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- VI -

¿Republicano he dicho?

Sí, pero entendámonos; republicano a lo hijo del país, para quien el republicanismo consiste en que esta pobre tierra se llame República Argentina, el Poder Ejecutivo Gobierno, el Jefe de Gobierno Presidente, y en la representación periódica de la siguiente farsa política en cuatro actos, que condensa el ideal de nuestra republicana existencia.



Acto primero

Escándalo mayúsculo disfrazado de elección popular en que vota todo el mundo, es decir, todos los criollos habidos y por haber, aun los difuntos que, desde el hoyo donde se pudren en la Recoleta o en la Chacarita, suelen mojar prestando el contingente de su nombre y de su voto.

Para ello, basta que el bolsillo del jefe del grupo o caudillo de parroquia se halle provisto de una boleta de inscripción en el Registro Cívico a nombre del postulante y que éste tenga papeleta de Guardia Nacional, aunque no tenga en qué caerse muerto y haya pasado su vida alternando entre la Penitenciaría, donde se paga el lujo de sus vicios tendido a la bartola por cuenta del país en un cuarto cómodo y ventilado, con sus horas de recreo en los jardines y sus buenas raciones de puchero, asado y pan amasado expresamente para él; los batallones de línea, de donde se alza con el santo y la limosna, como y cuando se le antoja, si no le cuadra el papel de defensor de la honra y de la dignidad nacional; los lupanares y las pulperías, en los que concluye de perfeccionar su educación republicana.

Durante el mes anterior al bochinche, vive en familia con los otros de su calaña, a rancho y puerta cerrada (por las dudas), racionado con los á compte de los sueldos y pitanzas de los candidatos. Del cuero salen las correas.

Suena la hora, llega el instante solemne y el maestro de ceremonias, alguno de los que manejan los títeres, lo endereza entonces a ejercer sus funciones soberanas, es decir, a votar por cinco pesos sin saber para qué ni por quién, una, dos y hasta tres veces si cuela, llamándose primero Juan, luego Pedro y después Diego, ya barbudo, ya afeitado, con un gorro de vasco en la cabeza o un sombrero de panza de burro encasquetado hasta los ojos y, si acaso, a armar también la de Dios es Cristo, alguna de tiros y puñaladas, robándose los registros de la mesa a una seña del caudillo que ve el negocio mal parado.



Acto segundo

El republicano cuadro o, lo que es lo mismo, la sangrienta y vergonzosa farsa, sale luego de manos de los comparsas, cambia de escena y va a reproducirse en el encumbrado teatro de las Cámaras.

Aquí, los saltimbanquis o sea los histriones o, si se quiere, los padres de la patria, hablando con reverencia, antes de abrir sus puertas al público, con el teatro en tinieblas y entre gallos y media noche, tienen sus sesiones artísticas de alta escuela, sus correspondientes ensayos en que, bajo la forma de gatuperios y escamoteos, despedazan el libreto de la pieza, rayan la colaboración de los necios que, representando la honradez política y la pureza del sufragio, han hecho por imprimirle un sello de legalidad y de justicia, suman acá, restan allá, corta y tajean acullá, hasta transformarlo de malo que era, en peor, en un pastel indigesto amasado por el patriotismo, en un asqueroso bodrio al gusto de galgos o podencos, según sean sus adversarios podencos o galgos y galgos o podencos ellos mismos.

Llega el anhelado día de la première y, tomadas todas las precauciones del caso por si se arma alguna grande, prevenida la policía y un par de compañías de línea por si se enreda el pandero, el templo augusto de las leyes se ve invadido por una concurrencia inmensa y elegida... entre las últimas capas de la sociedad: asesinos y ladrones, vagos, borrachos y compadres; ternes de pelo en pecho, revólver en la cintura y cuchillo en la liga, reclutados y arreados ad hoc para solemnizar el acto con su presencia, simbolizando la majestad del pueblo soberano.

La escena se inicia con la aparición de un farsante de cartello; del primer galán, por ejemplo, bajo el ropaje de un joven demócrata, adalid de las libertades públicas, de profesión: diputado, bajo pena de morirse de hambre, moreno, de fruncido entrecejo, mirada torva, melena tras de la oreja y traje de su empleo, es decir, rigurosamente vestido de casimir negro.

Asume una actitud decorosa y digna, vuelve amenazantes ojos en su alrededor, se incorpora, se entona y recita después el siguiente monólogo que dura tres cuartos de hora:

«¡Sufragio, libertad, justicia, verdad, derecho, constitución, soberanía, antorcha, ley, independencia, epopeya, patria, pueblo! (Ruidosos aplausos en el público, mezclados de ruidosos silbos).

«Democracia, honradez, fuego, patriotismo, luz, espada, abnegación, república, apostolado, gloria, paz, honor, propiedad, vida: ¡nosotros!».

-¡Bien, muy bien, bravo, bravísimo! (A la derecha en el público).

-Andá que te lamba un guay! (A la izquierda).

-¡Silencio, bárbaros! (El barba disfrazado de Papa Jupin, a título de ser el más viejo y, precisamente, el más inútil de todos, desde el fondo de la escena que figura el Olimpo).

- Cayate, ¡mascarón! (Una voz en falsete).

«Violencia -prosigue el artista- robo, mala fe, fraude, soborno, conciencia, pueblo, cohecho, rémora, falsificación, oscurantismo, desquicio, ruina, tinieblas, abismo, muerte: ¡ellos!» (Prolongados y estrepitosos aplausos a la derecha, rechifla más prolongada y estrepitosa aún a la izquierda).

-Si no se callan la boca, (el barba) los voy a hacer echar como a perros por los vigilantes.

Yo tengo las llaves del cielo.

Léales el reglamento del teatro. (A un comparsa vestido de secretario).

El comparsa lee.

-¡No te arrimés a la pared que hay chinches! (Una voz).

Dejá de cantar jilguero, no me estés atormentando! (Otro).

-¡Que nos devuelvan la plata! (Otra).

-¡Miau! ¡miau! ¡guau! ¡guau! (Otras más).

El artista se mete muy orondo entre bastidores, donde es calurosamente felicitado por sus colegas.

Reproducir la escena que se sucede, encomendada a algún otro premier bagatelliere de la compañía, sería tiempo perdido.

Es una repetición al pie de la letra, una segunda edición de la anterior, la oración que acaban Vds. de oír, pero vuelta por pasiva y que puede traducirse con los siguientes refranes: se ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, lo tuyo me dices ladrón de perdices, u otro semejante que la decencia impide estampar en letras de molde.

Los mismos aplausos, la misma rechifla, la misma intervención irrespetuosa del respetable público y las mismas eternas amenazas de Jupin, que se guarda muy bien de hacerlas efectivas como de cierta cosa, por temor de que le rompan sus olímpicas costillas.

Toca, por último, el turno al encargado de la parte musical del programa, al cantor, al lírico o, lo que es igual, al zonzo, artista que suele no faltar en nuestros teatros políticos, el que, ojeroso y pálido el semblante, empieza por entonar tiernas endechas en tono lastimero y quejumbrosa voz, deplorando el extravío de los espíritus, la corrupción de las pasiones y los profundos males que afligen a la sociedad; va dejándose arrastrar, a pesar suyo, por el hechizo magnético de su canto, como el chingolo por la víbora, hasta que, ebrio de melodía, concluye por lanzar entusiasmado el siguiente do de pecho, en forma de verdades de a puño:

«República, no; anarquía, sí; republicanos y honrados, ninguno; demagogos y pillos, todos»; llamando, como se ve, las cosas por su nombre y a los hombres por sus cosas, hasta que las furias populares se descargan sobre su cabeza y el ruido atronador de dos mil pitos zumbándole en los oídos, le ahogan la voz en la garganta, le hacen meter violín en bolsa y lo aventan con su música a otra parte, el abismo del ridículo donde queda sepultado para siempre.

En resumen, los galgos se quedan con el disputado zoquete y el acto concluye naturalmente a capazos, con intervención de los gendarmes y 24 horas de cafúa a las últimas cartas de la baraja.

Los ases y figurones, autores y promotores del republicano alboroto, ésos son como Jupin, tienen las llaves del cielo y lo que en ese momento quieren y hacen, es ganar tranquilamente sus domicilios satisfechos de la jornada y orgullosos de haber podido ofrecer a las miradas curiosas de los pueblos que nos contemplan, un cuadro de familia, una escena de costumbres, un riquísimo ejemplar lujosamente encuadernado del libro que enseña al mundo cómo entendemos y practicamos la república nosotros los argentinos.



Acto tercero

La escena representa la Pampa y en ella un campamento: el de las huestes de los defensores de la ley, ínclitos regeneradores del sufragio.

¡Simbolizan la verdad escarnecida, la justicia conculcada, las garantías del hombre pisoteadas y, celosos de la sangrienta ofensa inferida a dama constitución, nueva señora de sus pensamientos, inspirados en la austera rigidez de sus principios, rebosando de santa indignación, revisten la coraza, empuñan la tizona y se lanzan a correr el azar de las batallas, declarando guerra a muerte y sin cuartel a los gobiernos de hecho, a la chusma infame encaramada en el poder por el más inicuo de los atentados, para mengua de la patria y baldón de los hijos de esta tierra!

Pero levántenle la visera y rían por la humanidad y lloren por la patria.

Se encontrarán con la cara bastarda del traficante político que, a trueque de saciar sus ambiciones rastreras y al ver que se le escapa el mendrugo, no trepida en enarbolar el trapo rojo de la rebelión, envolviendo al país en los horrores sin cuento de una guerra fratricida.

¿A quiénes comandan?

A un puñado de soldados revoltosos, a unos cuantos miles de gauchos infelices, carne de cañón arrebatada al trabajo y al hogar y a una banda de salvajes, ávidos de saqueo y de matanza, pero ínclitos regeneradores del sufragio, ellos también.

El eco de una voz divina repercute en las filas de los inspirados.

«Póngome a vuestro frente», dice, «con el propósito de dar a este grande y hermoso movimiento democrático cohesión y significado nacional (sic).

«La república entera se alza en armas contra el gobierno espúreo que ha usurpado la dirección suprema de los destinos de la patria: me mantendré firme hasta lo último con el último de vosotros que me acompañare y venceré o moriré con él».

¿Venció?

Si vieillesse pouvait!

¿Murió?

Pas si vite!

Ni una ni otra cosa.

Cierto es también que maldita la gracia que le hacía tirarla de falso profeta y de rey guerrero en una asonada escandalosa contra las autoridades constituidas de su país.

Voluntario codo con codo, como dicen, fue arrastrado por los otros.

¿Culpa o delito?

Culpa o delito para el común de los mortales.

Crimen y crimen de lesa patria para aquel cuya palabra fue siempre escuchada de rodillas por su séquito, no como la del hombre que dirige, sino como la del oráculo que impone.

Continúo.

Al mando de un ejército, se hizo derrotar lastimosamente por cuatro gatos; horas después se daba preso y entregaba con él a tres mil argentinos como quien entrega una tropa de capones, consintiendo en llamar con mansedumbre verdaderamente evangélica gobierno de derecho al gobierno de hecho contra el que había fulminado sus celestes iras, y pocos meses más tarde, los prohombres del gran partido de los principios, los puros, los honrados, los patriotas, los intransigentes, eran miembros de derecho de ese gobierno de hecho, canalla, espúreo y usurpador.

Pro pudor!

Y si no son Vds. afectos a las escenas pastoriles, si el paladar empalagado rechaza el dulce jugo de las abejas, la repugnante miel de Arcadia, no tienen más que abrir la boca y pedir.

El museo nacional de anatomía política posee una riquísima colección de este género de abortos.

Al gusto del consumidor.

Puedo servirles una de barricadas, un sainetón representado en media calle, que, a pesar de la sangre derramada, no merece otro nombre lo que tiene por cabeza a un payaso torpe y necio.

Imagínese la obra de un bachicha de la Boca.

Un figurón, hecho a patadas, de un pedazo de pino blanco, la más ordinaria de las maderas, embadurnado con tres manos de pintura, armado de un tridente y de una corona de conde, bajo el bauprés de una lancha de cabotaje, la Covine Carlotta, por ejemplo, y se tendrá un mamarracho calafateado de Nettuno, lo que se llama un mascarón de proa.

Ese es mi hombre.

La misma cara de palo, dura, tiesa, tosca y grosera, sin ningún toque delicado en los lineamentos, de esos que revelan la mano del artista supremo: o un rasgo de nobleza en el alma, o una fibra generosa en el corazón; el mismo ceño empacado y grotescamente adusto que Stein traduce con tanta fuerza de parecido en sus caricaturas de El Mosquito; la misma cabeza monstruosamente frentona, hija legítima de la del célebre idiota de Amsterdam; la misma figura terca y repelente que, sin querer, trae a los labios, o una maldición contra el autor, cuando se la mira en la proa de la lancha mencionada, o un terno de cebollas contra el hombre, cuando se la encuentra al volver de una esquina sobre los hombros del individuo en cuestión.

Incapaz de engendrar una idea, abogado adocenado y recopilador de tres al cuarto, los pocos libros que ha tenido la audacia de publicar bajo su nombre son un plagio servil, un robo escandaloso de ajenas cosechas.- Tienen todo lo de los otros, nada de él, con excepción del estilo que es sencillamente atroz.

Después de dolorosos pujos de alumbramiento, las palabras salen a empujones, en grupos informes de ocho o diez, mirándose las caras o dándose la espalda, de pie, de costillas o de cabeza, nada importa, y al poco andar, ahí no más, se paran empacadas como petizo de muchacho mal criado, pidiendo a gritos una picana.

Me hace acordar a los chorros del limón cuando cae sobre una ostra viva.

Como él es acre, áspero, agrio y produce en el cerebro lo que el ácido cítrico en el desgraciado molusco: se encoge, se frunce y se retuerce por librarse del pestífero contagio y resistir la infección de tan asqueroso virus literario.

Boyante en la superficie por obra y gracia del azar, esa divinidad de los necios, no ha dejado una sola huella de su paso, su país no le debe ni un servicio en cambio de los males que causó y de las torpezas sin cuento que como hombre público no cesó de cometer: la intriga, entre otras, santificada por él en pleno parlamento y la amenaza de una guerra con el extranjero en que hubo de envolvernos su innata guaranguería, una coz brutal que pegó empujado por los instintos.

El sentido público parecía haber hecho, por fin, justicia de tan triste sire relegándolo al olvido, cuando una combinación de sabia política en la forma, un indecente enjuague en el fondo, hijo de la cobardía de quien no tuvo... calzones para ser hombre y gobernar, volviólo a sacar, en mala hora, del ostracismo en que vivía.

¡Curiosas aberraciones de la naturaleza humana!

