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Luisa Valenzuela

Biografía dialogada de Luisa Valenzuela

Por Gwendolyn Díaz Ridgeway (St. Mary's University-San Antonio, Texas) y Luisa Valenzuela

Luisa Valenzuela de niña Gwendolyn Díaz Ridgeway: Me imagino que habrás sido una niña curiosa y dispuesta a la aventura. Aún ahora lo sos, viajando a los lugares más remotos del planeta como también a los bajos fondos de las diversas ciudades en las que viviste.

Naciste al mundo terrenal en la vibrante ciudad del Buenos Aires de la entreguerra en noviembre del 1937, pero tu nacimiento generó otro mundo, el mundo imaginario de tu ficción, en la que corregiste, transformaste y aumentaste la realidad cotidiana a partir de tu segundo nacimiento, tu iniciación a la ficción con la publicación de Hay que sonreír. Allí se recrea tu biografía literaria por una confusión editorial que fija tu nacimiento en 1938. Así, la Luisa de carne y hueso y la Luisa de los libros se unen bajo una misma estrella.

Luisa Valenzuela: Hasta el día de hoy la curiosidad y el afán de aventura no me abandonan. Y quizá en el rubro aventura, o mejor dicho azar al que siempre estoy atenta, podemos anotar el tema de mi año de mi nacimiento. Cuando por fin me iban a publicar mi primer libro, la novela Hay que sonreír, el director de la editorial AmericaLee me preguntó la edad. Veintiocho años, le dije, y calcularon mal porque cumpliría veintinueve el 26 de noviembre. Así, el año anotado en la contratapa (errada por poco más de un mes) se reprodujo en las entrevistas y me pareció divertido sostener ese «minimini» rejuvenecimiento. La literatura se cuela, tenés razón. Mi madre, escritora, solía decir que no podía confiar en las mujeres que confiesan su edad…

A Hay que sonreír (Clara, cuerpo y cabeza en un principio), la venía arrastrando de lejos. La escribí en París en el 60 mientras mi hija Anna Lisa, de un añito, dormía la siesta.

Luisa Valenzuela con 21 años y su hija Ana LisaMe aceptaron la novela en la editorial Albin Michel; Mame Pasquier se llamaba la editora, pero yo la retiré para pulirla. Y al tiempo volví a Buenos Aires y nunca más me animé a releerla. Pensé que carecía de sentido del humor, cosa para mí inadmisible; hasta que por fin la retomé seis años después y me reí de lo arquetípico de la historia. Lo que me sorprendió fue que las añoranzas de Buenos Aires durante mi período francés se centraran en los bajos fondos de la ciudad, que yo había frecuentado apenas como una observadora bastante arriesgada.

A lo largo de mi vida, literaria por cierto, entendí que para mí los bajos fondos de las ciudades eran reflejo de la zona oscura del alma humana. De ahí, cuando Fondo de Cultura Económica me pidió tres novelas para una edición conjunta, elegí Hay que sonreír, Como en la guerra y Novela negra con argentinos, completando así una Trilogía de los Bajos Fondos que transcurrían en Buenos Aires, Barcelona y Nueva York respectivamente.

Luisa Valenzuela de jovenG. D.: En Como en la guerra vos contás el nacimiento de un personaje que pareciera aludir al tuyo: «Nació como nacemos todos, protestando por su/nuestra puta suerte... De muy chica le abrieron la cabeza para ver qué había dentro y presumiblemente no encontraron nada porque la largaron con un agujero detrás de una oreja sin siquiera temer que se le escapara el alma o alguna insospechada idea o lo que putas pudiera haber dentro de una cabeza».

L. V.: Mi literatura no es para nada autobiográfica, excepto raras excepciones. Pero hay una suerte de autocleptomancia que se cuela mientras voy pergeñando la trama. Porque escribo sin mapas, sumida en la imaginación, sin metas fijadas de antemano, y a veces para avanzar me robo trocitos de mi otra vida, la llamada real. Escribir ficción para mí es siempre una búsqueda, un desafío… En Guerra, escrita en Barcelona, me robé mi experiencia de bebé, porque a causa de infecciones no sólo perdí el oído izquierdo, más adelante sufrí de mastoiditis que requiere una trepanación.

Luisa Valenzuela con su madre la escritora Luisa Mercedes LevinsonA veces son robos y a veces son breves regalos o transferencias que les hago a algunos personajes con los que no siempre me identifico. Por ejemplo al horrible Brujo de Cola de lagartija le pasé mi extraña experiencia de los dos años en una estancia en la provincia de Corrientes, cuando me senté sobre un gran hormiguero. Un tacurú, que son como montículos de tierra. Las hormigas me cubrieron pero ninguna me picó, milagro que la leyenda familiar narró a menudo pero que hizo que mi padre no me llevara nunca más a su tierra. Sólo volví como treinta años después, cuando se lanzó la Revista de La Nación y me ofrecieron ir a hacer una nota al lugar que yo eligiera. Y años después fui a hacer una nota en el corazón de los esteros del Iberá, y ambas experiencias se conjugaron para armar los cimientos de la novela.

G. D.: Tuviste una niñez privilegiada, creciendo entre escritores e intelectuales que tu madre, la escritora Luisa Mercedes Levinson, reunía en su casa. Era una mujer carismática y admirable y tal vez por eso tu relación con ella no fue fácil. Recuerdo haberte preguntado una vez por qué no habías escrito nada sobre la relación de madre e hija. Poco después salió tu incisivo cuento «Cuchillo y madre», donde contás un poco esa época de tu vida y la relación con aquella madre imponente cuando decís: «Tres son los protagonistas de esta historia: la hija, el cuchillo y la madre... Se empieza siempre por cercenar. Después hay toda una vida para ir averiguando qué».

L. V.: Y sí, «Cuchillo y madre» ahí me pescaste. Resultó un cuento autobiográfico, si bien los retazos de mi vida y sus insights se fueron concatenando a lo largo de décadas y por fin pude unirlos como en un collar hasta brindarme esa especie de satori final. Una revelación, porque si bien la mía no fue una madre nada fácil, tenía un estilo fascinante y yo admiraba mucho su literatura. Tengo varios textos al respecto...

Luisa Valenzuela en la redacción de «La Nación»Por otra parte tuve una infancia privilegiada y también llena de emociones. De absoluta libertad. Mis padres estaban separados y Lisa, mi madre, se pasaba el día en la cama escribiendo y yo, dentro de límites lógicos, hacía mi vida. Desde chica fui una lectora voraz, y bajo la influencia de Jack London y sobre todo de Salgari, me inventaba mini aventuras alrededor de la manzana y por los techos vecinos. No por eso dejaba de admirar a los escritores que se juntaban en casa. Eran encuentros muy animados, con ardientes discusiones sobre escritura: ¿qué preferimos, el arte por el arte o el arte dirigido?; o bien: ¿vender cien libros hoy, diez en diez años, uno en cien años? (una modestia metafórica). Fácil adivinar la respuesta de esos intelectuales acérrimos entre los que se encontraban Borges, Sábato, Arturo Cuadrado, Clemente Cimorra, varios exiliados más de la República Española, grandes poetas como Amelia Biagioni. Pero yo quería para mí una vida distinta, más activa, emocionante: oscilaba entre ser exploradora, piloto de aviación, físico-matemática o pintora. Nada de eso se dio, y se me dio todo eso: con el periodismo descubrí que podía meterme en cualquier mundo que me interesara, con la literatura descubrí que esos mundos que me interesaban podía crearlos yo misma.

Al respecto siempre dije que la risa fue culpable de que yo me internara por los andurriales de la ficción. La risa de mi madre y Borges, Lisa y Georgie en aquel entonces, que encerrados en el comedor de casa escribían un cuento en colaboración y se reían a mares de los dislates que se les iban ocurriendo. «La hermana de Eloísa» no resultó una obra maestra, pero se divirtieron en grande. Y yo también, porque me tocó el rol de niña sensata cuando Borges con toda ironía me consultaba sobre alguna imagen excesiva que se les había ocurrido.

