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Novela hispanoamericana del siglo XIX / Fondo Benito Varela Jácome

En homenaje a don Benito Varela Jácome

Por Xavier Carro

La cátedra de literatura hispanoamericana de la Universidad de Alicante homenajea al profesor y crítico doctor Varela Jácome. Con tal motivo, el Magnífico Rector ha tenido a bien aprobar la propuesta del doctor José Carlos Rovira, director del área de Literatura Hispanoamericana para que el portal la Novela Hispanoamericana del siglo XIX lleve el nombre de Benito Varela Jácome como reconocimiento a una línea de trabajo iniciada por él y a su ingente labor a lo largo de tantos años. A este acto han querido sumarse destacados miembros de la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos para glosar distintos aspectos de su obra y compartir estas horas de honra y cariño con el que es su Presidente de Honor.

Agradezco a José Carlos Rovira y Reme Mataix, coordinadores del acto, que me hayan invitado a participar en este homenaje para esbozar -aunque sea muy brevemente- esa otra parcela investigadora que es la que el doctor Varela Jácome dedicó a la literatura gallega y que tenemos que señalar como una de las aportaciones más sobresalientes de este siglo, teniendo en cuenta además que parte de su trabajo fue durante un período en que pensar en España era un delito y casi un acto clandestino. Don Benito perteneció a esa minoría comprometida e ilustrada que mantuvo las señas de identidad de la cultura gallega reprimida en días de adversidad e intolerancia.

Pero antes de nada, me veo en la obligación de trazarles una semblanza humana de quien fue, allá por el curso de 1957, mi profesor, de lengua y literatura española en los años del bachillerato, y de quien me sigo considerando alumno y discípulo.

Eran tiempos duros. Llovía siempre. Pero cuando florecían las camelias, la música sonaba transparente en el aire húmedo de la Alameda y la alegría se llenaba de sol. Eran también tiempos oscuros para una ciudad ensimismada en el laberinto de su hermosura y subiendo por Castrón Douro, Mazarelos, Cinco calles, Preguntoiro, aparecía don Benito por la plaza de Cervantes, abstraído y un poco encorvado, con paso rápido, hacia el Pazo de Amarante, para sus clases de literatura. Gabardina, paraguas y una inmensa cartera en la mano izquierda, eran los atributos diarios con los que veíamos a don Benito cruzar Santiago, camino de los colegios, inmenso sembrador de versos en alborotados y traviesos alumnos, ideadores de maldades que perturbaban el orden del palo y tente tieso del temido colegio Peleteiro. A don Benito no le hacía falta disuadir con el castigo a aquellos alumnos. Bastábale con la palabra, para embarcarlos en la nave de Ulises o llevarlos por las veredas polvorientas en busca de las aventuras de un tal Alonso Quijano, hidalgo de escasa fortuna y harta novelería en la cabeza o, simplemente, sorprendernos con la vida cotidiana de las hormigas de fray Luis de Granada para que la clase quedase suspendida por la palabra iluminada de la literatura.

A don Benito no le hacían falta las orientaciones de los psicopedagogos ni la pedantería güera de los reformadores de la Logse para impartir una clase y que algo de lo dicho se quedara en los adentros de algunos revoloteando como una mariposa. Ponía en prática el único método, posible y que funciona -el método más tradicional que era el del estudio- cuando hay que enseñar a adolescentes llenos de incertidumbres o a mozallones prostibularios que ya venían licenciados de África, y esperaban ansiosos las tardes del jueves para cortejar a las criadas en la Alameda. Esa tarde no asistían a la clase de don Benito. Así un día y otro día, implacable en el método pero con una compresión humanísima para la vitalidad dionisíaca de aquellos jóvenes a los que se les resistía la letra impresa. Don Benito sabía que para muchos de mis compañeros la vida corría libre, fuera de las páginas de los libros, y para algunos pocos, más tímidos y soñadores, imaginarla en la palabra era vivirla con los perfiles más nítidos de la fantasía. Don Benito se enfadaba muy poco, cuando escuchaba animaladas atroces y sonreía luego desde la distancia irónica de lo imposible. Siempre recordaré esa su sonrisa con la que calificaba la ignorancia, a veces, tan pertinaz como la sequía. Con él, aprendimos a redactar, a leer y a comentar textos, mucho antes de que todas las reformas terminasen planificando la ignorancia por real decreto ley.

