| |
|
| I |
|
Si no me ataran los pies |
|
la gota, y lo que no lo es, |
|
contigo iría hasta el fin |
|
de este encantado jardín. |
|
¡Rompamos la marcha, pues! |
|
¡Ea! A la una, a las dos, |
|
a las... ¡por vida de Dios!, |
|
tenme, no me caiga, Inés. |
| |
| II |
|
¡Ah! ¡Cómo enciende de amor, |
|
de tus ojos el color, |
|
el mismo con que Rafael |
|
nos pinta la caridad! |
|
A su dulce claridad, |
|
cien vueltas a este vergel |
|
diera de buen grado, Inés. |
|
Mas ¿qué importa ¡maldición! |
|
que me arrastre el corazón, |
|
si me flaquean los pies? |
| |
| III |
|
¡Bien! De nuevo tu beldad |
|
nueva extensión da a mi ser, |
|
y de mi primera edad |
|
ya casi siento el placer. |
|
Inés, ¡qué felicidad |
|
si ahora a mi voluntad |
|
igualase mi poder! |
|
Ya di un paso. ¡Vuelve a mi, |
|
fuego de mi corazón, |
|
de ese éter universal |
|
donde en deliquio inmortal, |
|
de expansión en expansión, |
|
toda la vida vertí! |
|
Otro paso. ¡Bien! ¡Muy bien! |
|
Como el de Venus, también, |
|
Inés, tu talle español |
|
arrastra a cuantos lo ven, |
|
subiendo, de sol en sol, |
|
derechos hasta el Edén. |
|
¿Ves? Ya me siento ascender: |
|
demos la vuelta hasta el fin |
|
de este encantado jardín. |
|
¡A ver cómo marcho, a ver! |
|
¿Dices que tiemblo? ¡No... no... |
|
es que la tierra, cual yo, |
|
vibra también de placer! |
|
¿Oyes? ¡Cuán bien con su amor |
|
celebra ese ruiseñor |
|
nuestro epitalamio actual!... |
|
Pero por vida de tal, |
|
que a los tres pasos, Inés, |
|
del exceso del sentir |
|
se me van algo los pies... |
|
Y además, al percibir |
|
cómo me hiela el sudor, |
|
ya comienzo a presentir |
|
que ese inocente cantor |
|
a la entrada del Edén, |
|
en vez de este mutuo amor, |
|
acaso ¡fatalidad! |
|
está cantando más bien |
|
¡mi unión con la eternidad! |
| |
| IV |
|
¡Ay, Inés! ¡No puedo más! |
|
Pongamos al viaje fin. |
|
Aquí estoy bien, y además |
|
siempre está donde tú estás |
|
el oasis del jardín. |
|
¡Gracias, mi esposa! ¡Tú aun crees |
|
que este corazón senil |
|
no es un árbol sin calor, |
|
cuando con tan tierno amor, |
|
mi mano coges, Inés, |
|
con el mismo aire gentil |
|
con que se coge una flor! |
|
¡Ay! Ignora tu bondad, |
|
como ignoró mi ilusión |
|
que es inútil la beldad |
|
cuando ya en el corazón |
|
queda sólo la razón, |
|
¡flor de la esterilidad! |
|
Sentémonos, pues, aquí, |
|
a las puertas del Edén; |
|
y mientras maldigo así |
|
este cuerpo baladí, |
|
perdona el error de quien |
|
se está muriendo por ti. |
|
Muriéndome, Inés, ¡sí! ¡Sí! |
|
por eso creyendo voy |
|
que, evaporado, ya soy |
|
errante espectro de mí. |
| |
| V |
|
Mas si no alcanzo al honor |
|
de dar dos vueltas o tres, |
|
no es por falta de valor, |
|
como tú sabes, Inés; |
|
tan solamente ¡oh dolor! |
|
por estos malditos pies |
|
no puedo entrar, como ves, |
|
en el templo del amor. |
|
Y ya que has llegado a ver |
|
que para poder entrar |
|
sólo me falta tener |
|
los pies que me han de llevar, |
|
te prometo, hermosa Inés, |
|
que en cuanto yo, tenga pies, |
|
en ti, por ti, y para ti |
|
iré hasta el templo que ves, |
|
y alguna vez más allá... |
|
¿Dices que ahora? ¡Ay de mí! |
|
La voluntad está aquí; |
|
mas ¿y los píes? ¡Ahí está!... |
| |
|
|
A don Nicomedes Martín Mateos |
| |
| I |
|
La reina de Suecia un día, |
|
recibiendo gravemente |
|
lección de filosofía, |
|
a Descartes le decía |
|
con gravedad lo siguiente: |
| |
|
-Lleváis, maestro, al exceso |
|
de mi ignorancia la fe: |
|
«Pienso», luego «soy». No es eso: |
|
«pienso», luego «sé que sé». |
| |
|
Ya veis que empiezo a dudar, |
|
como vos, para creer. |
|
Pero antes de comenzar, |
|
decidme: ¿Es ser el pensar? |
|
¿Acaso el ser es saber? |
| |
|
No os alteréis; con paciencia |
|
probaré que vuestra ciencia |
|
puede resumirse así: |
|
Yo «soy» lo que «es». Consecuencia: |
|
No hay verdad en la experiencia |
|
ni dicha fuera de mí, |
|
pues que saca la conciencia |
|
fe, dicha y verdad, de sí. |
| |
|
¿Mi deducción no es probada? |
|
Sin duda, pues la acomodo |
|
a vuestra tesis sentada: |
|
«Yo soy sólo el ser»; de modo |
|
que si es mi conciencia todo, |
|
todo lo demás es nada. |
| |
|
¡Oh maldito escepticismo! |
|
¿No estáis viendo, hombre inhumano, |
|
que con atroz ateísmo |
|
lanza vuestra impía mano |
|
a Dios y al mundo a un abismo |
|
siendo el pensamiento humano |
|
de sus juicios soberano |
|
y único juez de sí mismo? |
| |
|
¡Horrible es la ciencia, sí, |
|
que hasta de la fe el consuelo |
|
mata; pues juzgando así, |
|
si existe Dios en el cielo |
|
sólo es porque existe en mí! |
| |
|
¡Maestro! Vuestra opinión |
|
que es ilusión confesad, |
|
y si no es una ilusión, |
|
mi mente es la autoridad; |
|
la dicha es mi corazón; |
|
soy lo que «es»; y en conclusión, |
|
mi verdad es la verdad, |
|