Luisa Valenzuela con Jorge Luis Borges en la inauguración de «La librería» de Nueva YorkConviene acá tener en cuenta que Borges, a quien seguí viendo a lo largo de mi vida siempre fue un enorme talento, pero la fama le llegó mucho más tarde. En esos años (la primera edición de «La hermana de Eloísa» que incluye otros cuentos de ambos es de 1955) Borges era para todos Georgie, «un escritor para escritores», y pensaban que sólo ese selecto grupo lo apreciaba.

Fue así como sin querer entré de cabeza en la escritura. Por falta de talento pictórico, por pereza, por revelación.

G. D.: Volviendo alma de aventurera y tu deseo de viajar por el mundo, el azar jugó a tu favor, lograste vivir aventuras y esas aventuras se plasman en una obra de más de treinta libros. Comenzaste a escribir ficción con un cuento de Los heréticos, ¿no? «Ciudad ajena», donde leemos: «En el preciso instante en que se diluían las horas llegamos a Copahue, el valle de los volcanes con chorros de agua hirviendo que surgen del fondo de la tierra para que la montaña se convierta en el infierno. Llegamos al olor a azufre y a las nieves eternas».

L. V.: Ese cuento fue mi camino de Damasco, para decirlo de alguna manera. Diecisiete años tendría cuando, con la imprescindible arrogancia, decidí que era fácil escribir un cuento fantástico. Y lo iba a demostrar. Y sin querer entendí eso de las asociaciones ilícitas, o al menos inesperadas, y me volvió una frase que mi abuela citaba de mi abuelo a quien no llegué a conocer: «Esta sopa está como para resucitar a los muertos» y la asocié con Copahue, región que me había deslumbrado a los trece años. Se ve que los infiernos siempre me atrajeron. El cuento que en un principio se llamó «Ese canto» fue bastante más adelante publicado por Juan Goyanarte en su espléndida revista libro literaria Ficción, que dialogaba con Sur de Victoria Ocampo.

Importante me resultó Goyanarte, gran novelista, extraordinario ser humano que creyó en mí y me encomendó, a mi joven edad y mientras residía en París, la traducción de un libro de Guy des Cars. No fue su mejor idea: al autor que tanto éxito había tenido en Buenos Aires con La impura le pesqué la vuelta, y a sus floridas metáforas que traducida verbatim resultaban pura poesía, me encargué con toda mala fe de encontrarles su equivalente en castellano. Nunca más me encomendaron una traducción del francés… menos mal, siempre preferí ganarme la vida por otros caminos. El periodismo sobre todo, pero hasta hube de incurrir en la enseñanza universitaria, sin la menor vocación pero con gran entusiasmo.

G. D.: Tu primera novela, Hay que sonreír, tiene lugar en Buenos Aires; sin embargo la escribiste en París y te inspiraste en las prostitutas del Bois de Boulogne. Ya, desde los cincuentas, y un poco antes del auge del movimiento feminista de los sesenta, esgrimiste la pluma en defensa de la mujer abatida por el patriarcado.

L. V.: Es cierto, pero no fue algo programado. Es un impulso más del corazón que de la mente. Visceral. Se puede decir que nací feminista. Nunca entendí la opresión y el ninguneo de parte de los hombres. Por eso me separé de Théo Marjak, que a todas luces era un marido ejemplar. Salvo que no quería que yo trabajara, y reclamaba que fuera buena cocinera, entre otras represiones muy menores si las comparo pero me resultaban inadmisibles; nunca entendí ese desreconocimiento del otro. ¡De la otra, para colmo! Y mi escritura, sin que me lo propusiera, circuló por esos caminos, hasta culminar en El Mañana que además de ser mi ars poetica en cuanto a esa sustancia llamada lenguaje, es un canto a la libertad de la mujer. Las mujeres.

Paradójicamente, y hasta ahora ante la extraordinaria efervescencia de las jóvenes que luchan por su lugar en el mundo, me resistí a que me catalogaran de escritora feminista. No me gustan las etiquetas, no quiero ceñirme a un dogma. Lo que no significa que toda la vida no haya puesto el cuerpo en esa convicción. Así me fue en materia amorosa… No creo arrepentirme, lo pasé muy bien en general y sobre todo escribí mucho, a pesar de la caterva cuadernos y papeles que oficiaban de diarios eclécticos donde la mitad del tiempo me estoy quejando por no poder escribir. ¡Qué sería de mi biblioteca de haber escrito todo lo que pretendía! Pero por fin ahora entiendo el sentido y el peso de la escritura, para mí, y lo estoy trabajando en algo que por ahora se titula Circo de tres pistas. Escribir, comprendo, es para mí la única forma de sentirme conectada con esto que llamamos realidad (la misma que Nabokov sugirió escribir siempre entre comillas, idea que ahora me provoca escalofríos por esto de la posverdad y demás).

G. D.: Fue en Iowa donde tu carrera como escritora tomó un nuevo giro. Tal vez se podría decir que encontraste una nueva voz. Me refiero a tu experiencia en el Writing Program de Iowa y la génesis de El gato eficaz, de 1972. En esa fecha yo empezaba mis estudios en Letras en la Universidad de Texas y cuando cae a mis manos el Gato, me doy cuenta de que el famoso boom de literatura latinoamericana se extendía a las escritoras, quienes aunque menos mencionadas, no pero eso eran menos revolucionarias. El Gato es único en la historia de la novela latinoamericana.

Luisa Valenzuela en el Taller Internacional de Escritores de IowaL. V.: Iowa. ¡Qué experiencia! Entre magnífica y aterradora. Porque fui en el 69/70, la segunda vez que se armaba ese Taller Internacional de Escritores. Nueve meses tapados por la nieve en un conventillo de escritores y escritoras variopintas. Pero qué fantástico grupo latinoamericano me tocó en suerte. Yo que siempre amé a nuestra América, allí me sentí que pertenecía en cuerpo y alma a esa mistura. En Iowa hubo amores y neuras y amistades fervientes, y discrepancias sobre todo literarias. De las neuras y los miedos a la muerte, que yo creía ajenos, empezó a aflorar como manantial este texto para mí sorprendente y euforizante, si se me permite el término. Y la marihuana, claro está, que no podía faltar en un estado seco (no el nuestro, el Estado de Iowa). Ese era el tiempo y lugar y los 20 grados centígrados bajo cero a mediodía cuando forzaba a Nicolás Suescún y a Juan Sánchez Peláez a caminar hasta el centro. El latinoamericano fue un grupo de élite: Carmen Naranjo, Antonieta Madrid, Carlos Germán Belli que se nos coló desde otra beca, Néstor Sánchez con su genio en todos los sentidos de la palabra; Fernando del Paso y Socorro su mujer eran nuestros cables a tierra. Y había europeos, y chinos (por Hua-Ling la compañera de Paul Engle, alma y gestor del programa). Y una mañana al despertar los gatos de la muerte se apersonaron y colmaron mis horas y yo me largué a escribir para arriba y para abajo, es decir hasta en los ascensores.

Abro acá un paréntesis para recordar a Gustavo Sáinz con todo cariño y agradecimiento. Al conocerlo en México, Gustavo me presentó al entrañable Joaquín Díaz Canedo, director y dueño de la editorial Joaquín Mortiz, quien por primera vez en mi vida me contrató una novela a medio escribir.

G. D.: Si hay algo que caracteriza la totalidad de tu extensa obra, yo diría que es un constante cuestionamiento de lo establecido. A veces se da desde el humor, como en Realidad Nacional desde la cama y los «Cuentos de Hades» de Simetrías, o en cuentos como «Pantera ocular» del libro Donde viven las águilas, otras desde lo lúdico, como en Novela negra con argentinos, y, otras, desde la denuncia, como en los cuentos de Cambio de armas y la novela Cola de lagartija. Te gusta dar vuelta las cosas para verlas desde otro lado. ¿Esto tendría su raíz, tal vez, en tu acercamiento a la Patafísica?

