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Manuel Alvar

Semblanza de Manuel Alvar

Hispanoamérica y la obra lingüística de Manuel Alvar1

Por Humberto López Morales

Excmo. Señor Rector Magnífico

Excmas. e Ilmas. Autoridades Universitarias y Académicas

Colegas todos

Señoras, señores

I

«Desde la tierra, el camino hacia las estrellas no es fácil»

Sí, ya lo decía el viejo pensamiento de la latinidad: «Non est ad astra mollis e terris via».

Manuel Alvar haciendo una encuesta en 1972.Cuando mis ojos, aún muy jóvenes, contemplaron por primera vez, casi a hurtadillas, este noble recinto, mis inquietas pupilas dibujaban en el aire curiosas elipses. Aunque en aquella ocasión el esplendor de estos muros no era el que es, ni los mosaicos ofrecían entonces el carnaval de color y brillo con que ahora nos deleitan, ni los tapices que hoy nos recuerdan la grandeza de la historia de esta Casa de estudios colgaban solemnes y orgullosos como ahora. Por el contrario, paredes desnudas agobiadas por la pátina del tiempo descansando sobre un suelo incierto, intensamente incoloro. Sin embargo, al subir la mirada, se podía contemplar un artesonado que no se había dejado humillar ni por los destinos inauditos e incomprensibles a los que fue sometida la estancia, ni por el desafecto de algunos hombres.

Con paciencia, poco a poco, agudizando la mirada, iban saltando aquí y allá pedazos aislados de esa maravilla solo sospechada que era el artesonado. Como protestando por ese negror que se adueñaba de las nobles maderas, surgían resplandores ocasionales que ponían al descubierto fragmentos de una belleza cautivadora. Aunque no fue fácil, como tampoco lo es el camino hacia los astros celestes, se llegaba a vislumbrar un curioso cielo estampado de estrellas. Sí, eran estrellas, y eran muchas, espléndidas, dominadoras, serenas...

Aquellos recuerdos primeros han ido cediendo ante el amoroso empeño con que manos generosas lo han ido rescatando todo hasta devolvernos esta joya inapreciable de paraninfo espectacular y único. Mis visitas han aumentado su frecuencia: entregas de los premios Cervantes, presentación de algún libro, actos universitarios de gran solemnidad, acompañamiento de personalidades internacionales, y cuanta oportunidad tenga cerca de mis manos. Vuelvo y vuelvo con singular alegría a ver mis grandes estrellas, ahora más serenas, dominadoras, espléndidas... Mis estrellas. Siempre las he considerado algo mías. Han guiado mis actividades académicas en esta universidad, en los tribunales de tesis doctorales, en los múltiples cursos de doctorado impartidos, en las clases de alguna asignatura de licenciatura con que he sido obsequiado por indisposición pasajera de un colega y amigo entrañable, durante las muchas horas pasadas en sus bibliotecas, en las reuniones de trabajo de algún proyecto de investigación...

Libreta de Manuel Alvar con palabras anotadas.Hoy, la generosidad de esta Universidad, grande entre las grandes, me honra con un título altísmo. Seré siempre deudor de mis colegas y de las autoridades de esta Casa por un premio, quizás inmerecido por la escasa ciencia de este modesto recipiendario, pero justísimo por el amor que siente por estas piedras cisnerianas, y por lo que ellas representan. Yo, que he manejado en mi vida centenares y más centenares de palabras, estudiándolas, clasificándolas, contando su frecuencia, observando sus peripecias históricas, descubriéndolas a veces, viéndolas morir otras, ahora me he quedado sin ellas. Traiciones de la emoción. Por fortuna encuentro una, la más excelsa de todas: gracias.

Gracias por patrocinar que una voz llegada de la Patria del otro lado del Atlántico, con su corazón compartido entre la España de sus mayores y la América que lo vio nacer, reciba hoy tal dignidad, gracias por este obsequio de lujo para quien ama la Universidad por sobre todas las cosas, y sobre todo, gracias por haberme permitido subir a esta cátedra nobilísima, desde donde, si bien no llego a ellas -Non est ad astra mollis e terris via-, estoy más cerca de las estrellas. Gracias.

