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Reyes y Reinas de la España Contemporánea

Reyes, reinas y regentes: Carlos IV. Biografía

Biografía de Carlos IV de Borbón (1788-1808)

(Nápoles, 11 de noviembre de 1748 – Nápoles, 19 de enero de 1819)

Antonio Calvo Maturana
Universidad de Alicante


Carlos IVSi preguntásemos a historiadores y aficionados por el rey más absoluto de la Edad Moderna española, o por el que controló el imperio más extenso, pocos responderían que fue Carlos IV. Por el contrario, si pidiésemos el nombre del monarca más débil o el que dirigió los destinos de la Monarquía Hispánica más decrépita, el citado Borbón se repartiría el dudoso honor con el Habsburgo Carlos II.

Carlos IV ha pasado a la Historia como un hombre manipulable, sin más voluntad que la de su mujer, María Luisa de Parma, y su hombre de confianza, Manuel Godoy. Los sucesos de 1807 y 1808, que lo llevaron a ser el primero de los diez monarcas de la Edad Moderna española que no murió como rey, y que supusieron la invasión de la Monarquía Hispánica por parte de otra potencia, parecen confirmar a posteriori estos prejuicios. Desde el mismo marzo de 1808, los enemigos del monarca –fernandinos y liberales– escribirían la Historia de su reinado, insistiendo en esta línea e implantando una imagen que se antoja inamovible.

Afortunadamente, esta visión estereotipada viene siendo matizada por estudios que demuestran que Manuel Godoy fue mucho más que un advenedizo, que el reinado de Carlos IV supuso el culmen de la particular Ilustración española o que el Estado borbónico de principios del XIX anticipa muchos de las características del Estado liberal en materias como el fomento o la educación.

En definitiva, se trata de un reinado aún por conocer en muchos aspectos, quizá por su complejidad, por estar a medio camino entre dos épocas y por presentar características de ambas. Una dualidad que hace que nos enfrentemos a un periodo fascinante de la Historia de España, coprotagonizado por un monarca al que se ha rebajado demasiadas veces a la categoría de secundario o incluso de extra.

Veamos las líneas principales de la vida y el reinado de Carlos IV.

Carlos IV, príncipe

El 11 de noviembre de 1748, nació en el napolitano palacio de Portici, Carlos de Borbón, segundo hijo varón de Carlos VII de Nápoles y de María Amalia de Sajonia. La muerte sin descendencia de Fernando VI de España en 1759, hizo que su hermanastro, el rey de Nápoles, se convirtiese automáticamente en Carlos III de España. Ya que el primer hijo de este rey estaba impedido intelectualmente para el gobierno, su padre se llevó a España a Carlos para que fuese el nuevo príncipe de Asturias. De esta manera, dos piruetas del destino hicieron de aquel niño de once años –nacido como infante de Nápoles– el futuro rey de España, saltándose incluso la Ley Sálica, implantada por Felipe V en 1713 y que obligaba a que sus sucesores en el Trono español hubiesen nacido en el reino.

El príncipe recibió una educación al uso en las Cortes de la época. Junto a su formación religiosa (que hizo de él un hombre devoto), fue instruido en política e historia, y aprendió varios idiomas (francés, italiano y español). De gran sensibilidad para la cultura, fue un gran aficionado a la música y al arte. La primera afición incluso la practicaba, tocando el violín y el violoncelo. En cuanto a las bellas artes, fue un importante mecenas y coleccionista. Como bibliófilo, aumentó considerablemente la Real Biblioteca. Durante su reinado, la Imprenta Real alcanzaría sus más altas cotas de producción.

Es conocida su gran afición a los trabajos manuales, tanto a la ebanistería como a la construcción de relojes. Igual que Carlos III, dedicó –como príncipe y como rey– buena parte de su tiempo a la caza, tanto por afición como por la creencia de que el ejercicio físico los alejaría de la «melancolía» sufrida por sus antecesores Felipe V y Fernando VI.

Se conservan numerosos retratos de Carlos como príncipe y como monarca; en prácticamente todos se aprecia un gesto amable que se ha asociado tradicionalmente al carácter complaciente del retratado. No debemos olvidar que la propaganda oficial de los monarcas cambió en el XVIII, y estos dejaron de ser temibles guerreros para convertirse en tiernos padres de sus vasallos. Pero en todo caso, las diferentes descripciones coinciden en considerar al monarca como un hombre bondadoso (aunque algunas aluden a esporádicos y momentáneos ataques de ira).

En cuanto a su fisonomía, el constante ejercicio cinegético lo dotó de fuerza física y una complexión robusta, paliadas, eso sí, por la mala salud que arrastró en el último tercio de su vida. Si en los retratos como príncipe (realizados por Mengs) se aprecia cierta apostura, en los goyescos retratos del Carlos monarca nos encontramos a un personaje que coincide con la descripción que la Duquesa de Abrantes hizo al conocerlo:

«El rostro y aspecto general de Carlos IV eran excesivamente originales. La nariz de tamaño exagerado era la característica de su fisonomía, y en cuanto al pelo, blanco y nada abundante. Su conjunto era inexpresivo y sin ningún atractivo físico. En cambio, parecía bondadoso y muy amable» (Abrantes, Recuerdos de la época de Napoleón, París, 1909, p. 143).

