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Esteban Echeverría

El autor: Vida y obra de Esteban Echeverría

Introducción

La imagen de portada y la franja superior que se repite en todas las páginas de esta Biblioteca de autor, no son casuales. El clásico cuadro de Ernest Charton, realizado en 1873, veintidós años después de la muerte de Esteban Echeverría, y las escenas del matadero de Buenos Aires pintadas por Charles Henri Pellegrini hacia 1830, en la misma época en que el escritor las pintaba con palabras, sintetizan dos aspectos de la importancia de Esteban Echeverría como figura inaugural de las letras argentinas y americanas.

En el cuadro, Echeverría lleva la barba en «u» de los unitarios, una capa oscura sobre la que destaca una mano que recuerda la dignidad de El caballero de la mano en el pecho del Greco, está enmarcado por «los colores de la naturaleza», y su mirada apacible, nada tiene que ver con los ojos duros y estrábicos del daguerrotipo que probablemente sirvió de modelo.

El retrato, deliberadamente idealizado, se aparta del realismo para presentar al «poeta romántico» con sus atributos: comprometido con la política, ejemplo de regeneración moral, conductor de la sociedad y sensible al paisaje propio; lo que Echeverría siempre quiso ser, y para lo que trabajó sin descanso, tanto él como su amigo y exégeta Juan María Gutiérrez.

Añade significado el destino del cuadro, encargado para la Universidad de Buenos Aires, por su rector Juan María Gutiérrez quien, por esa época, realizaba la edición de las Obras Completas (1870-1874) del poeta, su gran trabajo crítico. La jerarquía de la pintura destinada a un ámbito académico (hoy se conserva en el despacho del Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires), subraya la condición de intelectual ilustrado del retratado.

Por otra parte, las imágenes de Pellegrini sobre el matadero de Buenos Aires destacan la obra más valiosa del escritor, el cuento que funda la literatura argentina.

El autor, que «no quería transitar por ya trillados caminos» -según sus palabras- describe una escena atroz para condena y escarnio del poder político de su época, y encuentra la originalidad en su propia tierra, en ese lodazal sanguinolento que repele a su ideal civilizado, pero con el que consigue las mejores páginas de su literatura: ese mundo «bárbaro» que se revalúa en el texto desde la potencia artística de su enunciado.

La inquietud que provoca este texto inaugural sigue vigente porque previamente comportó para su autor una búsqueda, una forma desasosegada de conocimiento.

Así pues, la iconografía elegida condensa, en dos imágenes, la importancia del autor y de su obra. Presenta al poeta romántico que concibe la poesía como una forma de vida, un destino que lo compromete, erigiéndose en guía de una generación cuya tarea fue imaginar la nueva nación y encontrar las formas literarias «no trilladas» que la expresen.