II

Hispanoamérica y la obra lingüística de Manuel Alvar

Un domingo del verano bogotano de 1974, cuando con la Carrera Séptima por escenario, mi amigo Alvar me comentaba la idea de elaborar un gran atlas del español de Hispanoamérica, quedé de piedra. Asentí, naturalmente, y hasta le di todos los ánimos que pude. Pero sabía que mis palabras de aplauso y de aliento estaban dictadas por el corazón, no por la razón. Era verdad que Alvar ya tenía tras sí un currículum impresionante -en ese sentido y a pesar de sus pocos más de cincuenta años, nada tenía que demostrar- y verdad era también su dedicación, y un entusiasmo desbordante, capaz de contagiar al mayor escéptico. Todo eso era cierto y yo lo sabía. Pero ¿un atlas lingüístico de Hispanoamérica?

Ante nosotros iban desfilando con lentitud las solemnes fachadas de aquella parte de la ciudad, mientras nos abríamos paso con una cierta dificultad entre los transeúntes que invadían las aceras. Alvar seguía desgranando sus ilusiones. Y yo pensaba, muy para mis adentros, en lo monumental de una empresa como aquella. Si se hubiese tratado de otro colega, hubiese pronunciado palabras corteses, pero que un buen entendedor hubiese interpretado con claridad: «locura, es una locura». Viajes y más viajes a través de miles y miles de kilómetros; cientos de encuestas a través de una geografía interminable casi; ¿cuántas horas para transcribir todo aquello?, ¿cómo manejar las montañas de cuadernos de formas que se generarían? ¿Y el dibujo de los mapas? ¿Y la impresión de todos aquellos materiales?

Manuel Alvar en una reunión del patronato del Instituto Cervantes.Ya empezaban a divisarse las torres de la Catedral. Ni el dorado resplandor de la piedra, iluminada delicadamente por unos rayos de sol, logró entretenerme en esos momentos. Tampoco a Alvar, que parecía un extraño poseído, ajeno esta vez a lo que siempre lograba emocionarlo. Hablaba de aquel proyecto -el más ambicioso que jamás hubiese imaginado lingüista alguno- como una tarea que implicaba ciertas dificultades, pero, en fin, nada insalvable. La cantidad de trabajo que aquello implicaba, cumbres tan altas como las de los Andes, no entraba en su escueta lista de posibles contratiempos. De seguro se decía a sí mismo «¿Trabajitos a mí?», parodiando al desfacedor de entuertos de La Mancha. Cuando regresamos al hotel, ya la empresa me parecía más viable.

La vocación americanista de Alvar había empezado mucho antes, justamente el 8 de julio de 1953, día de Santa Isabel de Aragón, reina de Portugal. Se encontraba con Daniel Devoto en la estación parisina de Austerlitz cuando apareció un hombre flaco, de gafas ahumadas, que hablaba un «destartalado urubú», mezcla de portugués, francés y español. Daniel: ¿cómo puedo saber la dirección de Manuel Alvar? Querría hablar con él y no puedo. -¿Importa mucho? -Sí, quiero que venga a Brasil. -Ya ves, Celso (era Celso Cunha): este es Alvar. El año antes de este encuentro premonitorio, ya había tenido el maestro su primer contacto con América; se trataba de una contribución al Homenaje a Krüger, publicado en Mendoza por la Universidad Nacional de Cuyo. Este contacto editorial venía precedido por una corta pero muy fructífera actividad: un haber de cuarenta publicaciones, cuando apenas contaba 29 años, y aún no llegaban a cuatro los de su vida como catedrático de la universidad española. Sus temas preferidos habían sido hasta entonces, con mucho, aragoneses. Dos años después, América -esta vez como tema- entra de lleno en su bibliografía: la poesía de Delmira Agustini y una enjundiosa reseña del libro de José Luis Varela, Ensayos de poesía indígena en Cuba. De 1955 es su memorable reseña de un clásico americano, El español en Puerto Rico de Tomás Navarro Tomás. Los versos de Delmira vuelven a atraerlo hasta tal punto que constituyen el eje del primer libro americano de Alvar. Estamos en 1958. Son momentos en que se solidifica su segunda gran vocación, Andalucía, y se abre, nada menos que con el estupendo pórtico de El español hablado en Tenerife, Premio Antonio de Nebrija, su tercer gran entusiasmo: Canarias, sus islas afortunadas.