Contaba Carlos con 16 años cuando se acordó su matrimonio con su prima María Luisa de Borbón, hija de Fernando de Parma (hermano de Carlos III). La boda fue celebrada en diciembre de 1765 con gran magnificencia, con la misma que se celebraron los partos de la princesa, especialmente el de gemelos en 1783. El fantasma de la falta de descendencia y de los efectos de otra Guerra de Sucesión alentaba la propaganda de estos alumbramientos, si bien el hijo varón saludable se hizo esperar (como se puede ver en la cronología). En un periodo de 23 años, María Luisa tuvo trece partos y aproximadamente diez abortos. Hasta 1784, los príncipes no tuvieron a un hijo varón que sobreviviera a sus primeros años (e incluso meses) de vida, éste fue el futuro Fernando VII.

Además del heredero, esta pareja engendró a otros hijos e hijas que tendrían un papel histórico relevante. Sobre todo, Carlota Joaquina (reina de Portugal), Carlos María Isidro (primer pretendiente carlista), María Luisa (reina de Etruria) y María Isabel (reina de las Dos Sicilias). 

Carlos y María Luisa formaron un matrimonio unido. Como príncipes y como reyes compartieron los asuntos de la Corte y del Estado, lo que dio lugar a buena parte de los rumores sobre el poder efectivo de la parmesana. Sin lugar a dudas, María Luisa tenía una fuerte personalidad y tenía una influencia indudable en los asuntos cortesanos. La muerte de la reina María Amalia en 1760 y la de la reina madre, Isabel de Farnesio en 1766 (sólo un año después de la llegada de María Luisa a España), hicieron de la princesa de Asturias la mujer más influyente del reino durante 44 años.

María Luisa no hizo sino recoger el testigo de sus predecesoras, Isabel de Farnesio y Bárbara de Braganza, iniciadoras de un modelo de consorte mucho más vinculada personalmente al rey y, por lo tanto, con un papel más activo en los asuntos del monarca. Es posible que la enfermedad de los dos primeros Borbones allanase el camino a sus consortes, pero eso no tiene por qué hacer de Carlos IV un «enfermo de carácter», ni mucho menos.

Quizás la pequeña conspiración de 1781 sea el episodio más conocido e importante de la vida de Carlos en este periodo. Después de tantos años a la sombra de Carlos III y a la espera de acceder al Trono en no mucho tiempo, el cuarto de los príncipes intentó tener un partido propio. Para ello, Carlos –siempre asesorado por su esposa– le escribió a París al Conde de Aranda (conocido rival del vigente secretario de Estado, Floridablanca) pidiéndole un arbitrio para reformar la «desbaratada máquina de la monarquía». Carlos III descubrió esta pequeña conspiración y reprendió a su hijo en una interesante carta en la que –como buen suegro que se precie– achacaba estos manejos a la mala influencia de la princesa de Asturias:

«Por último, quiero hacerte otra observación importante: las mujeres son naturalmente débiles y ligeras, carecen de instrucción y acostumbran a mirar las cosas superficialmente, de que resulta tomar incautamente las impresiones que otras gentes con sus miras y fines particulares las quieren dar. Con tu entendimiento, basta esta observación y advertencia general» (Egido, Carlos IV, Madrid, 2001, p. 44).;

Siete años más tarde, el 14 de diciembre de 1788, murió Carlos III. El aparato propagandístico de la Monarquía hizo del monarca difunto (son conocidos los elogios fúnebres de Jovellanos y Cabarrús) el restaurador de las antiguas glorias, y del nuevo rey, el culminador de esta gran obra. Pero en Francia se estaba gestando una revolución que cambiaría la Historia de España y la de Europa.

María Luisa de Parma, Manuel Godoy y la leyenda negra

María Luisa de ParmaEl reinado de Carlos IV está sembrado de anécdotas e inverosímiles leyendas de alcoba, repetidas sin rubor por tantos y tantos historiadores. La rumorología de la época (alimentada por la crisis y las maniobras del partido fernandino) salió a la luz gracias a la libertad de imprenta de la Guerra de la Independencia y quedó fijada en el imaginario colectivo español y en las obras de los autores decimonónicos, tan propensos a escribir historias de héroes y antihéroes.

Hoy día, gracias a los trabajos de Carlos Seco Serrano y de Emilio La Parra, se está imponiendo una visión mucho más rigurosa de aquel periodo. Sabemos que Godoy era un gobernante mucho más capaz de lo que pretendieron sus detractores. En cuanto a las supuestas relaciones de este con la reina, no debe importarnos si se produjeron o no (aunque lo dudamos bastante), ya que el Príncipe de la Paz fue la mano derecha de Carlos IV, quien lo consideraba su verdadero amigo (como bien ha escrito Teófanes Egido).

