
Y otras zampoñas oyes y otro canto;

   Ahora embebecido estés mirando
Allá sobre el empíreo aquella Idea
Que el mundo enfrena y rige con su mando:

   Ahora te posea Citorea
En su tercer asiento; o porque amaste,
O porque nueva amante allá te sea:

   Ahora el sol te admire, si miraste
Cómo va por los signos encendido,
Las tierras alumbrando que dejaste;

   Si en ver estos milagros no has perdido
La memoria de mí, o fue en tu mano
No pasar por las aguas del olvido;

   Vuelve un poco los ojos a este llano
Verás una, que a ti con triste lloro
Sobre este mármol sordo llama en vano.

   Pero si entraren en los signos de oro
lágrimas y gemidos amorosos
Que muevan el supremo y santo coro,

   La lumbre de tus ojos tan hermosos
Yo la veré muy presto, y podré verte;
Que a pesar de los hados enojosos,
También para los tristes hubo muerte.