Un ente aborrecido, sin valor, sin talento, sin corazón, ni virtud, dotes que son la tela de los caudillos, rasgos que exaltan a un hombre porque arrastran a los demás, llegó a encarnar, sin embargo, las aspiraciones de una multitud fanatizada en que el sentimiento ahogaba la voz de la razón, en que heridas las fibras generosas del patriotismo con la explotación de la más ruin de las banderas, el localismo egoísta, los ojos no veían, la cabeza no pensaba, el corazón sólo sentía y sentía delirando que ultrajaban a la persona sagrada de la madre, que manoseaban su honra, que encadenaban su libertad, que atentaban a su vida.

Dos mil hombres muertos, dos mil vacíos en el hogar, dos mil vidas robadas a la patria y al trabajo, la sangre de dos mil argentinos derramada en el altar de un ídolo deforme, en obsequio al más cínico y al más vulgar de los demagogos, amén de los millones despilfarrados y del vergonzoso espectáculo ofrecido a la América y al mundo, ¡he ahí el precio del elixir del nuevo Dulcamara, presente griego de una mentida conciliación entre hermanos, de un falso acuerdo de paz y de concordia!

¿Y bien?

Y bien, vive tranquilamente en su casa amparado por las leyes que falseó y la constitución que pisoteó; goza de las garantías acordadas al ciudadano inocente y honrado; va y viene sin que nadie lo incomode; come, bebe, duerme a calzón quitado y libre de remordimientos, porque no los tiene ni los puede tener el que no tiene conciencia, y no falta quien le apriete la mano y quien le saque el sombrero.

¡Ah! Si dos mil veces hubiera podido vivir y dos mil veces lo hubieran muerto, la cuenta habría arrojado aún un saldo en su contra.

La vida del último de los últimos sacrificada por él, vale infinitamente más que la suya.

«¡Y llamas no hay en el cielo! ¡Para qué entonces los rayos!».

Justicia, vieja inservible, ¿qué hace esa espada en tu mano?

Basta.

En presencia de ciertos hechos que sublevan y de ciertos tipos que calientan, la sangre fluye enardecida al cerebro y se pierde el humor de escribir locuras y pamplinas.

Pasemos de una vez.

En suma, el tercer acto concluye con la conclusión de la riña y el triunfo de los galgos que siguen dueños del zoquete.



Acto cuarto

La calma más apacible reina en la naturaleza.

El sol de la victoria luce sus rayos, envolviendo a la ciudad señora en el ambiente reparador de la paz.

El ánimo se siente alentado y aspira con avidez y con delicia la fresca brisa de una mañana de promesas. «Alcemos los ojos al Eterno; despleguemos nuestros labios en fervorosa plegaria; imploremos su asistencia y encorvemos en seguida nuestros hombros.

«¡Ha llegado la hora de la labor honrada, la hora del trabajo de hoy, del trabajo de mañana y de siempre, hasta que el sudor de nuestras frentes y el cansancio de nuestros miembros doloridos se hallen pagados con usura en la obra inmortal de la patria opulenta de riqueza y gigantesca de poder!».

Así exclama, soñando, la voz del patriotismo; pero, ¡ay!, el grito destemplado de la demagogia, el ladrido de la jauría no tarda en sofocarla, atronando los espacios; el sueño se disipa y la imagen ofendida de la República huye a refugiarse entre los suyos, abandonando el disputado campo a la hidra de la anarquía.

«¡Trabajar!

«Sí, sea en hora buena; pero trabajemos con provecho, aunque trabajemos en destruir, siempre que de entre las ruinas se salve incólume una personalidad: la mía.

«¿Qué es la patria?

«Un pedazo cualquiera de tierra.

«¿Qué los hombres que la habitan?

«Una fracción abyecta de la abyecta humanidad.

«Mina de oro, la primera, explotada por bestias de carga, los segundos, que compra en el mercado de la vida el que tiene repleto su bolsillo.

«Llenarlo, pues, he ahí el fin; el medio poco importa

«¿Conciencia, deber, moral?

«Palabras huecas inventadas por los necios. Buscad el móvil en el interés que es la única moral porque es la única verdad».

Eso dice el traficante, el explotador ruin que hace profesión del robo a las arcas populares escudado en un contrato y amparado por la indolencia de los unos y la corrupción de los demás.

Plaga de langostas que se incuba en el terreno de la política, revienta al calor de sus ardientes luchas y cae hambrienta sobre el campo de la riqueza pública que tala y devasta hasta convertirlo en un estéril yermo.

Permítanme Vds. que, con el taco de la bota, le haga reventar como a los cerdos de la podredumbre en que se revuelca.

Acercarle la mano, tocarlo aún con la punta de los dedos, darlo vuelta y exhibirlo en toda su espantosa deformidad, eso no puedo; su contacto produce en mí la más invencible repugnancia y tengo los gustos delicados: es cuestión de estómago.

Capaz de vender su alma al diablo, no como Fausto inspirado en el ardiente anhelo de su naturaleza hacia lo bello, sino como Judas vendió al Cristo, no profesa otra fe que la mala con que sella todos los actos de su vida.

Su conciencia es un saco de cautchu; cabe dentro todo lo que se le quiera echar; se estira y no se rompe.

Muy conocido en el mercado, tiene, por otra parte, su reputación bien sentada; es la de un completo bribón.

Sin más bagaje que el de su cinismo, ni más capital que el de sus trampas y el título de hombre del partido, que le ha metido hombro al candidato falsificando unos cuantos centenares de votos, se hace nombrar cualquier cosa, diputado, por ejemplo, del último partido de campaña, por media docena de pillos como él, compadres o compañeros suyos, y munido de este bill de indemnidad, se larga a tentar fortuna con los ojos clavados como los de un hambriento delante de las vidrieras del Gas, en el rico y bien provisto arsenal del Erario, ese huevo guacho que nadie empolla y que vacía el afilado pico del carancho o el hocico astuto del zorro.

Se le ve ganar las avenidas de la Casa Rosada, meterse en las antecámaras y sentar allí sus reales valido de la posición que le asegura su empleo, o del parentesco o amistad que lo liga a algún magnate, ministro o cosa que lo valga.

Anda a la pesca de lo que se llama un negocio con el Gobierno, limpio o sucio, no hace al caso; lo que se quiere es plata y para forrarse uno el riñón y hacer su agosto, nada hay tan lucrativo como esta raza de industria.

Tiene más agallas que un pescado y como no va nada en la parada, como nada puede perder porque nada posee, ni decoro, ni honradez, ni vergüenza, ni dinero, ni aun recelo de que lo metan en la cárcel, la cárcel no ha sido hecha para los amigos, acepta todo lo que cae en todos los ramos del inicuo comercio.

¡Y aquí del manoteo!

¿Resuélvese explorar tal o cual río, hacer el servicio de las costas, organizar una expedición de interés científico o comercial?

En el Tigre o en la Boca se pudre, desde hace años, cierto cascajo viejo abandonado por inservible.

Se compra por cuatro reales, por lo que vale la leña, se llama al calafate que lo rellena de estopa, al pintor que le pasa una mano de negro o de albayalde destinada a ocultar de las miradas profanas del vulgo la carcoma de la polilla, se le deja como nuevo y se le ofrece en venta al Gobierno.

El Gobierno nombra una comisión de peritos para que lo examine; la comisión de peritos lo declara un Leviathán capaz de luchar impávido con las furias de los elementos desencadenados y el Gobierno se apresura, naturalmente, a aprovechar de la pichincha y lo compra en 50.000 pesos.

¿Y después? Después, nada: en el primer banco de arena donde toca se abre como un carozo de durazno prisco, se sumerge muellemente bajo las mansas aguas y queda sepultado en ellas junto con los 50.000 pesos que costó.

Tableau.

Allá, en la zona más desierta de la Pampa, arrastra una existencia miserable el noble y desgraciado soldado argentino, ese tipo estoico, encarnación admirable de la resistencia de la bestia unida a la resignación del cristiano.

La patria le exige todo y todo se lo da a la patria. Su hogar y su familia que abandona, su patrimonio que pierde, su vida que incesantemente expone a las rudas asechanzas del salvaje en una guerra sin tregua y sin cuartel. ¿Qué es lo que recibe en cambio, qué premio, qué recompensa en la desesperante soledad donde sufre y muere por los otros?

¿Se le acuerda, acaso, una mirada de compasión ya que no de gratitud, se atiende a las necesidades más premiosas de su vida, se le arroja una manta con que cubrir sus miembros engarrotados por el viento glacial de la Cordillera, se le concede siquiera el miserable rancho del soldado, un pedazo de carne, un puñado de yerba y un cigarrillo de papel, ya que no pide ni necesita otra cosa?

Así lo quiere la patria y así lo paga el Erario, pero así no lo entiende la codicia humana encarnada en el ente degradado que especula hasta con el hambre y la sed de sus hermanos.

¿Trátase de algún vasto proyecto, de dotar al país de las grandes obras que reclama con imperio?

Nuestro hombre aguza el filo de su ingenio, se pone en campaña y toca todos los resortes de sus cábulas. Inquiere cuál es el lado flaco de los que han de intervenir en el asunto, miembros de las cámaras, empleados, representantes del Gobierno, etc., y según el resultado de sus pesquisas, tiende sus redes y combina su plan.

Si el candidato tiene sensible la epidermis y no es hombre de tolerar impasible que lo anden manoseando, se hace chiquito y echa mano de los empeños; apela al sempiterno estribillo de la carta de recomendación que solicita de algún allegado, con el sombrero en la mano y en la que suplica se encarezca la necesidad de proteger a los amigos, miembros leales y consecuentes del partido, etc., etc.

Si, por el contrario, el sujeto en cuestión es hecho de una pieza, tipo de esos que no se paran en pelos ni saben lo que son escrúpulos, ¡oh!, entonces no se anda con cumplimientos; agarra el camino derecho y le hace un tiro a fondo, dejándosele caer llana y sencillamente con el brulote de tantos mil patacones porque le despache el negocio o con la risueña perspectiva de un pingüe beneficio en las utilidades de la empresa.

La cuenta es clara: el Erario paga 100; lo que se le entrega vale 10; el 90 restante se reparte entre los socios que pueden ser dos o muchos, recibir por mitades a tanto por barba, con arreglo a los riesgos que cada cual ha corrido, al contingente que ha llevado, o la importancia del capital pecuniario o industrial que ha introducido, todo lo que, traducido al lenguaje vulgar, quiere decir en plata: según la complicidad más o menos criminal de los confabulados en el robo.

¡Ah! Ustedes los de arriba, los que se mantienen puros en medio de la escandalosa perversión moral que nos invade, reflexionen un momento, piensen en la tremenda responsabilidad que los está hundiendo con su peso.

El país les va a exigir estrecha cuenta del uso que hacen del poder que con tanto ardor han perseguido.

La calumnia va a manchar de negro el nombre que llevan y, confundidos con los réprobos en el cuadro de la historia, llegarán a ser justamente maldecidos por los que vengan después.

Aun es tiempo, armen su brazo de energía, hagan un gobierno de mano de fierro con guante blanco, pero háganlo de una vez.

Tirios o troyanos, que caigan los que deban caer y que eso que anda escrito por ahí de la igualdad ante la ley y ante los jueces, deje de ser por fin una insolente mentira.




Y aquí concluye el cuarto y último acto de la función representada con el nombre del señor Pueblo y a la que ese señor Pueblo no hace otra cosa que asistir desde los balcones de su casa, protestando escandalizado de que le adjudiquen la paternidad de tan detestable farsa, como protestaba el señor Rossini desde un palco de los Italiens, al desconocer a su hijo predilecto transformado por la Patti en un curso de vocalización.

Salvos, por supuesto, los respetos debidos al arte y al talento de la artista: la Patti es una diva, mientras que nuestros cómicos políticos no pasan de ser una massa di cani, a pesar de las ingentes sumas tiradas a la calle en la subvención del teatro.






- VII -

Volvamos a mi vieja y a mi compañero. Decía, pues, que era republicano de corazón.

Pero como, desgraciadamente, todo lo que es humano es creado y todo lo creado es imperfecto, mi hombre no podía dejar de caer bajo el imperio de esta ley fatal, pagando él también su tributo a las flaquezas de este valle de lágrimas.

Feas manchas aristocráticas empañaban el puro crisol de su democrático credo.

Varón y fuerte, tenía sus debilidades, engendradas las unas por añejas preocupaciones godas y consecuencias las otras del bendito procreo de las haciendas del viejo.

Un par de casos al caso:

No comería en la misma mesa, ni diría señor, ni sacaría el sombrero, ni daría la mano a un hombre de color, negro, mulato o chino, siempre que a las claras pasara por tal.

Hago esta última, prudente salvedad, porque muchos habemos cuyas venas, más que venas, parecen cloacas, tal es de mezclado el líquido que por ellas corre, y no obstante, el hábito de verlos siempre confundidos con los sujetos en el primer plan del cuadro social aleja inconcientemente de nosotros toda idea de análisis, hasta el punto de quedarnos con la boca abierta cuando algún amateur, viejo comadrón de esos que hacen oficio de conocer cuanta inmundicia Dios crió en la vida privada desde el año diez hasta la fecha, nos señala con el dedo la impura media tinta, el bastardo claro-oscuro velado a nuestras miradas miopes.

Se habla de fulano de tal en un corrillo alrededor de la estufa, en un balcón del Club del Progreso en verano.

-¿Fulano de tal? ¡Si es mulato! -se apresura a exclamar el comadrón con aire de mozo diablo y zorro viejo, muerto de gusto al poder espulgar la porquería y sacar el cuero al prójimo.

-Aquí, para entre nosotros -agrega en tono confidencial-, de la madre de este caballerito las malas lenguas aseguraban esto y esto otro.

«De su abuela, no les digo nada; era público y notorio aquello y lo de más allá.

«La cosa data de la época en que la catedral tenía techo de paja...

¡Y lengua para que te quiero! Tajo arriba y tajo abajo, una de injertos al pobre árbol genealógico, que queda de mutilado y de overo como si diez mangas de piedra le hubieran caído encima.

Consecuencia: el individuo es irremediablemente mulato.

-¡Pero, hombre! -exclamamos a nuestro turno como si cayéramos de arriba.- ¿Sabe que nunca me había apercibido de la cosa?

Y sólo entonces empezamos a notar ciertos indicios que no marran: los labios en forma de riñón, la nariz de pera parda, el bruno y ensortijado cabello, el aceitunado matiz, etc., etc.

El mulato este no entra, sin embargo, en el número de los que nuestro republicano mira desde lo alto de su grandeza.

Acaso él mismo es de la familia.

Pero si se trata de un mulato neto, indudable, universalmente reconocido como tal, la cosa varía de aspecto.

Lo tutea por lo pronto, mucho más si es de condición humilde, y le tira a renglón seguido con el barro de su color a la cara, por poco que se amostace y el villano haya cometido el desacato de provocar sus nobles iras.

