Saltar al contenido principal

Novela hispanoamericana del siglo XIX / Fondo Benito Varela Jácome

En homenaje a don Benito Varela Jácome

Por José Carlos Rovira

Diré que Benito Varela es sobre todo un maestro que me honra con su amistad, pero no voy a seguir hablando de amistad, sino de la sensación que su obra me produce. Y en este sentido sí que voy a hablar de magisterio, ese magisterio que ha ejercido hacia sus discípulos directos y también hacia los que no fuimos alumnos suyos, aunque un día nos sintiésemos como tales por la lectura de algunos de sus trabajos o por la presencia de Benito Varela Jácome en Congresos, seminarios, reuniones en las que estos años hemos podido participar con él. Como hoy, en donde estamos junto a él para plantearnos como primer apunte un significado de su obra, tan repleta de trabajos que han jalonado el hispanoamericanismo entre nosotros, de ideas que tienen grandes centros de unidad y que permiten a partir de ellas lanzar líneas hacia el futuro, de inteligencia sensible que es una forma particular de inteligencia que suelen tener sólo aquellos que han sabido unir sus capacidades intelectivas a ese espacio de sensibilidad que les permite demostrar que están sintiendo y no sólo entendiendo una obra literaria.

Voy a dividir mi intervención en dos partes: la primera hablará de la obra de Benito Varela; la segunda será algo así como Benito Varela y el hispanoamericanismo en España.

Sobre la obra quiero partir de una idea principal: en múltiples trabajos, Benito Varela ha trazado una visión nueva de la narrativa hispanoamericana del siglo XIX. Hay dos principales que quiero resaltar, su Evolución de la novela hispanoamericana en el siglo XIX y sus introducciones y notas a Amalia de Mármol, María de Isaacs, Aves sin nido de Clorinda Matto de Turner y La charca de Manuel Zeno Gandía. Creo que se perfila en relación a este espacio y estas obras una lección coherente de cultura y de literatura vivenciada. Diré que, al margen de cualquier otra consideración, Benito Varela es sobre todo un gran lector, lo que hace que sus trabajos se construyan desde la pluralidad de lecturas que han sedimentado una visión extensa. Que alguien diga que un profesor de literatura es aparte un gran lector de obras literarias parecería una obviedad, si no supiéramos que no siempre es así. Para una tipología del profesorado diré que frente al profesor-lector se desarrolló también durante años la figura, que no puedo cuantificar, del funcionario de la literatura. Son tipos humanos que tienen una psicología diferente, una biblioteca diferente, un decir diferente, bien... no quiero extenderme sobre esto, pero Benito Varela es afortunadamente del tipo de los primeros, y además de los grandes lectores, de los que resultan haber leído casi todo.

La narrativa del XIX. Hay un preciso contexto social trazado en algunos trabajos que quiero recordar. Es ese contexto social el que en todo caso es clave para comprender la riqueza, la pluralidad y también la dificultad de una producción novelística.

En sus trabajos sobre narrativa del XIX creo que se anuncia además una línea crítica que abre perspectivas nuevas para intentar sistematizar, en trabajos posteriores, algunos desarrollos imprescindibles.

Intentaré situarlos brevemente:

Una visión de conjunto pasa por un conocimiento concreto de las obras

En los panoramas que he señalado se trazan perspectivas de conjunto sobre una evolución que tiene aspectos diferenciales al español y al europeo sobre la presencia del romanticismo, realismo y naturalismo en la novela hispanoamericana. Se entrecruzan géneros temáticos como la novela indianista, histórica, sentimental, o se resaltan materiales que se agrupan en temas como la piratería o las novelas dedicadas a la Inquisición. Lo importante del panorama lo trazan las ciento treinta obras que, con mayor o menor extensión, son comentadas como base de la argumentación central. Prevalece el comentario a los grandes modelos (María de Isaacs, Amalia de Mármol, Martín Rivas de Blest Gana) pero se llama la atención sobre obras más desconocidas. Voy a poner un ejemplo sobre ello.

Un epígrafe del trabajo es sobre la obra del boliviano Nataniel Aguirre, Juan de la Rosa: memorias del último soldado de la independencia, publicada en 1885. Benito Varela llama la atención sobre ella en términos de poco difundida y relegada por la crítica. Establece una valoración además:

Con una perspectiva de setenta y dos años, el escritor boliviano novela los episodios históricos acaecidos en su país, entre 1809 y 1811, con la insurrección de la Paz y la independencia de Cochabamba. El agente-narrado, Juan, desde la perspectiva amarga de la ancianidad, reconstruye su propia aventura infantil y los hechos históricos, las victorias y derrotas en la lucha por la emancipación,

y tras narrar episodios centrales, la geografía de la obra, la presencia indígena en la misma, las influencias galdosianas del autor, ha puesto en pie una obra que efectivamente ha sido relegada por la crítica. He leído recientemente la edición española de Juan de la Rosa: memorias del último soldado de la Independencia (Madrid: Ediciones de Cultura Hispánica, 1991; hay una edición en Casa de las Américas en 1978). Y algunas valoraciones de momentos de la obra que Benito Varela ha realizado me han parecido ajustadísimas y valiosas:

Consigue cuadros dramáticos como el de la casa ardiendo y las mujeres muertas; tiene vigor o tensión el alzamiento de las mujeres de Cochabamba, en su lucha contra el ejército regular, ocupando los puestos de los hombres muertos, y su matanza en la Coronilla.

