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Manuel Alvar

Presentación del portal Manuel Alvar

Manuel Alvar, una vida consagrada al español

Manuel Alvar en Salamanca en 1944.No es fácil describir el significado de una vida pletórica de quehaceres en unas breves páginas. Más difícil aún resulta transmitir a quienes no conocieron a Manuel Alvar, su pasión por el trabajo y su entrega a la investigación y a la docencia. Unas cifras y unos datos habrán de servir para ilustrar de modo muy conciso el rico palpitar de una existencia que cubre en buena medida nuestro siglo XX, un siglo duro (¿acaso alguno no lo es?) y, al mismo tiempo, un siglo de logros fascinantes.

Manuel Alvar (Benicarló, 1923-Madrid, 2001) es, ante todo, uno de nuestros más grandes lingüistas de todos los tiempos. Fue Director de la Real Academia de la Lengua (1988-1991), a la que perteneció desde 1975; y en 1976 recibió el Premio Nacional de Literatura, modalidad ensayo, por el libro Aragón, realidad y ser histórico; también fue miembro de número de la Real Academia de la Historia (desde 2000) y de otro sinfín de instituciones académicas y culturales de España y del extranjero. No menos de veintiocho universidades de muy diversos países se honraron haciéndolo Doctor Honoris Causa, la máxima distinción a la que puede aspirar un profesor universitario. Impartió cursos regulares o extraordinarios de Lengua y de Literatura españolas por todo el mundo, desde la mayor parte de los países de América -y, en especial, México, Colombia, Argentina o Chile- a Asia -Japón, China o Corea del Sur-. Fue profesor ordinario o invitado en Santa Bárbara y en Albany (Estados Unidos), en Heidelberg o en Bonn (Alemania), en París (La Sorbona, Francia) o en Upsala (Suecia). Pero, a pesar de todo, desarrolló la mayor parte de su actividad profesional en las universidades españolas de Salamanca, Granada, Autónoma de Madrid y Complutense. Por si ello no bastara, fundó y dirigió durante más de treinta y cinco años consecutivos el Curso Superior de Filología de Málaga, sin duda el más prestigioso curso de postgrado de esa especialidad entre los que se imparten en España, seguido por alumnos de todo el mundo; y también dirigió para el Instituto de Cultura Hispánica (hoy Agencia Española de Cooperación Internacional) un curso similar al que acudían estudiantes y profesores de todos los países de América.

Fruto de esta impresionante actividad como profesor ha sido una ingente cantidad de alumnos diseminados por todos los países del mundo en donde hay departamentos universitarios consagrados a la enseñanza de la Lengua y de la Literatura españolas. Y, en estrecha relación con esta actividad, Manuel Alvar desarrolló una portentosa actividad como investigador, de que dan cuenta las más de doscientas tesis doctorales dirigidas -algo absolutamente excepcional en el panorama universitario de cualquier lugar del mundo-, los cerca de ciento cincuenta libros publicados, los más de seiscientos artículos científicos aparecidos en las revistas más prestigiosas de su especialidad, varias de las cuales él creó y dirigió durante décadas. Obviamente, esa inmensa actividad ha tenido múltiples reconocimientos en España y fuera de nuestras fronteras. A los títulos señalados más arriba, sería preciso ahora añadir los prestigiosos premios científicos (Fundación Juan March, CSIC, Menéndez y Pelayo, Menéndez Pidal, etc.) con que fue galardonada su labor a lo largo de toda su vida.

Discurso de ingreso de Manuel Alvar en la Real Academia de la Lengua en 1975, donde ocupó la silla T.Manuel Alvar tocó con maestría sobresaliente todos los campos de la Filología Española, desde la Historia de la Lengua a la Literatura Contemporánea, desde la Sociolingüística a la Crítica literaria, desde la Dialectología a la Literatura Sefardí, desde la Lexicografía o la Lingüística aplicada a la Literatura medieval… En algunos de estos casos, fue el introductor de la disciplina en nuestro país. Sobre cualquiera de esos ámbitos del saber podría hacerse un manual universitario -si es que él mismo no lo dejó escrito ya- utilizando sus investigaciones como fuente de cada uno de sus temas. Pero en lo que es el maestro indiscutido desde los años cincuenta del siglo pasado -y, sin duda, lo seguirá siendo durante decenios- es en el ámbito de la Geografía Lingüística y de la Dialectología. Él fue el impulsor y el autor -a veces con colaboradores- de buena parte de los Atlas lingüísticos realizados sobre los dominios del español: Andalucía, Aragón, Navarra y Rioja, Canarias, Cantabria, Castilla y León han visto dibujadas sobre su mapa las variantes lingüísticas de su fonética, su morfología, su sintaxis o su léxico, de modo que los estudios dialectológicos sobre cada uno de esos territorios se han visto cuando no iniciados sobre sólidas bases, sí desarrollados con una pujanza impensable antes de Manuel Alvar. Apenas nada se podrá decir sobre el español de cada una de esas regiones sin citar a cada paso su obra pionera.