mi razón es la razón. |
| |
| II |
|
Descartes, después de oír |
|
a su alumna en aquel día, |
|
de tristeza que tenía |
|
se puso el pobre a morir, |
|
y así muriendo decía: |
| |
|
-¡Ay! ¿qué puedo conocer, |
|
gran Dios, si ignoro yo mismo |
|
si es igual pensar y ser? |
|
¿Cómo salvaré el abismo |
|
que hay entre el ser y el saber? |
|
¿Dónde estás, razón que adoro? |
|
¡Valedme, adorada fe! |
|
¿Cuál es la verdad que exploro? |
|
Ya «sé que soy»: bien, ¿y qué? |
|
¡Nada! Excepto el «sé que sé», |
|
todo lo demás lo ignoro. |
| |
|
¡Noble razón! ¡Santa fe! |
|
¿Eternamente estaré |
|
entre una y otra en suspenso? |
|
No ha duda; pienso que pienso, |
|
mas lo que pienso no sé. |
| |
|
¿Será verdad que mi ciencia |
|
va del ateísmo en pos, |
|
y que, sin fe ni experiencia |
|
no existe más ley de Dios |
|
que la ley de la conciencia? |
| |
|
¡Grande es mi error, pese a tal! |
|
«Soy, porque pienso»; ¿y después? |
|
Después ya no hay bien ni mal, |
|
pues cada hombre entonces es |
|
centro del mundo moral. |
| |
|
¿Y cómo ha de hallar el alma |
|
en este mundo quietud, |
|
sin virtud que dé la calma |
|
sin fe que dé la virtud? |
|
¡Sacadme, Dios de bondad, |
|
de esta eterna confusión! |
|
¿Mi verdad es la verdad? |
|
¿Mi razón es la razón? |
| |
| III |
|
Cuando Descartes murió, |
|
Cristina, del «sé que sé» |
|
las consecuencias sacó, |
|
y a Monaldeschi mató, |
|
dio a su trono un puntapié, |
|
su religión abjuró, |
|
y al fin refugio buscó |
|
en la católica fe. |
|
Tal fue su historia. De suerte |
|
que, de cuanto hay aburrida, |
|
yendo hacia la eterna vida |
|
que no muere con la muerte, |
|
el célebre «sé que sé» |
|
dio al olvido, y de este modo |
|
halló la ciencia en la fe |
|
última verdad de todo. |
| |
|
Y próxima ya a llegar |
|
a aquel último momento |
|
en que engañar el pesar |
|
es nuestro solo contento, |
|
decía con humildad, |
|
pidiendo al cielo perdón: |
|
-Recibe, Dios de bondad, |
|
mi postrera confesión; |
|
es la fe mi autoridad, |
|
es el mal mi corazón. |
|
¡No es mi verdad la verdad! |
|
¡No es mi razón la razón! |
| |
|
| I |
|
Queriendo un rey discutir |
|
las creencias, llama gente |
|
de Ocaso, Sur, Norte, Oriente, |
|
tanto que pueda, decir |
|
que está allí el mundo presente. |
| |
| II |
| BELLEZA |
|
El rey su noble cabeza |
|
cortés inclina hacia el suelo, |
|
abre la sesión, y empieza: |
|
-Se discute la «Belleza», |
|
raro presente del cielo. |
|
-Es lo negro la hermosura- |
|
dice uno de negra tez. |
|
Otro blanco: -Es la blancura. |
|
-Lo azul- un indio murmura; |
|
y un chino: -la amarillez. |
|
-Sí tal- clama uno. -No tal- |
|
gritan otros replicando. |
|
Dice un griego: -Es lo ideal-. |
|
Un francés: -La gracia andando-. |
|
Un inglés: -Lo original-. |
|
Queda el rey meditabundo, |
|
siguen los demás sus huellas, |
|
y piensa: -En creer me fundo |
|
que si hay en él cosas bellas, |
|
no hay tipo bello en el mundo-. |
|
Pausa. A tan locos extremos |
|
calla el concurso. Y después |
|
dice un sabio: -Según vemos, |
|
la belleza no es lo que es, |
|
sino que es lo que queremos-. |
|
Fijada así la cuestión, |
|
pregunta otra sabio: -¿Qué |
|
la belleza en conclusión, |
|
si lo feo en un lapón |
|
es lo bello en un inglés?- |
|
Nadie a esto respuesta da. |
|
El gran rey calla y suspira. |
|
y dice: -Acabemos ya; |
|
la belleza sólo está |
|
en los ojos de quien mira. |
| |
| III |
| GLORIA |
|
Nueva expectación. Después |
|
prosigue el Rey: -Discutamos |
|
si nuestra «gloria» sólo es |
|
el Gólgota en que dejamos |
|
los primeros treinta y tres. |
|
-De Bruto es la indignación, |
|
-Es de César la grandeza. |
|
-La vanidad en acción. |
|
-Toda la humana simpleza, |
|
fundida en una ilusión. |
|
-Placer de lo extraordinario |
|
-Humo que despide luz. |
|
-Luz que despide un osario |
|
-Dicha de llevar la cruz. |
|
a la cumbre de un calvario. |
|
-¡Gloria! Grandeza pequeña. |
|
-Dolor que canta una trompa |
|
-Verdad de toda el que sueña. |
|
-Bazar en que el hombre enseña |
|
de su misterio la pompa. |
|
-Espacio que un aire llena |
|
-Abrir tumbas con la espada, |
|
-Morir viviendo en escena. |
|
-Es un néctar que envenena, |
|
-Es darlo todo por nada-. |
|
No viendo sino locura |
|
en duda tan espantosa, |
|
con la más honda amargura, |
|
-¡La gloría! -El gran rey murmura. |
|
¡Poca cosa, poca cosa! |
| |
| IV |
| JUSTICIA |
|
-¿Qué es justicia, y dónde se halla?- |
|
dice el Rey. A nombre tal, |
|
se alzan grandes y canalla, |
|
gritando unos: -¡La metralla!- |
|
diciendo otros: -¡El puñal! |
|
-La justicia es el humor. |
|
-Lo justo es la autoridad-. |
|
Los grandes: -Es la bondad-. |
|
Los reyes: -Es el rigor-. |
|
El pueblo: -Es la libertad-. |
|
-Es -dicen los escogidos- |
|
que al bueno el que es malo tema-. |
|
Y exclaman los oprimidos: |
|