Creo que este tipo de llamadas de atención acrecienta un panorama literario que ha estado muy limitado. Si la crítica sobre Juan de la Rosa no ha sido muy abundante, no lo son tampoco las referencias en las historias literarias al uso, donde no suele aparecer ni la obra ni su autor, Nataniel Aguirre.

Este tipo de advertencias funciona en varias obras a lo largo del extenso e intenso recorrido: por ejemplo, La Calandria (1890) del mexicano Rafael Delgado, poco frecuentada también y no presente en las historias literarias, es comentada en términos de su normalidad conflictiva de amores entre clases sociales diversas, pero destacada en su espacio urbano, Pluviosilla, una fantápolis de las que Benito Varela ha ido definiendo a través de su representación literaria de espacios reales. Y fantápolis es un término que acuña también como definición propia.

Sugerencias e indicaciones sobre obras que permiten ir abriendo el número de un conjunto literario en el que, para trazarlo, recurre al comentario más o menos extenso de unas ciento treinta obras. En esa amplitud llama la atención sobre grupos relevantes que plantean indicaciones nuevas, ampliando a subgéneros temáticos como los que comento a continuación.

Novelas de Buenos Aires. Una constante biográfica

Benito Varela tiene una preferencia desde la juventud por Buenos Aires y no es extraño que ésta haya sido acompañada por recorridos por una literatura «prefundacional» de la ciudad. Creo que con ella entramos en una propuesta que considero relevante por las razones que cuento.

Sobre Buenos Aires, ciudad literaria se ha escrito mucho y se ha fijado en el decenio de los años 20 de nuestro siglo el momento fundacional en la literatura que reclamaba el Borges de El tamaño de mi esperanza. Con Borges, Evaristo Carriego antes, o Girondo, Scalabrini Ortiz o un poco más tarde Mallea, Martínez Estrada, Marechal son los autores de una fundación literaria de la que, sin embargo, Benito Varela se dedicó a trazar los orígenes en la literatura urbana del XIX.

Llamó la atención, por ejemplo, sobre una novela, cada vez más conocida, como La gran aldea que Lucio Vicente López publica en 1884. En Amalia de Mármol hay recorridos urbanos, pero, al margen del diferente valor de una y otra obra, es La gran aldea la que por primera vez los sistematiza, en el tránsito además de una época que va de 1852 a 1884, desde el Buenos Aires patriota, sencillo, semitendero, semicurial y semialdea, al del presente en el que la vocación europea de la ciudad se va afianzando. El comercio por ejemplo es sometido a un recorrido por las transformaciones, como la oligarquía de la ciudad, la burguesía porteña definida como iletrada, muda, orgullosa, aburrida, honorable, rica y gorda. Algún atisbo nostálgico en la autobiografía que traza el protagonista no impide la afirmación de una ciudad que empieza a situarse en la modernidad mediante una transformación demográfica y social.

La obra de Juan Antonio Argerich Inocentes o culpables de 1884 es otra lectura de la ciudad mediante lo que Benito Varela llama casi realismo crítico. Una trama amorosa sirve para construir también la transformación demográfica de la ciudad y una crítica mordaz a la política contemporánea.

Un metagénero es identificado en la perspectiva de la ciudad a través de lo que Benito Varela llama el metagénero de la bolsa: La Bolsa de Julián Martel (José María Miró), en 1891, crea el lugar a través de La Bolsa de Comercio para señalar la crisis de los años 90 del siglo pasado. El comienzo de la obra narra una lluvia y un viento en la Plaza de Mayo que golpea con fuerza el Palacio de Gobierno, el Cabildo y las columnas de la Catedral, hasta llegar a la Bolsa de Comercio. Un viento que, dice Benito Varela, tiene un sentido simbólico de alegato crítico contra la degradación de las instituciones. Los simbolismos se acrecientan hasta el final en el que el protagonista, arruinado por la crisis, ve un monstruo espantoso y aniquilador que no es otra cosa que la bolsa metamorfoseada. Una penetración en diferentes ambientes urbanos completa la mirada de Martel, que es la de un periodista profundo conocedor de la ciudad.