Sin embargo, eso no bastó para calmar el ánimo apasionado y ávido de saber del lingüista y de su mano se desarrollaron también en España los estudios sobre el español de América. Nadie ha recorrido tantos kilómetros a lo largo y ancho del mundo buscando el rostro verdadero y cotidiano del español como él. Es difícil que nadie pueda repetir una gesta similar. Antes de morir, dejó ya publicados los cinco primeros tomos de la gigantesca colección en donde se dan a la luz todos los materiales que acopió para conocer mejor el español hablado al otro lado del Atlántico, desde el Sur de Estados Unidos, a la pampa argentina, en las selvas amazónicas o en los altiplanos de Paraguay, en ciudades populosas o en humildes aldeas.

Detrás de ese trabajo de campo, iniciado para combatir la inactividad que producía la penuria de nuestra postguerra, seguido después con vocación incansable durante más de cincuenta años, hasta poco antes de su muerte, no sólo hay la inteligente actividad de un investigador. Hay sobre todo el corazón de un hombre que se conmueve ante la fragilidad de la condición humana, hay un alma sensible que ha visto la miseria de la vida y la grandeza inconmensurable de la naturaleza. Casi una docena de libros de poemas y un libro de recuerdos dan testimonio de su quehacer callado y de su compromiso con su profesión. Bastaría con recordar aquí algunas de las palabras que él mismo dejó escritas:

El dialectólogo hace treinta y cinco años que patea la ancha y áspera piel del toro ibérico. Recoge palabras y ama a las gentes que las pronuncian. A veces piensa que ya está bien, que los mozos se tiren al monte y que él debe empezar a descansar. Pues ir siempre como un azacán de un sitio para otro ya pasa de la raya, que parece un zascandil y que tanto va el cántaro, etc. Y si no que recuerde cuando le dio un cólico en Visiedo, o se rompió los huesos en Motril, o le picaron las hormigas en el Amazonas. Esto es verdad y toda la verdad. Pero si uno tiene culo de mal asiento, no puede posarse porque salen indignas dolencias. Lo malo es que cuando el dialectólogo mira hacia atrás, recuerda cosas que creía olvidadas, y las siente vivas en su piel, como si el desconchón le hubiera levantado túrdigas, y sobre la carne, apenas con un asomo de sangre, cayera el ácido de los limones. Y esas cosas -¿será que se hace viejo?- le llenan de emoción y le traen gustos remejidos hasta la boca. Y piensa en las gentes con las que habló y los paisajes que vio y los pueblos que detuvieron sus pasos. Sí, el dialectólogo ha aprendido que el hombre no es el yo más su circunstancia, sino que es yo en mi circunstancia, bien cobijado en ella, o la circunstancia dentro del yo, si todo esto cuadra y no se convierte en galimatías. Por esas cosas cree que le alegra contra lo que ha vivido y dar -que nadie se atreva a pensar vanamente-, dar, sí, un poco más de vida a todos esos hombres que él buscaba y quería que fueran analfabetos. El dialectólogo tiene un humilde y denostado oficio: quiere ser escribano de quienes nunca escribieron. Y quisiera identificarse con gentes -lo siente ahora- que lo hicieron feliz y le enseñaron esa bella y agridulce condición que es la de ser hombre...

Manuel Alvar es el caso prototípico del profesor universitario y del sabio investigador. En su ejemplo se pueden mirar cuantos aspiren a cumplir con dignidad el destino que la vida les haya reservado, sea cual sea la profesión que se ejerza. Fueron personas como él quienes lograron que la ciencia española y, en concreto, nuestra universidad pasaran de la postración en que habían quedado sumidas tras la guerra civil a una posición de incuestionable prestigio en numerosos ámbitos del saber, especialmente en los estudios hispánicos. Por ello, su recuerdo debe habitar siempre entre nosotros como estímulo en los momentos de dificultad y como solaz en los de gozo.

Antonio Alvar Ezquerra
Universidad de Alcalá