Admiré a mi profesor desde que llevaba pantalón corto. No sé si fue porque nací rodeado de libros y la literatura habitó mi vida o yo mismo literaturicé la vida. La lectura fue, desde la infancia, el ámbito auroral e inmenso que llenó mis horas en una casa de sombras y de relojes que contrapunteaban el silencio. Desde los catorce años supe lo que quería estudiar y las clases de don Benito ensanchaban mis horizontes en aquel Santiago que de tanta lluvia, las piedras florecían. Muchas veces pienso en la gran suerte que he tenido de encontrarme en la vida con hombres generosos que dejaron una huella indeleble en mí, y me ayudaron cuando más lo necesitaba y en el momento preciso. Sólo por eso, puedo considerarme afortunado. Una de esas personas fue mi profesor desde cuarto de bachillerato. Don Benito me abrió las puertas de su amistad, de su casa y de su biblioteca. Allí estaban autores inencontrables por raros y por prohibidos. Era un paraíso cuando la cultura llegaba en maletas de cartón al portal de Eduardo, una librería de lance, que difundía más cultura que la universidad en aquella Compostela levítica. Desde el mismo pupitre del colegio, comenzó esa estrecha colaboración entre profesor y alumno. Y mi gratitud viene también desde tan lejos pues su apoyo y sus orientaciones fueron constantes y siguieron en los años de Facultad y luego durante la especialidad en mis años madrileños. Don Benito era además de profesor, un lector impenitente, que contagiaba la pasión por la lectura. Para muchos jóvenes, y como también para mí, don Benito fue nuestro guía, nuestro personal Virgilio que nos alumbró en el basto panorama de la novela europea del siglo XX.

En 1960, obtiene por oposición la cátedra de instituto de San Sebastián. El curso siguiente se traslada a la Coruña y en 1964, está de nuevo en Santiago. En esta década, el ingreso en la administración supone, entre otras seguridades y beneficios, la disponibilidad de tiempo para el estudio y la investigación. Quedan atrás años durísimos pero de una gran tenacidad y coraje. Se inicia una nueva etapa marcada por una intensa actividad académica y universitaria en la recién creada especialidad de filología románica. Como todo tiene su cruz, es nombrado director del Instituto Arzobispo Gelmírez, cargo que desempeña con buena dosis de humor para pacificar aquella irrepetible galería de personajes singulares.

Cuando yo regresaba de Madrid con las lecciones piadosas del profesor Morales Oliver bien aprendidas; él me recomendaba la lectura de Tunsteno, o las Buenas conciencias o el Llano en llamas o aquella otra de los recolectores de hierba mate que remontaban el curso del río buscando el cuerpo narrado de la Flor de Lis. Recién licenciado y leída la Memoria de licenciatura, seguí su consejo y me puse a preparar oposiciones en aquel Santiago lluvioso, azotado por los recuerdos de una princesa italiana y la monotonía de los días humedeciendo los espejos de todas las consolas. Para hacer más soportable aquel retiro de campanas y de temas, don Benito me dio unas clases en el nocturno, con el fin de que fuese cogiendo práctica, pero, en realidad, fue para que dispusiese de unas pesetas en el bolsillo y el abatimiento no hiciera mella en el ánimo del opositor. El paseo antes de la comida y de la cena era un valsoneo en el columpio de las miradas para luego continuar con el café, al que no faltaba nadie, y la partida de parchís servía para alargar las tardes idénticamente iguales rodando los dados blancos de las ilusiones y de la monotonía.

Publica La renovación de la novela en el siglo XX, cuyas galeradas leí en el verano del 67 y comenté con él algunos aspectos. Un libro muy importante sobre la técnica narrativa y que venía a completar Literatura del siglo XX y Cristianismo de Charles Moeller, tan imprescindible para nuestra formación. Creo que fue el primer libro escrito en castellano que desde una óptica puramente formal se adentraba en el universo novelístico de los grandes escritores del siglo. En el 1969, llega a ser finalista del Premio de Novela Biblioteca Breve, con una novela río ambientada en Santiago.

En el plano académico, don Benito fue la persona más impuesta y mejor informada de lo que estaba ocurriendo en la lingüística y en la crítica literaria. En bastantes de sus artículos encontrábamos intuiciones originales que más tarde veíamos formalizados en nuevas perspectivas teóricas. Fue un pionero en la aplicación de diversas teorías de la crítica literaria, como la de la sociología en el universo novelístico, o la teoría actancial de Greimas y Todorov, así como de las funciones del discurso narrativo. Pero, también en aquellos años, fue apartado de la docencia universitaria, acusado de persona peligrosa por difundir las teorías de Luckas, Golmand, Adan Shaaf entre otros.

En los setenta don Benito gana la cátedra de literatura hispanoamericana de la Universidad Complutense y en 1980 se traslada a la cátedra de Santiago. Don Benito goza del cariño, el aprecio y la consideración del claustro de filología, formado en gran parte por antiguos alumnos suyos. A su retorno, será nombrado director del departamento de literatura española. Merece que destaquemos las ediciones comentadas tanto de los clásicos de literatura española de ambas orillas, como Espronceda, Valera, Pardo Bazán, de Ruiz de Alarcón, de Sarmiento, de Jorge Isaacs, José Martí y un largo etcétera que haría interminable esta lista. Colabora en revistas y volúmenes colectivos, con importantes estudios y ensayos sobre la narrativa hispanoamericana.