Por una carta de Luis Godoy a sus padres, fechada el 12 de septiembre de 1788, sabemos que Carlos y María Luisa conocieron a Manuel tras una caída del caballo en acto de servicio:

«Manuel, en el camino de la Granja de Segovia, tuvo una caída del caballo que montaba. Lleno de coraje lo dominó y volvió a cabalgarlo. Ha estado dos o tres días molesto, quejándose de una pierna, aunque sin dejar de hacer su vida ordinaria. Como iba en la escolara de la Serenísima Princesa de Asturias, tanto esta como el príncipe se han interesado vivamente por lo ocurrido. El señor Brigadier Trejo me ha dicho hoy que será llamado a Palacio, pues desea conocerle don Carlos» (La Parra, Manuel Godoy, la aventura del poder, Barcelona, 2002, p. 68).

Así empezó la carrera fulgurante del hidalgo Manuel Godoy, que en 1788 era un guardia de Corps y en 1792 era ya nada menos que Duque de Alcudia, Grande de España y Secretario de Estado. Desde entonces, no dejó de recibir honores que el rey y el reino le concedían a manos llenas. Entre los más significativos, el controvertido nombramiento como Príncipe de la Paz en 1795, y el de Generalísimo de las armas de Mar y Tierra en 1801.

Sólo un monarca absoluto como Carlos IV podía imponer a su hechura como la persona más influyente de la Monarquía, por encima de todos los partidos de la Corte y de la alta nobleza. El nuevo monarca quiso gobernar independientemente, al margen de administradores contrastados y con una poderosa clientela política como los condes de Floridablanca y Aranda. Godoy suponía una «tercera vía» al margen de golillas y nobles. Precisamente ésta viene a ser la explicación que Godoy dio en sus Memorias a su ascenso, y es la que nos parece más lógica: entender la Corte en clave de redes clientelares y partidos políticos, y no como un foco de frivolidad que funciona a golpe de capricho. Por otra parte, es normal que la precipitación de sucesos que llevaría a Luis XVI desde el Trono absoluto en 1789 hasta la ejecución en 1793, fuese «quemando» a los secretarios de Estado españoles, y diese lugar a cambios bruscos en el gabinete de asuntos exteriores.

A pesar de los numerosos comentarios sobre la debilidad de carácter de Carlos IV, las fuentes no parecen indicar que fuese un pusilánime, ni que careciese de interés por los asuntos de Estado. Con esto no pretendemos decir que trabajase arduamente, rodeado de papeles, como el famoso cliché de Felipe II; pero no hay que caer en el extremo contrario. Como todo monarca del Antiguo Régimen, Carlos tenía su vida organizada en torno a la rutina de la Corte (tanto la diaria, como la marcada por las estaciones y las estancias en los Reales Sitios de Aranjuez, San Ildefonso y El Escorial) y dedicaba buena parte de su tiempo a distracciones alejadas de los despachos. El propio Godoy le hizo un flaco favor a su protector contando en sus Memorias que, al final del día, el rey le preguntaba: «¿qué se ha hecho hoy por mis vasallos?» (Godoy, Memorias, Alicante, 2008, p. 924). No hay que olvidar, como bien ha escrito Egido que «el rey no estaba para gobernar sino para reinar, y que el reinar exigía otras ocupaciones más relacionadas con el prestigio, con la reputación, con la holganza u ocupaciones regias que con la dedicación a asuntos de Estado» (Egido, Carlos IV, Madrid, 2001, p. 57).

Pero Carlos estaba al tanto de lo que pasaba en su reino y tomaba las decisiones importantes. Siendo príncipe asistió a las reuniones del Consejo de Estado con su padre, incluso hemos localizado una carta en la que Carlos reprende a Floridablanca por dejar de informarlo un día del estado de la guerra contra Inglaterra (durante la Independencia de Estados Unidos). La ya mencionada carta a Aranda pidiéndole en 1781 un Plan de Gobierno, vuelve a refutar la supuesta abulia del personaje. Según Godoy, «Carlos IV era por carácter impaciente aún de la menor tardanza para llevar a efecto sus resoluciones en los negocios arduos» (Godoy, Memorias, Alicante, 2008, p. 113). En cuanto a la política exterior, el monarca no sólo decidía los tratados o rupturas importantes, también participaba en el juego diplomático hablando con los embajadores extranjeros cuando la ocasión lo requería.

Por poner un último ejemplo, podemos recurrir a las cartas entre Godoy y los reyes. Si bien la mayoría están escritas por María Luisa, en buena parte de ellas la reina traslada los mensajes de su marido, y no pocas están escritas por el propio monarca. En ellas existe un trato íntimo y amistoso, de total confianza. Por eso se pueden leer frases del tipo «dice el Rey que te diga que esperamos sacudirles a los ingleses» o «somos unos zotes». Pero la política del reino está presente incluso en esas cartas personales, veamos uno de estos añadidos de Carlos a una carta de su mujer a Godoy:

«Amigo Manuel, mucho me he alegrado con tu carta viendo que estabas bueno, y de haber podido darte una nueva prueba de mi amistad. He visto los papeles de Ximénez, y pediré los antecedentes. El plan de educación me lo podrás enviar cuando quieras y lo veré con cuidado. A Dios, cuenta siempre con tu amigo, Carlos» (Pereyra, Cartas confidenciales de la reina María Luisa de Parma y de don Manuel Godoy, Madrid, 1935, p. 197).