-La justicia es este lema: |
|
«¡Desdichados los vencidos!»- |
|
A tan discorde rumor |
|
dice alto el rey: -¡Basta ya!- |
|
Y en voz baja: -Pues, señor, |
|
todo espectáculo está |
|
dentro del espectador. |
| |
| V |
| VIRTUD |
|
Sigue el rey con emoción, |
|
pero con noble actitud: |
|
-¿La virtud es la ilusión? |
|
¿Es prueba una buena acción |
|
de que hay tipo de «virtud?»- |
|
Y un sabio: -Hay virtud cumplida |
|
responde-, si hay quien se atreva |
|
a obrar siempre como deba; |
|
mas ¿puede haber en la vida |
|
juicio que esté a toda prueba?- |
|
De este sabio a la opinión |
|
se adhiere otro sabio más: |
|
-¿Qué es virtud en conclusión, |
|
si hay puntos donde jamás |
|
resiste nuestra razón? |
|
-La virtud -dice un pagano-, |
|
es el placer que va unido |
|
al bello ideal humano. |
|
-La virtud -dice un cristiano-, |
|
es el deseo vencido-. |
|
Y exclama la juventud: |
|
-La virtud no es la fortuna-. |
|
A lo cual la multitud |
|
dice: -Mas, sin duda alguna |
|
la fortuna es la virtud-. |
|
Y un hombre que, irracional, |
|
toma por ciencia el desdén, |
|
dice: -Regla general: |
|
dudad cuando os hablen bien, |
|
creed cuando os hablen mal. |
|
-Es tristeza. -Es el contento. |
|
-Es sufrir. -Es la salud-. |
|
Y un epicúreo opulento |
|
prorrumpe: -¡Virtud! ¡Virtud! |
|
Cuestión de temperamento. |
|
A este axioma el Rey. -No hay tal- |
|
a replicar se apresura-; |
|
la virtud es inmortal; |
|
si el mundo es un cenagal, |
|
buscadla siempre en la altura. |
| |
| VI |
| RELIGIÓN |
|
Una tras otra ilusión |
|
mirando desvanecidas, |
|
-Veamos la «Religión»-, |
|
dijo el gran Rey, ya caídas |
|
las alas del corazón. |
|
Uno: -Es fe. -Y otro: -Es conciencia. |
|
-Es lo eterno. -Es el no ser. |
|
-Es fuerza. -Es benevolencia. |
|
-Es de Confucio la ciencia. |
|
-Es de Mahoma el placer. |
|
-¡Silencio! -el gran Rey profiere, |
|
la religión viendo hollada-; |
|
creer sólo lo que agrada |
|
es todo lo que se quiere, |
|
y lo que es todo no es nada. |
|
¡Inútilmente, traidora, |
|
dardos la impiedad te lanza, |
|
«religión» que el mundo adora, |
|
fuente de nuestra esperanza, |
|
de esta virtud que no llora! |
|
¡Nunca el alma racional |
|
podrá creer que eres sueño, |
|
bálsamo de todo mal, |
|
luz a través de la cual |
|
todo en el mundo es pequeño! |
| |
| VII |
|
Calló, y a una cortesía |
|
que hizo al pueblo el rey, de pie, |
|
todo el concurso aquel día, |
|
creyendo lo que creía, |
|
por donde vino se fue. |
| |
|
|
(Axioma de Schelling) |
|
A mi amigo el marqués de Molins |
| |
| PRIMERA PARTE |
| A LO IDEAL POR LO REAL |
| I |
|
Juan amaba tanto a Luisa |
|
como a Luis quería Juana; |
|
y aunque me exponga a la risa |
|
de la multitud liviana, |
|
diré que su simpatía |
|
rayaba en tales extremos, |
|
cual la que tener podemos, |
|
tú a tu esposa y yo a la mía. |
|
Sí, marqués, no os cause espanto |
|
el que ponga frente a frente |
|
su encanto con nuestro encanto; |
|
pues podéis creer firmemente |
|
que, aunque no se amasen tanto, |
|
se amaban inmensamente. |
| |
| II |
|
Mas la muerte, esa tirana |
|
que siempre el mal improvisa, |
|
llevándose a Juan y a Juana, |
|
solos dejó a Luis y a Luisa. |
| |
| III |
|
Llorando la mala suerte |
|
de los que se murieron, |
|
los vivos casi estuvieron |
|
a las puertas de la muerte. |
|
¡Siempre a nuestra vida humana |
|
es otra vida precisa! |
|
Así Luis quedó sin Juana, |
|
como al perder a Juan, Luisa, |
|
sin que nadie amenguar pueda |
|
las lágrimas ¡ay! que llora; |
|
como se queda el que queda |
|
cuando al que se va se adora. |
| |
| IV |
|
Desde entonces, poco a poco |
|
tan loca ella como él loco, |
|
por cuantos sitios frecuentan, |
|
marchan con pasos inciertos |
|
¡tan tristes!, ¡tan pensativos! |
|
que parecen que alimentan |
|
las almas de los dos muertos |
|
los cuerpos de los dos vivos. |
|
Y al verlos tan sólo atentos |
|
a su ventura ilusoria, |
|
sombras de dos pensamientos |
|
que alumbran desde la gloria, |
|
llama la gente liviana, |
|
sirviendo al vulgo de risa, |
|
«la «loca» por Juan» a Luisa, |
|
y a Luis «el «loco» por Juana». |
| |
| V |
|
¡Luisa feliz, que en un duelo |
|
todo su delicia encierra, |
|
cual ángel que por la tierra |
|
cruza de paso hacia el cielo! |
|
Sueña, sueña, ángel hermoso |
|
en tu dicha malograda, |
|
porque la dicha soñada |
|
¡es un sueño tan dichoso!... |
|
¡Dichoso Luis! Sus tormentos, |
|
en su sueño delicioso, |
|
trueca en bellas ilusiones, |
|
lo que es horrible, en hermoso, |
|
la realidad, en visiones, |
|
días de angustia, en momentos... |
|
¡Una y mil veces dichoso, |
|
aquel que sus sensaciones |
|
transfigura en pensamientos! |
| |
| SEGUNDA PARTE |
| A LO REAL POR LO IDEAL |
| I |
|
Rogar con cierto misterio |
|
en un cierto cementerio |
|
a una sombra se divisa; |
|