Luisa Valenzuela con un grupo de colegasL. V.: ¿Podría decirse que muchos son ejercicios de pensamiento lateral? La Patafísica es para mí historia antigua aunque siempre vigente. Fue regresar a Baires después mi larga permanencia en Normandía y París, donde escribí la primera novela y muchos cuentos de Los Heréticos y entender todo desde otro lugar. Un lugar muy francés, por cierto. Porque en 1962 conocí a Álvaro y Beba Rodríguez, y más adelante a Juan Esteban Fassio y me adentré por los laberintos de la Patafísica, esa ciencia de las soluciones imaginarias creada por Alfred Jarry a través de su personaje el doctor Faustroll, la misma que propone ver al mundo complementario de este y no tomarse lo serio en serio, premisa que me venía y me viene como anillo al dedo. Ellos me nombraron Comendadora Exquisita de la Orden de la Grande Gidouille y puede decirse que fui la primera precursora de esta «ciencia de las soluciones imaginarias» por mi zona del mundo tras una conferencia «histórica» donde el humorista Eduardo Bergara Leumann ofició de Rey Ubú y trastornamos la Sociedad Central de Arquitectos donde tenía lugar el evento. Todo a la larga tiene su premio. En marzo 2017 (año 144 de la Era Patafísica) me encontré en Granada con Ángel Olgoso, Optimate Aparente del Institutum Pataphysicum Granatensis quien me confirió el título de Sátrapa Honorífica, Protodataria de Máscara, Cenobiarca de Microfábulas y Zoorpresas. Nada menos. Un verdadero currículum, y acá terminaría mi biografía si no fuera porque sé que vas a seguir escarbando.

G. D.: Sí, efectivamente. Escarbemos en las profundidades oscuras de lo que escribiste en la década del setenta, una década sumamente fértil en cuanto a tu producción literaria. Además de El gato, se publica Aquí pasan cosas raras (1975), donde aparecen los primeros indicios de la represión militar, y Como en la guerra (1977), donde tu denuncia es tan aguda que te censuran la primera página. En Como en la guerra la protagonista dice que «las palabras me duelen y pinchan eso que otros definirían como mi vientre». Pienso que aquí habla Luisa la autora (la que «escribe con el cuerpo»), porque es ella quien tiene que hablar al escribir con la palabra y con el propio cuerpo una realidad escalofriante. ¿Qué sucedía en tu vida en esos años? ¿Cómo viviste esa época?

L. V.: Década fértil la de los años 70, para mí, pero qué década brutal para la República Argentina, mi pobre país de los altibajos constantes, el mismo que hoy conoce uno de los picos más intensos de caída al abismo sin necesidad de una dictadura. En el 72 me fui de Buenos Aires dejando atrás un país sumido en la euforia. Mis amigos de izquierda estudiaban el organigrama del gobierno para repartirse los cargos. Con mi efímera pareja de entonces pensamos que la embajada en Yugoslavia no estaría mal. No lo tomamos muy en serio, y en medio de los festejos por el triunfo de Héctor Cámpora, es decir del peronismo por procuración, me fui a Barcelona para radicarme por un tiempo en el corazón de la literatura latinoamericana. Sueño que cumplí a medias pero tuve buenos y memorables amigos, los escritores Mauricio Wacquez, chileno, Alberto Cousté y Monica Feinberg, los encuentros en la Galería Pecanins, y sobre todo la escritura de Como en la guerra y varios cuentos sueltos.

Es curioso como los volúmenes de cuentos, salvo una excepción, se me fueron gestando lentamente. Pocos cuentos por año, porque cuando creo tener el hilo para seguir e ir armando una serie, el hilo se diluye. Necesito el salto, se ve que necesito la sorpresa constante. No sé si es algo bueno, pero me es inevitable. Por eso generalmente mis libros de cuentos están divididos en secciones.

En Barcelona me ganaba el pan como lectora para Planeta y enviando notas periodísticas. Regresé en el 75 para enfrentarme con la Triple A, las razzias, por eso me radiqué en los cafés a asimilar esa realidad imposible escribiendo en un mes, como desafío, los cuentos de Aquí pasan cosas raras. Así, la joven que creció aceptando la premisa del arte por el arte hizo su aprendizaje de escritura política, al descubrir que allí también cabe el humor, negro en general, y caben el grotesco y el absurdo.

Luisa Valenzuela en el cartel de la Feria del Libro de FrankfurtEn realidad ya había escrito una novela digamos política, Cuidado con el tigre, pero la descarté por sentir que podía resultar de ideología confusa. Me llevó cuarenta años darla para publicar.

Pero muy distinta fue la experiencia de escritura en 1975, cuando la situación era insostenible con Isabel Perón y su ventrílocuo atroz, José López Rega. En marzo del 76 estalló el golpe militar, y recrudecieron las desapariciones, las torturas, el terror continuó igual pero se hizo más silencioso y sibilino. Por esas épocas yo tenía buenas relaciones con la embajada de México, que les había abierto sus brazos a los asilados políticos, y trabajaba en la revista Crisis que sufría amenazas de bomba. Y si bien siempre actué de manera independiente, ayudé a varios disidentes en la clandestinidad. Es decir que estaba muy al tanto de lo que sucedía y apoyaba en lo posible a la oposición y a los insurrectos. Aquí pasan cosas raras, por cuestiones de la cronología editorial, apareció poco después del feroz golpe de las tres fuerzas armadas encabezadas por Videla, Agosti y Massera en 1976, y para zafar fue anunciado como el primer libro sobre la época de López Rega. Al mes, más o menos, cayó la policía en casa a buscarme. Por milagro yo había partido un par de días antes gracias a una invitación súbita de Harcourt Brace and Jovanovich, mi editorial norteamericana de entonces. Me refugié en México por un par de meses hasta que pude volver a casa, escudada por una invitación oficial a la Feria del Libro de Frankfurt donde estarían los máximos exponentes de la literatura latinoamericana. Fue allí que comenzó mi amistad con Cortázar, espaciada por cuestiones geográficas pero siempre viva. Creo que nos unió el sentido patafísico de la escritura…

En 1977, arreciaba la feroz dictadura cívico-militar, la famosa editorial Sudamericana publicó mi novela Como en la guerra, cuyo título justifiqué con una cita de Quevedo que ya tenía presente al escribirla («El amor es la guerra civil de los nacidos») y también con una «copla anónima» que el escritor Aníbal Ford compuso para el caso. Hubo que hacerle ciertas podas para no correr riesgos, ya lo conté en varias oportunidades, siempre cuento cómo nos reímos (había que alivianar) con el sublime poeta Alberto Girri y mi editor, el brillante crítico Enrique Pezón, cuando íbamos puliendo una palabra acá, otra frasecita allá para no despertar a la censura. Lo peor fue suprimir lo que aparecía como presentación pero era en realidad un epílogo: la «Página Cero» que hablaba de la ulterior tortura del protagonista.

G. D.: Cambio de armas, aparecido en 1982, es un libro que a pesar de ser ficción, tiene mucho de tus propias experiencias. Te arriesgaste a buscar refugio para activistas perseguidos por la dictadura por medio de tus contactos en las embajadas. En efecto esgrimiste el arma de la palabra, tal cual se lee en la contratapa: «Las armas que no se ven son las que producen las heridas más profundas. En estos cuentos, esas armas, la de los cuerpos y las palabras, se superponen con las letales, las que se manipularon con horror y sin dimensión durante los años de la dictadura. Porque los encuentros de personajes como Bella y Pedro del cuento "Cuarta versión" o Amanda y Coyote, en "Ceremonias de rechazo", están inmersos e impresos en "un tiempo de miedo arqueado sobre la superficie consciente"».

Yo añadiría que estaban también impresos en tu propio cuerpo, según contaste, sentiste al salir de la embajada y creerte perseguida.