Compra coche y en lugar de vestir al cochero de saco y sombrero de panza de burro para que arreglado al gaucho sean las prendas o, ya que quiere lujo, sencillamente de levita, pantalón negro y sombrero alto, como cuadraría al puritanismo de que hace gala, le encaja un mamarracho, una payasada carnavalesca bautizada pomposamente de librea.

El equipaje aguarda en la puerta de la casa. ¿Quieren Vds. hacer de él un examen pericial?

Landó, industria nacional (Delanoux): montaje de armón y forro que llora a gritos.

Los arneses son espléndidos: plaqué, mucho plaqué, plaqué por todas partes.

Hacen el pendant del chapeado de marras, el de los buenos tiempos en que usaban apero y corrían sortija en Palermo, faisant leur cour a Manuelita, con chiripá, divisa colorada y el caballo cargado de prendas de plata, muchos de los que hoy vemos en grande tenue en los balcones de Colón.

Para hacerse de los referidos arneses, se ha ocurrido a lo de Astoul y se ha comprado la más clinquante camelote, la más infame de las drogas confeccionadas en Francia o Alemania, expresamente para la exportación americana, la más cara y por consecuencia la más chabacana.

Sobre el pescante, el cochero: melena porruda, bigote, pera y un cigarro hamburgués en la boca.

El traje ahora: botas color de rata a fuerza de no ver betún; pantalón a cuadros metido dentro de las botas; casacón hasta media pantorrilla excesivamente bolsudo y mal fichu; corbata blanca de un dedo de ancho, de las que usa el patrón en los banquetes políticos de los que asiste de frac; guantes de hilo también blancos, pero muy sucios y zurcidos en las puntas, de cuyos guantes arrancan y corren hasta rematar en unas cabezadas aux couleurs de la patria, un par de riendas coloradas y, por último, sombrero galera, de forma absolutamente imposible, trasmitido como la corbata, por herencia, empapado en una capa mugrienta de aceite y de sudor y al que previamente se le ha aplicado una brava escarapela con borlas.

El auriga, sin soltar por supuesto el hamburgués de la boca, hace chasquear su instrumento a la moda de coche de plaza, arranca la yunta de overos negros, flamean al viento los pompones patrios y los faldones del levitón pendientes en libertad hacia la parte posterior del pescante, y mi hombre acompañado de su abundante esposa se larga a lucirse muy orondo por la calle de la Florida y el tour de la Avenida Sarmiento.

De aquí están Vds. viendo el cuadro: es de un chic ébouriffant.

Ya se sabe de memoria al compañero que la suerte impía me había deparado.

Prosigamos.

Declaro que no me place abrir los brazos a las primeras de cambio.

Soy de gustos difíciles en materia de amistad, el único sentimiento en que creo con la fuerza ciega del fanatismo; el único que, siempre a mi paso por la vida, he encontrado arriba de todas las miserias que el torbellino humano levanta del egoísmo corrompido el corazón, como corrompe las aguas de un lago cristalino el torrente que las agita y revuelve el lodo que reposaba en su fondo.

El amor, por ejemplo, apetito material esencialmente interesado como lo son todos los apetitos materiales, quiere saciarse.

Quítenle el sensualismo y lo matan.

Hijo espúreo, los que cantan sus virtudes cometen un robo; desponjan a su hermana legítima.

Cuando alcanza a lo generoso, a lo grande, a lo sublime, ya no se llama amor, es amistad.

Se ha transformado en la huella del tiempo como se transforma en pródigo el avaro que al morir distribuye sus riquezas.

Poseído por ella de un religioso respeto, habiéndole consagrado desde niño el más fervoroso culto, no permito que nadie la profane en mi presencia.

Por eso es que, viejo ya, cuento apenas un puñado de amigos y un estrechísimo círculo de relaciones que entiendo no ensanchar más allá de la política, que es sinónimo de urbanidad.

Consecuente, pues, con estos principios eficazmente secundados por mi mal talante, me arrellané en un ángulo del coche, me encerré en mí mismo con llave y pasadores y recurrí por vía de mata-tiempo a una colección de los periódicos del día habidos, momentos antes, de un news-boy en la estación.

Abrí el primero que me cayó a la mano y di con el siguiente letrero: «Entendámonos», que encabezaba un editorial de tres columnas de menudo breviario, sumando la respetable cifra de veintitrés mil quinientas y pico de letras.

Miré tres veces de punta a rabo el selecto trozo de militante literatura, con el mismo gesto con que se mira una purga de aceite de castor después de una indigestión de ensalada de pepinos o, si Vds. lo prefieren, la misma ensalada después de la indigestión.

Tres ¡uf! consecutivos se exhalaron de mi pecho y, haciendo de tripas corazón, acerqué el político brebaje a los ojos, esa boca de la inteligencia, y me resigné al amargo trago.

«Cuando la constitución en sus artículos...» primer párrafo, treinta y tantos renglones, teoría, pensé: pasemos.

«La sana doctrina de acuerdo con los preceptos constitucionales establece claramente que...» segundo párrafo, sigue la teoría, me repetí: adelante.

«Los tratadistas de derecho público desde el Federalista hasta nuestros días ...» párrafo tercero, mismo tenor y mismo tamaño, ídem el cuarto y el quinto y el sexto y así sucesivamente, hasta que allá, perdida en lontananza, como un punto matemático, por las remotas alturas de las dos columnas y cuatro quintos, más o menos, dejábase percibir confusamente una microscópica aplicación a un microscópico caso, de tan estupenda tirada de principismo: un empleadillo de tres al cuarto se había robado veinte pesos papel en la Receptoría de Ajó, si mal no recuerdo, y en desagravio de la moral pública ofendida y ejemplo y escarmiento de los malos, se exigía que todo el tremendo peso de la ley cayese sobre el funcionario prevaricador.

Pues amigo, exclamé, ¿quiere irse a los infiernos?

¿Por qué no avisa con tiempo que se empiece por el fin, que ande uno como el cangrejo?

¡Dice en imperativo que nos vamos a entender; con tal de entenderme con él agacho la cabeza, paso por las horcas caudinas de sus tres abrumadoras columnas con veinte arrobas de derecho constitucional sobre los lomos, me hace trabajar como buey uncido a carreta encajada, y cuando ya he mordido el anzuelo creyendo ver montes y maravillas, se me descuelga el fin, pour tout bien tout potage!, con el ridículo parto del ruin y raquítico ratón!

¡Pero, canastos! El negocio es que así vamos a estar a mil leguas de entendernos.

Niente affatto eso se llama en claro español, robarle a uno la plata y me apresuro a protestar.

¿Pretende, acaso, convertir su papel en una indigesta cátedra de cosas aburridas y exigir por aditamento el sacrificio de una suma de dinero en pago del narcótico que entrega?

Decididamente, si quiere que nos entendamos, ha de comenzar por entender una vez por todas, él y sus colegas, ya que tutti quanti cojean del mismo pie, que cuando al despertarse uno por la mañana, con un ojo abierto y otro cerrado, o a la tarde, después de haber comido bien y en plena elaboración de los órganos digestivos, agarra un diario, no es con el propósito muy laudable sin duda, pero nada divertido, de instruirse asistiendo a una función de muecas y piruetas en la cuerda floja de la ciencia política.

Para eso están Kant, Stuart Mill y demás camada que, a trueque de romperse la crisma como Blondin sobre el Niágara, han tirado la maroma de cumbre a cumbre en las eminencias científicas.

Basta con ellos ou jamais.

Lo que se pretende es ver y no aprender que, para eso, el que puede va a la escuela cuando chico y tiene sus libros cuando grande y en cuanto al que no puede, ni de chico, ni de grande, ese se fiche tanto del señor redactor y de sus gustos como del año cuarenta; no los conoce ni de vista y hace bien; ¿qué le importan a él ni el griego ni el sánscrito?

Lo que se quiere es estar al corriente de lo que pasa dentro y fuera, de las novedades políticas, sociales, comerciales, etc., tolerándose, cuando mucho y por excepción, el uso moderado de tal o cual discreta plumada de docto comentario, en asuntos de carácter serio que tal admiten dada su índole. Saber, en una palabra, las noticias del día, y eso, depuradas de fiambres, disparates y patochadas, como las que con frecuencia nos vemos obligados a soportar en letras de molde.

Ejemplos:

EXTERIOR

«Traducido expresamente para El o La...» (aquí el nombre del papel).

Y se encuentra Vd. con un lote de viejerías que ha leído no sabe dónde, pero sí cuándo: hace quince o veinte días.

SERVICIO TELEGRÁFICO

De nuestro corresponsal especial

Y sigue una cáfila de despachos que no dicen nada, y que, a pesar de ser transmitidos por el susodicho especial corresponsal, todo el mundo ha podido ver al pie de la letra en los diarios de la víspera.

NOTICIAS DEL DÍA

Punga.- El súbdito napolitano Giacomo Piazzetta se pungueó dos naranjas de un puesto del Mercado del Centro.

El punguista fue metido entre rejas por un gendarme que pasaba a la sazón.

Por ebriedad.- Ha recibido alojamiento gratis en el Hotel del Gallo el individuo Juan Pérez, por haber sido encontrado en estado de ebriedad sobre una vereda de la Sección 7.ª de Policía.

Movimiento militar.- Ha sido dado de alta en el batallón 8 de infantería de línea el cabo Agapito Contreras, que prestaba servicios en el presidio de Patagones.

Observaciones meteorológicas...

Nombramiento.- El inteligente joven D. Juan Lanas ha sido nombrado portero del Ministerio A o B.

En libre plática.- La barca española Inmaculada Concepción de María Santísima ha sido puesta en libre plática por haber cumplido la cuarentena de rigor a que fue sometida.

No le faltó sino agregar: sabrosa.

Y sería cuestión de nunca acabar.

El .contenido de un diario, hoja esencialmente volante, debe ser ligero, au jour le jour; bastar a la satisfacción de la curiosidad cotidiana y desaparecer después como el papel en que se imprime, destinado a vivir el corto lapso de tiempo que le acuerdan las exigencias de los usos domésticos.

Nace y muere hoy, para volver a nacer y morir mañana.

Sus materiales han de ser de barro; no se empeñen Vds. en levantar monumentos de cal y canto; pierden su tiempo, su trabajo y su dinero; nadie les agradece el gasto, al contrario. Ofrezcan a la inmensa mayoría del respetable público de la capital un liviano pastel de hojaldre y lo pagará a peso de oro; no recibirá ni con plata encima, no le meterán ni a martillo, el pesado y tradicional chorizo con huevos; eso hizo su época el año 52 con la Fonda Catalana y hoy apenas se come en los bodegones de pueblo de campo.

Hacía para mi capote estas reflexiones, cuando llegué a notar de reojo que mi vecino no me perdía pisada, examinándome de hito en hito y pirrándose de ganas de hacerme una entrada, sobre todo en los momentos en que, como le sucede a uno cuando está leyendo, se interrumpe para arrancarse una pestaña atravesada en un ojo, para mirar afuera, cambiar de posición o rascarse la nariz.

El tipo de que me vengo ocupando es, por naturaleza, curioso, confianzudo y entremetido.

No puede pasar media hora cerca de otro hombre, sin fastidiarlo en esas quinientas preguntas banales e indiscretas que cargan más o menos según el genio que uno tiene y ante las que un grosero y rabioso «¡qué le importa!» puja por salirse de lo hondo rompiendo los miramientos, como perro atado a la cadena cuando algún intruso pega, desde el zaguán, el grito de: ¡Ave María purísima!

Mientras recorrí los diarios, las cosas marcharon bien. Me mantuve en una guardia cerrada que burlaba por completo la expectativa de mi adversario. Pero así que hube concluido hasta con los avisos del último (la sección más decente de nuestra prensa periódica, díganlo si no ciertos réclames que parecen mandados hacer para edificar a las tiernas y candorosas doncellas, iniciándolas en los arcanos de la medicina íntima) vime obligado a descubrirle el flanco, por donde no tardó en colárseme con un veloz a fondo.

-¿Quiere leer éste, señor? -me dijo, alargándome un número de El Diario.

La oferta no dejaba de tentarme fuertemente; faltaba en mi colección y es El Diario, a mi juicio, el papel más cristianamente entendido de todos los que se publican en esta tierra.

Apartar los ojos de los demás para fijarlos sobre él en un viaje de la inteligencia al país de lo divertido, es lo mismo, verbigracia, que salir del empedrado de la calle de Santa Fe para entrar al macadam de la avenida Sarmiento en un paseo a Palermo.

A pesar de lo mucho que me cuadra su lectura, un seco y lacónico: «Gracias», fue mi única contestación, dándome vuelta en seguida hacia el lado opuesto.

¿Se figuran Vds., por ventura, que con este primer trancazo mi adversario se dio por satisfecho?

Nada de eso, volvió por repetidas veces a la carga con la excusa del calor que lo hacía sudar, decía, como a un caballo, del polvo que nos ahogaba, de la seca que lo estaba jorobando, del tren que andaba como carreta, del nombre de las estaciones, etc., y las mismas repetidas veces se rompió las narices y se peló la frente contra la reserva absoluta en que, por mi parte, me mantenía firmemente atrincherado.

Daban las once y cuarto cuando llegamos por fin a «Altamirano», estación donde dicen que se almuerza.

Aguijoneado por un hambre que tenía calzadas las espuelas, bajé de un salto, enderecé a la fonda y tomé asiento delante de un mantel sucio y al costado de gente que, uniformemente y sin excepción, usan los codos sobre la mesa, comen con el cuchillo, cortan con él el pan y se lo meten a la boca sin soltar por eso de la mano el filoso instrumento, no necesitan servilleta porque echan mano del referido mantel cuyos bordes son un mosaico de manchas de grasa y yema de huevo, interpelan a gritos al mozo pidiéndole un bife con dos a caballo, su plato favorito, y aderezan su comida con una ensalada de ajos que a cada paso intercalan en su conversación con los otros comensales.

Encomendando mi alma a Dios y mi estómago a las brisas de la Pampa, hice tres cruces y esperé.

Inicióse el menú con una sopa de coles y garbanzos apestando a carnero padre, que era una dicha y un consuelo.

Afirmativa general con visibles muestras de satisfacción, contra un solo voto por la negativa: el mío.

Siguiéronle un zoquete de carne hervida y un guisote con papas, de la misma bestia.

Segunda negativa, a pesar de todas mis mejores disposiciones.

Circularon después unas costillas flacas carbonizadas a la parrilla.

Negativa por tercera vez y pour cause.

«A buena hambre no hay pan duro», dice el refrán, pero, lo que es esta vez, nequáquam. Mi hambre era excelente y el pan tan duro, que no pude meterle los colmillos.