es que por Juan reza Luisa. |
|
Otra sombra que hay cercana, |
|
es Luis que reza por Juana. |
|
Se lamentan los dos vivos |
|
por sus muertos respectivos |
|
con corazón tan ardiente, |
|
que al mirarse frente a frente, |
|
dicen la una y el otro: |
|
-¡Qué importuna! -¡Qué importuno!- |
|
Y Luis huyendo de Luisa, |
|
y Luisa de Luis huyendo, |
|
se marchan, casi corriendo, |
|
y corren, casi de prisa. |
| |
| II |
|
En el mismo cementerio |
|
y con el mismo misterio |
|
se hallan los dos otro día, |
|
y mientras Luisa exclamaba: |
|
-Cuando mi amante vivía |
|
le hallaba donde le hallaba, |
|
y hoy, que en la tumba me espera, |
|
su sombra está dondequiera-, |
|
lanzando quejas amantes, |
|
dice Luis del mismo modo: |
|
-Si todo estaba en ti antes, |
|
ahora tú estás en todo-. |
|
Y esta vez menos esquivos, |
|
o de agradarse más ciertos, |
|
después de orar por los muertos |
|
se hablaron algo los vivos. |
| |
| III |
|
Desde entonces los amantes |
|
dijeron, siempre con fuego, |
|
una larga oración antes, |
|
y un corto diálogo luego; |
|
más consignar bien importa |
|
que, después de algunos días, |
|
se fueron haciendo cargo |
|
que la oración ya era corta |
|
y el diálogo era ya largo. |
| |
| IV |
|
Saliendo del cementerio |
|
mas ya sin ningún misterio, |
|
se miraron otro día, |
|
diciendo, ¡quién lo creería! |
|
-¡Es buen mozo! -¡Pues es bella! |
|
-¡Pero aquél! -¡Ay! ¡Pero aquélla!... |
|
Y ella de amor suspirando, |
|
y Luis aun de amores loco, |
|
ya no corren, van marchando, |
|
pero marchan poco a poco. |
| |
| V |
|
Así el buen mozo y la bella, |
|
al promediar la semana, |
|
¡oh fidelidad humana! |
|
-¡Se parece a Juan! -dice ella; |
|
y él dice: -¡Parece Juana! |
|
(¡Pobres Juana y Juan!) Dicho esto, |
|
uno con otro se junta, |
|
haciéndolo él, por supuesto |
|
en honor de la difunta; |
|
y ella admitiéndole al lado |
|
con temor aun no fingido, |
|
pues si el vivo era ya amado, |
|
aun el muerto era querido. |
| |
| VI |
|
Mas era tal la insistencia |
|
de su enamorada mente |
|
en dar a su amor presente |
|
de su muerto amor la esencia, |
|
que su alma, siempre indecisa, |
|
piensa que mira realmente |
|
en Luis, de Juan la presencia; |
|
la sombra de Juana, en Luisa. |
|
Y es que nuestro sentimiento, |
|
por arte de encantamiento, |
|
haciendo cuerpo la idea |
|
y lo ya muerto existente, |
|
transfigura eternamente |
|
lo que ama en lo que desea. |
| |
| VII |
|
En conclusión; cuando se aman |
|
con un amor verdadero, |
|
así mutuamente exclaman: |
|
-¡Como a él y por él te quiero! |
|
-¡Te amo como a ella y por ella! |
|
Así el buen mozo y la bella, |
|
fingiendo vivo lo muerto |
|
y haciendo falso lo cierto |
|
que eran les muertos creían |
|
creyendo lo que querían. |
|
Y desde entonces, el duelo |
|
trocando, todos en risa, |
|
Luisa a Luis y Luis a Luisa, |
|
después de aquella semana, |
|
se prestan mutuo consuelo, |
|
creyendo que Juan y Juana |
|
harán lo mismo en el cielo. |
| |
|
| I |
|
Viendo en el mundo el Señor |
|
desorden por dondequiera, |
|
quiso darle un director |
|
y dijo de esta manera: |
|
-Cinco sentidos di al hombre, |
|
y no me entiende jamás. |
|
Daré a un ser que al mundo asombre |
|
un sexto sentido más. |
|
Quiero hacer al mundo don |
|
de un hombre de alma gigante, |
|
grande cual la religión, |
|
como la gloria brillante. |
|
Fe y saber broten sus labios |
|
cual brota el verano flores, |
|
más docto que los más sabios, |
|
más bueno que los mejores. |
|
De la humana criatura |
|
cese el eclipse moral. |
|
¡Salve a mi mejor hechura!- |
|
dijo, y nació Blas Pascal. |
| |
| II |
|
Al ver pasar su existencia, |
|
ya meditando, ya orando, |
|
con mucha fe y más paciencia, |
|
dice un hombre meditando: |
|
-¡Oh Dios! Cuanto más comprendo, |
|
menos soy yo comprendido; |
|
¡qué cilicio, es tan horrendo |
|
el don de un sexto sentido! |
|
Si bestia al hombre llamé, |
|
los ángeles murmuraron; |
|
cuando ángel le apellidé, |
|
las bestias me calumniaron. |
|
Mi talento y su talento |
|
no están de acuerdo jamás: |
|
o quítame el pensamiento, |
|
o dáselo a los demás. |
|
Hallo sus deseos locos, |
|
sus pensamientos informes, |
|
sus remordimientos pocos, |
|
sus sensaciones deformes. |
|
Con lo porvenir sostienen |
|
de lo presente el afán; |
|
¡porvenir!, ¡sombras que vienen! |
|
¡presente!, ¡sombras que van! |
|
Da fe el hombre a su provecho, |
|
y cree sólo en su interés; |
|
y el que ve el mundo al derecho |
|
dice que lo ve al revés. |
|
¡Señor!, ya a tan hondo anhelo |
|
mi corazón se rindió, |
|
enfermo de mal del cielo-. |
|
Dijo Pascal, y enfermó. |
| |
| III |
|
Entre oración y oración, |
|
entre llorar y gemir, |
|
a un hombre, un santo varón |
|
le ayuda así a bien morir. |
|
-¡Cuántos afanes perdidos |
|
en crear tan noble hechura! |
|