Pero América sigue presente, aunque aún sin ocupar papeles protagónicos. A ella vuelve, y amorosamente, en sus Textos hispánicos dialectales de 1960, la antología que marcó un hito muy importante en nuestros estudios de dialectología, al ofrecer, por fin, unos corpora sobre los que se pudiese sistematizar cualquier análisis. No deja de ser muy significativo que el trabajo que preparó para el homenaje a su querido amigo Dámaso Alonso tratase de las relaciones entre Rubén Darío y Musset.

De su primera visita a Hispanomérica, en 1964 (había estado antes en Brasil y en los Estados Unidos), en la que comparte actividades en El Colegio de México, la Universidad Nacional Autónoma y la Iberoamericana, sale su artículo sobre cuestiones fonéticas del español de Oaxaca. A partir de esa estancia, sus viajes a aquellas tierras se suceden con minúsculos intervalos: San Juan de Puerto Rico, Santafé de Bogotá, Lima, La Plata, Santo Domingo y un larguísimo y reiterado etcétera.

La primera muestra de sus proyectos de gran aliento sobre Hispanoamérica nace en 1966, el «Cuestionario preliminar» del Léxico del español de América, que, no obstante sus desvelos, no llegó a culminar en la gran obra que debió haber sido. A partir de aquí la temática americana va adquiriendo relieve en sus investigaciones. Sus intereses van de nuevo a México: Santo Tomás de Ajusco, Yucatán, el español de esta península en contacto con el maya, una reseña elocuente del libro de Juan Lope Blanch, Léxico indígena en el español de México. Y de nuevo, Delmira Agustini, esta vez en una edición impecable con un prólogo imprescindible para aquilatar en su debida dimensión la poesía de la escritora uruguaya. Después, los llanos orientales de Colombia, y de allí a Leticia, en plena Amazonia; más tarde, las encuestas guatemaltecas, las constituciones de América como exponentes de una lengua y de una sociedad; después, las actitudes lingüísticas hacia el inglés y el español en Puerto Rico, y un inagotable después. ¿Podría yo silenciar su España y América cara a cara, libro dedicado por la generosidad del gran maestro, a este eterno aprendiz de lingüista que ahora les habla?

Manuel Alvar jurando el cargo de Consejero de Estado (1990-1992).Lo que más sorprende de la riquísima bibliografía que debemos a Manuel Alvar no es su extraordinaria extensión -unos 400 títulos y el escrutinio no está cerrado todavía-, sino su rica variedad. Nada de la producción cultural hispánica le fue ajeno. Si se trata de literatura, ahí están varios importantes monumentos a la erudición: sus estudios sobre el Libro de la infancia y muerte de Jesús, el Libro de Apolonio, la Santa María Egipciaca, ilustres representantes de nuestros tiempos medios. Pero junto a estos pilares están sus libros sobre el Siglo de Oro, el siglo XVIII y sobre los autores de los siglos XIX y XX. Las luminosas páginas que dedicó a la producción literaria hispanoamericana son en verdad antológicas. Si se trata de lingüística, ahí están sus lecciones magistrales sobre teoría dialectal, romanística, sociolingüística, el español de América y sus contactos con lenguas indígenas, y otras tantas disciplinas. Si de resumir se tratara, diríamos que la historia, larga, abundante y magnífica, de los atlas lingüísticos de España tiene un nombre: se llama Manuel Alvar.