Apercibiéndome de que el mozo procedía, sin más ni más, a repartir los platos de postre:

-¿Qué, no hay otra cosa que comer? -le pregunté alarmado.

-Sí, señor; el postre: carne de membrillo y queso- me contestó, mostrándome una masa infecta y revenida que, más que carne de membrillo, parecía carne gangrenada y un fragmento viejo y pestilante de gruyére contrefaçon.

-No le hablo a Vd. de postres; algo que comer que no sea postre, es lo que yo quiero.

-¡Ah! eso no, señor; se acabó la lista.

-¿Y nada se puede hacer?

-No hay tiempo; el tren ha llegado atrasado y sale dentro de cuatro minutos.

-¿Ni tampoco algún fiambre, un pedazo de pollo o de jamón me puede dar Vd.?

-Tampoco, señor; los fiambres se nos han concluido.

-La cuenta, entonces.

-Son veinticinco pesos.

-Ahí los tiene.

Veinticinco pesos por almorzar y levantarse uno en ayunas, con un concierto de gorgoritos en las tripas...

¡A robar a los caminos, salteadores!- vociferé en mis adentros, echando una maldición y dirigiéndome al tren.

¡Y a esto le dicen estación buffet!

Estación gargotte o chiquero debieran más bien decirle, con todos los demonios.

¿Qué hacer?

«El sueño doma hasta el más grande de los dolores: el hambre», repetí maquinalmente, recordando el texto de la máxima árabe. Durmamos.

Sí, pero ¿cómo, sobre el duro lomo de ese potro que se llama asiento de primera del Ferrocarril del Sur?

Después de un ligero debate conmigo mismo y de algunas consideraciones morales y filosóficas sobre la indecente usura de los capitales ingleses, opté por la posición horizontal, hice por no pensar en nada, como quien dice, eché los perros a las ideas, recurso eficacísimo que recomiendo a la consideración de Vds. para cuando se les ofrezca, y traté de conciliar el sueño al zumbido del tren en marcha.

Había ya conseguido a medias mi objeto, llegando a ese estado soporífero en que empieza uno a perder la conciencia de sí propio, cuando gratas y perfumadas emanaciones vinieron a conmover agradablemente mis sentidos.

Abrí los ojos: un cuadro encantador ofrecióse a mi vista. ¿Se figuran Vds. por ventura que voy a meterme a cantor, empuñando cualquier aparato musical para decir, con melódica voz y en poético metro, el imponente panorama de la pampa, las verdes y dilatadas campiñas, el balsámico ambiente de las agrestes flores, los cielos azulados, las frescas y juguetonas brisas, las avecillas hurañas y canoras, los mansos y caprichosos arroyuelos, o «el gallardo flamenco posado en la laguna entre el verde juncal?».

Se equivocan de medio a medio; no he nacido con cholla de poeta ni cosa que lo valga.

No soy ni Guido, ni Andrade, ni Encina, ni Gutiérrez. Dame nature tiene, según yo, la cara vieja y arrugada; la pampa me hace el efecto de ser el pedazo de tierra más bestialmente monótono que haya inventado Dios; aborrezco el olor de todas las flores, yerbas y vegetales sin excepción; la intemperie me quema en verano y me hiela en invierno; las corrientes de aire me resfrían; el silbido de los pájaros es el ruido más agaçant que me haya roto el tímpano hasta la fecha, después del pito de los vigilantes; reputo los arroyos accidentes del terreno, depósitos o corrientes de aguas más o menos turbias y fangosas y, por último, se me da tanto de la laguna, del juncal y del flamenco, pajarraco desairado y con cara de zonzo si los hay, como del rey de Prusia.

Otro y muy otro era el espectáculo que me seducía.

El enemigo había avanzado su ejército de reserva con la intención de tomarme por asalto y formaba en línea de batalla, sobre el asiento del vagón, la artillería gruesa: un matambre arrollado; la infantería: una gallina sancochada; con más, sus correspondientes cuerpos de caballería ligera, con arreglo a lo que prescribe la ordenanza: dulces y golosinas salidos de los arsenales culinarios de su previsora y excelente esposa.

-¿Gusta Vd. acompañarme, caballero? -dijo, y notándome, sin duda, con cara de hombre dispuesto a capitular- En la estación no puede uno almorzar -agregó-, los nápoles de la fonda -para el sujeto éste, todos los italianos son napolitanos- cocinan muy mal; a mí me embromaron una vez, pero juré que no me habían de pescar dos, y, como viajo mucho por mis antiguos pagos, traigo siempre, a prevención, algo con que entretener el diente.

-Qué bien hace Vd., señor; es un sabio -exclamé con exquisita urbanidad y en tono muy diferente del que había gastado hasta entonces.- Lo que es yo, no he podido probar bocado; todo lo que me han servido era detestable.

-No ande con cumplimientos, entonces; acérquese y me ayudará a hacer penitencia. Aunque poca cosa, lo que le puedo ofrecer es aseado y hecho en mi casa por mi señora. Quién sabe si será de su gusto... -agregó, mojándome la oreja con una compadrada.

-Acepto de mil amores su amable ofrecimiento.

¡Y adiós con los diablos!

Me entregué a discreción, atado de pies y manos. Algo como la vergüenza de una mala acción, vino a turbar, sin embargo, el reposo de mi conciencia, después de pronunciadas las últimas palabras.

Me sentía humillado por la derrota que mi amor propio acababa de sufrir, abochornado de mí mismo, casi arrepentido de mi papel de hôte obligé.

Era el último grito del orgullo expirante combatido por las flaquezas de la carne.

Pequé, pero, ¡qué quieren Vds.!

El hombre es como la mujer: «resiste la primera vez porque es fuerte y sucumbe la segunda porque es débil».

Todos en la vida tenemos nuestro cuarto de hora de Rabelais y el mío acababa de sonar: ¡me sitiaron por hambre y me rendí!

¿No hizo algo peor Esaú vendiendo miserablemente su derecho de mayorazgo y no es Esaú todo un personaje y no figura en la historia?

¡Qué mucho entonces que yo que no paso de ser un pobre diablo y que maldito si se ve mi nombre ni en las comisiones de los conciertos de aficionados, vendiera un poco de vanidad y de amor propio por cosas infinitamente más sólidas que un plato de lentejas!

Decididamente, me dije, «l'idea è bella, e il peccato se halla lejos de ser grosso».

Puedo comer tranquilo sin que insecto alguno turbe mi digestión, ni me roa absolutamente nada.

¿Por qué, muerto Juan María Gutiérrez, Pedro Goyena es el causeur más agradable del país?

Vaya revelar a Vds. el secreto.

En cualquiera parte donde Goyena esté, hace lo que la temperatura: se equilibra según el grado de calor intelectual que encuentra, estudia a su público, lo cala, le toma el peso, busca la dominante y afina su órgano al diapasón común.

De ahí que no desentone jamás y que dado su talento, que sucede a los hombres como los diamantes a las mujeres, por el brillo, fuera de cuyo requisito el procedimiento no pasaría de un grosero truc de bastidores, su voz cautive como la de la sirena, sin encerrar, bien entendido, otro peligro que el de quedarse uno boquiabierto al escucharlo, ni caer en otro abismo que el del olvido de su tiempo, sacando el reloj a las cuatro, en la creencia de que son las dos y habiendo tenido que apestillar a un deudor recalcitrante a las tres.

Conversa del pasaje de Venus entre sabios o del Apolo del Belvedere y la Virgen de la Silla entre artistas, tan a sus anchas como habla de la cosa pública en los círculos políticos, de compras y ventas entre comerciantes, o de vacas y ovejas entre estancieros.

Juega con el tópico como Robert-Houdin con los cubiletes. Tiene al auditorio pendiente de sus labios. Divierte siempre como nadie y, ¡Dios me perdone el mal juicio!, sospecho que hasta llega a divertirse él mismo platicando sabrosamente de modas con un dandy.

Todos Vds. lo conocen, sin embargo, y al verlo cruzar una boca-calle con su infaltable levita de profesor de quatrième y el sombrero descansando patriarcalmente sobre las orejas, pueden tomarle los puntos y hacerse cargo de hasta dónde le importará a Goyena un jaquette salido de las manos de Frank, o un pantalón cortado por Alfred.

Elegir bien es inventar, dicen, en tono de aforismo, los que me hacen acordar a las fuentes de la plaza de la Victoria, que, si dan agua, es porque las bombas de la Recoleta se la alcanzan, y como yo, por mi parte, pertenezco al número de los fruits secs, claro está que no puedo tener mínimo inconveniente en aceptar la cosa. Al contrario, ¿cuál de Vds. no aprovecharía la bolada de sacar patente de inventor a tan vil precio?

Inventé, pues, la cábula de Goyena, y emperrado al principio como borracho que enderezan a la comisaría, acabé por tomar el trote y tirar tan parejo con el otro, que no parecía sino que nos habíamos criado juntos.

Hablé guaso durante dos horas, esto es, hasta Chascomús, donde nos separamos con mi compañero asegurándonos mutuamente que habíamos tenido mucho gusto en conocernos, dándonos las señas de nuestras casas, protestando que queríamos ser amigos y deseándonos feliz viaje.

Una vez solo, ni a Vds. ni a nadie le importa mayormente saber que no me sucedió nada y que llegué bueno y sano hasta los brazos de Juan, abiertos de par en par para recibirme, según lo convenido.




- VIII -

Sobre una cama, un hombre acostado: yo; al frente, otro hamacándose en un sillón: Juan.

-¡Eres quinientas veces peor que Santo Tomás! -me decía- ¡Él necesitó ver para creer, pero creyó al fin, mientras que tú estás viendo, oyendo, palpando, la evidencia se te cuela como Pedro por su casa y nada, tieso que tieso, no das tu brazo a torcer!

-¿Volvemos a las andadas? Tieso o blando, si no doy mi brazo a torcer, como dices, es sólo de cuenta mía; guardo mis convenientes reservas; los otros pueden hacer de su capa un sayo, pero, ¡canejo!, me parece que, por lo que a mí se refiere, tengo a lo menos derecho a ser la excepción de una regla.

«No me caso porque estoy perfectamente convencido de que no hay mujer alguna capaz de hacerme feliz, siendo yo mismo incapaz de hacer feliz a bicho alguno viviente en forma de mujer.

«El matrimonio, amigo Juan, como todo en la vida, tiene su tiempo.

«El hombre debe casarse cuando aún conserva en el alma un hueco virgen, un rezago de ilusiones que le muestren el mundo tal cual puede no ser.

«La corriente no lo ha empujado aún en una dirección dada; pronto a zarpar en cualquier rumbo, con la caña del timón en la mano, es un barco que se fleta; cree en la mujer como el marino joven en la mar y, detrás de la fe que le ciega, le espera acaso la felicidad: ojos que no ven, corazón que no siente y los ojos de los ilusos no ven, sobre todo cuando son ojos de marido.

«Pero si ha llegado solo a esa etapa de su Viaje que se llama los cuarenta años, y bajo pena de ser un zampatortas, sabe lo que sabe, entonces no le queda otro remedio que seguir de vacío.

«Virar de bordo en busca de carga y de carga tan pesada como la mujer, como buque viejo, es presentar el bordo a la marejada, exponerse a naufragar miserablemente o, por lo menos, a tener que echar la carga al mar. De vacío se cala menos, no se mete en honduras y fácilmente pasa por sobre los escollos de la vida.

«Convéncete: «la segunda barbaridad del hombre» no es cuestión de razón sino de sentimientos, y eso, de los sentimientos torcidos y violentados por la organización estúpida de la sociedad.

«Si me discutes el matrimonio con todas sus arretrancas, te lo rechazo por absurdo.

«Pregúntaselo si no a las tendencias de la bestia que habla en ti y sobre todo en la mujer, verdadero camaleón doméstico, y dime si hay sentido común en pretender sujetarla a que sacie sus instintos siempre en el mismo plato, a que acerque siquiera sus labios hoy a la misma copa en que ayer bebía con avidez.

«Pero ya que la violencia existe y el atentado se comete contra el texto expreso y terminante de la ley natural, consulta, por lo menos, a tu paladar, mientras no esté gastado por el uso o estragado por el abuso; así será más fácil que lo eduques a saborear perdiz todos los días; matrimonia a tu corazón, no a tu cabeza.

«Los negocios bautizados con el nombre de casamientos de razón, esos que suscriben los cuarentones cuyo corazón, como los canarios viejos, hace fecha que no trina y, si aun abre la boca, es para hablar en ridículo, como quien dice, para bailar de coleta un minué federal en un cuadro de lanceros, son disparates mayúsculos que cuestan caro, especulaciones en que el zonzo que se mete a diablo, jugando la paz de sus últimos años en plaza tan tirante, pierde, con el modo de andar, hasta las ganas de vivir.

«¿No te basta con lo dicho? Otra te pego:

«¿Dónde me dejas la fuerza de la costumbre, esa moral del pueblo, según Juan Jacobo, esa moral del viejo según yo, que golpea primero tímidamente a tu puerta, se cuela poco a poco en tu interior, toma posesión de tu casa, concluye por declararse dueña de ella y, si te pesca solo, se apodera de ti, te atrapa, te monopoliza, te absorbe, modifica tu carácter y transforma tus humores, hasta que el día menos pensado te encuentras convertido, por obra y gracia de la referida señora, en una especie de puerco espín?

«Aquí me tienes, si no.

«Hay ratos en que estoy dado a los diablos; todo me carga y me revienta.

«¿Los amigos?

«Quisiera verlos a mil leguas de distancia.

«¿Las amigas?

«Media docena de contemporáneas, viejas cotorronas, cuyo aspecto me encocora de tal modo que, por no verlas ni pintadas, agarro sus retratos, los doy vuelta, les aplico un puñetazo como para que no se muevan y las dejo así semanas enteras con la cara pegada contra la pared.

«Los sobrinos, una monada de muchachos.

«Me hacen el efecto de otros tantos cocós; no los sufro ni un minuto.

«Por supuesto, de Taniete no hay que hablar; me parece más cuadrúpedamente bestia que nunca, si es posible, y lo que es él, ya sabe cómo se aguanta un chubasco; cierra la puerta de calle, se sienta pacíficamente detrás de ella sobre una silla coja, por más señas, y bien pueden echar la puerta abajo ¡no·abre ni a Dios!

«¿Lo creerás? Cuando anda la pajarera alborotada es éste uno de mis pasatiempos predilectos. El que llega, sea quien fuere, se cansa de golpear una, dos, tres y cuatro veces y yo, como sé que no me ha de venir a dar sino a pedir, de exclamar, otras tantas, bañándome en agua de rosas y paseándome en mi escritorio.

«Sacúdele hasta mañana si te empeñas; ¡joróbate y pierde tu tiempo y tu paciencia!