A pesar de todo, y aunque pensamos que se trata de una imagen a ser revisada, prácticamente todas las descripciones del carácter del rey coinciden con la de lady Holland, que lo consideraba un buen hombre cuyo mayor talento era la caza. Muriel –aunque reconocía que «no falta quien pretenda que este príncipe fue muy celoso de su autoridad»– presentó en su Historia de Carlos IV a un hombre de buenas intenciones pero de nula voluntad:

«Carlos IV fue un príncipe dotado de ánimo recto y bondadoso, cual había sido su padre; de muy sana intención, deseoso del bien de su pueblo, muy digno de aprecio por estas y otras prendas personales de que estuvo adornado. Pero con tan buenas cualidades se hallaban juntos graves defectos: era tímido, irresoluto, indolente, falto de previsión. No se determinaba sino por el juicio de otros (…) Esposo tierno y complaciente, nunca vio sino por los ojos de la reina, a cuyas voluntades obedeció con constante docilidad» (Muriel, Historia de Carlos IV, Madrid, 1959, p. 136).

En cuanto a la reina María Luisa, sólo vamos a insistir en la misma pregunta que ya nos hicimos en su momento: ¿nos encontramos ante una epidemia de reinas libertinas europeas? ¿Es posible que también la consorte de Francia (M.ª Antonieta), Nápoles (M.ª Carolina) y Portugal (Carlota Joaquina) fueran infieles a su abúlico marido con los principales ministros del reino? ¿Acaso no tiene más sentido que se trate de una efectiva arma política utilizada contra estos cuatro monarcas derrocados? Por otra parte, el florecimiento de una moral burguesa a finales del XVIII habría ayudado sin duda a censurar costumbres cortesanas como el cortejo (Calvo, María Luisa de Parma: reina de España, esclava del mito, Granada, 2007).

En todo caso, las anécdotas y leyendas, además de amenizar cualquier relato, tienen su origen histórico y no tienen por qué ser despreciadas por el historiador, siempre que no se deje engañar por ellas.

Política exterior: de la Revolución a la peligrosa amistad francesa

En los últimos años del reinado de Carlos III, la Monarquía hispánica había vivido una cómoda situación internacional. La derrota inglesa en la Guerra de Independencia de Estados Unidos había demostrado la fuerza de los Pactos de Familia, que unían las fuerzas militares de los Borbones franceses y los españoles. El Tratado de París de 1783 había sancionado el dominio español sobre Menorca, Florida y varios enclaves centroamericanos de importancia.

Sin embargo, la Revolución francesa cambió el panorama político europeo. Carlos IV perdió la alianza de su primo Luis XVI, y experimentó muy pronto lo que eso suponía. En 1790, un conflicto entre barcos españoles e ingleses en la bahía de Nootka (junto a la isla de Vancouver) estuvo a punto de llevar a la guerra entre ambas potencias y se zanjó con el humillante reconocimiento del gobierno de Madrid del derecho inglés a transitar por los territorios descubiertos pero no ocupados efectivamente por los españoles.

Carlos IV y sus ministros sucesivos (Floridablanca, Aranda y Godoy) se encontraron aislados internacionalmente, en medio de dos aliados imposibles que eran más bien enemigos potenciales: un Estado que le había declarado la guerra al absolutismo y otro que ambicionaba a todas luces las ventajas económicas del imperio español.

Aunque la guerra contra la Francia regicida –predicada en España como una cruzada– deparó algunas victorias en 1793, las siguientes campañas fueron contrarias a los intereses españoles. Tanto a una Francia que necesitaba concentrar sus fuerzas en el frente centroeuropeo, como a una España superada por el avance francés, les interesaba la firma de una paz que se acordó en Basilea en 1795. La geoestrategia se acabó imponiendo a los intereses dinásticos: en 1796 Carlos IV firmó el Tratado de San Ildefonso, una alianza militar con Francia, con la que le unía el enemigo común británico.

Pero al moderado Directorio francés, le siguió el Consulado, en el que Napoleón Bonaparte fue ganando prerrogativas hasta ser coronado emperador en 1804. La Francia napoleónica exigió de su aliado español una ingente ayuda económica y militar a la que Carlos IV no podía hacer frente, sobre todo porque los barcos ingleses tenían cortada la comunicación con las colonias americanas, principal fuente de los ingresos españoles.

Uniendo sus destinos y sus intereses a los de Francia, la política exterior española estuvo supeditada a los dictados napoleónicos. En 1801, Godoy dirigió la invasión de Portugal (que no cumplía el bloqueo impuesto por Napoleón a Gran Bretaña) pero, tras las primeras victorias, prefirió firmar la paz a continuar la conquista y esperar la incorporación del ejército francés (quizá porque Carlota Joaquina, hija de los reyes de España, era la princesa consorte de Portugal). Esta «traición» enojó a Bonaparte, quien bien pudo empezar a plantearse entonces las ventajas de imponer un rey marioneta en España. El embajador español en París, recoge la siguiente pregunta de Napoleón tras la firma de la paz con Portugal: «¿Es posible, amigo Azara (...) que sus amos de usted estén tan cansados de reinar que quieran exponer su trono, provocando una guerra cuyas resultas pueden ser las más funestas?». 