Para los cinco sentidos, |
|
el tener seis es locura. |
|
De gozar el mundo ahíto, |
|
fijo sólo en lo presente, |
|
ni sospecha lo infinito, |
|
ni la eternidad presiente. |
|
¡Qué condición tan menguada! |
|
Mezcla el hombre de alma y lodo |
|
para lo infinito es nada, |
|
si para la nada es todo. |
|
De orgullo y de envidia llenos, |
|
cual siempre, dejan atrás |
|
los muchos que saben menos, |
|
al uno que sabe más. |
|
Para el mundo, que sin fe |
|
presume mucho y ve poco, |
|
es necio el que menos ve, |
|
y el que ve más es un loco. |
|
¡Pascal, pues con santo anhelo, |
|
te mata del cielo el mal, |
|
vuélvete a tu patria el cielo!... |
|
Dijo, y murió Blas Pascal. |
| |
|
|
A don Guillermo Laverde Ruiz |
| |
| I |
|
De Diógenes compré un día |
|
la linterna a un mercader; |
|
distan la suya y la mía |
|
cuanto hay de ser a no ser. |
|
Blanca la mía parece; |
|
la suya parece negra; |
|
la de él todo lo entristece; |
|
la mía todo lo alegra. |
|
Y es que en el mundo traidor |
|
nada hay verdad ni mentira: |
|
«todo es según el color |
|
del cristal con que se mira». |
| |
| II |
|
-Con m linterna -él decía-, |
|
no hallo un hombre entre los seres-. |
|
¡Y yo que hallo con la mía |
|
hombres hasta en las mujeres! |
|
¡El llamó, siempre implacable |
|
fe y virtud teniendo en poco, |
|
a Alejandro, un miserable, |
|
y al gran Sócrates, un loco. |
|
Y yo ¡crédulo!, entretanto, |
|
cuando mi linterna empleo, |
|
miro aquí, y encuentro un «santo»: |
|
miro allá, y un «mártir» veo. |
|
¡Sí!, mientras la multitud |
|
sacrifica con paciencia |
|
la dicha por la virtud |
|
y por la fe la existencia, |
|
para él virtud fue simpleza, |
|
el más puro amor escoria, |
|
vana ilusión la grandeza, |
|
y una necedad la gloria. |
|
¡Diógenes! Mientras tu celo |
|
sólo encuentra sin fortuna, |
|
en Esparta algún «chicuelo» |
|
y hombres en parte ninguna, |
|
yo te juro por mi nombre |
|
que, con sufrir el nacer, |
|
es un héroe cualquier hombre, |
|
y un ángel toda mujer. |
| |
| III |
|
Como al revés contemplamos |
|
yo y él las obras de Dios, |
|
Diógenes o yo engañamos. |
|
¿Cuál mentirá de los dos? |
|
¿Quién es en pintar más fiel |
|
las obras que Dios crió? |
|
El cinismo dirá que él; |
|
la virtud dirá que yo. |
|
Y es que en el mundo traidor |
|
nada hay verdad ni mentira: |
|
«todo es según el color |
|
del cristal con que se mira». |
| |
|
| I |
|
¡Café! -Tal es la cuestión: |
|
¿Hizo Cabanís tan mal |
|
el decir que es la razón |
|
fruto de una digestión |
|
de la masa cerebral? |
|
Sin ir más lejos, marqués, |
|
¿cómo me podrás negar |
|
que el rico café que ves, |
|
o es cosa que piensa, o es |
|
materia que hace pensar? |
|
¡Gloria a ese vital licor, |
|
espíritu material, |
|
o, si os parece mejor, |
|
materia espiritual; |
|
incomprensible hacedor |
|
de una dicha artificial; |
|
secreto elaborador |
|
de un frenesí racional! |
|
¡Yo no extrañaré, pardiez, |
|
que su semilla al probar |
|
las aves alguna vez, |
|
en deliciosa embriaguez, |
|
hablen en vez de cantar! |
| |
|
¡Otra taza!, y ¡otra! -A fe |
|
que asegura con razón, |
|
no sé quién ni sé por qué, |
|
ni recuerdo en qué centón, |
|
que en cada grana el café |
|
lleva un sabio en embrión. |
|
Yo quiera ser sabio... ¿oís?, |
|
dadme sabiamente, pues, |
|
una taza y dos, y tres... |
|
¡Marqués!, ¡querido marqués! |
|
¿Tendrá razón Cabanís? |
| |
| II |
|
¡Café!, ¡y más café! -Ven, tú, |
|
a dar a mi sangre ardor, |
|
del sueño infalible «bu», |
|
maná que oxida el dolor, |
|
bálsamo a cuya virtud |
|
mi prematura vejez |
|
siempre recobra otra vez |
|
la alegría y la salud! |
| |
|
Admiraos y escuchad: |
|
por descubrir del café |
|
él sólo la propiedad, |
|
sin duda tan sabio fue |
|
él diablo en la antigüedad. |
|
¿Decís que no? Pues yo sé |
|
de un sapientísimo autor |
|
que dice y prueba que fue |
|
de Numa el legislador |
|
la ninfa Egeria, el café; |
|
y añade, poco después, |
|
que fue este noble licor |
|
de Sócrates, sabio autor, |
|
el genio, diablo o lo que es. |
|
De modo, caro marqués, |
|
que con este talismán |
|
han vuelto el mundo al revés, |
|
del uno al otro confín, |
|
Sócrates, Numa y Satán, |
|
y cuantos brujos, en fin, |
|
han sido, son y serán. |
|
Esto es lo cierto. Y si no, |
|
¿quién como el café marcó |
|
de la fortuna el vaivén, |
|
y a Napoleón arrastró |
|
hoy el mal, mañana al bien? |
|
¿Qué quién tal cosa creyó? |
|
Todos; y a más creo yo |
|
que ya feliz, ya infeliz, |
|
acaso una gota más |
|
le dio el triunfo de Austerlitz, |
|
y una de menos quizás |
|
le hizo huir en Waterlóo. |
|
Y aun pienso otra cosa, y es |
|
que obedeciendo, marqués. |
|
a la rara propiedad |
|
de un café de calidad, |
|
gaje de algún holandés, |
|
corriendo en la inmensidad |
|
Benito Espinosa, en pos |
|
de una infinita verdad, |
|