«Es un gusto como cualquier otro. ¿Napoleón no tenía el de pintar zonceras sobre los papeles que le caían bajo la mano?

«A mí me da por divertirme que el prójimo se rompa los hocicos contra el llamador de mi casa.

«Ahora bien, querido Juan: ¿cómo te imaginas que un individuo que no puede aguantarse ni a él mismo, pueda soportar a dos?

«¡Bonito andaría yo con la cruz a cuestas!

Introducir en mi domicilio a un ente extraño, a una Juana de los Palotes que compartiera mis cosas, mi mesa, mi baño y, lo que es mucho más serio, mi cama, donde fuerte con su título de legítima, pretendiera tener derecho a acostarse de día y de noche, sin que por mi parte pudiera reservarme el recurso de ponerla de patitas en el suelo a la hora que se me antojase y no me cuadrara el contacto.

«¿Y todo esto, fuera de la dedicación de mi tiempo, del cariño y consideraciones del caso, de los miramientos que le debiera, del sacrificio de mi independencia, de la humillante esclavitud moral y física, en una palabra, a que habría yo de condenarme voluntariamente y porque sí, en obsequio a una necesidad que no siento, a una mujer que no quiero y a un género de vida cuya sola amenaza me hace doblar las piernas...?

«¡No, mil veces no!

«Cada loco con su tema; tú tienes el tuyo, te has casado y has hecho muy bien; yo tengo el mío, no me caso y hago perfectamente...».

-¿Cuándo llegaste? Ayer, ¿no es verdad? -me interrumpió Juan, poniéndose de pie- Parece que veinticuatro horas de sermón predicado con el más puro de los ejemplos no han bastado, sin embargo, a convertirte.

«Voy hasta darte los ocho días que permanezcas con nosotros, y si no sales de aquí derecho a buscar mujer, te declaro solemnemente el más acabado de los mandrias que existen bajo la bóveda celeste.

«Es esta mi única contestación a tu tirada filosófico-social. ¡Levántate haragán! -agregó-; tienes una hora para bañarte; son las cuatro y comemos a las cinco».

Con lo que cayó el telón y mi amigo Juan me dejó solo en la escena para meterse en el camarín de su mujer.




- IX -

Fuera las hipérboles, metáforas y figurones.

Nada de ébanos, alabastros, perlas, corales, sílfides, soles y demás pavadas que todo el que empuña una pluma, en prosa o en verso, se cree con derecho a arrastrar de los cabellos en obsequio a las heroínas de sus engendros espirituales.

No hay mujer que sea sujeta de mostrar un pelo como ébano, un cutis como alabastro, unos dientes como perlas, unos labios como corales, un cuerpo como sílfide, ni unos ojos como sol; cuando mucho, se podría decir de los más lustrosos que alumbran como una vela de sebo y gracias...

La que más, la que menos, todas tienen sus cosas feas, a la vista o escondidas.

Pregúntenle, si no, a cualquier pintor si alguna vez le ha tocado la bolada de una modelo a poser pour tout, y se reirá de ustedes.

Una lo hace por el brazo, otra por el pie, ésta por la cabeza, aquélla por el torso; pero la que luce el palmito, gasta calzones para que no le vean las piernas, y la que, sin querer adrede, como dicen, se levanta el vestido al subir una vereda, esa va jugando a la gata parida con su corsé.

Exigir de las hijas de Eva cosas del otro mundo, en punto a estética, es pedir castañas al roble.

Contentémonos, pues, con la bellota que Dios nos dio por compañera; seamos prácticos; al pan, pan, y al vino, vino, según lo reza el diccionario.

Pelo castaño-oscuro, pues; tez morena; ojos negros, vivos y expresivos, adornados de pestañas largas y arqueadas, de esas que uno admira sobre todo vistas de perfil; nariz ñata e insolentemente respingada; boca fresca y lasciva, sobre cuyos labios rojos corría un bozo de prima donna contralto y que no perdía ocasión de mostrar dos filas de lindísimos dientes; talle flexible, de contornos llenos y elegantes; mano fea, como la de casi todas nuestras mujeres; pie chico y, según pude observar al verla bajar del caballo una mañana, pantorrilla satisfactoria.

Era, en una palabra, la mujer de mi amigo Juan lo que se llama una criolla apetitosa.

Inteligencia despierta y sutil, educación mediana, instrucción nula.

En cuanto a su faz moral, ofrezco a ustedes el siguiente par de escenas de las que son muy dueños de sacar, como hice yo, la consecuencia que se les antoje.




- X -

Juan.- ¡Una y mil veces malditos los negocios!

¡Quién pudiera nutrirse de ambrosía como los habitantes del Olimpo!

Ved aquí a un hombre joven, sano, alegre, dispuesto, que no ambicionaría otra cosa, sino que lo dejaran vivir eternamente mano a mano con su mujercita a quien adora, siendo a su vez adorado por ella... (le da un beso).

María.- ¡Juan, por Dios, qué dirá este caballero! (poniéndose colorada hasta la punta de la nariz con incomparable modestia).

Juan.- (Sin hacer alto en la cosa). Y sin embargo, no hay remedio; tengo que volver, mal que me pese, a respirar la atmósfera viciada de los mortales, a mezclarme y tomar parte en sus miserias, a encorvar las espaldas para llevar, yo también, mi contingente de carga en el hormiguero humano...

¡Quince días más y quedará cerrado el paréntesis de dos meses de suprema felicidad!

Yo.- ¿Quién te impide mantenerlo abierto un año, dos o tres si se te antoja? ¿No eres rico? ¿De dónde, pues, esa necesidad imperiosa de trabajo?

Juan.- (Paseándose con aire de afectada importancia). ¿De dónde? ¡Eso es lo que tú ignoras, alma de Dios!

Escucha y lo sabrás: de los altos y trascendentales deberes que sobre mí pesan y que me impone mi carácter de hombre serio.

Has de saber, profano, que... ¿se lo digo? ¿Te descubro? ¿Me das permiso, sí o no? (mirando a su mujer la que, sin contestar palabra, se levanta y sale como una flecha).

Juan.- María, María, oye, mi hijita.

María.- (Desde la pieza contigua). ¡No, no, no quiero, eres capaz de hacerme morir de vergüenza...!

Yo.- (Dejándome seducir por el encanto que ejerce siempre el grito del pudor). ¡Pero, hombre, mira que eres torpe! Permíteme que te lo diga. ¿Por qué diablos te gozas en hacerla ruborizar así?

Juan.- He hecho mal, es cierto; pero ¿cómo resistir el placer de darte la fausta nueva?

Mi mujer, amigo mío, está encinta; ciertos indicios que no marran me lo han revelado anoche de modo a no dejarme duda alguna; voy a ser padre y padre de un hijo de mi María...

¿Te haces cargo de lo que eso significa? ¿Comprendes toda la inmensidad de mi dicha? ¡No, qué has de comprender tú, viejo egoísta, alma seca, naturaleza gastada!

Si fueras capaz de abrir el corazón a más puros sentimientos, sabrías lo que a mí me sucede, es como para que me vuelva loco de contento (saltando como un muchacho, se lanza sobre mí, me da un abrazo y se apodera de mis manos que aprieta convulsivamente).

Yo.- (Medio blando y enternecido a pesar mío). ¡Sí, sí, hombre! Comprendo todo lo que se te antoje, pero basta; suelta que me haces daño; déjame y ve a enmendar la falta que has cometido; pide perdón a tu mujer, la pobre bien lo merece (se va).

Yo.- (Solo). No se puede negar que estos demonios de mujeres tienen ciertas cosas que engañan, aunque ellas mismas no quieran engañar...

Trampas de enredar maridos, pegapega untada por la naturaleza para cazar chingolos con barba, pero donde no cae, ni a garrote, el cauteloso y desconfiado lechuzón: hace bien; prefiere su cueva húmeda, desnuda y sombría, pero libre, al honor de que se lo almuercen en algún fondín genovés adornando una fuente de la clásica polenta con augelli...

C'est égal, repetí maquinalmente después de un momento de reflexión en que pensamientos encontrados absorbieron mi mente, estos demonios de mujeres tienen ciertas cosas que engañan...

Juan.- (Entrando del brazo con su mujer). Henos aquí de nuevo en tu presencia.

Después de haber el reo humillado la cerviz, implorando de hinojos la clemencia real, su majestad María primera, reina del corazón de don Juan, ha venido en otorgarle su gracia soberana.

El tratado de sometimiento queda firmado y sellado; ¡el monstruo de la rebelión no intentará levantar de nuevo la cabeza!

Yo.- ¡No se hable más de la querella y haya paz entre los príncipes cristianos!...

Bromas a un lado y volviendo a tus asuntos, sin que me tachen ustedes de entrometido (a Juan), dime, ¿por qué diablos regresan tan pronto?

Yo, en tu lugar, arreglaría mis asuntos de manera que no exigieran mi presencia en Buenos Aires, por lo menos, hasta más tarde.

Eres feliz; ¡goza entonces de tu felicidad y venga el diluvio y arda Troya después!

¡Son tan contadas las horas de la vida en que no nos vemos condenados a sufrir!

María.- ¿Y no podrías encargar de tus negocios a tu amigo? El señor es tan bueno, que estoy segura te prestaría gustoso ese servicio.

Yo.- Con toda el alma.

Si en algo puedo serte útil (a Juan), no tienes más que mandar.

Juan.- Bien lo sé y te lo agradezco íntimamente, pero es imposible; son negocios personales y a plazo fijo que no pueden terminarse sin que intervenga yo mismo; debo encontrarme en Buenos Aires justamente dentro de quince días.

María.- (Suspirando). ¡Cómo ha de ser! No tengo más remedio que conformarme, entonces.

Juan.- ¡Qué! ¿De veras, mi hija? ¿Te causa tanta tristeza dejar la estancia?

María.- Mucha, sí. Lo paso aquí tan contenta, tan feliz, que, si por mí fuera, viviría en el campo todo el año.

Juan.- ¿Sola o acompañada?

María.- (Con encantadora câlinerie). Eso no se pregunta, señor marido; no sea ingrato; bien sabe usted que con usted y con nadie más que con usted.

Yo.- Y, ¿si a su marido, señora, no le gustara alejarse cuatro cuadras de la plaza de la Victoria?

María.- Viviría muy dichosa dentro de esas cuatro cuadras, señor; la voluntad de mi marido será siempre sagrada para mí.

Juan.- ¡Ya lo ves! (dirigiéndose a mí con aire de triunfador) ¡Y no se te hace agua la boca y no te retuerces y no revientas de envidia!

¡Compara tu vida con la mía; el lleno de mis aspiraciones con el espantoso vacío que te rodea, vizcaíno! Compara y cede al fin; aun estás a tiempo, busca y encontrarás, no una ricura como ésta (agarra la cara de su mujer y ella le quita la mano), te lo declaro sin vanidad y sin modestia, eso no, ni aunque la busques con linterna; pero sí, una criatura bastante buena para resignarse a emprender tu conversión, lo que convendrás que no es poco, entre nos que te conocemos; una mujer que te fije un rumbo en la vida, que fecunde tu existencia, que te dé una misión que llenar sobre la tierra...

Yo.- (Interrumpiéndolo). Como quien dice, una mujer que me haga colita, ¿no es así?

Juan.- Precisamente, para que avances por la senda del bien, única capaz de labrar la felicidad del hombre sobre la tierra.

Yo.- No veo para ello sino un pequeño inconveniente.

Juan.- ¿Cuál?

Yo.- Que no tengo cola ni he nacido carnero.

Juan.- (Con vehemencia y medio chocado de que lo estuviera meciendo). Pero te has convertido en algo peor.

Niño aún, empezaste por agarrar un mal camino. Te diste prisa en vivir y abordaste la vida justamente por donde el hastío y el descreimiento se apoderan más pronto del corazón, lo secan y lo corrompen: el lado mundano.

A la edad en que los otros empiezan apenas a ser hombres tú habías llegado a viejo, si no en años, en ideas y como las tuyas no eran el fruto de la experiencia que alecciona y que sólo alcanza con el transcurso del tiempo, sino la consecuencia de la detestable escuela moral en que te habías educado y cuya funesta influencia no has sido hombre capaz de sacudir, no te queda ni siquiera el triste partage de la vejez: ver claro en las cosas de la vida.

Eres un viejo decrépito y ciego por aditamento.

Lo que crees distinguir en tu alrededor son alucinaciones de tu espíritu, fantasmas de tu mente enferma, reminiscencias de las monstruosas imágenes que un tiempo hirieron tu retina y que han quedado grabadas en ella con toda su obscena fealdad.

De ahí tus desconfianzas y tus dudas, de ahí tus cavilaciones, tu egoísmo, tu spleen que raya en monomanía, la falta de fe en tus semejantes, el desesperante aislamiento en que vives encerrado, de ahí, en una palabra, tu absoluto pesimismo, cuya primera víctima eres tú.

Pero si crees que he de tolerar que te mueras así, como un perro, sin un alma cristiana que te alcance un vaso de agua, entregado a las manos mercenarias e imbéciles de un Taniete, te has engañado de medio a medio; soy tu amigo y me he propuesto salvarte a pesar tuyo.

El único remedio al mal que te consume y te mata es casarte y tanto he de hacer, tanto te he de predicar, aunque protestes cien veces que predicarte a ti es machacar en hierro frío, que al fin me he de salir con la mía.

Yuyo estéril, he de arrancarte de raíz de la tapera en que vegetas, como la ortiga, pinchando y haciendo arder la epidermis a todo el que se te acerca.

He de sacarte al fin de la categoría de cosa en que te pudres miserablemente sin servir ni para Dios, ni para el diablo, y he de hacer de ti un hombre útil a ti mismo y a la sociedad en que existes.

¡Vive Dios!, he de darte una mujer, mal que te pese, y no he de parar, tenlo entendido de una vez, mientras no te vea rodeado de una docena de muchachos.

Yo.- En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén.




- XI -

De todos los heroísmos habidos y por haber: hacerse uno romper las costillas (vulgo); dejarse abofetear un carrillo después del otro (el Evangelio y Voltaire); sacudirle a la moral (Montesquieu); ser más guapo contra uno mismo que contra el prójimo (no sé quién), etc.; opino que el más tratable, el más buen muchacho, aquel con el cual puede uno entenderse más fácilmente, es el que consiente en confesar la propia cobardía.

A ese precio, el último de los mandrias tiene la estofa de un héroe. Con abrir la boca y decir: «Soy un collón», está del otro lado y lo pruebo.

Sí, señores; después de la escena a que acababan ustedes de asistir y a la hora de las consultas con la almohada, sentí que mis fuerzas desmayaban, que flaqueaban mis convicciones.