Con la aniquilación de la flota española en Trafalgar (21 de octubre de 1805), poco tenía que ofrecerle el ejército español a Napoleón, por lo que centró sus exigencias a España en una serie de subsidios económicos. No obstante, aún en 1808, en plena invasión francesa de la Península, Napoleón contaba con 14.000 soldados españoles (dirigidos por el Marqués de la Romana) en Dinamarca para atacar Suecia.

En 1807, Napoleón decidió invadir Portugal por sí mismo y obtuvo de Carlos IV la firma del Tratado de Fontainebleau, por el que se permitía la entrada de sus tropas en la Península Ibérica, de donde no saldrían hasta su derrota en la Guerra de la Independencia.

Política interior

Recién llegado al Trono, Carlos IV convocó a las Cortes (formadas por procuradores de todo el reino) para que jurasen a su heredero. El estallido de la Revolución francesa hizo que –por su cierta analogía con los Estados Generales– fuesen clausuradas precipitadamente y que no se publicitase la anulación de la Ley Sálica. Esta derogación convenía al monarca por partida doble ya que acababa con un sistema sucesorio que lo excluía por haber nacido fuera del reino y, por otro lado, aliviaba las preocupaciones de todo un siglo por parte de los reyes borbónicos, temerosos de no tener un varón sano que evitase otro conflicto como la Guerra de Sucesión. La falta de publicidad de esta importante decisión –todo indica que se quiso ocultar mientras fuese posible– serviría de excusa a Carlos María Isidro para ignorarla y no reconocer así a su sobrina Isabel II en 1833.

La política interior del reinado estuvo dirigida generalmente por hombres verdaderamente capaces. Las secretarías de Despacho fueron ocupadas por personajes de la talla de Jovellanos, Urquijo, Saavedra, Floridablanca, Aranda, Llaguno o Soler. Personajes como Forner, Cabarrús, Meléndez Valdés, Campomanes, Moratín, Estala, Llorente o Sixto Espinosa también tuvieron acomodo al servicio del Estado Borbónico en esas dos décadas.

En todo caso, la política interior de la España del momento estuvo profundamente marcada por una crisis económica galopante. A las exigencias materiales y humanas de la guerra, y al bloque británico del comercio con América, se unió un periodo de carestías, catástrofes naturales y epidemias de tintes apocalípticos. Las fuentes de la época nos hablan de la hambruna provocada por las malas cosechas, así como de desastres naturales como los terremotos de 1804-1806 en Granada y Almería, o desgraciados accidentes como la ruptura del muro de la presa de Lorca en 1802. La viruela y la fiebre amarilla hicieron estragos, también con especial virulencia al sur de la Península.  

Siguiendo la tendencia general del siglo y las particulares urgencias económicas recién mencionadas, durante el reinado de Carlos IV se debatieron y proyectaron numerosas reformas internas. Algunas se quedaron en el tintero, como la supresión de la Inquisición, la reorganización del ejército o la reforma agraria. Otras, como el tope a la creación de mayorazgos y la posibilidad de desvincularlos, o la desamortización de ciertos bienes eclesiásticos, se pusieron en práctica.

Continuando la labor de sus antecesores, los ministros de Carlos IV intentaron centralizar el poder en la figura del soberano. Los secretarios de Despacho desplazaron definitivamente a los Consejos en la toma de decisiones (proceso que explicó brillantemente Juan Luis Castellano en su último libro). Se tomaron medidas para controlar el territorio con mayor efectividad, como la creación de varias oficinas a partir de 1795 que culminarían en 1802 con la fundación del Departamento de Fomento general del Reino y de la Balanza de Comercio, encargado de hacer una encuesta a todo el reino y de publicar el censo de 1799. Mediante nuevas leyes, la intromisión estatal en la vida cotidiana de la población fue cada vez mayor.

Esta tendencia absolutista del monarca, desagradaba tanto a la alta nobleza como al clero, que veía en la política contra los mayorazgos, las desamortizaciones y su apartamiento del poder, un atentado contra sus tradicionales privilegios. En 1794, Godoy reprendió al Conde de Teba por su intención de leer en la Academia de la Historia un Discurso sobre la autoridad de los ricos hombres, en el que criticaba la tendencia absolutista de los reyes en perjuicio de la nobleza. Será esta nobleza despechada la que integre el llamado «partido fernandino», que acabaría derrocando a Carlos IV en Aranjuez.

En cuanto a la Iglesia, el Estado borbónico quiso incrementar sus «regalías» o derechos sobre la Iglesia. Con Pío VI prisionero de Napoleón, los ministros españoles tomaron dos decisiones trascendentales en las que Carlos IV suplantaba la autoridad papal: la limitada desamortización de bienes eclesiásticos y la entrega a los obispos españoles de la prerrogativa de las dispensas matrimoniales.