Kokopeli, la mascota de Luisa ValenzuelaL. V.: «Cambio de armas», el extenso relato que le dio título al libro, fue escrito in situ en el 77, en el fragor de la dictadura. Esperaba ser una novela, con precuela y secuela de la historia central. Pero no pude escribir más, no pude ni siquiera mostrar ese desgarrador relato a mis amistades más cercanas por temor a ponerlos en peligro. Cosas del conocimiento prohibido o algo por el estilo. Por lo tanto, cuando en esas idas y vueltas y clandestinidades, me llegó la nominación de la Universidad de Columbia, en Nueva York, para ser Writer in Residence decidí irme por tiempo indeterminado a pesar de que la invitación cubría un único semestre. Corría 1979, el terror y la represión arreciaban en mi país. Vandalicé libros y mis cuadernos, conservando sólo lo que más necesitaba. Así surgió Libro que no muerde, de los retazos y rescates de decenas de cuadernos que no podía llevar conmigo.

Como su nombre indica, «Cuarta versión» es realmente eso. Estuve lidiando durante meses con una novela que no cobraba vida propia. Fue mi intento de ser una escritora «sería», con argumento bien delineado capítulo por capítulo. Un aburrimiento total hasta que decidí cortar por lo sano. Lecciones que una va aprendiendo en el camino. En alguna parte andará ese manuscrito, como una arqueología literaria. Descartable por cierto.

En Nueva York logré permanecer más de diez años, ciudad de la que me enamoré si bien mi primera intención había sido moverme a San Francisco. Y estrené nuevo oficio: profesora universitaria, de posgrado y en inglés para colmo, si bien no tenía preparación alguna. Todo mérito de mi obra publicada y sobre todo de la amplitud de miradas gringa. Llegué con dos libros (que en realidad eran cuatro) traducidos y publicados por la prestigiosa editorial Harcourt Brace and Jovanovich; Drenka Willen fue mi inolvidable editora en ese entonces.

Primero dicté clases de literatura latinoamericana en Columbia University, gracias a Frank MacShane y a Daniel Halpern, después emigré a New York University, NYU, porque me ofrecieron la prestigiosa Berg Chair, una cátedra para escritores extranjeros angloparlantes; fue la primera vez que nombraban -valientes ellos- alguien de un país no-anglo.

Y viví de eso, y de las cientos de conferencias que habré dictado a lo ancho y largo de los EE.UU. Y escribí, escribí mientras estuve en eso que no llamé exilio porque en verdad no lo fue, sino un expatriamiento voluntario. «Cuarta versión» y otros cuentos que integran el volumen son de esos primeros tiempos, sin embargo siempre tuve presente las marcas y rezagos de la dictadura aún mucho después del regreso de la Argentina a la democracia.

G. D.: En New York, al igual que Cortázar, seguiste escribiendo sobre tu país y sus vicisitudes. Sin embargo, estabas muy presente en la vida literaria e intelectual de esa gran ciudad. Fuiste jurado para el National Endowment for the Arts, participaste activamente en el Freedom to Write Committee de PEN America (Poets, Essayists and Novelists), y en el Center for Inter-American Relations. Allí también conociste a Susan Sontag, quien en una larga entrevista en el New York Times del 10 de octubre de 1980, habló de los verdaderos emprendimientos literarios y, cito traduciendo, «a nivel internacional mencionó a Italo Calvino de Italia, Danilo Kiš de Yugoslavia, György Konrád de Hungría y Luisa Valenzuela de Argentina».

«Strange Things Happen Here»L. V.: Ese espaldarazo de Susan Sontag antes de conocerme me abrió las puertas de la intelligenza neoyorquina, que es mucho decir. Fue como un milagro, porque cuando por fin nos conocimos me confesó que se había topado con mi primer libro traducido en una mesa de saldos. Ella hacía esas cosas de extrema generosidad y las puertas se abrían a su paso. Quizá fue gracias a esa remota mención que mi libro Strange Things Happen Here aterrizó en el año 2000 en el Museo Whitney, en una muestra sobre el arte norteamericano del siglo XX y los libros (pocos) que lo había influenciado. Nunca llegué a conocer al curador. Yo para entonces ya estaba de regreso en Baires y la muestra me resultó una enormísima sorpresa.

Viví en Nueva York toda la década del 80. Resultaron ser los años más intensos de mi vida. Muy intensísima también la vida de esa ciudad, devenida verdadero ombligo del mundo, vibrante de imaginación, de peligros soterrados y no tanto. Un vértigo sublime.

Fui fellow por largos años del New York Institute for the Humanities, por allí desfilaron las personalidades más fascinantes del mundo de la literatura, las artes y las ciencias. Con Jerome Bruner y Carol Feldman llegamos a tener una profunda amistad. La lista sería inagotable, está en mí a flor de piel si me la piden, así como las inolvidables experiencias. Yo, que nunca fui a la universidad, acabé siendo profesora de posgrado. Y en inglés, para colmo. Me alojé siempre en Greenwich Village, a veces más al oeste, otras más al este, alredor de Washington Square el campus informal de NYU, la Universidad de Nueva York, que era maravillosa en aquella época. Abierta, permisiva; mis talleres de escritura que iban de ocho a diez de la noche a veces se alegraban con una botella de vino (eran de posgrado, adultos todos) y mis horas de «oficina» las cumplía en un restaurante japonés a la vuelta. Tenía estudiantes de talento que completaban su tesis con una obra de ficción. Yo les tiraba algunas pautas trasgresoras, quienes seguían los cursos de Gordon Lish me aclaraban que él proponía todo lo contrario. Yo les decía que tenía suerte, podían abrir su propio camino y no atenerse a pautas ajenas. «Usted puede darles un acercamiento distinto a la literatura» me habían dicho los jerarcas del departamento. Gracias Helene Anderson y John Maynard, y Leslie Berlowitz y los creadores del Writing Division (Sharon Olds, Derek Walcott) y no quiero que esto se convierta en una lista de grandes nombres, name dropping como dicen por allá. Pero al escribir sobre ese tiempo y lugar me sale un tono elegíaco muy a mi pesar, y se me agolpan los recuerdos, la larguísima lista confusa e incompleta de los congresos y simposios a los que estuve invitada. Todos los que recordás, Gwendolyn y más también. En varios nos encontramos. En esas idas y vueltas entablé contacto con Theodore Sturgeon y con William Styron, me crucé con Carl Sagan y Salman Rushdie y Toni Morrison en un encuentro descomunal en el estadio de Boulder, Colorado. Se me confunden las fechas, todo se agolpa: el extraordinario encuentro internacional de escritura y política organizado por William Gass en Missouri. Intensísimo, de pocos y muy distinguidos participantes. Y para no limitar el espectro a lo literario, recuerdo una larga tarde de conversación con Robert Redford, mano a mano, sobre culturas indígenas que a ambos nos interesan a fondo. Y hubo una semana memorable en Smith College, Massachusetts -debo rescatar la fecha- que con sendos críticos/as, nos fue dedicada a José Donoso, a Guillermo Cabrera Infante y a quien va desgranando estas memorias.

Luisa Valenzuela junto a Gwendolyn DíazSi yo hubiese sido alguien metódico, anotando las brillantes conversaciones que se fueron desarrollando a lo largo de esos años, ¡qué buen libro tendría! Sufro al pensar, como dice el bolero, en todo lo que se me perdió de los diálogos, o más bien monólogos de Juan Rulfo en el hotel de Frankfurt cuando nos negábamos a ir al predio ferial.