Juan y su mujer acababan de abrir una ancha brecha en el bastión de mis principios que, como un castillo de naipes, estuvo a punto de venirse al suelo, amenazando aplastar bajo sus ruinas el credo de toda mi vida.

Si será verdad, exclamaba, ¡si habré vivido obcecado!

¡El pudor, la inocencia, el amor, todo ese brillante apanage, se encontraría en este mundo y sería, acaso, patrimonio de la mujer, mitad de nosotros mismos, confidente de nuestros goces, paño de nuestras lágrimas, último más allá de nuestras aspiraciones en la tierra!

¡Oh! ¡Si así fuera, comprendo la ambición, la riqueza, los honores, el poder, la gloria y, una vez conquistados, comprendo que se arrojen a los pies de la criatura adorada, esposa o querida!

Luego, mi imaginación calenturienta acariciaba el ideal de oro y lo convertía en verdad.

Perdido en la muchedumbre, pobre, miserable, pigmeo, pero fuerte en la fe que inspira, con la voluntad inquebrantable de llegar, emprendida la escabrosa senda.

Daba un paso, vacilaba y caía, con una herida en el alma, con una esperanza menos, con un incentivo más.

Removía con mano paciente y resignada, una a una, las piedras que la maldad de los hombres acumula en mi camino y, cuando en la ruda tarea, mis fuerzas extenuadas me rehusaban su apoyo para mantenerme en pie, caía de nuevo, pero enardecido más, con la vista fija hacia adelante, me arrastraba entonces por el suelo, clavando en él mis uñas ensangrentadas y dejando en pos de mí pedazos desgarrados de mí mismo.

Luchaba desesperadamente, pero luchaba sin tregua, como lucha el torrente con los escollos que se oponen a la violencia de su curso, como lucha el prisionero con las barras del calabozo que encierra su libertad.

El torrente se desborda por el ímpetu de sus aguas, el prisionero se evade por la fuerza de su astucia, ¿por qué yo también, por el solo vigor de mi aliento, no había de alcanzar a tocar a las alturas?

¿Necesita acaso el cóndor otro impulso que sus alas para cernirse en las nevadas zonas?

Fue una cruzada angustiosa, una cruzada de amarguras y de dolores sin cuento, que la pluma no traduce, que la mente no comprende, que sufre sólo el insensato que pasa su vida soñando con el fantasma de la inmortalidad.

Mi planta altanera llegó, por fin, a oprimir la anhelada cumbre, el triunfo coronaba mi gigantesco esfuerzo, contemplé el mundo a mis pies.

Los mismos que, grandes cuando pequeño, me habían lastimado con sus odios, agobiado con su desprecio, humillado con sus lástimas, se me postraban ahora, pequeños y ruines a su turno.

Era poderoso, libre, soberano, soberano y esclavo a la vez, pero esclavo de la mujer amada por la que había luchado y vencido y a la que brindaba mis glorias en pago de su amor.

La folle du logis no paró en toda la noche de battre la campagne...

Los primeros rayos de la luz de la mañana, acompañados del balido de la majada tipo, espléndida cruza de Negrette y Rambouillet, que buenos pesos había costado a mi amigo Juan, entre paréntesis, llegaron, por fin, a sofrenarla en su carrera descabellada, llamándola groseramente al manicomio de la realidad.

¿Qué quedaba, ¡ay! en mí de tan encantadora visión?

Lo que queda de todas las farsas humanas, reales o imaginarias: nada, o, a lo menos, casi nada; en este caso, el derecho de poder decir a ustedes: fui un cobarde, lo confieso y, por consiguiente, soy un héroe.

Juzguen, si no.




- XII -

María.- (En tête-a-tête conmigo, mientras Juan, que la tira de hombre de campo, se encuentra presidiendo la carneada). ¡Feliz usted, señor, que se vuelve mañana a Buenos Aires!

Yo.- ¿Feliz? Según, señora; no y sí; no, porque me duele abandonar la amable sociedad de usted y la de Juan, a quien usted sabe que quiero mucho; sí, porque no tengo, de veras, una marcada predilección por la vida campestre.

Cuestión de gustos; no todos piensan como yo.

Usted misma el otro día, si mal no recuerdo, deploraba no vivir todo el año en los Tres médanos, y me figuro que no ha de haber cambiado en tan corto tiempo.

María.- Seguramente que no; lo que dije antes, lo repito ahora; me encuentro perfectamente en la estancia; pero eso no importa que deteste la vida de la ciudad, sobre todo, cuando ya hace más de dos meses que vivo separada de mamá y de mis hermanitas, a las que tantos deseos tengo de ver y de abrazar.

Yo.- (Para mí, con el aire de un hombre a quien acaban de codear). ¡Hum!... (para ella). Pero, ¿por qué no se lo dice usted a Juan?

Seguro estoy de que se apresuraría a complacerla. Podrían ustedes volverse mañana conmigo o, por lo menos, antes de la época fijada.

Me ofrezco desde luego como intermediario; si usted quiere yo mismo le hablaré.

María.- ¡No, no, Dios me libre! ¡Pobre Juan! Lo veo aquí tan alegre, tan contento, que por nada de este mundo desearía contrariarlo.

Yo.- Noto, señora, que no es usted tan afecta a los goces pastoriles como me lo habían dejado comprender sus palabras del otro día y que, más bien es por Juan que por usted, que se mostraba tan dispuesta a convertirse en estanciera pour tout de bon.

Esto no hace, por otra parte, sino abogar más y más en su favor (echándole un anzuelo); sacrificarse por su marido es de mujer fiel y cariñosa.

María.- Usted se confunde, señor; no hay tal sacrificio, ni merezco absolutamente sus elogios.

Por él y por mí también; pero todo es relativo.

Algunas veces los días me parecen tan largos, especialmente cuando Juan está ocupado en dirigir los trabajos de la estancia y me deja sola, que, de veras, le aseguro que no sé qué hacer, ni cómo matar el tiempo.

En la ciudad sería otra cosa; saldría un momento a paseo, me distraería, iría a casa de mamá o a visitar alguna de mis amigas.

Yo.- (Renovándole la carnada) Tiene usted perfecta razón, señora. A la larga, esto debe convertirse en un narcótico inaguantable, y, francamente, si le he de decir verdad, no me explicaba el deseo manifiesto por usted de soterrarse viva en esta tumba.

Resignarse a habitar en un desierto... Pase cuando no se tiene otra cosa, pero no cuando uno es dueño, como lo son ustedes, de una espléndida casa en Buenos Aires, con todo el lujo y el bienestar que ofrece la fortuna: carruajes, teatros, bailes y paseos.

Puedo estar equivocado, pero es así como he comprendido la vida en mis tiempos y es así como la entiendo para un hombre joven y rico como Juan y para una mujer joven, rica y linda como usted: apurar hasta las heces los placeres que brinda el mundo; tiempo hay después para sufrir y, sobre todo, después, ¡Dios proveerá!

María.- (Haciéndosele cierta la cosa). ¡Ah, señor, qué lástima que se empeñe en quedarse soltero, siendo tan bueno! ¡Dichosa la mujer que tuviera un marido como usted!


¿A mí con esas? Je te connais beau masque.

¡Pobrecita! Extrañas a tu mamá y a tus hermanitas, ¿eh? ¿Los días te parecen largos, no sabes qué hacer ni cómo matar el tiempo, te aburres con tu marido y le haces entender lo contrario, mientes, le engañas bellacamente y todo esto que tú misma desembuchas, amén de lo que te anda por dentro, te sucede dos meses después de casada y en plena luna de miel?

¿Con que lo del pudor y la vergüenza no había sido otra cosa que refinada coquetería; el candor, la ingenuidad de tu acento, fingimiento y dobleces femeninos; interés egoísta y mezquino el amor que juraste en el altar; te has casado por casarte, por lo que hacen todas ustedes, por tener marido y porque las llamen señoras; lo eres apenas desde ayer, y la existencia tranquila del hogar te pesa ya sobre las espaldas como una barra de plomo?

¡Urraca encerrada en jaula de oro, sin darte cuenta tú misma de la indignidad de tus manejos, quiero hacerte el favor de suponerlo, espías inquieta y agitada el momento en que la mano incauta de tu marido te abra las puertas para volar a los tejados vecinos, llevando contigo su paz, su nombre, su honra que vas acaso a robarle traidoramente!

¡Imbécil yo que he estado a punto de comulgar con las aldabas de San Francisco, de caer en el garlito como el último de los cadetes! ¡Imbécil yo y pobre Juan!

Fueron estas las ideas que me asaltaron en el primer momento, hijas sin duda de mi maldito pesimismo que con tanta razón reprochábame Juan.

¡Eh! ¿Adónde vamos a parar?

No nos salgamos de la vaina. Pensé después; no se diría sino que se trata de Mesalina y de la Borgia, fundidas en una...

¿Qué ha dicho, ni qué ha hecho esta desgraciada, para que le caiga así?

¿Que quiere ver a su madre y a sus hermanas después de un tiempo de ausencia?

¡Si eso es lo más natural del mundo!

¿Que se muere de aburrida cuando su marido la zampa sola en un caserón desierto y que no le pasaría otro tanto si viviera entre cristianos?

¡Pero cáscaras! Al mejor se la doy; ¡tiene ochocientas veces razón!

Bueno, pero ¿por qué miente y finge entonces; por qué dice blanco en presencia del hombre, y negro cuando está sola conmigo?

Sobre todo, ¿por qué no baila de cabeza con lo que le da su marido, aunque sea pan y cebolla, siempre que se los coma con ella? ¿No es su obligación? ¿No debe ser esa su devoción para hacer las cosas como Dios manda?

Decididamente, mala tos le siento al gato; el negocio este anda turbio y mucho me temo que la cacareada felicidad de mi amigo Juan tenga, antes de poco, un olor a cadáver que apeste...




- XIII -

Mutatis mutandis, entre los meses de febrero y marzo, el público se ve condenado todos los años a leer esto en el estilo mandado guardar de nuestras gacetillas:

«Espléndido.- A juzgar por los grandiosos preparativos y por las ingentes sumas de dinero recolectadas ya, el carnaval próximo ha de estar indudablemente espléndido.

«Las calles de nuestra opulenta ciudad van a ser adornadas con gran boato; las recorrerán innumerables y lujosísimas comparsas y, para que nada falte en esos días de disipación y de locura, nuestros aristocráticos salones, el Club del Progreso y el del Plata, así como todos los teatros, sin excepción, abrirán sus puertas a las alegres y espirituales mascaritas.

«El carnaval de 18... va a hacer época. Prepararse, pues».

Para el que no estuviera en el secreto, no se diría sino que las mascaradas de los tiempos aquellos de Venecia, el suntuoso corso de Roma, los magníficos Veglioni de la Scala, o los bailes de la Opéra en París, son pan de perro, al lado de las mil y una noches del carnaval porteño.

Pero, para el que ya le ha visto las patas a la sota, es otro cantar: ése sabe a qué atenerse.

Se larga por tres días a matar batitúes o perdices, si es aficionado a la caza, se encierra en casa a leer, si es afecto a la lectura, o se resigna a divertirse, cuando no le queda otro remedio, mirando desfilar el corso por la calle de la Florida, metiéndose en uno de los escandalosos batuques del Teatro de la Ópera, o asistiendo a un baile del Progreso, si pertenece al high-life, como han dado en decir ahora; high-life, aquí donde todos nos conocemos: risum teneatis...

¿A qué quedan reducidos, en efecto, tanta bulla y tanto alboroto?

Veamos.

El peluquero de la manzana, el confitero, con más el dueño de algún almacén o cuarto vacío, interesado en que se lo alquilen para el establecimiento de un comercio de pomitos, depositan unos pesos en manos de la comisión encargada del programa.

Con ellos se contratan al Mr. Picard de marras unas cuantas docenas de banderas desteñidas y se paga a la Compañía del Gas un negro con pito y todo por la iluminación a giorno.

Agréguese el valioso contingente de los balcones del Club del Progreso, siete faroles de procesión escapados del altar de Jesús Nazareno en San Francisco, otros diversos mamarrachos con que contribuyen, por su parte, algunos particulares y, sin más ni más, tendrán ustedes representado el decantado boato de la ornamentación.

Ce n 'est pas plus malin que ça.

Convenientemente preparado el local, dan las cinco de la tarde, la hora solemne del desfile que se inicia con la marcha triunfal de las comparsas, una Stella de cualquiera parte, los Enfants de n'importe qui, los Negros Zambos o Chuecos, suma total, un montón de bodoques vestidos de mojiganga y transformados en bandas soi disant musicales, bandas de asesinos, como las llama Bassi, que lo menos que merecen por el atentado que cometen, es que las desbanden instantáneamente y las enderecen por cinco años a la frontera en un batallón de línea.

Los mononos de los negritos, sobre todo, ésos son los que me hacen completamente feliz.

No puedo mirarlos con sus caritas tiznadas, sus casaquitas celestes, sus calzoncillos blancos, sus botitas de charol, sus latiguitos, tamboritos, matraquitas y campanillitas, sin que se me caiga la baba de gusto al pensar que tanta gracia y tanta sal se cría en mi tierra.

¡Angelitos!

Vienen, en seguida, alternando con talo cual bachicha disfrazado de turco o de marqués y con una cola interminable de volantas de plaza pobladas por un high-life de a cuatro por un peso, las comparsas de niñas, las «Hijas de mi abuela» o de la de ustedes cargadas en carros de mudanza tirados por mancarrones y forrados de yuyos y de tiras de coco para mayor esplendor de la fiesta.

Los músicos le rascan a uno el estómago, las mascaritas le jeringan el tímpano a punta de gritos y chillidos, ni más ni menos, que si pasara por junto a una jaula de cotorras, mientras que los zánganos se pavonean sin que les quepa una aguja y se dejan intrigar muy satisfechos con un:

-Adiós, che, ¿cómo estás, cómo te va, cuándo te casas, pícaro, picaflor?

Armados de sus correspondientes pomitos, el adminículo más cargante, el juego más estúpido y más grosero que haya cabido jamás en caletre humano, unos van, otros vienen, dan vueltas a lo zonzo, de la plaza de Lorea al Retiro, del Retiro a la plaza de Lorea, la función dura cinco horas y, a las diez de la noche, cada cual agarra por su lado, mojado hasta los tuétanos y como molido a palos, pero diciendo que el corso ha estado soberbio, que se ha divertido bestialmente y prometiéndose, por supuesto, comenzar de nuevo la chacota al día siguiente.

En cuanto a los bailes de máscaras, no se puede pedir más.

Ruego a ustedes se sirvan disculparme si callo, desde luego, lo que sucede en los teatros, Skating, Cancha de Pelota y demás casas de tolerancia abiertas al público.

Existen para ello razones de decoro y de decencia que pretendo no dejar en el tintero, a pesar de las allures familiares y muchas veces hasta brutales de mi pluma.