En cuanto a las dispensas, se ha querido ver en el decreto de 5 de noviembre de 1799, firmado por Mariano Urquijo, un cisma, cuando en realidad se trató de una medida extraordinaria anulada en cuanto la Santa Sede recuperó su poder con Pío VII (quien, más sumiso o realista que su antecesor, se avino a rendir pleitesía a Napoleón). Se considera que el cese del llamado «gabinete ilustrado» (formado por Urquijo y Jovellanos principalmente) coincide con un periodo más conservador del reinado de Carlos IV, en el que serían perseguidos los llamados «jansenistas» (nombre genérico que poco tenía que ver con Jansenio, y que se aplicaba al sector más aperturista y regalista de la Iglesia, dirigido en España por obispos como Antonio Tavira o Pedro Díaz de Valdés). De hecho, el 10 de diciembre de 1800, Carlos IV dio su plácet a la bula Auctorem Fidei, por la que Pío VI había condenado el jansenismo seis años antes. Sigue por estudiar el verdadero papel de José Antonio Caballero en este periodo de exilios y persecuciones.

Respecto a las desamortizaciones, a pesar de que fueron respaldadas por Pío VII, un amplio sector de la jerarquía eclesiástica y de las órdenes religiosas vio con malos ojos la expropiación de los bienes de hospitales, obras pías y cofradías decretada el 15 de septiembre de 1798. Años más tarde, se acusó a Godoy de haber desmantelado la infraestructura asistencial de la Iglesia en un momento tan crítico para la población. En 1808, la Iglesia se alinearía prácticamente en bloque del lado de Fernando VII.

El último impulso ilustrado

Tras el llamado «pánico de Floridablanca», por el que el ministro había cerrado los periódicos no oficiales y arreciado el celo censor, la peculiar Ilustración española se recuperó hasta vivir un periodo de apogeo en el que Godoy, hombre de confianza de Carlos IV, no tuvo poca culpa. El extremeño apoyó decididamente el restablecimiento de la prensa, y si bien no volvió a surgir un periódico de la frescura de El Censor, encontramos iniciativas interesantes como el Semanario de agricultura y artes dirigido a los párrocos (1797-1808), por el que se intentó hacer del clero el transmisor de ideas que pudiesen mejorar el sector primario español.

Un repaso por alguna de las principales obras del reinado nos puede hacer una idea de los avances en materia cultural. En 1790 se comenzó a publicar la primera Biblia traducida al castellano, obra de Felipe Scío iniciada en el reinado de Carlos III y expresamente protegida por Carlos IV; en 1792 y 1794 salieron a la luz sendas traducciones (censuradas) del Ensayo sobre la naturaleza y la causa de la riqueza de las naciones de Adam Smith; en 1795, el Informe sobre el expediente de la ley agraria, de Jovellanos; en 1806, por poner un último ejemplo, se representó con gran éxito El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín, obra protegida por Godoy y que fue prohibida por la Inquisición bajo Fernando VII.

El intervencionismo estatal priorizó el control de la cultura y la educación. Son bien conocidos los intentos de reforma de los teatros y las universidades. Del reinado de Carlos IV datan los primeros intentos claros de control de la instrucción primaria en detrimento del monopolio eclesiástico. En esta línea hemos de encuadrar el intento de Godoy de implantar en España el método educativo de Pestalozzi o el proyecto de un catecismo para toda la Monarquía hispánica, El niño instruido de fray Manuel San José (1807).

Posiblemente el mayor avance se produjo en las llamadas «enseñanzas útiles», las que revertían directamente en el progreso estatal y no suponían peligro alguno para la Monarquía. Historiadores como Egido y Sánchez Blanco nos hablan de la protección oficial a materias como la Medicina, la Cirugía, la Ingeniería de Puertos, Caminos y Canales o la Botánica; y a otras vinculadas a las Humanidades pero igualmente útiles al poder como la Historia, la Geografía/Cartografía o la Filología.

Un perfecto compendio de la comunión entre la ciencia, los intereses del Estado y el espíritu ilustrado fue la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, emprendida en 1803 bajo la dirección de Francisco Javier Balmis, y que llevó la vacuna contra la viruela (descubierta por el inglés Edward Jenner en 1796) a las posesiones españolas del otro lado del Atlántico.

Para terminar este breve apartado cultural, no podemos olvidarnos de las Bellas Artes. Tanto Carlos IV como María Luisa de Parma demostraron un exquisito gusto artístico al que dieron rienda suelta con su activo mecenazgo. El Palacio Real y Sitios como el de Aranjuez dan buena muestra del entusiasmo de los reyes por la decoración. Sobre el nombre de pintores de mérito como Mariano Salvador Maella, Francisco Bayeu o Vicente López resplandece el del inigualable Francisco de Goya, cuyo genio supieron apreciar Carlos y María Luisa nombrándolo Primer Pintor de Cámara y encargándole numerosos retratos oficiales. Ejemplar en este sentido es la famosa Familia de Carlos IV.

La Conjura del Escorial y el Motín de Aranjuez

La oposición larvada que se había ido agrupando en torno al príncipe Fernando (que ya venía preocupando a los reyes desde el matrimonio de su hijo con María Antonia de Nápoles en 1802) se manifestó públicamente en dos sucesos que acabaron con Godoy y Carlos IV a corto plazo, pero que contribuyeron, no poco, a erosionar las bases de la Monarquía española, cuyas disputas familiares le pusieron la oportunidad en bandeja a Napoleón.