Si quisiéramos reseñar con una cierta puntualidad las docenas de obras «americanas» surgidas de su pluma, necesitaríamos muchísimo más tiempo del que disponemos en estos momentos. Todo se andará. Pero, a pesar de ello, no me es posible silenciar sus grandes obras cronísticas: ahí están «Colón en su aventura», como prólogo a su admirable edición del Diario del primer viaje del descubridor, tan lleno de descubrimientos él mismo y de hipótesis certerísimas, sus Americanismos en la «Historia» de Bernal Díaz del Castillo y los diversos asedios críticos a sus versos, su Cronistas de Indias, en colaboración con Elena Alvar, preciosamente ilustrado, y las docenas de tesis doctorales que dirigió y que han convertido en un campo muy estudiado esta parcela testimonial de aquellos hombres excepcionales que escribieron los primeros capítulos de la historia americana. Por otra parte, su trabajo con las lenguas indígenas en sus etapas pretéritas: la gramática mosca de fray Bernardo de Lugo, de la que hizo un estudio fundamental y una edición definitiva, y en los momentos actuales, las notas de fonética chibcha, por ejemplo.

Al margen ya del erudito, sus entrañables páginas de memorias, de las que solo basta con señalar la trémola emoción que nos entrega su artículo «Hablar pura Castilla» o la remembranza enraizada de «El Amazonas como recuerdo terco». Quien no haya tenido la oportunidad de recorrer las páginas de un delicioso libro que se llama El envés de la hoja, no conoce la obra de Manuel Alvar ni a ese ser de gran humanidad que habitaba en él.

Unos 26 años después del sueño de aquella tarde bogotana, en otra tarde, ésta madrileña, presentábamos el primer volumen del Atlas lingüístico de Hispanoamérica, el del Sur de los Estados Unidos. A este siguieron en breve tiempo el de la República Dominicana, los tres volúmenes del de Venezuela, el de Paraguay, y muy en breve, veremos los volúmenes del de México y los de la Argentina y Uruguay. Cientos de páginas llenas de datos inéditos. El proyecto más ambicioso que jamás se hubiese imaginado lingüista alguno, había cobrado realidad, una realidad deslumbrante, milagrosa increíble. ¿Qué se hicieron aquellos obstáculos, aquellas realidades indomables, aquella tarea imposible? ¿No había tropiezos geográficos invencibles? Nada pudo con el maestro. Recorrió muchos caminos. Solo en América, desde las montañas de Colorado hasta la Patagonia, desde los grandes centros urbanos hasta el corazón agreste y duro de la selva amazónica. Rarísima vez los recorrió por asueto; siempre, infatigable, grabadora y cuaderno en mano.

Hasta entonces, la situación de la investigación geolingüística en Hispanoamérica era muy heterogénea: había zonas como Puerto Rico, que contaban con trabajos minuciosos y hasta excelentes para su época, pero el levantamiento de datos para este pequeño atlas de Navarro Tomás se hizo en 1927, mientras que otras -muchas, lamentablemente- se encontraban completamente inexploradas. Con excepción del gran atlas colombiano, producto de la titánica institución que es el Instituto Caro y Cuervo, y del de México, ya casi publicado en su totalidad, que se inserta en las investigaciones del Colegio de México, ningún otro país de América cuenta con un gran atlas nacional, porque el trabajo, ejemplar, de Berta Elena Vidal de Battini para la Argentina, no puede considerarse en rigor un atlas lingüístico, y el de Miguel Ángel Quesada para Costa Rica es apenas una muestra. Existen atlas de fronteras más limitadas que las nacionales, pero son poquísimos: Jalisco en México y el sur de Chile, aunque inconcluso este último.

En estos momentos se trabaja, si bien con desesperantes intermitencias, en atlas de la Argentina, Venezuela, Cuba y el norte de Chile. Es de desear que algunos de estos trabajos lleguen a buen puerto, aunque cada día van aumentando las dudas; no estaría mal que otros, en cambio, desfallecieran o fueran totalmente replanteados, como el calamitoso proyecto cubano, anclado en un pasado remoto e insolvente. También sería deseable que fructificaran las investigaciones geolingüísticas en otros puntos de posible gran interés, pero ahora que ya contamos con varios volúmenes del gran Atlas hispanoamericano, sería preferible planificar los nuevos trabajos a partir de él, refinando y particularizando cuestionarios y estrechando redes.

