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Joanot Martorell i el Tirant lo Blanc

Tirant lo Blanc, novela sin fronteras

NOTA: El text és un pròleg inèdit en espanyol que només havia estat publicat en francés encapçalant l'edició: Joanot Martorell, TIRANT LE BLANC, traduit du catalan par Jean-Marie Barberà, Anacharsis Editions, 2003.

Tirant lo Blanc tiende un puente entre la Edad Media y el Renacimiento, pues en sus páginas la tradición caballeresca de la novela de aventuras, con su desmesura anecdótica y lo rudimentario de la construcción, se refina y enriquece con sutilezas formales, humor e ironías que anuncian ya la gran literatura narrativa del Siglo de Oro, y muy especialmente a Cervantes, lector aprovechado de Joanot Martorell, a quien homenajeó en el Quijote salvando a su novela de la quema inquisitorial y llamándola el mejor libro del mundo.

Aunque nacida dentro de la novela de caballerías, Tirant lo Blanc va mucho más lejos que sus congéneres pues el espíritu que la anima, su amplitud de miras y la riqueza de su factura artística le confieren un semblante de modernidad del que carecen las otras, incluso las mejores, como el Amadís de Gaula o Tristán de Leonís. Por eso, la gran novela valenciana, que durante muchos siglos estuvo, por prejuicios absurdos y una política represora contra la lengua en que fue escrita, injustamente arrinconada en bibliotecas y academias, lejos del gran público, ha hecho su reingreso en la vida literaria contemporánea por todo lo alto, conquistando en los últimos treinta años, en su lengua original y en viejas o nuevas traducciones –al castellano, el alemán, el italiano y el francés, entre ellas– no sólo el interés de la crítica universitaria, también el de esos lectores comunes y corrientes que son los que mantienen a los libros vivos, lozanos y cambiantes o, con su indiferencia, los convierten en piezas de museo.

Nada más justo que los lectores de distintos países de la Europa que en estos años trata de disolver sus fronteras y unirse en una comunidad fraterna, multicultural y multirracial, descubran los méritos de esta ambiciosa novela que merece, como pocas, ser calificada de europea. Porque media Europa y todo el Mediterráneo son el escenario por el que se desplaza como por su casa el protagonista de la historia, un hombre que se siente en su patria por igual en Inglaterra o en Bretaña, en Grecia o en España, y que no reconoce otras fronteras entre los seres humanos que las que separan el honor del deshonor, la belleza de la fealdad y la valentía de la cobardía. Es verdad que, en lo que se refiere a la religión, tabú supremo de esa época de ortodoxias impuestas por la espada y el tormento, no puede mostrar la flexibilidad de que hace gala en lo tocante a las lenguas, las culturas, las costumbres y los ritos de las distintas sociedades por las que circula –a separación entre los creyentes de la verdadera religión y los infieles de la «secta mahomética» es la más rígida en el libro–, pero, incluso en este campo, en el Tirant lo Blanc hay cierto prurito de imparcialidad, pues los reyes y príncipes musulmanes tienen tanto derecho a expresarse y exponer sus creencias como los cristianos, y figuran entre ellos figuras dignas y simpáticas (aunque casi siempre terminan por desertar su fe y convertirse al cristianismo).

Tirant lo Blanc es una novela sin fronteras en muchos sentidos, además del literal de no estar confinada en un solo país o región. Lo es, también, porque en ella alienta ese afán totalizador de las grandes novelas de todos los tiempos que, como el Quijote, La guerra y la paz, la Comedia Humana, Moby Dick o la saga de Faulkner, parecen querer emular al Ser Supremo en la creación de un mundo tan diverso, complejo y autosuficiente como el mundo real, de una ficción que compita con la vida en su proliferante variedad. Por eso, Tirant lo Blanc produce en el lector que se sumerge en su oceánica lectura una sensación de vértigo: ante sus ojos y su fantasía desfila un universo, como en la pequeña pantalla ideada por Borges en El Aleph donde comparece todo lo que ha sido, es y será.

Novela épica y de costumbres, realista y fantástica, militar y erótica, risueña y sentimental, puede ser abordada desde cualquier perspectiva sin que ninguno de los prismas elegidos para analizarla agote su proteica riqueza. Aunque Martorell se valió, para escribirla, de todo el arsenal de temas y tópicos imperantes en la cultura de su tiempo, su novela es mucho más que un reflejo más o menos fiel de la literatura y el mundo que lo formó. Él le impuso un sello propio, a partir de sus experiencias, manías y obsesiones personales, lo que le da un perfil que se distingue nítidamente de otras novelas de aventuras de su época, a menudo indiferenciables. Aunque esto se advierte en muchos órdenes, como el del humor, la ironía y ese realismo cotidiano que colorea ciertos episodios, acaso sea en el tratamiento de la vida del cuerpo y los sentidos, de la experiencia sexual, donde Tirant lo Blanc nos sorprende más, por la insólita libertad con que en sus páginas los personajes reivindican sus deseos y se entregan al goce carnal sin remilgos ni remordimientos, como a una exaltante fiesta. Y es también notable la manera como en este libro sale a la superficie el más profundo trasfondo de la vida psicológica, lo que sólo siglos más tarde se describirá como la dimensión inconsciente de la personalidad, esa oscura matriz del espíritu donde se forjan las raíces de la conducta humana.

Pero, acaso, destacar todos estos aspectos relevantes e innovadores de Tirant lo Blanc sea menos importante que subrayar lo amena y regocijante que es como novela, lo inesperado y suntuoso de sus aventuras y la rica orfebrería con que se despliegan sus ceremonias, la desmesura con que sus personajes viven sus pasiones y satisfacen sus apetitos. Es verdad que, a veces, la narración se alarga demasiado y que los discursos y parlamentos de los personajes –todos ellos padecen de ecolalia y diarrea verbal, al igual que el narrador– pueden ser excesivos, pero esas larguras eventuales están más que compensadas por la gracia y la elegancia que derrochan innumerables episodios –todos aquellos donde aparece la bella y gentil alcahueta Plaerdemavida son una pura delicia– y por el dramatismo épico de sus combates y pasos de armas que nos hacen vivir las acciones guerreras como si estuviéramos en el corazón de la contienda.

Una serie de documentos aparecidos en los últimos años, con nuevos datos sobre la biografía del autor de Tirant lo Blanc, el elusivo Joanot Martorell, nos revelan que, además de los desafíos y cartas de batalla que envió a algunos adversarios, hubo en su vida credenciales poco aleccionadoras y que fue un aventurero mezclado en hechos violentos y con cuentas que saldar con la justicia. Tal vez sin haber pasado por ello Joanot Martorell no hubiera podido fantasear una vida tan tremebunda, tan espléndida y tan brutal como la de Tirant. Y todavía menos referirla con la cercanía expresiva y el realismo hechicero con que lo hizo.

Los lectores franceses sólo pueden sentirse en su casa en esta novela de un héroe que, a fin de cuentas, es bretón, y en la que encontrarán compatriotas tan delicadas y sutiles como esa reina de Francia de piel tan blanca que se veía al vino descender por su garganta. Ojalá le concedan el recibimiento que se merece.

Mario Vargas Llosa
Madrid, 1 de septiembre de 2003