El 30 de octubre de 1807, los vasallos de Carlos IV conocieron un decreto sin parangón. Su monarca acusaba públicamente al heredero de conspirar contra su vida. Una nota anónima llevó al monarca al cuarto de su hijo, donde habría encontrado papeles comprometedores para él y su partido (del que se supone que el canónigo Juan Escoiquiz, ayo de Fernando, era el cerebro). El 5 de noviembre, el monarca perdonaba a su hijo, de nuevo a ojos de todo el reino, publicando unas humillantes cartas en las que éste reconocía su culpa.

Con el perdón oficial al príncipe, y el exilio de los implicados (denunciados por el príncipe Fernando), se zanjó momentáneamente el asunto. No olvidemos que el exilio fue dictado por el rey, ya que el Consejo de Castilla había absuelto a los encausados (algo que invita a pensar en la precaria situación de un monarca que ya no controlaba a su máxima institución judicial).

Hay muchos interrogantes en torno a la Conjura del Escorial. No cabe duda de que Fernando conspiraba contra sus padres. Es conocida la campaña de sátiras y rumores que el príncipe promovió contra su madre y Godoy. Pero a todas luces la maniobra de Carlos IV denunciando la deslealtad de su hijo no hizo sino empeorar la situación y acrecentar la leyenda de mártir del príncipe Fernando, a quien la opinión pública consideró víctima de una conspiración de Godoy (casado con una sobrina de Carlos III) para hacerse con el Trono. Esta acusación se antoja absurda, pero todo apunta a que la popularidad de Godoy estaba por los suelos y que el pueblo estaba dispuesto a creer cualquier historia rocambolesca sobre él.

Los fernandinos quisieron ver en los hechos una conspiración de Godoy, y éste una torpe reacción de Caballero ante un problema que debería haberse resuelto en privado. En todo caso, estos sucesos y el intento de Fernando de casarse con un miembro de la familia Bonaparte, hicieron ver a Napoleón y a toda Europa que el Trono de Carlos IV era inestable.

Unos meses más tarde, en marzo de 1808, con las tropas francesas campando a sus anchas por la Península, Carlos IV y Godoy, a pesar de sus esfuerzos por tranquilizar a la población, y de recordarles que el emperador era un aliado, albergaban más que serias dudas sobre la honestidad de Bonaparte. La Corte estaba en Aranjuez, donde cundió el rumor de que los reyes tenían pensado escapar a América, como habían hecho los de Portugal. De nuevo, se pensaba que, lo que era una idea más que razonable para poner a salvo a la Familia Real, era una treta de Godoy para alejar a los reyes del pueblo.

En Aranjuez no se produjo otra cosa que un golpe de Estado, un motín cortesano urdido por los fernandinos y apoyado por la Guardia de Corps. Se dice que fue el Conde de Montijo (el llamado «tío Pedro») el que dio la señal para que el 17 de marzo la población tomase la casa de Godoy iniciando tres días de disturbios que acabaron con el cese del Príncipe de la Paz primero, y con la abdicación de Carlos IV después, el 19 de marzo de 1808. Días más tarde, Carlos declararía inválida dicha abdicación, aduciendo que había sido forzada. Resulta plausible que el anciano monarca renunciase a la Corona llevado por el miedo a la tremenda algarada que rodeaba a su palacio (a buen seguro debió de acordarse de su primo Luis XVI) o con la intención de salvar la vida de su amigo Godoy, que había sido descubierto, tras casi dos días escondido, en una buhardilla de su propia casa.

Aunque el pueblo acogió el ascenso al Trono de Fernando VII con gran alborozo (así lo confirman personajes que vivieron aquellos hechos como Blanco White o Alcalá Galiano), los franceses se negaron a reconocer al nuevo rey y apoyaron las reivindicaciones de Carlos IV. Con la excusa de dirimir entre las disputas de padre e hijo, Napoleón los citó a ambos en Bayona, donde –entre el 5 y el 10 de mayo– consiguió que Fernando le devolviese el Trono a Carlos y que éste lo pusiese a su disposición. Godoy cuenta, en sus memorias, que fue el día 5 cuando Napoleón hizo ceder a Carlos:

«En tal día como este, año de 1808, un rey pacífico, hombre de bien, amador de sus pueblos, incapaz de dolo y artificio, fiel a su palabra, modelo de verdad, y prototipo nobilísimo de rectitud y honor en todas sus acciones, fue sorprendido, consternado, martirizado en su espíritu, trastornado en su razón, y reducido a un verdadero estado de enajenamiento mental por un soldado poderoso que llegó a ser emperador y rey, amigo suyo y aliado; el cual, después de haber vencido con las armas a los demás reyes de la Europa que le fueron enemigos, como le hubiese parecido una especie de sacrilegio hacer la guerra a este rey amigo suyo, prefirió arrebatarle su corona por el engaño y la sorpresa, y le arrancó a favor suyo el trono de dos mundos» (Godoy, Memorias, Alicante, 2008, p. 1765).

Aunque Godoy se esfuerza por reflejar las dudas, razones y remordimientos de Carlos IV, el episodio de Bayona es –con toda probabilidad– el menos airoso de la vida del monarca. Carlos se valió de su autoridad paterna y de las amenazas de Napoleón para amedrentar a su hijo, para entregar a continuación al emperador el Trono que había heredado de sus antepasados. Tras el desafortunado episodio de las abdicaciones de Bayona, Napoleón le cedió el Trono a su hermano José, Fernando fue recluido en el castillo de Valençay, y Carlos IV inició el exilio en el que viviría el resto de su vida; siendo el primer monarca de la Edad Moderna española que no murió como tal.