Doblemos la hoja.




- XIV -

A las dos de la mañana, el high-life se manda mudar a su casa en todas partes donde se cuecen habas; pero, según parece, para nuestro high-life es de high-life hacer las cosas al revés del high-life.

El high-life, entre nosotros no asoma las narices a los bailes sino a las dos de la mañana.

Aguardemos, pues, a que suene la hora de rigor, vamos al Club del Progreso y veamos lo que allí pasa.

Muchas mujeres, muchos hombres; ellas disfrazadas y, por lo común, disfrazadas de caches, sin gusto, sin elegancia ni riqueza; trapos viejos de que echan mano para la ocasión, o trapos nuevos de a cinco pesos la vara.

Ellos sin careta, pero disfrazados también, disfrazados de conquistadores.

J'en ai été et je m'y connais.

Viejo o joven, casado o soltero, lindo o feo, de cien, no hay uno que, contemplando su efigie delante del espejo, no exclame ab imo pectore:

«¡Quién sabe si de esta hecha no saco yo también el vientre de mal año!».

Y eso que es más fácil encontrarse uno un medio en la puerta de una escuela, como dicen, que sacar el vientre de mal año en un baile de máscaras.

¡En la perra vida! ¿Gracias, espíritu, travesura, chispa?

Que me las claven en la frente: ni mucha, ni poca.

Demos de barato, echando a un lado la lista de sandeces con que debuta una máscara al acercarse a usted; aquello de: «¿Me conocés che? ¿Cómo está tu mama? ¿Dónde has dejado a tu mujer? ¡Sinvergüenza, cascote!», etc., etc.

Basta con recordar aquí lo que he visto reproducirse más de una vez en el Club.

Por las inmediaciones de la orquesta (y cuidado que es este el punto más estratégico, el lugar donde más abunda la pesca en aquel charco humano), pasan su noche en blanco, a plancha corrida, sin una dejada de la mano de Dios que les diga ni tampoco: ¡por ahí se pudran!, carilargos y a trueque de desarticularse los carrillos, Miguel Cané, Lucio V. López, Manuel Láinez, Roque Sáenz Peña y otros más de la cosecha, mientras cuanto tilingo, cuanto badulaque pulula en los salones, se ve buscado como a pleito, perseguido y acosado por las dichosas mascaritas, como un terrón de azúcar por un puñado de moscas.

Dime con quien andas... El hecho no necesita comentarios.

Si nos situáramos junto a la puerta de comunicaciones entre los salones de baile y nos tomáramos la molestia de echar los ojos, encontraríamos, a rodo, objetos curiosísimos de estudio. Pero para esto se necesitan dos cosas: tiempo, que tengo, y paciencia, que no tengo.

¿Cómo resistir, sin embargo, a la tentación de despuntar el vicio levantando un pedazo de la camisa a un par de pares de tipos, entre los más campanudos de los socios del Club?

Díganlo, si no, en presencia de ese que, si no fuera uno de los hombres de más talento, sería el más insoportable fatuo de los hijos de esta tierra.

Sin una arruga ni una mancha en la ropa irreprochablemente ajustada a las formas de su cuerpo, perfectamente calzado de cabeza, pies y manos, gasta mucho más de lo que se necesita para ser lo que se llama un hombre bien vestido y, sin embargo, no lo es; absolutamente no.

Le falta para ello lo que no se compra ni al sombrerero, ni al zapatero; eso que los franceses expresan con tres palabras que no tienen traducción: comme il faut, don supremo de la naturaleza que no se adquiere, sino se nace con él: aunque la mona, etc.

Mira usted el paletó, por ejemplo, de este caballero, en la vidriera del sastre y exclama:

-¡Lindo, bonito género, bien cortado!

Pero se lo ve después al cliente y el pantalón hace salir de quicio al paletó, que desdice, desentona, chilla y se transforma en vestimenta de tendero estacionado el domingo bajo el atrio de la Catedral, a la salida de misa de una.

Encarga el buen señor sus camisas a Longuevil1e o a Charvet y le llegan, naturalmente, camisas como saben hacerlas Charvet o Longueville.

¿Piensan ustedes, por ventura, que le luce el gasto?

Piensan mal; no falta en una percha del armario alguna condenada corbata blanca con que se acicala su dueño a las tres de la tarde para ir a informar in voce, o un juego de botones de brillantes que convierten la obra de Charvet en grosera confección de 2 fs. 95.

En suma, puede opinarse de él que es un señor prendido de siete alfileres; un hombre elegante, nunca.

He dicho que tiene inteligencia y lo repito, una inteligencia de las más nutridas, lo que no obsta a que haya hecho long feu, lo que, traducido en romance, tanto quiere decir como que se le ha salido el tiro por la culata.

Mareado por sus triunfos escolásticos, festejado, mimado, endiosado cuando estudiantino, primero, cuando abogadito, después creyó que la República era la Universidad o el Foro; el campo se le hizo orégano y, sin tantear previamente la resistencia de sus corvas, quiso, de un salto, atrapar la luna con los dientes.

Le sucedió, naturalmente, lo que debía de sucederle: se vino abajo de cabeza, sacudiéndose un porrazo tan feroz, que ha quedado, el infeliz, inválido para toda la siega.

Es que, para ser buen abogado, mi querido doctor, basta saber derecho y tener honradez, cualidades que me complazco en reconocer a usted, mientras que para ser hombre público, esa es harina de otro costal; se requiere fatalmente lo que tenía Adolfo Alsina, lo que tiene Aristóbulo del Valle: cabeza, corazón y calzones.

Usted no ha hecho carrera en política porque le faltan los dos últimos atributos, amén de algo que se encuentra hasta en los brutos, de una cosa muy trivial, pero muy sustanciosa; la salsa con que se condimentan estos platos: sentido práctico, de que usted también carece de la manera más lastimosa.

Si así no fuera, no habría pretendido jamás y, mucho menos a deshoras, ser dandy y tenorio y gobernador y presidente, para lo que no le da el naipe, en vez de mozo serio y circunspecto, abogado distinguido o miembro conspicuo de la Suprema Corte, que es la meta de la que nunca debió usted haber apartado la vista, si hubiese comprendido sus intereses y héchose cargo de dónde le apretaba el zapato.

Pastelero a tus pasteles.

Habría llegado usted a ser una de las primeras ilustraciones jurídicas de América, mientras que hoy por entrar con el paso cambiado, por haberse querido meter a bailar galop en el fandango de la vida, en vez de atenerse a la tranquila y reposada contradanza, baile mucho más en armonía con las condiciones pobres de sangre como la suya, se ha pelado usted la frente contra el mueble de la opinión pública y, como esos cohetes que, mal indilgados, se chingan contra el arco de la Recova Vieja en un 25 de mayo, no pasa usted también de ser un hombre completamente chingado.

Perdón y a otro.

Alto, de macizo cuello y constitución apoplética, se exhibe en los salones con un aire de quijotesca importancia que mueve a risa, uno de los miembros más sobresalientes de la asociación.

Su andar, que por cierto no se ajusta al ritmo de la lira, a pesar de un saca-la-cadera sui generis, de cierto movimiento cadencioso especial, me ha hecho acordar siempre el tranco de esos caballos chilenos bichocos, a los que no les van quedando sino las posturas.

-¡Pero, señor! ¿Por qué caminará este hombre así? -he solido decirme muchas veces, hasta que intrigado de veras, se lo pregunté un día a una de mis amigas, bachillera en chismografía.

-Usted que sabe tanto -le dije-, ¿a que no sabe por qué Fulano camina como camina?

-¡Mire qué gracia! -se apresuró a contestarme.

-¿Por qué?

-Porque Fulano data de los tiempos de las botas de charol con caña de tafilete colorado, en que los mozos seducían a las muchachas por los pies; porque los pies de fulano han sido siempre muy grandes y muy feos, porque para rebajárselos y suprimirse los juanetes, cuentan las crónicas que se los fajaba primero y se los introducía después en un par de botas tan apretadas que no ha conseguido el desgraciado, hasta la fecha, curarse del regimiento de callos, uñeras y gavilanes que se le criaron en las épocas de su mocedad; porque ya ha pisado los sesenta; porque le queda poco juego en las coyunturas y porque, a pesar de todo, la tira aún de hombre capaz de hacer una avería y procura, como es natural, echar un remiendo a los derrumbes de la vejez que lo invade a paso de trote.

«Ya ve usted qué sencilla es la explicación del por qué fulano camina como camina.

-Es usted un libro abierto -dije a mi amiga-: un bijou de mujercita.

Todos en este mundo tenemos nuestro lado flaco; el lado flaco de mi hombre estriba, modestamente, en conceptuarse el ideal de los presidentes del Club, habidos y por haber.

Dirigir una asamblea; echar, de pie, su bravo discursete dando cuenta del estado de la asociación, anunciar que se va a proceder a la elección de los miembros que han de integrar la Comisión Directiva, fallando como juez inapelable en caso de empate; instalarse en una de las mesas del comedor a saborear una sopa de ostras en conserva, última palabra de la ciencia, chic supremo, según él, de la química culinaria, por más que al bestia de Savarin no se le ocurra nombrarla, ni en broma; hacer su solemne aparición en una noche de baile, vestido de punta en blanco, con toda paquetería y dispensando, a diestra y siniestra, miradas de soberana protección como un monarca en su corte; acercarse a una dama de campanillas y dar con ella una vuelta por los salones para que todo el mundo lo sepa, mire y admire; hacer alarde de su buen gusto, del que desde luego puedo ofrecer a ustedes un spécimen en los dichosos faroles del balcón, etc., etc.; brillar, en una palabra, lucirse, descollar como hombre de mundo y caballero de gran tono, ahí le duele, ése es su débil.

Apuesto y no pierdo a que si le dan a elegir entre la presidencia de la República y la del Club, opta sin titubear por la segunda.

Cada loco con su tema y meno male, como dicen los italianos, que al fin y al postre, éste no perjudica a nadie con el suyo.

Bueno, por otra parte, digno, honrado, caballero, aunque no muy mano abierta, que se diga, es uno de esos seres perfectamente inofensivos, que uno no puede conocer sin querer y sin estimar.

Cruza los salones y los vuelve a cruzar, va y viene en continuo movimiento como la ardilla, con dos máscaras colgadas de los brazos y acaso otras dos de los faldones, el artista más popular del Teatro Nacional.

Es lo que llamaré, si ustedes me lo permiten, un antiguo joven.

Antiguo porque pasan de 65 los mil ochocientos y tantos que han recorrido el calendario, desde que vio la luz hasta la fecha.

Joven, porque, a pesar de su edad, nada en él ha envejecido, ni su carácter, ni sus ideas, ni sus costumbres, ni su corazón sensible siempre a los hechizos femeninos, ni aun su cutis que conserva fresco y terso como el de una doncella de quince primaveras.

¿Pero y las barbas?

Poco a poco; había previsto la objeción y la refuto victoriosamente.

Eso es un genre de hombre blasé, una coquetería.

Lo de las mujeres coloradas y rollizas que beben vinagre para ponerse pálidas y hacerse las lánguidas y las interesantes.

Y si no, ¿qué le costaría pasarse la navaja?

Sin ser un buen mozo, muy lejos de eso, ha sido un hombre de buenas fortunas, lo que se explica: vivo, audaz, generoso y discreto, reunía muchas de las condiciones exigidas para hacer carrera con las hijas de Eva.

He dicho discreto y me aferro en lo dicho, por más que esto semeja a paradoja.

Si ustedes tienen relación con él, aunque sea simple relación de callo o de club, más de una vez les ha de haber tocado formar parte del corrillo donde mi hombre toma la palabra y lleva la batuta para contar sus campañas amorosas, para hacer la crónica de sus aventuras galantes.

Buenos Aires en la época de Rosas, Montevideo y el Buceo en los tiempos de Oribe, ése ha sido, según él, el más vasto teatro de sus hazañas.

Es allí donde, farfallone amoroso, anduvo notte e giorno d'intorno ai giardini, delle belle turbando il riposo, etc.

Es allí donde todas sin excepción, lindas y feas, casadas y solteras, cayeron a millones bajo el filo de su formidable tizona.

Es allí, en una palabra, donde tembló el misterio del amor.

Todo esto él lo dice y lo repite al que se lo quiere oír, lo cuenta y lo recuenta saboreando con inefable delicia los dulces recuerdos de la edad de oro de su vida.

Pero, ¿a que nunca lo han pillado ustedes sin perros?

¿A que no lo han visto, ni aun arrastrado por el fuego de la improvisación, cometer una imprudencia, hacer una alusión, dar un indicio que pueda haberles hecho suponer que se trataba de ésta, de aquélla o de la de más allá?

Cuenta el milagro sin jamás nombrar al santo, y es esto cabalmente lo que se llama discreción, o la lengua de Cervantes no sabe lo que dice.

No obstante, oigo exclamar a ustedes, si es su amigo, aconséjele que no se gaste ni se prodigue así; que antes de hablar eche de ver con quien habla y, sobre todo, que es más cuerdo y más sesudo reservar ciertas cosas para el seno de la intimidad, que andarlas publicando a cuatro vientos en son de trompas, pitos y tambores, bajo pena de que la chuza del ridículo llegue a hincarle a uno las carnes.

D'accord, mais que voulez-vous?

No todos son como el que aprendió griego a sesenta años. Cuando, de viejo, cojea uno de un pie, se muere con la cojera y no hay remedio.

Convengan conmigo, sin embargo, en que la cosa por sí misma no vale un pito y que bien se puede perdonar ciertos ligeros defectillos de vanidad, en presencia de todas las dotes que constituyen la forma y el fondo de un completo caballero.

Después de haber andado como bola sin manija, comiendo el pan amargo, o, como decía el Sr. Frías, el desabrido asado sin sal del destierro, transportó sus penates a Buenos Aires un tipo notable por la nobleza de sus sentimientos, por la firmeza e integridad de su carácter, por su extraordinario talento y por su fealdad más extraordinaria aún.

Durante los años de feliz memoria en que las vistas cortas y estrechas de un patriotismo miope nos mantuvo acorralados entre el Arroyo del Medio y el Salado, desempeñó su bravo papelón de bagattelliere di cartello, contribuyendo eficazmente a la exhibición de la indecente farsa que hubo de dar al traste con la trasijada individualidad política que se llama República Argentina.

Pluma filosa y acerada, diarista camorrero y buscapleitos, supo mantenerse firme en la brecha de la vida pública, asestando, a diestra y siniestra, cada mandoble que cantaba el credo.

Prosista y versificador mediocre de la escuela romántica, solía depositar en las gradas del Parnaso sus ofrendas literarias perfumadas a la violeta como los jabones de Pinaud, todo lo cual no le impedía dedicar sus ratos de ocio a los deleites vedados y pedir, de vez en cuando, sus baratos a Cupido, especialidad en la que llegó a adquirir una reputación colosal.