G. D.: Tu prolífera obra no sabe quedarse quieta sobre el papel sino que, como El gato eficaz, se transmuta en formas diversas. Sé que se han hecho obras de teatro, performances, musicales y otros tipos de espectáculos basados en tu narrativa…

L. V.: Fueron trabajos efímeros en general, pero que proyectaron nuevas luces sobre muy distintas obras y a mí me brindaron experiencias inéditas y excitantes. Curiosamente el cuento «Cambio de armas» es el que más atrajo a jóvenes dramaturgas, y eso que resulta casi imposible de escenificar porque está narrado desde una enorme distancia del erotismo al que alude, lo que demuestra lo importante que es la perspectiva en el manejo del leguaje. Lo presentaron en Sydney en la Universidad y en otras instancias que ahora no recuerdo. Brillante fue sin embargo el juego de sugerencias, textos sueltos bilingües y proyecciones que desarrollaron al respecto en la Universidad de Madison, Wisconsin. Ksenija Bilbija, otra de mis grandes críticas, fue la gestora del proyecto y publicó un texto muy lúcido al respecto. Y no puedo olvidar el ballet que coreografió y dirigió Tina Ramírez, la creadora del Ballet Hispánico de Nueva York.

Mi enorme emoción fue el musical, creado y dirigido por la célebre coreógrafa Graciela Daniele en Nueva York, sobre mi cuento «Los Menestreles». Se titula The nine fathers of Ariel, con guion y letra de Ellen Fitzhugh y música de Michael John LaChiusa, toda gente de primerísima línea, no pierdo las esperanzas de que algún día se pueda producir comercialmente. Es bellísimo.

Y lo más reciente y duradero, el documental Galpón de máscaras, de Miguel Baratta, ofrece una mirada sobre mi colección y sobre las máscaras en general que me asombra y a la vez me deslumbra por ser tan opuesta a la mía.

G. D.: ¿Puedo tirarte más actividades? La conferencia de Ottawa, en pleno auge del debate del feminismo en la academia universitaria, la prestigiosa Beca Guggenheim, tus incursiones en la mágica Tepoztlán, la convivencia con artistas en Civitella, la muestra de tu obra en el Espacio literario en el Centro Cultural Recoleta en el 2007, y, nada más y nada menos que hablar en la apertura de la conferencia anual de la Modern Language Association (MLA), cumbre de la torre de marfil literario-académica.

L. V.: Civitella… Tuve la alegría de ver nacer esa espléndida colonia de artistas en un castillo de la Toscana. Fui en calidad de referee, pero aprovechamos con la dramaturga Hilary Bletcher para escribir el imposible guion de Novela negra con argentinos. Fue para mí una experiencia riquísima que se completó en CalArts, años después.

Tantos lugares y eventos… Es un cuento de nunca acabar. Ottawa 1976, por ejemplo, aquella extraordinaria conferencia interamericana de escritoras cuando al escribir mi paper se me impuso la convicción de un lenguaje digamos «hémbrico». Recuerdo el título pero no la fecha de mi keynote address en la MLA de Chicago, junto a Alain Finkielkraut: «The Five Days That Changed My Paper» en relación a una protesta de las Madres de Plaza de Mayo. Muchos eran los temas vibrantes en aquel entonces. Cabe anotar la extraordinaria conferencia que en Robben Island, Sudáfrica, organizó Ksenija Bilbija sobre los legados del autoritarismo.

Y si bien por Nueva York pasaba el mundo, siempre anduve de viaje. La pasión por México me impulsó a comprar una casita en Tepoztlán con la beca Guggenheim, un espacio para escribir ya que no podía comprarme el tiempo necesario. Allí completé Cola de lagartija, y en los veranos me recluía a escribir y a ver a mis queridas amistades mexicanas, entrañables. Y poco a poco me fueron publicando o reeditando en México los diversos libros, Carlos Fuentes me convocó para formar parte del Consejo consultivo de la Cátedra Alfonso Reyes que acababa de crear en el Tecnológico de Monterrey, Silvia Garza me puso en un glorioso aprieto al encargarme un libro, Lecciones de Arte, nada menos que para la colección Mentes Brillantes, cien mil ejemplares para regalar en las escuelas públicas. Fue un crescendo de estímulos y reconocimientos que me hacen sentir casi como escritora mexicana. Amo a fondo ese país y cada viaje es un nuevo descubrimiento, una localidad diversa, una nueva máscara.

En cuanto a Civitella, qué belleza ese pequeño castillo en la Toscana. Tuve el privilegio de asistir al nacimiento de esa magnífica colonia de artistas, fui referí y pude recomendar a grandes escritoras, pasé un mes allí trabajando con la dramaturga sudafricana Hilary Blecher en un complejísimo guion de Novela negra con argentinos, que como su nombre indica poco se presta para el teatro, a pesar de lo cual fue representada años después por alumnos de CalArts.

La muestra de mi obra en el Centro Cultural Recoleta, con un despliegue fascinante, como una puesta en escena, fue muy especial también porque tuvo lugar en mi ciudad. Lamento que ese espacio dedicado a la literatura desapareciera poco tiempo después.

G. D.: Novela negra con argentinos, una de mis preferidas, es la novela que más representa tu década de residencia en New York. Un escritor y una escritora, argentinos ambos, se ven asaltados por los fantasmas de la represión militar que dejaron atrás en su país. Pero dejar atrás es un decir. Viviste a pleno tus años en New York sin por un momento olvidarte de la realidad Argentina.

L. V.: Qué tema, el olvido. Sospecho que, viviéramos donde viviésemos los argentinos, la feroz herida de las torturas, los 30.000 desaparecidos y la represión sin límites, no pudo ir cicatrizando antes de que, con el cambio de gobierno en 2003, los crímenes de lesa humanidad fueran decretados imprescriptibles y se reanudaran los juicios. Juicios que persisten hasta el día de hoy, muy a pesar de nuestro actual presidente que habló del «curro», es decir la estafa, de los derechos humanos.

Luisa Valenzuela con Gabriel García MárquezG. D.: Como Faulkner y García Márquez, hay también lo que podríamos llamar un mundo de personajes valenzuelianos. Pienso en Navoni, en Bolek, Ava. La vida de Luisa y la de Luisa autora se entrelazan. ¿Cómo es que lo biográfico se convierte en ficción?

L. V.: En el caso de mis novelas, lo biográfico se disfraza, se amalgama con el otro.

Navoni nació, por así decirlo, en Como en la guerra: un personaje vagamente inspirado en un hombre real, que después se me coló en otras novelas al volverse emblemático en referencia a la lucha social. En cambio a Bolek Greczynski, gran artista polaco y gran amigo, le dediqué Novela Negra para después, in memoriam, convertirlo en personaje tomado de la realidad (ese era su reclamo) en La travesía. Era un ser genial y generoso que dedicó los últimos años de su joven vida a armar, junto con los internados, el deslumbrante Living Museum en un edifico abandonado de la institución psiquiátrica Creedmoor.

Curiosamente, Ava me lo presentó a Bolek, quien después de leer precisamente He who searches, traducción de Como en la guerra, me había andado buscando por Buenos Aires cuando yo estaba en Nueva York donde él vivía. Afinidades literarias, se puede decir. Una alegría y también una incomodidad.

Porque tanto Bolek como Ava eran seres muy provocadores. El aguijón del tábano…

El primer encuentro con Ava me dio vuelta la cabeza. En el mal sentido, me dejó con inexplicable migraña. Fue en una bella librería de Madison Avenue donde se presentaba mi novela The Lizard’s Tail (Cola de lagartija, traducida por Gregory Rabassa) que por razones de dictadura en mi patria debí publicar primero en inglés (aprovecho para agradecerle a David Rieff su minuciosidad con la traducción de Gregory Rabassa). En un momento del brindis me acorraló una bella walkiria para contarme que ella tenía dos amantes y un esclavo. O viceversa, ya no me acuerdo. Y sin darme respiro entró en truculentos detalles. Corría 1983, esas oscuridades recién salían a la luz. Fue impresionante, fue molesto, fue enriquecedor. Para la literatura. Y también para el conocimiento del alma humana, porque Ava era una mujer inteligente y sensible, más allá de sus actividades e indiscreciones.

G. D.: Recuerdo bien a la extraordinaria Ava Taurel, Eva Norvind en realidad, mujer de carne y hueso que tuve la suerte de conocer y que me llevó a mis incursiones en el tango.