Carlos IV en el exilio

Napoleón quiso que los Borbones españoles abandonasen Bayona antes de que se reunieran sus Cortes. El 10 de mayo de 1808, Carlos IV, María Luisa de Parma, el infante Francisco de Paula y Godoy (acompañado por Josefa Tudó y sus dos hijos con ella) partieron con su comitiva rumbo al palacio de Compiègne. A su paso por diferentes villas, las autoridades los recibieron con honores reales. Al no estar el mencionado palacio preparado para sus huéspedes, los reyes padres se alojaron en el de Fontainebleau cerca de un mes. Gracias a los pagos acordados con Napoleón, la de Carlos IV era una verdadera Corte en el exilio que mantenía a un elevado número de personas a su servicio (en torno a doscientas). El rey padre volvió a su vida anterior, regida por su afición a la caza. La policía de Napoleón permanecía alerta para evitar cualquier actividad política.

Al desagrado de Bonaparte por tener a un rey Borbón a menos de cien kilómetros de París se unió el disgusto de Carlos IV por el clima de Compiègne, así que la Corte exiliada se trasladó a Aix-en-Provence. A partir de este momento, Carlos IV empezó a sufrir el abandono de Napoleón, que no se había preocupado de buscar un alojamiento a un monarca que se vio obligado a alojarse en una casa de huéspedes «como cualquier aristócrata o burgués». Ante la dificultad de encontrar un alojamiento adecuado para la Corte, Carlos IV y Godoy decidieron marchar a Marsella, donde de nuevo echaron en falta la ayuda del emperador. De ahora en adelante, «la corte de Carlos IV ha quedado a su suerte, sin la ayuda imperial prometida, y si recibe alguna atención de los franceses, será únicamente a cambio de dinero». Desde agosto, Napoleón empezó a incumplir los pagos acordados, nunca más de 3 millones de francos anuales (menos de la mitad de los siete y medio prometidos en Bayona). Godoy tuvo que encargarse de vender alhajas y caballos, así como de reducir el servicio, lo que fue menoscabando el tren de vida de la Corte (La Parra, Manuel Godoy, la aventura del poder, Barcelona, 2002, pp. 423-429).

Durante su exilio, Carlos IV fue solicitado para varias conspiraciones. Los realistas franceses pensaron en él entre 1809 y 1811 como monarca (fue la llamada Conspiración del Midi). Años más tarde, los liberales españoles barajarían la posibilidad de que Carlos IV volviera al Trono como rey constitucional en detrimento de su hijo. El nivel de implicación de Carlos IV y Godoy en ambas conspiraciones no parece importante.

Volvamos a Marsella en 1812. A Napoleón le seguía incomodando la presencia de Borbones en Francia, lo que unido al disgusto de una Corte endeudada y vigilada por la policía, dio pie al traslado de los reyes padres y Godoy a Italia. Roma fue el destino definitivo de la Corte, pero no el final de los pesares del anciano monarca.

Reestablecido en el Trono, Fernando VII acosó a sus padres a través de su embajador Vargas Laguna. Fernando quería evitar cualquier maniobra política de Carlos IV en su contra, recuperar las joyas de la Corona (convencido de que su madre se las había llevado consigo) y vengarse de Godoy. En septiembre de 1814, el papa Pío VII se plegó a las presiones del rey de España y ordenó la salida de Godoy de Roma. Esta separación fue muy dolorosa para los reyes padres.

A lo largo de 1815, padre e hijo acercaron posturas. El 25 de febrero de ese año se firmó el Convenio ajustado entre el Rey Nuestro Señor y su Augusto Padre, mediante el que Carlos renunció a sus reivindicaciones al Trono a cambio de una pensión con la que mantenerse dignamente hasta el fin de sus días. Ese mismo año se permitió a Godoy volver a Roma, lo que no significa que remitiese el odio de Fernando VII por el extremeño cuyo proyecto de iniciar una nueva vida en el Imperio austríaco boicoteó en 1818.

Las cartas de Vargas Laguna demuestran la correspondencia secreta (a espaldas de su esposa) del rey con su hijo en relación a las joyas de la Corona. Estas intrigas, y los dos viajes de Carlos a Nápoles en 1818, invitan a pensar en un distanciamiento del rey padre de su esposa y de Godoy en los últimos compases de su vida. En todo caso, no deja de ser una especulación.

Invitado por su hermano Fernando IV, rodeado del boato cortesano que tanto debía extrañar, murió Carlos IV el 19 de enero en Nápoles, sólo 17 días después del fallecimiento de su esposa en Roma. Casi dos siglos después, su personalidad política nos es todavía desconocida. Sobrepasado por la Revolución francesa, quizá demasiado confiado en su entorno, traicionado por su hijo y obligado a vivir en el exilio, este monarca ha sido tradicionalmente considerado como «un buen hombre», inocente y engañado, eufemismos que le niegan un verdadero papel histórico, aún por desentrañar.