¿La merecía, era efectivamente hombre de buenas baladas, como quien dice, capaz de un doblete a tiempo?

Por mi parte, declaro que no me consta la pujanza de su taco, no habiéndole visto hacer en su vida sino un solo sopetón, sopetón que, ¡Dios me perdone!, mucho me huele a zapallada.

Mas tengo para mí que al público le acontecía otro tanto y que las mentadas proezas del nuevo Lovelace eran ni más ni menos como esos canards que inventa un pillo, repite un necio, corren después de boca en boca y, sin que nadie se tome el trabajo de averiguar su procedencia, pasan al fin por las tragaderas públicas como una carta por el buzón.

Sea de ello lo que fuere, el caso es que llegó a infundir un miedo tan cerval, que mujer en quien clavaba los anteojos era mujer al agua y que al menos arisco de los maridos le temblaban las carnes y se le atajaba el resuello, cuando la suya llegaba a cometer el desacato de cambiar los buenos días con tan peligroso personaje.

Astro brillante y luminoso, apareció en el horizonte con la caída de la tiranía, describió su eclipse por el firmamento durante la segregación de Buenos Aires y se eclipsó con la jornada de Pavón.

Hoy reposa tranquilamente bajo la sombra de sus laureles, vegeta encerrado en la crisálida de la vida privada y hace bien: vivimos en una época en que las luces malas, las almas en pena y las viudas, aunque gasten zancos, son cucos que no asustan sino a los zonzos.

Conténtese con ser un sujeto digno de todo aprecio, abogado que sabe poco derecho y defiende muchos pleitos, suscritor a cuanto diario se imprime en Buenos Aires, por la sencilla razón de que la cabra tira al monte, y parroquiano infaltable del Club del Progreso, donde llueva o truene, cae a eso de las once de la noche, para echar, con algún otro de los pocos que van quedando, su infalible partida de bésigue por la cena, es decir, por el beefsteak con papas fritas que, noche a noche, se sirve entre la una y las dos de la mañana.

La rígida uniformidad de este sistema de vida no se altera sino tres veces por año: en mayo, en julio y en carnaval.

Et pour preuve: Ahí lo tienen ustedes quemando sus últimos cartuchos sobre un sofá del salón de los retratos.

Acérquense si quieren y oirán un mortífero tiroteo, un espantoso fuego graneado de ampullae et sesquipedalia verba, con que brega por herir a boca de jarro las fibras sensibles de la máscara que lo escucha.

¡Pregunten ustedes para qué, si es pura boca, según dicen las malas lenguas!

Es nacido en tierra extraña, pero hijo de padres nacionales.

Habiendo revelado desde chiquito las más brillantes disposiciones y un hermoso desarrollo de... su musculatura, sus maestros aconsejaron a su tata que lo consagrara a las armas.

Ció é:

No a esos aparatos bárbaros y peligrosos que pinchan, cortan y agujerean, sino a esas fecundas herramientas de progreso cuyas bocas vomitan tan sólo chorros de agua fría: hicieron de él un sapeur pompier, al brillo de cuya noble y azarosa profesión, contribuyó desde luego con todo el de su bronceado casco.

Mientras sus compañeros denodados luchaban, palmo a palmo, con el luctuoso elemento, expuesto a espichar de humazo como los ratones, asados como un churrasco o cuando menos a que un lienzo de pared se les cayera encima del alma, él, impertérrito a su vez, se aguantaba inconmovible en su puesto de honor y de peligro: montaba las guardias en el cuartel.

Arrojado por su estrella a las playas argentinas, en este eterno vaivén de la existencia, como el hado adverso arroja al peregrino o el jardinero trasplanta el alcornoque, quedó esterilizado para siempre el noble esfuerzo de su vida, hecha añicos su carrera, tronchado su grandioso porvenir.

Embolsó la manga de cuero por inútil, empuñando en su lugar el martillo y la aljaba; aquí la tierra no tiembla, las casas no son de palo, no había a la sazón aguas corrientes y la gente no se ocupaba de otras bombas que las que sirven para tirar agua del pozo y dar de beber a las ovejas.

Es decir, se hizo rematador de las diez de la mañana a las cuatro de la tarde y reo de estupros y violaciones a todas horas del día y de la noche.

Por si ustedes no lo conocen, éstas son sus señas:

Alto, pie muy chico y muy bonito, piernas un poco bastante combadas, cuerpo correcto, su cutis tiene toda la suavidad y el color de la crema a la vainilla, su rostro es anguloso, su (?) cabello castaño-claro, sus ojos pequeños, su mirada entre cretina y picaresca, la nariz considerable y, por fin, de la boca nada puedo informar a ustedes, por encontrarse herméticamente tapada con un par de monumentales bigotazos que quedaban muy bien en un bombero, pegan muy mal en un dandy y estarían perfectamente en la cara de un francés fanfarrón, maestro de florete. El francés les acomodaba sobre tablas una mano de pegote en las puntas y... ¡ya está!

Según se ve, no es un hombre lindo, ni mucho menos, pero cierto colorido en sus corbatas y cierta cuadratura musical de zamacueca en todos sus movimientos, hacen de él, a no dudarlo, el doncel más garboso de nuestro proscenio social.

Como martillero, mediocre: uno que otro picholeo judicial. Como campeón de eróticas proezas, ¡oh... eso es de no te muevas!

¡Quién ni qué, cuando la llama del sensualismo le chisporrotea en las carnes, enfrena el volcán incandescente de sus apetitos venéreos!

Él ha forzado doncellas y cerraduras, ha escalado balcones, ha derribado ventanas, ha saltado por los tejados, se ha descolgado de las cornisas, se ha metido por las chimeneas, hasta las piedras subyugadas, como en la mente del poeta, se han abierto complacientes a su paso y es hora de quedarse uno encantado y de comérselo a besos, cuando le oye referir sus aventuras con esa sal andaluza que Dios le dio: como, interrumpido verbigracia en lo mejor por la presencia de algún marido importuno, agazapado entre las cortinas de la cama, ha sabido pasarse en acecho largas horas, espiando un ronquido propicio y otro y otros después, que le permitieron batirse en retirada, amortiguando el ruido de sus pasos para no perder a su bella...

¡Ah, si las paredes tuvieran oídos o mejor si fueran fonógrafos, Dios nos asista!

¡Pobres de ustedes, de mí, de éste, del otro y de medio mundo!

¡Ay de nuestra reputación, de nuestro nombre!

¡Qué Buckingham ni qué D. Juan, ni qué Faublas, ni qué Richelieu!

Es un succés loco.

¡Pero, cómo no! ¡Si los maridos de miedo lo hacen compadre!

Continuez si cela vous fait plaisir.

En cuanto a mí, tengo el sentimiento de dejarlos. Observo que aquel dominó negro me hace señas, es mujer y noblesse oblige.

-¿A mí me llamas?

-Sí.

-¿Qué quieres?

-Que me digas dónde está tu amigo Juan.

-En el baile.

-Sí, ¿pero dónde, en el baile?

-Aquí; mete la mano y verás -exclamé como el negro de los pasteles, abriendo un bolsillo de mi chaleco.

-¡Grosero! -murmuró entre dientes mi interlocutora.

-Te prevengo -dijo en seguida con vehemencia- que no estoy dispuesta a dar ni a recibir bromas.

Tengo necesidad de hablar con tu amigo y quiero que me ayudes a buscarlo.

-V'appoggiate al braccio mio.

Anduvimos de la Ceca a la Meca; los tres salones de baile, las galerías y hasta el toilette de los hombres y el departamento del segundo piso, que mi máscara recorrió de mi brazo sin vacilación y sin escrúpulos, no obstante hallarse desierto en aquellos momentos.

-Una de dos: o eres mujer de armas llevar, o tienes un interés mayúsculo en dar con Juan -dije en mis adentros sintiendo que me picaba el aguijón de la curiosidad.

Después de haber perdido tres cuartos de hora en inútiles andanzas, distinguí, por fin, al objeto de nuestras pesquisas platicando alegremente en un grupo de mosqueteros, con el rostro encendido, los ojos brillantes, las facciones sobreexcitadas, con todo el aspecto, en fin, de quien no se encuentra precisamente en caja, de un hombre a quien le pasa algo anormal.

-Ecce homo, -dije a mi compañera, señalando hacia el grupo.

-¡Ah, que me he roto el vestido! -exclamó casi simultáneamente, agachándose con el movimiento propio de la mujer que se pisa la cola. -Llévame pronto al toilette.

-¿Y Juan?

-Sí, sí le hablaré después...

Pasaron diez minutos, luego veinte, luego media hora y mi máscara no salía.

¿Si se figurará esta tipa que soy su juguete?, me decía y, bastante cargado ya con el plantón, hallábame en un tris de buscar la revancha, plantándola a mi vez, cuando en una de mis idas y venidas la vi entrar precipitadamente al referido toilette por la puerta que comunica con la galería exterior.

Para mí, que la creía dentro, tan imprevisto truc no podía dejar de ser un justo motivo de sorpresa y de sospecha.

¿Qué significan estos cubiletes?, pensé.

¿Entra, me dice que la aguarde y ahora resulta que se cuela de nuevo por la puerta traviesa en lugar de salir?

¿Si estaré haciendo el papel de pavo, sirviendo inconscientemente de comodín en alguna trapisonda? ¿Si habrá gato encerrado?

Y Juan, ¿qué pitos toca en todo esto? Pocos momentos después salió, por fin.

-¿Te he hecho esperar mucho? -dijo.

-Ya lo ves, alrededor de tres cuartos de hora.

-¡Pobrecito! -exclamó-; te pido un millón de excusas y ya que has sido tan bueno, sacrifícate por completo llevándome donde está tu amigo.

-¡Todo sea por la gracia de Dios! Consiento, ya que ruegas y no ordenas, que te muestras más tratable y, a juzgar por el cambio que se observa en tu tono y en tu acento, ha desaparecido la causa del mal humor que te aquejaba.

Efectivamente, un cambio notable acababa de producirse en su modo, en su aire, en sus palabras y hasta en el metal de su falsete que me pareció menos chillón.

Cuando acercándome por detrás y tocando el hombro de mi amigo que continuaba con la palabra en el referido grupo de mosqueteros, le dije:

-Esta máscara anda a la pesca de un Juan hace ya más de dos horas.

Mi amigo se dio vuelta, la miró, interrumpió de pronto su discurso y, con el aire gauche de un hombre completamente boleado, se apresuró a ofrecerle el brazo, balbuceando:

-Estoy a sus órdenes, mascarita.

¿Por qué la presencia de mi compañera producía en mi amigo el efecto de la policía cayendo sobre un garito?

Consignado el bulto negro a su dirección, no tenía ya más que hacer, mi papel había concluido; me metí, pues, entre telones, es decir, salí a fumar un cigarrillo y, maldito si me acordaba ya de la cosa, cuando a eso de las cinco de la mañana, se me paró Juan por delante con dos máscaras del brazo: un dominó negro y otro blanco.

La más plácida de las sonrisas jugueteaba en sus labios; había, evidentemente, recobrado toda su sangre fría.

-Estamos rumiando una calaverada -me dijo- y queremos que tú también eches una cana al viento. Vamos a cenar los cuatro al Café de París.

-¿Al Café de París? ¿Y por qué no al comedor que está más cerca?

-Por la sencilla razón de que en el comedor no hay gabinetes particulares.

-¿Quiere decir, entonces, que lo que me proponen es una partie carrée, ni más ni menos?

-Con todo el cachet de la chose, siendo de advertirte que estas máscaras aceptan con la expresa condición de que han de guardar el más absoluto incógnito.

-¡Bah, déjame de historias! Prefiero irme a dormir tranquilamente a mi casa; ya no estoy yo para danzas.

-¡Qué fino y qué amable! ¡Si este tu amigo es un dechado de galantería! -dijo con sorna el dominó blanco dirigiéndose a Juan.

O soy una bestia, pensé, o no es la primera vez que oigo esta voz y, si la he oído, ha sido esta noche sin ir más lejos.

Algo como la vislumbre de una barbaridad mayúscula cruzó entonces por mis regiones cerebrales.

Resuelto a salir de dudas, con mi más y con mi menos, cambié bruscamente de resolución apresurándome a exclamar:

-¡Me gustan las tiranas que no tienen pelos en la lengua! Tu franqueza me seduce, máscara. ¿Del Café de París se trata? ¡Vamos al Café de París!

Y le ofrecí graciosamente mi brazo.




- XV -

Si dijera que el programa se llenó en todas sus partes, de acuerdo con lo prometido por la empresa, mentiría descaradamente.

A ustedes los nombro jueces.

Una vez en el terreno: veamos de que se trata aquí y qué gente es ésta, me dije, y por vía de explorar el campo, mientras Juan, de pie al lado de la mesa, miraba la lista de los plats du jour, me instalé sobre el sofá, agarré de la cintura a mi mujer, la senté sobre mis faldas, le eché los brazos al cuello y sin decirle ni agua va, hice por imprimirle un ósculo amoroso debajo de la oreja.

-¡Zafado, sinvergüenza! ¿Qué te figurás, que estás entre francesas? -vociferó mi incógnita, dando un salto furiosa y apostrofándome a tres varas de distancia.

-Ché, ché, más despacio -exclamó Juan interviniendo a su turno-. ¡No tan calvo que se le vean los sesos! Trátalas con más consideración, no sea cosa que las vayas a ahuyentar.

¿Qué había hecho de malo para que me ofendieran así? La cosa más natural del mundo.

Nada que no fuera perfectamente correcto: cumplir, como hombre educado, las reglas de una rigurosa etiqueta.

Basta; ya sabemos a qué atenernos y esto es lo que me interesa por lo pronto, pensé.

Cuando se aporran por tan poco, deben ser muy enteramente chambonas.

Para un ojo medio experimentado, en efecto, aquello estaba diciendo a gritos que era la primera vez que, a la luz de un candelabro, se encontraban en presencia de perdices trufadas y de fresas con champagne.

Se trataba, indudablemente, de dos hijas del país pulcras y remilgadas, esto es, decentes, lo que no quiere decir que con pulcritud, remilgues, decencia y todo, no fueran muy capaces, dado el caso, de tener los escrúpulos del padre Gargajo y mucho más.

De todos modos, con el fiasco del preludio y dos cagne por intérprete, la música tenía que andar como el demonio.

Así no más sucedió: fue un four.

Las mujeres comieron poco, bebieron menos y hablaron una tropa de cosas insustanciales sin sacarse la careta, mientras el pobre Juan sudaba por hacerse el intrigado y por darme música a mí que me estaba haciendo el zonzo y que maldito lo que me divertía la fiesta aquella.

Voilà tout.