Para una posible sistematización de su obra crítica en torno a la literatura gallega, propondría en primer lugar dos grandes apartados: un primer bloque, que abarcaría los estudios sobre escritores de expresión en lengua gallega y un segundo, de autores gallegos de expresión castellana. A su vez, estos estudios estarían encuadrados en tres épocas diferentes, épocas que correrían parejas en cierta manera, a la evolución del régimen franquista que condicionaba también la vida cultural y, en especial, a las literaturas silenciadas. Una primera época que comprendería los últimos años cuarenta y los cincuenta y que denominaría de Formación. En esta época, don Benito es nombrado colaborador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en su sección del Instituto Padre Sarmiento, prolongación solapada del Seminario de Estudios Gallegos que saca a flote un puñado de beneméritos hombres, supervivientes del galleguismo histórico. En estos años nuestro profesor emprende el trabajo historiográfico y el estudio sistemático de la métrica de los poetas gallegos: Rosalía, Pondal, Curros, Lamas Carvajal, y Ramón Cabanillas. Publica una Historia de la literatura gallega en 1951 y Poetas gallegos en el 1953. Estas dos obras son las primeras que divulgan con rigor la literatura gallega, después de la guerra. Estas dos obras fueron durante bastantes años los dos únicos referentes que tuvo a su alcance cualquier lector. Su manual de literatura se centra en los autores en lengua vernácula, no desdeñando a aquellos otros que escriben en castellano. Este criterio, además de ser un criterio integrador, era una manera hábil de burlar las recomendaciones censorias del gobierno, para difundir el conocimiento de la literatura gallega sin correr riesgos. A esta época pertenecen los estudios sobre los escritores románticos Neira de Mosquera y Vesteiro Torres. No puedo omitir por lo que significa para la literatura contemporánea el prólogo que don Benito escribe en 1956 para Memorias de Taíns, primera novela escrita en gallego por el jovencísimo Gonzalo Rodríguez Mourullo que por aquellas fechas contaba veintiún años y que inaugura la nova narrativa, restaurando además la continuidad quebrada tras la guerra civil.

La segunda época correspondería desde los años sesenta hasta la muerte del dictador, y que llamaré de deshielo. Don Benito es el introductor del estructuralismo en los estudios literarios gallegos. Enfoques novedosos para ahondar en los grandes autores: Rosalía, Castelao, Cunqueiro y la prosa gallega del siglo XIX por una parte, y Valle-Inclán y su monumental Estructuras novelísticas de Emilia Pardo Bazán, innovador análisis sociológico aplicado al discurso narrativo, desde el cual se interpretan los espacios rural y urbano de la sociedad gallega decimonónica. Coordina volúmenes especiales sobre la cultura gallega. De esta etapa, destacamos también Singradura da narrativa galega (1973), obra en la que a través de dieciocho autores analiza la evolución del relato gallego desde finales del XIX hasta las últimas tendencias y Estructuras de la narrativa de Castelao, estudia la renovación técnica, la oposición de funciones actanciales para descubrir la densidad creadora del autor rianxeiro.

La tercera etapa desde la transición a nuestros días. Su actividad se focaliza más en el campo específico de la literatura hispanoamericana, pero ello no impide que salgan documentadas ediciones críticas como la de Rosalía o la de Estebo de Lesta Meis, una novela sobre la emigración. Destaco además, sus ensayos sobre Memorias de Taíns, novela auroral de la narrativa de posguerra y A estructura multiaxencial de Crónicas do Sochantre de A. Cunqueiro.

Los análisis críticos de don Benito fueron un ejemplo de búsqueda y de riesgo apostando por modelos de análisis salidos de las avanzadas teorías literarias. Su obra refleja la evolución de un investigador atento a las corrientes del pensamiento del siglo XX. Modernizó una crítica literaria lastrada por el historicismo. Considero que don Benito fue un adelantado en todo cuanto supuso renovación y espíritu crítico, rompió moldes y apostó siempre por una crítica de vanguardia. Con sus trabajos, don Benito incitaba a sus alumnos a echar a andar, porque únicamente andando se hace el camino.

El doctor Varela Jácome, pertenece a esa generación de grandes y esforzados profesores que sin abandonar su labor docente, mantuvieron una presencia continua a través de sus publicaciones. Don Benito, trabajador infatigable y generoso nos fue dando, a lo largo de los años, con humildad y sin apenas ser notado, sus estudios sobre literatura española, gallega e hispanoamericana.

A pocas personas le otorgo el título de maestro pero, sin lugar a dudas, a una de ellas, es a mi profesor, maestro indiscutible por su sabiduría, humildad y bonhomía. Con don Benito compartí muchas horas de provechoso diálogo en esa Compostela que me sigue lloviendo dentro y neblinándome el corazón de melancolías.

Quero ir botando o peche a este parlamento e dicirlle a Don Benito que quen nos ía agoirar no Santiago de hai 40 anos que un día do ano dous mil habiamos estar xuntos en Alacante nunha homenaxe á súa persoa. E agora desde esta ribeira do marenostrum, invítolle a que subamos á tardiña, as terrazas do aire, como facía Al Farís Ibn Iaquin al Galizi, e parolando irmonos metendo no mar maior da imaxinación, mentres o sol, ese albariño da comprensión e da amizade, siga escentilando no fondo das copas.