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Florencio Sánchez

El autor: Apunte biográfico

Florencio Sánchez nace el 17 de enero de 1875 en Montevideo, hijo de Olegario Sánchez y Jovita Musante. Es el primogénito de trece hermanos, aunque un varón, Elbio, murió a los quince meses (I. Rosso 1988: 107)[1]. Por razones económicas los padres se trasladan, a los 25 días del nacimiento de Florencio, a Treinta y Tres donde reciben el apoyo de sus respectivas familias, sobre todo del hermano paterno, Teófilo Sánchez, hacendado de tendencia blanca. Allí el niño vive hasta los siete años y llega a conocer las costumbres de la vida rural. En 1882 la familia se muda nuevamente, esta vez a Minas (departamento de Lavalleja), donde Florencio recibe «la única enseñanza metódica» según el crítico J. Cruz (1966: 24). En 1890, gracias a otro tío paterno, José Antonio, el quinceañero consigue el puesto de escribiente en la Junta Económico-Administrativa de Minas y, entre julio de 1891 y enero de 1892, colabora como periodista en el diario local La Voz del Pueblo, donde firma sus notas con un pseudónimo en honor a «Jack the Ripper»; en concreto sus artículos de 1891 llevan la firma «Jack (sin destripador)» (n.º 153-156, 159), «El mismo Jack» (n.º 158) y «Jack» (n.º 162, 164, 165, 167 y 209, enero de 1892)[2]. La mayoría de los artículos del joven Sánchez se titulan «¡Crrik... crrik!» y ridiculizan a los miembros de la Junta Económico-Administrativa minuense que lo emplea y a las instituciones públicas. Pero también se editan en La Voz del Pueblo algunos relatos y su primer «drama» Los soplados.

En marzo de 1892, el autor es despedido por la Junta, seguramente al descubrirse la identidad del verdadero «destripador». Pero antes, Florencio aún tuvo tiempo para publicar el prólogo y un acto del mencionado «drama jocoso-serio-mímico-cómico-burlesco Los soplados» («Los despedidos») del que no llegó a publicar el anunciado Epílogo. Demuestra ya en este trabajo primerizo su capacidad de crear diálogos rápidos y vivaces, llenos de ironía contra un tal «Don Pedro el Cruel» que despide a un empleado inocente en vez de al fraudulento «Zorro»[3]. A pesar de tratarse de una ciudad de provincia, existía bastante vida cultural fomentada por grupos de aficionados al teatro, animados por algunas representaciones de compañías itinerantes (italianas y españolas). El propio Sánchez actuó en 1891 con uno de esos grupos como Agapito en Marcela o ¿Cuál de los tres? de Bretón de los Herreros. La reseña en La Voz del Pueblo fue muy elogiosa con el «papel más afeminado, más almibarado» del joven Sánchez (A. Detoca 2004: 24-25).

A mediados de 1892, el autor se traslada a Argentina y consigue un trabajo como supernumerario en la Oficina de Estadística y Antropometría de la recién fundada capital de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, trabajo que incluía tomar las huellas digitales a los delincuentes, con lo que le brinda la oportunidad de conocer el hampa urbano, sus tipos y su jerga, conocimiento que aprovechará más tarde en sus obras dramáticas sobre la miseria urbana. Antonio Masoni de Lis, compatriota que trabajaba en la misma oficina, le apoya en sus intentos literarios y a él va dirigido el texto, especie de artículo de costumbres humorístico, «Un regalo... al natural». En éste un cura glotón y rijoso se queja de las premuras de su oficio; el texto iba acompañado de una carta a Masoni en la que su autor desvelaba su desprecio por el clero al que deseaba ver «caído, [revolcándose] impotente, furioso, entre sus babas, en el lodazal inmundo de sus vicios!» (1968: I, 142).

La crisis económica por la que atraviesa el país obliga a cerrar la Oficina de Estadística en enero de 1894 y Sánchez debe volver a Montevideo, donde, gracias a la recomendación del tío paterno Teófilo, el autor entra en la redacción de El Siglo y, poco después, en la de La Razón. Sus contemporáneos lo describen (y lo dibujan, como Sachetti) como un joven alto, desgarbado y encorvado, de rostro aindiado, cabello renegrido y lacio, el labio inferior grueso y caído y la mirada somnolienta (R. F. Giusti). Escribe crónicas policiales, reportajes y breves cuentos para ambos periódicos, firmados, esta vez, con el pseudónimo «Ovidio Paredes». Transforma la crónica habitual mediante la introducción de diálogos entre los personajes, que constituyen escenas dramáticas en embrión. También hace traducciones del francés y del italiano, pero su tiempo libre lo pasa asistiendo a reuniones y tertulias bohemias en cafés como el «Polo Bamba», primer café literario de Montevideo, donde se mezclaban en «promiscuidad fraterna marxistas, anarquistas, nietzscheanos, estetas» (A. Zum Felde 1941: 218). Florencio acude, además, al cenáculo «La Torre de los Panoramas», así bautizado irónicamente por reunirse sus miembros en la buhardilla del poeta Herrera y Reissig. Sánchez pertenece al nuevo «tipo del intelectual de café», característico de la «Generación del Novecientos», que agrupa escritores sin formación académica.

