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Pasemos ahora, encaminándonos hacia el tema de la segunda redacción, a otra cuestión conexa, que es la manera de presentar el texto en sus piezas liminares, o paratexto, por tanto en sus Prólogos y en sus Epílogos. En efecto, también en estas partes externas a la narración de los Mamotretos son muchas las semejanzas de actitud que Delicado tiene con el modelo Rojas.

Ante todo el anonimato, no riguroso sino semianonimato ya que, como Rojas ya hiciera en el Acróstico, Delicado también revela su nombre escondiéndolo en unos versos al final de la obra, o sea en la Carta de Excomunión (contrahechura, o mejor dicho plagio, de un poema de Hernando de Ludueña) donde tres veces juega con su nombre, hablando de «cejas delicadas», de «nariz delicada», y de «braços delicados» (p. 435)9. Al mismo tiempo, en la segunda redacción (Mam. 54, p. 366; Mam. 55, p. 373; Escusa autor, p. 423) remite a otras obras suyas ya publicadas donde consta su nombre expreso, ambas centradas en la sífilis: De consolatione infirmorum, Roma 1525, y el tratado del Legno de India Occidentale, Venecia 1529; por tanto el lector curioso, si quiere enterarse, está puesto en condiciones de ir a mirar quién es el autor de las obras que se citan, y saber su nombre. Por otra parte, pocos años después, al prologar un libro de caballería que edita (el Primaleón en Venecia en 1534), el autor confiesa que ha compuesto La Lozana. Por tanto, anonimato disuelto, igual que Rojas, converso como él.

Y sin embargo el texto sale anónimo, y las razones que nos da el autor en su Escusa final (p. 424) son semejantes en todo a las de Rojas: «por no vituperar el offiçio escriviendo vanidades» (como Rojas que, de muy serio jurista que es, considera un pasatiempo ocuparse de cosas tan triviales como la literatura). Y al mismo tiempo, muy preocupado nuestro autor, igual que Rojas, por un público atento de entendedores que podrían criticar su obra. En efecto, él también habla de «vituperadores» y de «reprochadores» (Epístola autor, p. 430), eco de las «nocibles lenguas más aparejadas a reprehender que a saber inventar» que van cortando a Rojas con «reproches, revistas y tachas» (Carta, p. 185 y Acrósticos, p. 189). Por tanto, el cordobés también con gran temor de la recepción del texto, mucho más escabroso que el de La Celestina. E igual que Rojas, acudiendo él también a la imagen del vuelo como metáfora de la escritura: si en La Celestina eran las alas de una hormiga (Acrósticos, p. 188), también Delicado le da «alas a volar» a su propio texto, sin temor de los «vituperadores que más atilado lo supieran conponer» (Epístola autor, p. 430).

Ambos hablan de la escritura como pasatiempo, de unas vacaciones Rojas, y Delicado de una estancia en el Hospital (y casi con valor de una terapia), a la par que ambos terminan la obra con una oración final, invocando el amor de Dios, los temas serios (en el Concluye el Autor de La Celestina -p. 610- y en la Digresión final de La Lozana -p. 442-). Y ambos usan el paratexto de los Prólogos y de los Epílogos para apuntar la intención moralizante que tenían al proporcionar al público temas tan escabrosos como magia y prostitución. Los dos presentan un caso ejemplar de maldad y perversión, y los dos lo condenan, sea con la punición del personaje (por muerte o enfermedad), sea con los avisos moralizantes que ponen en los paratextos. Pero el intento moralizador, en ambas obras, entra de lleno en la fase de su re-escritura y en los reajustes y correcciones de una segunda y nueva redacción, que toma distancia de la materia herética.

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De la primera y la segunda redacción de La Lozana sabemos el detalle del lugar y fecha, que nos cuenta el propio autor: la primera fue acabada entre el 30 de junio y el 1 de diciembre de 1524 (según lo declara expresamente en el Incipit de la Parte Prima -p. 77- y en el Explicit final del último Mamotreto -p. 420-, esto es, principio y final de la parte narrativa), y además fue compuesta en Roma, cuando él estaba internado por sifilítico en el hospital de Santiago de la Carreta. La segunda se remataría en Venecia, según nos dice en uno de los paratextos finales (Digresión, pp. 441-442), y entre los años 1528 y 1529, según deducimos por las referencias a la inundación del Tíber de 1528 (Epístola autor, p. 429) y a su tratado del Legno de India Occidentale, aparecido en Venecia en 1529.