Manuel Alvar en Casa América.Este Atlas reviste una importancia sobresaliente; tal es así que a pesar de trabajar con redes amplísimas -como corresponde a un trabajo de esta naturaleza-, no son pocos los fenómenos del español americano, inéditos hasta ahora, que están haciendo su aparición; tampoco son desdeñables los casos de modificación total de antiguas isoglosas, trazadas, eso sí, un poco en el aire, sin el fuerte apoyo empírico que caracteriza este trabajo de Alvar. Nadie sabe qué sorpresas, ni cuántas, esperan al estudioso del español de la otra orilla con la culminación de este preciado atlas, ni qué fisonomía tendrá cuando esté concluido el riguroso peinado a que se está sometiendo al continente, en una obra sin precedentes en la cartografía mundial. La historia me autoriza a usar esta expresión, ya que el proyectado Atlas Lingüístico de Hispanoamérica que en su día imaginara Navarro Tomás desde Nueva York no pasó de ser una quimera. Aquel proyecto partía de una concepción muy diferente a este: realizar un gran conjunto de atlas de pequeño dominio para luego proceder a la síntesis. Pero de ellos solo se terminaron, ya se ha visto, los de Puerto Rico y Jalisco. Los proyectos de Chile, Uruguay y Costa Rica, fraguados en Nueva York desde la cátedra de Navarro Tomás en la Columbia University, nunca llegaron a realizarse; otro tanto ocurrió con los de Cuba, Nicaragua y El Salvador.

El especialista en cuestiones lingüísticas americanas no puede menos que felicitarse por encontrar reunidas en estos volúmenes muchas noticias absolutamente nuevas junto a una revisión puntual de viejos tópicos, que ahora pueden ser arrumbados sin la menor preocupación. Algunas lecturas son muy técnicas, como las producidas por el minucioso examen espectrográfico de los sonidos dialectales, pero en general -una virtud más del maestro- son muy accesibles a todo aquel que acuda a estos textos con curiosidad. Ese estilo único del autor, que todo lo envuelve en elegancia, y que hace amable y cercano lo más arduo y enjuto, termina por dar un toque de accesibilidad a esas valiosas páginas. Y ello, a pesar de la erudición que todo lo impregna, del dato estadístico, aunque nunca desnudo, de la sucesión de autoridades, de los ceñudos espectros, de las transcripciones fonéticas, que dicen tanto para unos, pero que guardan total silencio para los más.

Cada Atlas de un país parte de los fundamentos teóricos y metodológicos presentados por el maestro Alvar en su día, y cuenta con los preliminares de rigor (cuestionario, puntos de encuesta, informantes, correspondencias con otros atlas lingüísticos, orden lógico y alfabético de las entradas léxicas, signos fonéticos), con una serie de estudios, y con el plato fuerte, la colección de mapas léxicos, fonéticos, morfosintácticos. Es la traducción de las respuestas de cientos de sujetos en cientos de puntos de encuesta. Si se tiene en cuenta la diversidad de respuestas producidas, se entenderá que estas encuestas produjeron miles de datos que el lector ve ahora cómodamente ordenados, jerarquizados e interpretados. Tras todo ello, los textos. Es el aporte más ostensible (pero bien sabemos que no el único) de Elena Alvar a la gran obra del maestro. Cortas y a veces emotivas palabras de presentación, y tras ellas, la versión ortográfica regular y la transcripción fonética vis a vis. Nunca se subrayará lo suficiente que en los estudios iniciales con que Alvar regala a sus lectores, producto del análisis de las encuestas de cada atlas y de la lectura de centenares de páginas de historia, de folklore, de tradiciones populares, se nos ofrece un rico panorama sobre la situación actual de nuestra lengua en aquellas latitudes, que los vaivenes del devenir histórico han alejado políticamente de nosotros, pero que a nosotros siguen unidas por tantos lazos indelebles.