En el mismo año, que es efectivamente el de una crisis bursátil, aparecían dos obras centradas en la ciudad y su crisis: Quilito de Carlos María Ocantos y Horas de fiebre de Segundo Villafañe.

La novela más amplia de este ciclo urbano, donde también habría que situar la visión de un autor mayor como Eugenio Cambaceres, es la que el médico Francisco Sicardi publica en cinco volúmenes entre 1894 y 1902, año en que muere: Libro extraño es el título de una construcción caótica, repleta de recorridos por lugares y transformaciones sociales, con una ciudad cada vez más cosmopolita por la presencia de vascos, gallegos, italianos y franceses, con lugares de vida de comunidades que cambian la fisonomía de la ciudad, con noches que ocultan la otra ciudad, la empobrecida y suburbial. Genaro, el protagonista, recorre con su mirada y sus sensaciones una ciudad que es también la de la miseria y la podredumbre.

Este espacio prefundacional urbano es una propuesta a través de modelos menores que Benito Varela realizó hace años, pero su visión de Argentina tiene un material complementario a la óptica porteña. Benito Varela lo identificó bien en «La Argentina visible en los libros de viajes», un recorrido por naturalezas que comienza con Lucio Mansilla y Una excursión a los indios ranqueles (1870), y sigue por Estanislao Zeballos, quien en la década del 80 publica Viaje al país de los araucanos, La región del trigo y A través de las cabañas; o la visión de la Patagonia en La Australia argentina de Roberto Payró (1898) o la misma naturaleza en manos de Fray Mocho (el periodista José Sixto Álvarez) quien en 1898 publica En el mar austral Croquis fueguinos, o los viajes hacia el norte de Víctor Gálvez, recogidos en Mi tierra; hasta otros viajeros argentinos del siglo XX que se llaman Arturo Capdevilla, Jorge Ávalos o Manuel Mujica Lainez.

La Argentina visible es ahora el espacio opuesto al porteño, todavía dentro de la antigua oposición modificada y dulcificada entre civilización y barbarie que creara Sarmiento. Benito Varela ha recorrido estas literaturas como espacio complementario, repleto de sugerencias de apreciación. Hace unos meses tuve que trabajar a otros viajeros, éstos españoles, que coincidieron en 1910 en aquel país: el Blasco Ibáñez de Argentina y sus grandezas y el Santiago Rusiñol de Del Born al Plata, obras que aparecen en 1911. Jugué entonces con la óptica diferencial de un escritor incontrolable como Blasco y un pintor como Rusiñol. Pues bien, hoy veo evidente una ampliación contrastiva de estos viajeros españoles con los propios argentinos en sus naturalezas. Se la debo a Benito Varela.

Algo me resulta curioso de esta emergencia porteña que señalaba. He leído recientemente el libro de Ricardo Luis Molinari, Buenos Aires 4 Siglos, donde traza bien las transformaciones de la ciudad desde la Colonia hasta el siglo XX. Entre la literatura citada, aparte de la necesaria y cada vez más apreciada La gran aldea, un poco de la Amalia, otro poco de Cambaceres, y la novela La bolsa. Faltan todas las demás. Creo que Benito Varela, con su perspectiva sobre todo de lector, ha ido más lejos, a ampliar modelos, a rescatarlos de las desapariciones que las obras sufren entre siglo y siglo. Luego intentaré hablar algo sobre el significado de esto. Porque hay más espacios narrativos resaltados: otros subgéneros temáticos de piratas e inquisidores.

Subgéneros temáticos: piratas, inquisidores...

Yo no sé si la gente sigue leyendo novelas de piratas aparte de La Isla del tesoro de Stevenson, pero si alguien quiere leer novelas de piratas en América hará bien en buscar las que Benito Varela rescata, por ejemplo:

  • Sierra O'Reylli, Justo, El filibustero (1851)
  • Márquez Coronel, Coriolano, El pirata
  • Márquez Coronel, Coriolano, La familia de los condes de Osorno
  • Bilbao, Manuel, El pirata del Huayas (1865)
  • Riva Palacio, Vicente, Los piratas del golfo (1869)
  • Tapia Rivera, Alejandro, Cofresí (1876)
  • Ortega, Francisco Carlos, El tesoro de Cofresí (1889)
  • Acuña Gabaldón, Francisco, Carlos Paoli
  • Acosta de Samper, Soledad, Los piratas de Cartagena (1885)
  • Sáenz Echevarría, Carlos, Los piratas
  • Cuevas Puga, Santiago, Esposa y verdugo, otros piratas de Tenco (1897)

Pero junto a las novelas de piratas tenemos otro subgénero temático en el que hay que reparar: las novelas sobre la inquisición, de las que destaca:

  • López, Vicente Fidel, La novia del hereje o la Inquisición en Lima (1854)
  • Bilbao, Manuel, El Inquisidor Mayor. Historia de unos amores (1852)
  • Sierra O'Reilly, Justo, El Fénix. La hija del hereje (1850)
  • Riva Palacio, Vicente, Monja y casada. Virgen y mártir (1868)

Y hay algo que les quisiera comentar sobre esto y es la vinculación de esta literatura y su momento con la corriente historiográfica que recorre el fin de siglo: desde Ricardo Palma en Perú al trabajo americano del polígrafo chileno José Toribio Medina, la Inquisición en América aparece como objeto historiográfico al tiempo de esta eclosión de novelas inquisitoriales.