lanzó esta inmensa impiedad: |
|
-Dios es todo, y todo es Dios.- |
|
¿Tengo o no tengo razón? |
|
Pues antes de concluir, |
|
todavía vais a oír |
|
la más extraña opinión |
|
que muchas veces a herir |
|
viene mi imaginación, |
|
y es que llego a presumir |
|
si será el café ese ser |
|
que en una edad y otra edad |
|
siempre aspira a comprender |
|
la mísera humanidad. |
|
¿No es cierto, Padre Voltaire? |
|
Marqués de Auñón, ¿no es verdad? |
| |
| III |
|
¡Café!, ¡café!, y ¡más café! |
|
Ahitadme de ese elixir, |
|
pasto de almas, sin el cual |
|
fuera el humano existir |
|
casi un sueño vegetal, |
|
pues en eléctrico ardor, |
|
en el ser más baladí |
|
hace del afecto amor, |
|
y del amor frenesí... |
|
¡Ah! ¡Que caiga sobre ti |
|
del orbe la bendición, |
|
del alma sabroso pan, |
|
borrachera de ilusión, |
|
a cuya mágica acción |
|
es un Etna el corazón, |
|
es la cabeza un volcán! |
|
¿Y quién no honrará el poder, |
|
marqués de Auñón, de un licor |
|
que hasta hace alegre el dolor, |
|
que hace más vivo el placer, |
|
que da al brazo más vigor, |
|
a la mente inmensidad, |
|
a los ojos claridad, |
|
el corazón más amor, |
|
y alas a los mismos pies... |
|
tanto, que, como tú ves, |
|
no echo a volar por un tris?... |
|
¡Marqués! ¡Querido marqués! |
|
¿Tendrá razón Cabanís? |
| |
|
| I |
|
Hallé una historia, lector, |
|
en un viejo pergamino, |
|
donde prueba un sabio autor |
|
¡ay!, que el variar de destino |
|
sólo es variar de dolor. |
| |
| II |
| FLOR |
|
-Flor, primero, abandonada |
|
entre unas hierbas broté, |
|
envidiosa y no envidiada, |
|
sin ver sol me marchité, |
|
llorando y sin ser llorada. |
| |
| BRUTO |
|
-A bravo alazán subí, |
|
y de victoria en victoria, |
|
tras mil riesgos, conseguí |
|
para mi dueño la gloria |
|
y la muerte para mí. |
| |
| PÁJARO |
|
-Ave después, hasta el llanto |
|
Dios me condenó a expresar |
|
con las dulzuras del canto: |
|
canté, sí, mas canté tanto |
|
que al fin me mató el cantar. |
| |
| MUJER |
|
-Mujer, y hermosa, nací; |
|
amante, no tuve fe; |
|
esposa, burlada fui; |
|
lo que me amó aborrecí, |
|
y me burló lo que amé. |
| |
| SABIO |
|
-Hombre al fin, ciencia y verdad, |
|
buscando en lid malograda, |
|
fue, desde mi tierna edad, |
|
mi objeto la inmensidad |
|
y mi término la nada. |
| |
| DICTADOR |
|
-En mí, cuando César fui, |
|
su honor la gloria fundó. |
|
Siempre -vine, vi y vencí-; |
|
adopté un hijo ¡ay de mí! |
|
creció, le amé y me mató. |
| |
| HOMBRE |
|
-La escala transmigradora |
|
de mis cien formas y modos |
|
vuelvo ya a bajar, y ahora |
|
un hombre soy que, cual todos, |
|
vive, espera, sufre y llora. |
| |
| III |
|
Después de saber, lector, |
|
la historia del pergamino, |
|
¿qué importa ser hombre o flor, |
|
¡ay!, si el variar de destino |
|
sólo es variar de dolor? |
| |
|
|
A mi amigo don Tomás Rodríguez Ruiz |
| |
| I |
|
(Asunto, lo que es verdad. |
|
Gradas de curiosos llenas. |
|
Lugar de la acción, Atenas. |
|
Época, en la antigüedad.) |
|
(Gran pausa. -Escena primera. |
|
Como el que se duerme andando, |
|
sale «Heráclito» llorando, |
|
y dice de esta manera): |
|
¡Ay!, mi ciencia es bien menguada |
|
pues nada en el mundo sé; |
|
si sé que hay Dios, es porque |
|
«de nada no se hace nada». |
|
Respeto la autoridad, |
|
que es de los inicuos valla. |
|
-¡Falso!- (Grita la canalla.) |
|
(Los nobles dicen): -¡Verdad! |
|
«Heráclito»: -Yo imagino |
|
que es la autoridad de un rey |
|
poder que la humana ley |
|
saca del poder divino. |
|
No hay más dicha que el deber: |
|
todo aquel que hombre se llama |
|
dará por honra la fama |
|
y el poder por el saber. |
|
Dad, a los buenos, honores, |
|
y castigo a los demás... |
|
(Aquí le silban los más |
|
y le aplauden los mejores.) |
|
Nuestra vida debe ser |
|
por nuestras faltas llorar, |
|
meditar y meditar, |
|
creer y siempre creer. |
|
(Rumores. -Después quietud.) |
|
«Heráclito»: -En conclusión, |
|
la justa moderación |
|
da saber, paz y virtud. |
| |
| II |
|
(Gime «Heráclito», y a poco, |
|
sale «Demócrito» y mira, |
|
y al ver que el otro suspira, |
|
se echa a reír como un loco). |
|
(Segundo acto. -El pueblo está |
|
casi cortés, de callado). |
|
«Heráclito»: -¡Desgraciado! |
|
«Demócrito»: -¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! |
|
«Heráclito»: -Es duelo todo. |
|
«Demócrito»: -Todo es juego. |
|
«Heráclito»: -El alma es fuego. |
|
«Demócrito»: -El alma es lodo. |
|
(Calla «Heráclito» y murmura): |
|
-¡Todo en la vida es miseria! |
|
-(Y «Demócrito»:) -¡Es materia. |
|
todo en el mundo, y locura! |
|
Materia sin albedrío |
|
son Dios, el hombre y el bruto, |
|
el átomo es lo absoluto; |
|
lo único real el vacío. |
|
Filósofos, que en el mundo |
|
buscáis lo cierto, ¡apartad! |
|
Si existe, está la verdad |
|
dentro de un pozo profundo. |