Manuel Alvar con el rey Juan Carlos.El primero de los atlas, el del sur de los Estados Unidos, nos ofrece los siguientes estudios: «El español de los Estados Unidos: diacronía y sincronía», «La situación del español en Nuevo Méjico», «Análisis espectrográfico de varios sonidos novomejicanos», «Comentarios a un cuento novomejicano de tradición oral», «Consideraciones sobre el español de una india navajo», «Discrepancias léxicas en tres hablantes de San Luis, Colorado» y «Apostillas espectrográficas a unos sonidos del dialecto canario de la Louisiana». Encabezan el volumen dominicano estos otros: «Español de Santo Domingo y español de España: análisis de unas actitudes lingüísticas», «La influencia del inglés en la República Dominicana. Valoración de una encuesta oral», «San Juan de Puerto Rico, Santo Domingo, La Habana (Apostillas a unas encuestas del Atlas de América)» y la colaboración de José Antonio Samper, Clara Eugenia Hernández y Magnolia Troya, de la Universidad de Las Palmas, «Análisis espectrográfico de varios sonidos dominicanos». El primer volumen del atlas venezolano se abre con estos otros: «Venezuela: Norte, Sur, Este y Oeste», «El español fronterizo: Venezuela-Colombia», «Las palatales», «Apostillas sociolingüísticas al habla de Falcón», «Canarias y Venezuela», la colaboración de María Jesús Redondo, de la Universidad de Alcalá, «Comentario estadístico de los sonogramas estudiados» y la de Josefa Dorta, de la Universidad de La Laguna, «Análisis espectrográfico de algunos sonidos venezolanos». El atlas paraguayo, último de los publicados hasta la fecha, y esperadísimo, dado nuestro desconocimiento de esa zona lingüística, nos regala «El español de Paraguay», el ejemplar «Voces guaraníes en las encuestas del Atlas del Paraguay» y la contribución de María Jesús Redondo, «Análisis acústico-fonético de grabaciones libres realizadas en Paraguay». El abanico es de una amplitud muy estimable.

Los mapas, por su parte, constituyen una cantera realmente inagotable. Ahí están los miles de páginas que los recogen como prueba contundente de ello. Aquí, entre las varias innovaciones técnicas que es preciso señalar, se encuentra lo relativo a la presentación de los datos lingüísticos. En la parte superior de la página aparece un pequeño mapa de la zona que se estudia con indicación de los puntos de encuesta; sobre esta cartografía no se coloca ninguna otra información. Los datos producidos por cada entrada aparecen en unos grandes cuadros que ocupan la parte más importante de cada página, de manera que su lectura y examen se simplifica extraordinariamente. En el trabajo del sur de los Estados Unidos, por ejemplo, para la entrada léxica rubio, Louisiana dijo rubio, Texas, el mexicanismo güero/güerito en siete de sus ocho puntos (en uno de ellos güero compitió con rubio); Nuevo México dijo güero en exclusiva; Colorado, también güero, y Arizona compartió güero con rubio en igual proporción. Cuando las respuestas son múltiples, por ejemplo, chamacada (que produjo niños, chamacada, chamaquera, chamacos, escueleros, chamaquerío, muchos chavales), se acude a símbolos. Al final de cada página, van las notas explicativas. Como si todo esto fuera poco, utilísimos índices de voces que sirven de lazarillo al caminante ingenuo o inseguro.

Manuel Alvar con traje académico.¿Cuántas horas de trabajo entusiasmado habrá dedicado el maestro a estudiar el español americano? Sin duda, muchas, pues no hay más que revisar su obra, y encontrar en ella a cada paso pruebas de la excelencia de su trabajo científico; significan rigor y ejemplaridad -por supuesto-, pero también fatigas, aliviadas con ilusiones, momentos de desánimo, superados con amplias dosis de entusiasmo, y dificultades (las propias de una gran empresa que dispone en cambio de fondos muy limitados), salvadas por la disciplina y el sentido del deber. Nadie sabrá jamás cuántos kilómetros de nuestra América, recorrida palmo a palmo, caminó Manuel Alvar, ni cuántas noches, lejos de su hogar, durmió donde pudo y como pudo, ni cuántas voluntades le fue preciso ir ganando.