L. V.: La vida te da sorpresas. Ahora lo decís así, pero a mi vez recuerdo cuando no te animabas a conocer a la dominatriz sin mi compañía. Coincidieron ambas en Buenos Aires años atrás, pero yo me iba de viaje… Cuando regresé, estaban las dos metidas tarde y noche en las milongas. Gracias a lo cual después escribiste tu libro de cuentos Buenos Aires Noir.

G. D.: La culpa es tuya, atendimos los consejos de tu cuento «Tango»: «En este salón te tenés que sentar cerca del mostrador, a la izquierda, no lejos de la caja registradora; tomáte un vinito, no pidás algo más fuerte porque no se estila en las mujeres, no tomés cerveza porque la cerveza da ganas de hacer pis y el pis no es cosa de damas, se sabe del muchacho de este barrio que abandonó a su novia al verla salir del baño. Yo creí que ella era puro espíritu, un hada, parece que alegó el muchacho. La novia quedó para vestir santos, frase que en este barrio todavía tiene connotaciones de soledad y soltería, algo muy mal visto. En la mujer, se entiende. Me dijeron».

En cuanto a mis cuentos, de esos me responsabilizo yo.

Luisa Valenzuela con AvaL. V.: Cierto que con Ava se vivían los momentos más insospechados. Y no me refiero a las veces que me invitó a husmear en sus quehaceres, ¡otra que las sombras de Grey! Esas visitas alimentaron mis novelas. Pero más que la escritura me viene a la memoria la presentación gloriosa que tuvimos en la Universidad del Claustro de Sor Juana, en México. Erotismo literario del mejor para lanzar la Colección Primero Sueño de Alfaguara: Margo Glantz presentaba su novela Apariciones y yo La travesía, para la cual improvisamos un diálogo con Ava en su atuendo de dominatriz. Como broche de oro la genial Jesusa Rodríguez hizo un striptease de sor Juana mientras recitaba el largo poema que dio título a la colección.

Ava, Bolek… Personajes que vuelven, como Héctor Bravo que vaya una a saber de dónde salió. Son como actores bisagra en el argumento general de ciertas novelas o cuentos.

G. D.: Héctor Bravo, nacido en Novela negra, reaparece en Simetrías (1993). Esa colección de cuentos es una de mis predilectas. Es la contrapartida, escrita once años después, de «Cambio de armas». El nuevo cuento que, al igual que «Cambio», le da título al libro, tiene que ver con la tortura y la forma en que la dictadura militar usaba el lenguaje para inscribir su poder en los mismos cuerpos de las prisioneras.

L. V.: Los volúmenes de cuentos, al menos en mi caso, se van armando a lo largo de años. Salvo la irrepetible experiencia de Aquí pasan cosas raras. En cuanto al largo cuento «Simetrías», lo escribí después al leer detalles sobre los juicios a los militares y enterarme de situaciones aún más perversas que las que yo había creído inventar en «Cambio de armas». Curiosamente, la crítica argentina ponderó mucho el resto de los cuentos de esa colección pero ni mencionó el más largo, el epónimo. Qué incómodo les debió resultar el tema, sobre todo tratado por una mujer…

G. D.: Freud tendría mucho que decir respecto de tal omisión. Tu libro Simetrías incluye la sección «Cuentos de hades», un grupo de cuentos que parte de fábulas tradicionales para invertir sus significados patriarcales y cambiar las moralejas. Tengo entendido que el proyecto nació con «Si esto es la vida yo soy Caperucita Roja», donde una Caperucita intemporal al final de su recorrido hacia la abuelez se integra con su lobo.

L. V.: Es un aprendizaje de lectura el que propongo en esta serie, de manera indirecta. Perrault al recopilar cuentos de la narración oral, evidentemente les tergiversó el mensaje para pregonar la sumisión de las jóvenes. Basta leerlos a fondo para entender que están diciendo algo muy distinto; es una lectura liberadora la que exploré en mis cuentos, y resultaron mucho más infernales (del Hades) que dulcemente imaginarios (de hadas). No se trata de una fantasía más sobre los cuentos arquetípicos, de las que hay y muchas.

G. D.: El Mañana, 2010, es una suerte de ars poetica donde abundan los laberintos, encarcelamientos, prisiones oscuras, espacios cibernéticos varados, barcos, basurales, espacios cultos de escritoras, espacios incultos (aunque sabios) de los cartoneros, pisos sin salida, sótanos oscuros, villas miseria, laberintos de cartón, bajos fondos urbanos, vericuetos escondidos... ¿­Hacia dónde apunta todo eso, en el mundo valenzueliano sino hacia una búsqueda, hacia la aventura del escritor que bucea desde su interior para lanzarse a escarbar en los basurales del inconsciente -cómo gatos eficaces- buscando encontrar el sentido, la palabra, la identidad del sujeto?

L. V.: Y el lenguaje de la mujer… Será por eso que El Mañana es la novela que más me costó escribir, y la que más me costó asumir.

Es muy cierto que en más de un sentido puede considerarse mi ars poetica, una exploración hecha de muy variadas conjeturas sobre la casa del ser que es, a decir de Heidegger, el lenguaje. Me llevó siete años terminarla, y muchos caminos descartados, y en el intermedio muy variados escritos ajenos a esa trama. En mis otras novelas, otros temas de exploración se me dieron más fácil, quizá porque fueron surgiendo a medida que avanzaba el argumento. Suelen ser mi propia navegación a ciegas... Pienso en el tema del mal y del poder que late en Cola de lagartija, o el de escribir con el cuerpo en Novela negra con argentinos. O el tema del retorno.

Pero El Mañana me resulta más entrañable, quizá por eso cuando afloré de mi meningitis después de mes y medio de semicoma no quise ni ver el libro que acababa de salir de la imprenta. Recién pude asumirlo cuando entendí que de alguna manera tenía un aspecto premonitorio: la protagonista está en arresto domiciliario y alucina, y yo, alucinando, acabé en algo hospitalario llamado internación domiciliaria.

Por todo esto, cuando mi editor Alberto Díaz me pidió una nueva obra pensé que ya había completado mi ciclo al respecto y me animé a proponerle que le echara un vistazo a una viejísima novela, Cuidado con el tigre, que estaba encajonada desde mediados de los años 60. Y le gustó, y yo apenas pude darle una pulida somera porque el tigre pertenecía a otro mundo ya lejano, y seguí escribiendo unos cuentos, y muchos microrrelatos, y la vida continuaría así, fluida (digamos) entre conferencias y viajes casi siempre de trabajo aunque en general trato de ir más allá para conocer mundos. Uno que otro viaje del puro placer, como dos al sudeste asiático con la excusa innecesaria de ir y volver a Camboya en busca del Zelofonte, el animal mítico de la última novela de mi madre que por supuesto no encontré pero pude husmear su hábitat imposible.

En 2012 viajé con una joven amiga, Ilaria del Curto, a los misteriosos y apotropaicos carnavales del centro de Cerdeña y el tema del Perón sardo me tomó por asalto. No me quedó más remedio que reincidir en el género novela ante tanto desconcierto, después de haber afirmado que me bastaba y sobraba con las nueve novelas escritas hasta entonces.

G. D.: Cuidado con el tigre se publicó unos 40 años después de que la escribieras. Esta novela retoma tu preocupación inicial por la guerrilla y la lucha de los activistas ante una realidad opresora, y, al mismo tiempo, sirve como hilo de unión de uno de los temas principales de tu obra: la necesidad de enfrentarnos ante el poder, la necesidad de denunciar lo injusto, la opresión y la injusticia.

Con La máscara sarda volvemos a Perón. Es la contrapartida de Cola de lagartija, una obra espejo transformada por el tiempo. Cola se concentra en el personaje del Brujo, López Rega, mientras que La máscara sarda completa el retrato de Perón y resulta una novela argentina por antonomasia. Es también una novela que invoca la necesidad de denuncia y de acción, tal como lo encarna el personaje de la Filonzana, hiladora de la narración. Me interesa mucho esta continuidad de pensamiento y cómo va marcando las diferentes etapas de tu vida de autora.