|
Es del alma universal |
|
parte nuestra alma también. |
|
(Muchos, casi todos:) -¡Bien!- |
|
(Y pocos, muy pocos:) -¡Mal!- |
|
«Demócrito»: -Un torbellino |
|
de átomos en movimiento |
|
son Dios, la vida, el contento, |
|
la justicia y el destino. |
|
Cuanto existe en derredor, |
|
de lo que existía se hace; |
|
y hasta el nombre crece y nace |
|
cual nace y crece una flor. |
|
Y así, lo que ha de existir |
|
nacerá de la existente. |
|
¡Pueblo! Goza en lo presente, |
|
y olvida lo porvenir. |
|
(Risa. -Aplauso general.) |
|
«Demócrito»: -En conclusión: |
|
el alma es la sensación; |
|
el placer es la moral.- |
|
-Vivir, es creer y pensar, |
|
(dice «Heráclito» gimiendo.) |
|
(Y «Demócrito», riendo:) |
|
-Vivir!.., sentir y gozar. |
|
(Llanto y risa. -El cielo, en tanto |
|
sigue su curso imparcial |
|
pues hasta el fin, le es igual |
|
nuestra risa o nuestro llanto. |
|
Y uno y otro concluyendo, |
|
queda un bando y otro bando |
|
con «Heráclito» llorando, |
|
con «Demócrito» riendo. |
|
Y así, pensando en pensar |
|
si ha de llorar o reír, |
|
ve el hombre su vida huir |
|
entre reír y llorar). |
| |
| III |
|
(Ruido. -Dudas. -Desencanto. |
|
Sale en el acto tercero |
|
«Sócrates», cual dice Homero, |
|
riéndose bajo el llanto.) |
|
«Sócrates»: -Sin ton ni son |
|
riñe aquí un loco a otro loco; |
|
¿no veis que entre mucho y poco |
|
está la moderación? |
|
La fe del uno es menguada, |
|
grande es del otro la fe; |
|
yo sólo una cosa sé; |
|
y es que «sé que no sé nada». |
|
«Conócete», debe ser |
|
de nuestra ciencia el abismo; |
|
quien se conozca a sí mismo |
|
sabrá cuanto hay que saber. |
|
Para la ciencia, reacias |
|
las plebes... (El pueblo todo |
|
lo silba aquí de tal modo, |
|
que «Sócrates» dice): -¡Gracias! |
|
Siempre el pueblo soberano |
|
revela al hombre imparcial |
|
la presencia universal |
|
de un universo tirano. |
|
(Nueva silba. -Sensación.) |
|
«Sócrates»: -De mi alma rey, |
|
sólo obedezco a la ley |
|
que Dios puso en mi razón. |
|
(Ruge la chusma indignada.) |
|
«Sócrates»: -Y de tal modo, |
|
que el hombre es centro de todo, |
|
y todo ante el hombre es nada. |
|
Sólo hay un Dios... (Gran rumor |
|
entre la vil multitud.) |
|
«Sócrates»: -Dios de virtud, |
|
del bien y lo bello autor. |
|
A un Dios sólo, fe tributa |
|
un corazón como el mío... |
|
(Y el pueblo grita): -A ese impío, |
|
¡la cicuta!, ¡la cicuta! |
|
(Y mientras del pueblo el celo |
|
lo arrastra a tan mala suerte, |
|
«Sócrates» dice:) -¡La muerte!, |
|
¡última bondad del cielo!- |
|
(Y así, no alegando excusa, |
|
no salva esta vida ruin, |
|
que, cual la hiel, le da fin |
|
un vaso de Siracusa. |
|
¿Quién mejor su juicio emplea? |
|
¡El sabio o el pueblo, homicida! |
|
Si el sabio, ¡gloria a la vida! |
|
Si el pueblo, ¡maldita sea!) |
| |
| IV
|
|
(Acto cuarto. -Se alborota |
|
la plebe a «Diógenes» viendo |
|
taza y linterna trayendo, |
|
la alforja y la capa rota. |
|
Al empezar, iracundo |
|
«Diógenes» silba a los tres, |
|
como le silba después |
|
a «Diógenes» todo el mundo.) |
|
«Diógenes»: -Pruebo que es vana |
|
toda regla de razón, |
|
en este sueño en acción |
|
que llamamos vida humana, |
|
si a preguntaros me atrevo: |
|
¿de quién antes se origina, |
|
el huevo de la gallina, |
|
o la gallina del huevo? |
|
(Todos tres su menosprecio |
|
le hacen a «Diógenes» ver, |
|
y éste hace a los tres saber |
|
su desprecio hacia el desprecio.) |
|
«Diógenes»: -Nada hay formal; |
|
esta vida es una gresca |
|
tragi-cómica-burlesca |
|
jocoso-sentimental. |
|
No hay ninguna cosa cierta |
|
más, que son vuestras locuras |
|
escenas de criaturas |
|
junto, a una tumba entreabierta. |
|
El pensar, creer y sentir, |
|
no es sentir, creer ni pensar; |
|
eso se debe llamar |
|
nacer, crecer y morir. |
|
Si aplico aquí mi linterna, |
|
ni con un hombre tropiezo. |
|
¡La vida!, eterno bostezo, |
|
si no es una falta eterna. |
|
¡Mundo!, esfuerzos sin deber, |
|
virtudes sin religión, |
|
puntos de honor sin razón, |
|
y crímenes sin placer. |
|
(Los unos prorrumpen): -¡Fuera! |
|
(Los otros exclaman): -¡Bravo! |
|
(Y todos gritan al cabo, |
|
éstos): -¡Viva!- (aquéllos) -¡Muera! |
|
(Yo al ver a todos, me río, |
|
pues llorar no puedo ya. |
|
¿Dónde el depósito está |
|
de las lágrimas, Dios mío?) |
| |
| V |
|
(El pueblo a la conclusión |
|
muestra, al partir tristemente, |
|
aire de duda en la frente, |
|
y angustia en el corazón.) |
|
(Dice éste al irse): -¡A pensar! |
|
(Y aquél murmura): -¡A sentir! |
|
(Uno): -¡A reír! ¡A reír! |
|
(Y otro): -¡A llorar! ¡A llorar! |
|
(Resumen): -¿Qué es el vivir? |
|
-«Sentir», uno. Otro: -«Creer». |
|
Este: -«Creer y saber». |
|
Y aquél: -«Ni creer ni sentir». |
|
¿Qué es el mundo? -Lo que vemos-. |
|
¿Y el saber? -Lo que se ignora. |
|