Todos los que estamos en estas andanzas sentimos una alegría interior ante esta serie milagrosa. Gratitud emocionada al maestro, a Elena, a todos los que han echado una mano, o ambas, al buen hacer del Servicio de Publicaciones de esta Universidad, que ya empieza a ser realmente mi casa, y a cuantas instituciones han contribuido a que estas nuevas carabelas continúen llegando a buen puerto. Y que lleguen no solo llenas de saber, sino de exquisita elegancia: espléndida encuadernación en tela, las tapas duras cubiertas por solapas del mejor couché, un frontis que muestra orgulloso su fino y moderno diseño, contratapa con foto del maestro y un apretadísimo currículum que intenta en vano hacer justicia a la gran figura. En el interior de cada volumen, todo (tipos, espacios, diseños de página, colores), todo respira gusto, sobriedad, ritmo, equilibrio.

El recuerdo de aquel domingo bogotano, de aquel rayo certero que vestía de oro las torres de la catedral, ya no será para mí un fragmento de nostalgia, sino la alborada de una gran obra, de un inmenso júbilo.

Este Atlas colosal es la prueba más palpable de que en el quehacer científico de Manuel Alvar, Hispanoamérica tiene el puesto más relevante; ella fue, en cierto modo, la heredera directa de su pasión por Canarias. Era inevitable que un ávido investigador como él, atento a todo lo relacionado con nuestra lengua -su Patria grande, fuera donde fuera en el espacio y en el tiempo- que América, ese continente remoto y cercano, conocido y misterioso, pero siempre entrañable, apareciera como una tentación indeclinable. Ya las islas le habían entregado muchos de sus recónditos secretos. Era lógico que quisiera continuar el camino de la expansión lingüística, lanzándose a través de la mar océana en busca de nuevas tierras donde seguir aprendiendo.

Manuel Alvar Premio Aragón de las Letras, 1988.Hispanoamérica, entre tanto, ha respondido a sus desvelos por estudiar sus cosas con amor y simpatía. El mismo año -1968- en que Alvar recibía su primer doctorado honoris causa por una gran universidad europea, la de Burdeos, unas horas antes del mismo día, la varias veces centenaria Universidad Mayor de San Marcos de Lima, uno de los centros de alta docencia de mayor solera y relieve de Hispanoamérica, lo distinguía también con su máximo título. Desde entonces acá son muchas las universidades americanas que le han tributado este altísimo reconocimiento, contribuyendo de forma decisiva a ese ramillete de doctorados honorarios, una treintena, que tiene en su haber el sabio maestro. Todavía están vivos los ecos de los cálidos aplausos de su investidura por la Universidad de Buenos Aires, el desbordante triunfo de la de Tucumán, y el emotivo acto de fundación del Instituto de Filología «Manuel Alvar» de la Universidad argentina de San Juan.

Aquí está Alvar con la doble lección que nos enseña de continuo. De una parte, sus muchos saberes, su metodología analítica rigurosa, su insaciable curiosidad científica. Es la lección que es posible aprender de los hombres sabios. Pero, además, nos da también una lección no menos valiosa: la dedicación, la disciplina, la constancia, el amor al trabajo: una auténtica lección de vida.

Y aquí está su obra americana. Yo he sido testigo presencial del nacimiento de parte de ella. Porque la vida me deparó la suerte de ser su amigo y de disfrutar de su compañía y de aprender constantemente de él mientras contemplábamos un majestuoso palacio colonial moreliano, o caminábamos por las calles bullangueras del Viejo San Juan, o nos asomábamos al Mar Caribe apoyados en los muros del malecón dominicano, o nos acercábamos a la catedral de Bogotá, en momentos en que unos débiles rayos de sol volvían doradas sus hermosas torres.

Gracias.

[1] Discurso de Humberto López Morales, en su Doctorado honoris causa en Alcalá, sobre Alvar.