L. V.: La continuidad y el hilo... Hasta hace unos años creí que eran involuntarios en mis textos. Aleatorios. Ahora entiendo que hay hilos de pensamiento que se van tejiendo en tramas muy diferentes entre sí; pero los hilos están y se perpetúan. Llegué a creer, por culpa de ciertos escritores taxativos que aluden con total convicción a sus elaborados «planes y proyectos» literarios de largo alcance, que lo mío era puro diletantismo, tiros al azar. Hoy, con unos treinta libros publicados, veo los hilos conductores, las búsquedas por muy distintos carriles pero en pos de un conocimiento hasta entonces ignorado por mí.

Y están mis obsesiones, claro, siendo una de ellas el tema del poder, que me llena de asombro porque creo carecer de ese motor de avance. Avanzar pisando cabezas me descoloca. Y quizá me fascine a la vez, por eso al escribir Cola de lagartija le cedí la palabra, es decir las armas, al Brujo. Y en La máscara sarda volví a ese personaje nefasto al darle cuerpo a un mito que circula por Cerdeña con visos de realidad.

Me interesa explorar los entresijos del poder. Y los del mal, para colmo.

Y una vez más ando dándole vueltas al deleznable José López Rega, gestor del terrorismo de estado en mi país. Pero por ahora no veo desde que ángulo abordarlo. El aspecto biográfico de la historia lo tengo, sus inicios como eficaz curador espiritual, su maestra que lo excomulgó a causa de su desvío feroz de la diritta via.

Ahora que escribo estas últimas palabras, pienso que quizá La Divina Comedia me inspire un camino. El primer libro, claro está. Acepto la sugerencia de acudir una vez más a la Filonzana, podría ser mi Virgilio. Ideas que se me ocurren en este instante, veré si me sirven de trampolín para dar el gran salto.

En La máscara sarda la Filonzana se coló por cuenta propia, como suelen hacerlo los personajes bisagra cuando la escritura fluye. En esta novela en ciernes, que quizá no sea tal o nunca vea la luz, la convocaría adrede. Veremos. Las buenas intenciones, puede ser el título. O quizá, más explícito, El camino del infierno.

Pero debo tener mucho cuidado. Me enfermo cuando me enfrento al Brujo. Escribir con el cuerpo... De eso se trata, muy a mi pesar en estos casos.

G. D.: Tus padrinos literarios -por así decirlo- (también hubo madrinas como Susan Sontag) Julio Cortázar y Carlos Fuentes, apreciaron y comentaron tu obra. En Review. Latin American Literature and Arts 24, Nueva York, NY (1979), y en Semana de Bellas Artes 164 (número dedicado a L. V.), México, DF (21 enero, 1981), Cortázar dice lo siguiente:

Valiente, sin autocensuras ni ultranzas; cuidadosa de su lenguaje, exorbitado cuando es necesario pero deliciosamente fino y recatado allí donde la realidad también lo es, Luisa Valenzuela avanza a lo largo de varios libros que marcan lúcidamente un derrotero poco frecuente, el de una mujer profundamente anclada en su condición, consciente de discriminaciones todavía horribles en nuestro continente y a la vez llena de una alegría de vida que la lleva a superar las etapas primarias de la protesta o de la supervaloración de su sexo para colocarse en un perfecto pie de igualdad con cualquier literatura masculina o no. Leerla es tocar de lleno en nuestra realidad, allí donde el plural sobrepasa las limitaciones del pasado; leerla es participar en una búsqueda de identidad latinoamericana que contiene por adelantado su enriquecimiento. Los libros de Luisa Valenzuela son nuestro presente pero contienen también mucho de nuestro futuro; hay verdadero sol, verdadero amor, verdadera libertad en cada una de sus páginas.

Luisa Valenzuela con Carlos FuentesY Fuentes habla largo y tendido sobre vos con respecto al secreto en su libro La gran novela latinoamericana, y para la contratapa de Cola de lagartija escribió lo siguiente:

Luisa Valenzuela es la heredera de la ficción latinoamericana. Luce una corona opulenta y barroca pero tiene los pies descalzos.

Hagamos la vista gorda a la mirada patriarcal de ambos comentarios, eran otros tiempos, lo cierto es que ambos íconos del boom supieron reconocer el valor de una escritora que consideraban su par.

L. V.: No puedo menos que estarles agradecida. Poco a poco fui entablando con ellos una relación de amistad, cada uno en su estilo. Yo los admiraba profundamente a ambos, pero no dejo que esas cosas empañen el intercambio. Para mí no existen los monstruos sagrados, en ningún ámbito; existen los seres humanos, y tanto Julio como Carlos eran profundamente humanos y generosos.

Cuando propuse a la editorial Alfaguara el libro que acabaría titulándose Cortázar/Fuentes. Entrecruzamientos, nunca pensé que entre ellos y a pesar de las diferencias habría tantos pero tantos puntos en común. Resultó una felicidad irlos develando. Para contestar tu pregunta, permítime leerte lo que escribí al respecto:

Julio Cortázar, Carlos Fuentes. Al argentino lo conocí en México, al mexicano en París, lindo entrecruzamiento, ¿pero qué importancia pueden tener las precisiones geográficas cuando el primero nació en Bruselas y el segundo en Panamá y sin embargo encarnaron el espíritu de la Argentina y México, respectivamente, países que les corrían por la sangre no sólo gracias al origen familiar, también a causa una pasión a la que supieron serle fiel a lo largo de sus vidas, residieran donde residiesen?

G. D.: Novelista, cuentista, ensayista, microfabulista, periodista, activista social, política y de género, Luisa Valenzuela no sólo escribe la condición humana, sino que la vive; en New York participaste en el PEN Freedom to Write Committee, y en Argentina asumiste el puesto de presidenta de ese observatorio literario que es el Centro PEN Argentina. Un dosier tan completo lleva a que en los años 90 y en el transcurso del nuevo milenio se te otorguen algunos de tus más importantes honores. Pienso por ejemplo en la conferencia Puterbaugh -organizada por la revista internacional World Literature Today alrededor de un autor de relevancia mundial-, en la cual participamos tus más asiduas críticas, entre las que me cuento. Pienso en la extraordinaria conferencia en la Universidad de Viena, organizada por María Teresa Medeiros-Lichem con mi apoyo; en las Jornadas Luisa Valenzuela en el MALBA y la Biblioteca Nacional Argentina, en la Feria de Libro de Monterrey, México, tu nombramiento en la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, el nombramiento de Ciudadana Ilustre por la Ciudad de Buenos Aires, más de un segundo doctorado honoris causa. Y me quedo corta.

Luisa Valenzuela junto con un grupo de investigadorasL. V.: Todas fueron y son, porque perduran en el recuerdo y quedan el testimonio de las antologías al respecto, jornadas de muy intensas emociones. Pero como por mi sangre corre la consigna patafísica de no tomarse lo serio en serio, me solazo en los momentos festivos durante esas honrosas ocasiones. Y sobre todo en el calor humano y el talento del brillante grupo de críticas que me son tan fieles, ustedes, que se autodenominaron las «Valenzuela Girls», y gracias a quienes se me abrieron las doradas puertas del mundo académico. También hay unos cuantos boys, por suerte, pero Nelly Martínez quien me «descubrió», y Sharon Magnarelli, y vos Gwendolyn, y Juanamaría Cordones-Cook, Ksenija Bilbija, y María Inés Lagos (que puede decirse son las históricas), y Francisca Noguerol de Salamanca, a quienes con todo entusiasmo se unieron más tarde María Teresa Medeiros-Lichem y luego Irene Chikiar Bauer, son quienes más allá de interpretar y escribir profusamente sobre mis textos me develan lo que ni yo sé que está en esas páginas, pero está.

De eso se trataron las muy variadas jornadas, de hallazgos y reflectores (perdón, reflexiones) que me iluminan y me alientan.