En la primera redacción, las alusiones a la ciudad de Roma también se repiten en el primero de los paratextos, el inicial con el que Delicado pide a una autoridad romana el permiso para publicar su obra, o sea el imprimatur (p. 69). Las referencias a 1524 como el año de la hora de la acción continúan en otros Mamotretos (como el 54, p. 366), pero quizás sean falsas y sólo con apariencia de contemporaneidad, para despistar al lector en uno de sus muchos juegos. En efecto, van codo a codo con otras referencias a hechos posteriores, como el diluvio y la inundación del Tíber de 1528 y la alusión al tratado del Legno para curar la sífilis publicado en 1529 y cuyo imprimatur es de 1526. Por tanto, tienen todas las trazas de ser interpolaciones sucesivas.

Interpolaciones de cuando quizás el autor, trasladado a Venecia tras el Saco de Roma y después de haber visto su horror y destrucción, y también tras la inundación del Tíber unos meses después debida a un diluvio bíblico (punitivo de las prostitutas como el Saco), decidiría dedicarse a nueva vida y se mudaría a Venecia, según nos cuenta, el 10 de febrero de 1528:

[AUTOR].-  [...] he visto morir munchas buenas personas y he visto atormentar munchos siervos de Dios como a su Santa Magestad le plugo.


Salimos de Roma a diez días de febrero por no sperar las crueldades vindicativas de naturales


(Digresión que cuenta el autor en Venecia, pp. 441-442)                


En la Serenísima, al parecer, pasa una época de relativa prosperidad: trabaja para la imprenta veneciana y edita textos españoles: novela sentimental, libros de caballería, y Celestinas (dos, una de 1531 y otra de 1534, pero el texto lo conocía ya antes).

Quizás en la imprenta, codo a codo con los impresores y con el mundo editorial, le fuera más fácil publicar ese Retrato de la Lozana andaluza compuesto en Roma que tal vez no lograra editar en Roma por no dársele el permiso. Y, una vez vislumbrado el negocio que le podía traer, como él mismo confiesa en sus últimas palabras,

[AUTOR].-  [...] me compelió a dar este rretrato a un estampador por rremediar mi no tener ni poder, el qual rretrato me valió más que otros cartapacios que yo tenía por mis legítimas obras, y éste, que no era ligítimo, por ser cosas ridiculosas, me valió a tiempo, que de otra manera no lo publicara hasta después de mis días.


(Digresión, p. 442).                


decide añadirle todos aquellos matices que le van dando al libro un tinte moralizante, un tono de sermón y un caso «ejemplar» de punición divina, o de cómo fueron a parar las lujuriosas. En efecto, todas las prostitutas romanas o bien cayeron enfermas, o bien envejecieron y acudieron a la «Taverna Meritoria», o bien fueron arrasadas por el ejército imperial, o bien sufrieron el diluvio purificador y la limpieza de la inundación del Tíber (igual que las muertes punitivas de los personajes centrales de La Celestina, por haber elegido el camino del amor ilícito).

Así se explican en la segunda redacción de La Lozana todos los añadidos del paratexto que van remarcando dichos contenidos de moralidad, y a la vez se explica la inserción o interpolación en la primera base textual de los Mamotretos de aquellos «presagios» del Saco de Roma venidero (Mam. 12, p. 122; Mam. 15, p. 154; Mam. 24, p. 216; Mam. 34, p. 260; Epístola autor, p. 427; Epístola Lozana, p. 438; Digresión, p. 441, etc.).

A la vez se entienden otros Mamotretos, quizás interpolados, como el de las señas de la patria del autor (Mam. 47), o las explicaciones de «Silvano» que desenmaraña precisamente la «selva» de noticias sobre el autor y nos revela de dónde es y muchas cosas más, a la par que entre los grabados que se ponen a última hora10, en algunas páginas campea un retrato o un cuadro del Autor (fols. A2r, C3v):

Retrato del autor

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