A finales de 1896 estalla la «revolución» -hecho bastante frecuente en el Uruguay de entonces- del caudillo «blanco» Aparicio Saravia contra el gobierno «colorado» de Juan Idiarte Borda y, a principios de 1897, Sánchez se une al batallón «Patria» en apoyo de Saravia; interviene directamente en las batallas de Arbolito y de Cerros Blancos (marzo y mayo de 1897). En esta época edita un periódico de campaña, El Combate, donde critica tanto al gobierno (colorado) como a su superior inmediato, el Coronel Mena (blanco). Queda constancia de su desencanto con el bipartidismo tradicional «colorado-blanco» en tres cartas tituladas Cartas de un flojo, dirigidas a  Antonio Bachini, redactor de El País (Buenos Aires), donde se publicaron el 24 de setiembre, el 8 y 16 de octubre de 1900. Llama «flojo» al hombre que se opone al culto del caudillismo. En la primera carta, «¡Orientales y basta!», arremete contra los bravucones de las revueltas y sus «patrióticas pedanterías» (1968: I, 178). En la segunda, «No creo en Ustedes», el «flojo», influido por el debate positivista de la época, esboza la «herencia» (india y española) y los rasgos del uruguayo tradicional:

Nacido de chulo y de charrúa, nos queda de la india madre un resto de sus rebeldías indómitas, su braveza, su instinto guerrero, su tenacidad y su resistencia, y del chulo que la fecundó la afición al fandango, los desplantes atrevidos, las dobleces, la fanfarronería, la verbosidad comadrera...

(id.: 179-180)

La tercera carta, «Ídolos gauchos», traza una semblanza del caudillo Saravia, más tarde superada por la del «bárbaro» brasileño «Joao Francisco» (en realidad Francisco Pereyra de Souza) al que Sánchez conoció  tras la derrota de 1897 y su huida a Santa Anna do Livramento. La nota sobre este personaje fue publicada en 1903 en los Archivos de Psiquiatría y Criminología (Buenos Aires), dirigidos por el conocido médico y criminalista José Ingenieros, bajo el título «El caudillaje criminal en Sudamérica» (id.: 186-204). Sin duda el escritor exagera la incultura y el salvajismo del personaje tal como lo hiciera Sarmiento, casi sesenta años antes, en su ensayo Facundo. Civilización y barbarie («atraso, incultura, salvajismos, bárbaro sanguinario» contra «progreso», id.: 186-187). En algún momento describe cómo son sacados trescientos prisioneros «uno por uno, a lazo, para desjarretarlos y degollarlos como reses» y cómo se entretiene «la milicada en desollar los cadáveres para trenzar con piel humana maneas y presillas del apero» (id.: 197).

El autor ya no participa en la siguiente «revolución» en 1904; por el contrario, vuelve a su labor periodística en Montevideo, colaborando con La Razón y El Nacional (dirigido entonces por Eduardo Acevedo Díaz, autor de Ismael). Además, frecuenta el Centro Internacional de Estudios Sociales, de tendencia anarquista, donde leyó sus «Cartas de un flojo». Participa activamente en las discusiones y él mismo pronuncia conferencias en el Centro. Sus lecturas principales en aquel entonces son los escritos de Bakunin, Kropotkin, Reclus y, tal vez, Gori y Malatesta. Otra actividad del centro eran las representaciones teatrales (en castellano y en italiano); el propio Sánchez escribe dos obras dramáticas en un acto, ¡Ladrones! (más tarde Canillita) y Puertas adentro, que fueron representadas por un grupo del Centro en 1897. Aunque la segunda, en opinión del propio autor, no merecía contar entre sus mejores obras, se ocupa ya de un tema importante: la denuncia de la clase acomodada. Dos sirvientas, Luisa y Pepa, claramente de tendencia libertaria y anarco-sindicalista, ya que tararean el «Himno de Riego» e «Hijos del Pueblo», critican en sus diálogos y monólogos la hipocresía de sus respectivos patrono y patrona que juegan «a las cambiaditas», es decir, mantienen relaciones adúlteras que ellas deciden denunciar mediante el envío de las cartas secretas a los esposos engañados, reivindicando el acto como «revolucionario» y «un castigo a la elástica moral de esas gentes bien» (id.: I, 226).