Hubo sorpresas maravillosas, como la que me brindó Djelal Kadir, organizador de la Puterbaugh Conference, al invitarla a Nélida Piñón para el cierre. Y la medalla de la Academia Brasilera de Letras que me confirió Nélida durante su presidencia.

Hubo muy grandes festejos como en La Universidad de Viena y otros sitios en Austria, y toques de verdadero de humor que a veces yo misma propongo. Recordarás cuando me nombraron Ciudadana Ilustre en el muy suntuoso Salón San Martín de la Legislatura donde vos hiciste una brillante presentación: mi nieta Rafaela cantó «Ponerlo en vereda», canción cómicamente procaz con letra mía y música e interpretación de mi nieto Gaspar. «Muevo mi talle por la calle Lavalle/muevo las caderas por Las Heras» dice el estribillo, pero ella se venga de su macho que la fuerza a hacer la calle, y decide «Que vaya/a sacudir el trasero/por Haedo,/a lucir la testuz/por Godoy Cruz».

Un verdadero homenaje a la ciudad...

Luisa Valenzuela durante el lanzamiento de las Jornadas «El vértigo de la escritura» en la  «Revista Anfibia»Y para la inauguración de mi colección de máscaras en el Museo Nacional de Arte Decorativo, el director Alberto Bellucci me presentó diciendo «Si esta señora no existiera habría que crearla, pero sería muy difícil» y les propuso a Gargantúa y a las brujas de MacBeth una receta que me permito agregar en una nota al pie1.

También me siento muy agradecida a Cristian Alarcón por el laudatio para la entrega del doctorado honoris causa de la UNSAM, titulado «La Bruja del postboom».

Son estas definiciones con las que me identifico y disfruto como disfruté, en las maravillosas últimas Jornadas Luisa Valenzuela en la Biblioteca Nacional Argentina y el MALBA que organizaron Irene Chikiar Bauer, Esther Cross y vos, cuando reconocidas escritoras y escritores «intervinieron» algunos textos míos.

Y aunque yo ahora me centre en lo bufo, estos eventos magnos son hitos de mi crecimiento casi diría profesional si no fuera un término tan fuera de lugar en este magma de la creación donde vida, obra y reconocimientos se confunden.

G. D.: Titulé la presentación para cuando te nombraron la Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires «Luisa, o la maravilla de escribir» porque en todos los años que te he conocido no deja de sorprenderme tu disposición ante la vida; es una disposición de maravillamiento. Los grandes creadores comparten esa mirada, la mirada del niño que ve algo por primera vez, o del cómico que ve los claroscuros de la realidad con una sonrisa en el rostro. Enfrentás los momentos más trágicos de la historia argentina sin omitir algún toque de ironía. Aun respondiendo a una necesidad de meterse a fondo, tu prosa fluye con una vitalidad y una joie de vivre que dan ganas de leerla y seguir leyendo. Humor, ironía, el amor al lenguaje con todo lo que sugiere y se nos escapa, junto a la denuncia y la revelación de lo escondido, todo eso sería tu consigna y tu pasión.

Luisa Valenzuela en su juventudL. V.: Me mueve la curiosidad, una urgencia por hurgar en lo profundo. Y como bien decís me mueve el humor, sutil a veces, negro otras, o despiadado si se impone. La curiosidad me arrastra, el humor puede oficiar de puente para permitirnos acceder a las regiones más vertiginosas. Deviene escudo para rechazar el miedo.

Y con el humor aflora una cierta alegría de vivir, o al menos una forma de agradecimiento a pesar de los altibajos cíclicos de mi pobre país, a pesar de los gajes de la edad y de las lumbares, a pesar de mi reducida y complicada familia a la que adoro pero ¡mamma mia! (esto último como interjección, no como alusión a mi señora madre que también tenía lo suyo).

G. D.: Todo lo que decís me remite a tus ingeniosos microrrelatos, malabarismos de palabras que se entrecruzan como las pelotas echadas al aire, pero siempre con sentido, con doble, con triple sentido, palabras echadas tal vez al azar, pero aterrizando siempre en tierra.

L. V.: Humor y microrrelato, cuando se hermanan con naturalidad, resultan imbatibles. El juego con el lenguaje, el ir atendiendo el juego al cual el lenguaje pretende someternos.

Suelo contar el calembour de mis dos o tres añitos, cuando a la quinta vez que una señora me preguntó mi nombre, harta de contestarle lo que yo creía correcto: Luisita Carne (por Carmen), contesté Luisita Bife.

Me gusta solazarme en lenguaje, nadando en él como en aguas borrascosas pero amigas. Así escribí con gran felicidad El ABC de las microfábulas, que apareció en un par de libros de arte, ilustrados primero por Rodrigo de Mingo en España y después por Lorenzo Amengual en mi país. Será mi último libro publicado este año gracias al Fondo de Cultura Económica.

G. D.: No podemos cerrar sin mencionar el papel que has jugado en dar nueva vida al Centro PEN Argentina, antes PEN Club, cuando asumís el puesto de Presidenta. Ese año, 2014, el Centro PEN abrió sus puertas a escritores de toda índole del país, ampliando así sus horizontes al incluir voces indígenas y marginales junto a las ya establecidas.

L. V.: Trataré de ser breve, porque ha sido muchísimo lo que logramos a partir de esos días de 2013 en el Hay Festival de Cartagena cuando el entonces presidente de PEN Internacional, John Ralston Saul, me encargó la ardua misión de sacar al antiguo y venerable PEN Club Argentino de su letargo. Tuve la suerte enorme de encontrar gente muy valiosa y dispuesta a trabajar sin fines de lucro por la cultura. Conseguimos un subsidio para llevar el microrrelato a lugares carenciados, tuvo mucho éxito y ya vamos por el tercer año. Estamos organizando un diccionario de escritores y escritoras de la Argentina hasta 1950. Pudimos concretar mi viejo sueño de armar un Comité de Idiomas Indígenas, además del muy activo Comité de Escritoras y los novísimos comités, uno de Derechos Humanos, otro LGBT+. Mi presidencia efectiva se completa a fin pero en calidad de presidenta emérita pienso crear un Comité de Arte y Activismo. Siendo nuestro lema «Por la libertad y la responsabilidad de la palabra», me interesa mucho mantener vigente la importante función de PEN en tanto observatorio.

Pero temo haberme demorado demasiado narrando estos atisbos de mi vida, larga por cierto, a pesar de que en mis primeros años de periodismo me adiestré en la concisión. Mejor dicho me adiestró Ambrosio Vecino quien además de ser mi jefe fue mi maestro. En el Suplemento Gráfico del diario La Nación, en el que trabajé de planta durante casi diez años y que él dirigía, las fotos tenían prioridad por lo cual el texto, muy breve, debía ser sustancioso e informativo.

Al menos lo sustancioso espero haya prevalecido en este largo macrorrelato de mi vida errante.

Agrego un recuerdo para cerrar. Contaba mi madre que cuando me paseaba de pequeña en el cochecito, las gitanas la detenían para decirle: «Señora, nos acusan a nosotras de robar niños, pero esta niñita de rizos y grandes ojos negros nos la robó usted a nosotras».

Puede que quienes hayan tenido la paciencia de leer hasta acá les crean a esas gitanas. Metafóricamente, claro está.

[1] Elegir una buena sustancia de mujer inquieta y decidida, agregarle unas gotas de valentía varonil y otras de rebeldía constante, mezclarle unas pocas plumitas de ángel con un puñado de polvo de cuernitos de diablo, incluir un par de ojos de detective y un corazón previamente rebozado de justicia, revolver todo pausadamente hacia la izquierda y dejarlo hervir sin apuro en un baño de literatura de la mejor calidad. Apenas se enfríe, agregarle abundantes condimentos de varias partes del mundo, encerrar todo en una valija de avión y dejar que la mezcla se asiente, cobre sabor y fermente. El resultado logrado será lo más parecido a una Luisa Valenzuela original. Según la dosis empleada, se recomienda servir en formato microrrelato exprés, cuento macerado o en paralelepípedo compacto tipo novela.