Y ¿qué es Dios? -Lo que se adora-. |
|
¿Y virtud? -Lo que queremos. |
|
Y aunque más el pueblo alcanza |
|
con su «virtud-armonía», |
|
con su «fe-sabiduría», |
|
y con su «Dios-esperanza», |
|
los sabios al escuchar, |
|
ignora el pueblo qué hacer, |
|
si ha de dudar o creer |
|
si ha de reír o llorar). |
| |
|
|
De Yuste en el santuario, |
|
Carlos Quinto, emperador, |
|
valientemente el calvario |
|
subiendo de su dolor, |
|
ver su entierro determina |
|
cual resuelto capitán, |
|
doblado como la encina |
|
rota por el huracán. |
|
Ya en el ataúd metido |
|
como en lecho sepulcral, |
|
cayó cual león herido que lleva |
|
el dardo mortal. |
|
Y al tiempo en que se cayo, |
|
mirándole de hito en hito, |
|
una vieja murmuró: |
|
-¡Qué feo y qué viejecito!- |
|
Y cuando la multitud |
|
cree que el grande Emperador |
|
está más que en su ataúd, |
|
sepultado en su dolor, |
|
él, frunciendo el entrecejo |
|
y fijo en tan vana idea, |
|
dice: -¿Qué soy feo y viejo? |
|
Ella sí que es vieja y fea!- |
|
¿Qué le importará al cuitado |
|
más bello o más joven ser, |
|
si esas cosas ya han pasado |
|
para nunca más volver? |
|
Del «Dies irae» el rumor |
|
ya consternaba el ambiente, |
|
y aun dice el Emperador; |
|
-¡Habrá vieja impertinente! |
|
Mientras el canto bosqueja |
|
todo el horror de aquel día, |
|
al Rey la voz de la vieja |
|
el corazón le roía. |
|
Y es cosa particular |
|
no pueda un varón tan fuerte |
|
una burla despreciar, |
|
¡él, que desprecia la muerte! |
|
Don Carlos siente iracundo |
|
el corazón hecho trizas, |
|
y el canto prosigue: -¡El mundo |
|
se convertirá en cenizas!- |
|
La vieja, del funeral |
|
oye entretanto el solfeo, |
|
como diciendo: -Sí tal, |
|
muy viejecito y muy feo.- |
|
Y airado Su Majestad |
|
sigue: -¡Bruja del infierno!- |
|
Y el canto: -¡Por tu bondad |
|
líbreme del fuego eterno! |
|
Calla el coro; alza el semblante |
|
pálido el Emperador, |
|
surgiendo allí semejante |
|
a la estatua del dolor; |
|
y cuando el monje imperial |
|
vuelve a su celda apartada, |
|
mostrando algo de fatal |
|
en su frente devastada, |
|
por todo su ser refleja |
|
santa humildad, puro amor, |
|
tan sólo miró a la vieja |
|
con humos de emperador... |
| |
|
|
Carlos Quinto, el esforzado, |
|
se encuentra asaz divertido, |
|
de cien relojes rodeado, |
|
cuando va, en Yuste olvidado, |
|
hacia el reino del olvido. |
|
Los ve delante y detrás |
|
con ojos de encanto llenos, |
|
y los hace ir a compás, |
|
ni minuto más ni menos, |
|
ni instante menos ni más. |
|
Si un reloj se adelantaba, |
|
el imperial relojero |
|
con avidez lo paraba, |
|
y al retrasarlo exclamaba: |
|
-Más despacio, ¡majadero!- |
|
Si otro se atrasa un instante, |
|
va, lo coge, lo revisa, |
|
y aligerando el volante, |
|
grita: -¡Adelante, adelante, |
|
majadero, más aprisa!- |
|
Y entrando un día, -¿Qué tal?- |
|
le preguntó el confesor. |
|
Y el relojero imperial |
|
dijo: -Yo ando bien, señor, |
|
pero mis relojes, mal. |
|
-Recibid mi parabién-, |
|
siguió el noble confidente; |
|
-mas yo creo que también, |
|
si ellos andan malamente, |
|
vos, señor, no andáis muy bien. |
|
¿No fuera una ocupación |
|
más digna, unir con paciencia |
|
otros relojes, que son, |
|
el primero el corazón, |
|
y el segundo la conciencia. |
|
Dudó el Rey cortos momentos, |
|
mas pudo al fin responder: |
|
-¡Sí! más o menos sangrientos, |
|
sólo son remordimientos |
|
todas mis dichas de ayer. |
|
Yo, que agoto la paciencia |
|
en tan necia ocupación, |
|
nunca pensé en mi existencia |
|
en poner el corazón |
|
de acuerdo con la conciencia-. |
|
Y cuando esto profería, |
|
con su «tictac» lastimero, |
|
cada reloj que allí había |
|
parece que le decía: |
|
-¡Majadero!, ¡Majadero! |
|
-¡Necio!, -prosiguió; -al deber |
|
debí unir mi sentimiento, |
|
después, si no antes, de ver |
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que es una carga el poder, |
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la gloria un remordimiento-. |
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Y los relojes sin duelo |
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tirando de diez en diez, |
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tuvo por fin el consuelo |
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de ponerlos contra el suelo |
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de acuerdo una sola vez: |
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Y añadió: -Tenéis razón: |
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empleando mi paciencia |
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en más santa ocupación, |
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desde hoy pondré el corazón |
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de acuerdo con la conciencia. |