El crítico W. Lockhart (1985) descubrió otra breve etapa en la vida del autor en Mercedes, donde éste ejerció durante tres meses (junio a septiembre de 1898) como director y redactor de El Teléfono, periódico que defendía al Partido Nacional. La mayoría de sus notas, firmadas con los pseudónimos «Ovidio Paredes», «Miss Elliot», «Mochito» y «Bruno Pajares», giran entorno al teatro y el novísimo arte, el cine. En su renuncia a la dirección del periódico, Florencio aduce razones de salud, aunque en realidad parecen haber sido los problemas con determinado público del teatro Politeama, al que él había llamado «guaranguero»; a ello se podría añadir su escaso fervor «patriótico» como sugiere Lockhart (1985: 82).

Comienza una nueva época en la vida del autor a finales del 98, cuando el conocido político Lisandro de la Torre, director del periódico La República, le encarga de la secretaría de redacción del mismo en Rosario (Argentina). El bohemio y anarquista Sánchez va a vivir durante algún tiempo en Buenos Aires, de donde vuelve por unos meses a Montevideo para reaparecer en Rosario en 1902, cuando La República ya había cambiado de dueño. El nuevo propietario, un alemán enriquecido, Emilio Schiffner, le encarga -en vez de la acostumbrada columna policial- una campaña contra un rival, el dueño del diario El Municipio. Pero los intereses del nuevo patrón y del joven director del diario son frontalmente opuestos y la relación termina con un despido fulminante del último. Éste funda entonces con otros compañeros el diario La Época y escribe un sainete, La gente honesta, cuyo estreno en Rosario fue intervenido por Schiffner al enterarse a tiempo del papel que el gringo Chifle («cuerno»), es decir, su alter ego, jugaba en la obrita. Sin embargo, Sánchez obtuvo su venganza al publicar el texto en una edición especial de La Época (26-6-1902), entregada por los «canillitas» a los frustrados espectadores. El sainete no se estrenará hasta 1907 bajo el título Los curdas («borrachos»)[4], en el Teatro Apolo de Buenos Aires. Un último éxito en Rosario le depara la compañía española de Enrique Llovet al representar su obra primeriza ¡Ladrones!, en versión ampliada y bajo el título Canillita.

Después del trajín rosarino, Sánchez descansa en el campo durante un mes con su amigo Alejandro Maíz, ambiente que le inspira su primera gran obra, M'hijo el dotor y que también le proporciona el título para otro de los tres dramas rurales, La gringa, puesto que bajo este nombre se conocía a la hija de Maíz. A fines de 1902 Sánchez vuelve a Buenos Aires, donde retoma su estilo de vida de estancias anteriores. Frecuenta uno de los más famosos cafés de aquel entonces, el «Café Brasil Santos Dumont», pronto convertido en «Los Inmortales»; otro lugar al que acude es la cervecería «Aue's Keller». De esta vida bohemia J. Cruz nos ofrece un excelente esbozo en su libro Genio y figura de Florencio Sánchez (1966: 35):

Buenos Aires era el centro indiscutido del Río de la Plata, el más parecido a las ciudades de Europa y el ámbito ideal para los hábitos y los anhelos del dramaturgo. Lejos de su familia y aún soltero, Sánchez vivía prácticamente en la calle... Joaquín de Vedia, Roberto J. Payró, Luis Doello Jurado, Evaristo Carriego, Alberto Ghiraldo, Carlos de Soussens, Diego Fernández Espiro y tantos otros, eran los personajes, con mayores y menores títulos, de aquella bohème bonaerense. El Aue's Keller o Los Inmortales eran algunos de los cafés que aquellos muchachos convertían en alegres palestras.

[1] Todos los autores y títulos mencionados en esta biografía constan en la bibliografía crítica sobre Sánchez. En cuanto a éste, se han utilizado sus Obras completas, 3 vols., editadas por Jorge Lafforgue, Buenos Aires, Ed. Schapire, 1968.

[2] Posteriormente, en Buenos Aires, sigue usando el pseudónimo «Jack the Ripper» para sus colaboraciones de 1900 y 1901 en El Sol y Caras y Caretas, alternándolo con el de «Luciano Stein».

[3] Posiblemente el pretexto dado por don Pedro para echar a don José es una alusión al mismo hecho sufrido por el autor: «Yo voy a soplarlo porque usted se ha ausentado del Departamento haciendo olvido de su puesto» (1968: I, 89-90).

[4] Según algunos críticos como J. Imbert (1954) e I. Rosso (1988: 65 ss.), ya hacia 1899, Sánchez escribió una obrita teatral, Los curdas, rechazada por el empresario del teatro Apolo en Buenos Aires. A raíz del enfrentamiento con Schiffner, en 1902, Sánchez saca el texto del cajón y lo adapta a la nueva situación y cambia el título en La gente honesta. Hacia 1907, al vender la obra a José Podestá, ésta recobra su título original.

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