En fin de nuevo, llamadas de atención de un lector que, a través de su trabajo, sitúa bien un centenar de títulos que, al margen de su mayor o menor grandeza, forman parte de un entramado cultural que Benito Varela reconstruye para entregarnos además múltiples sugerencias. Yo no sé si Benito Varela piensa reconstruir próximamente esta perspectiva, ampliando y sistematizando una visión sobre la narrativa del siglo XIX sobre la que él está más preparado que nadie. Si lo piensa hacer, tendrá seguro el apoyo de sus discípulos entre los que quiero encontrarme. Como lleva una temporada algo perezoso (por cierto, Benito, me debes todavía el artículo de la Isla), yo quisiera que estos comentarios sirvieran para animarlo. Creo que él como nadie ha servido para reintegrar títulos y olvidos. Hoy que se habla tanto sobre el canon, creo que su panorama de conjunto basado en una lectura minuciosa de muchas obras, servirá para no dejar reducido a cuatro o cinco obras el impulso narrativo que conforma ese brillante siglo XIX latinoamericano. Por cierto, hoy se habla mucho sobre el canon y la provocatoria actitud de Harold Bloom, con sus 26 modelos, o sea, Shakespeare y 25 más, nos dejaría sobre todo casi sin literatura hispanoamericana: de la colonia, recuerdan, sólo cita a Sor Juana no como modelo sino consumida casi por la ansiedad de la influencia de Góngora que tampoco parece un modelo canónico pues no conoció mucho a Shakespeare.

Pues bien, para la ampliación del canon, para el rescate de aquellos autores que casi nadie lee, para concebir la historia de la literatura desde otra dinámica... recuerden lo que dice Robert Darnton: Nuestra noción de clásico, además, es el fruto de la enseñanza que hemos recibido de profesores los cuales, a su vez, la han heredado de otros profesores, y así en adelante, hasta un punto no mejor precisado pero localizable en el inicio del siglo XIX. La historia de la literatura es un producto artificial, confeccionado en el arco de muchas generaciones: un vestido en algunos puntos demasiado largo y en los otros demasiado corto....

Yo creo que Benito Varela es un maestro que se negó a heredar la historia literaria tal como la recibía y ha buscado siempre, desde esa condición de lector apasionado, otras obras que permitían modificar panoramas y visiones de conjunto.

Por otra parte, su pluralidad de lecturas la ha abierto con fuerza hacia el siglo XX. Y recuerdo en ese sentido penetrantes lecturas sobre la narrativa de César Vallejo, Jorge Icaza, Carpentier, tantas otras que me llevan a una singular entrada reciente en La tregua de Mario Benedetti en donde el contexto social, la trama amorosa, la vida cotidiana, el fracaso... se estructuran en una precisa estrategia narrativa sobre la que Benito Varela resalta su eficacia. Estas llamadas de atención precisas sobre obras y autores contemporáneos latinoamericanos, o el Benito Varela galleguista, editor de obras principales de la tradición, o ese libro que tengo como memorable dedicado a Santiago de Compostela, forman apartados de una reflexión amplísima a través de la que podríamos trazar una aventura intelectual que anima a continuar su trabajo, aunque creo que debe ser el propio Benito Varela el primero en secundar la riqueza de sus propias propuestas.

Dije al principio que iba a dividir mi intervención en dos partes: en la segunda iba a hablar de Benito Varela y el Hispanoamericanismo en España. Pero voy a ser muy breve aunque podría extenderme: llevo bastantes años vinculado a una «troupe» de la que algunos de sus artistas principales están en esta mesa. Y Benito Varela, que preside honorariamente a todos los hispanoamericanistas de España, tiene que ver con una cierta complicidad cultural y vivencial que varios de nosotros mantenemos. En nuestra vida, en la social y en la universitaria, hemos visto de todo, de lo bueno y de lo malo. Hemos visto tantas veces a truchimanes alzarse con el santo y la seña. Pero hemos visto también, y nos reconforta, a personas que sabían conciliar dos sustantivos que permiten un juego fácil de palabras, conjugar la ciencia con la decencia. Y no les quepa duda que Benito Varela Jácome, en todos estos años, ahora mismo, es un modelo de esto.