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Incunables en la Biblioteca Nacional de Venezuela

Por Mario Di Giacomo Z.
(Profesor especialista en Información de la División de Libros Raros de la Biblioteca Nacional de Venezuela)

Introducción

Travesía tipográfica: algunos impresos del Servicio de Libros Raros y Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Venezuela

Dialogus seraphice ac Dive Catharine de Senis: cum nonullis aliis orationibus de Santa Cataliana de Siena (Brixiae, Bernardinus de Misintis de Papia, 1496)

Un conjunto de elementos disímiles intervienen, inevitablemente, en la determinación y clasificación de aquello que la memoria humana ha condescendido a cristalizar en formas perdurables. Es en esta permanencia, y en el desarrollo de los eventos que la consagran, donde debe visualizarse la historia tipográfica que da cuenta del evento humano, tantas veces fallido, de comprenderse y de edificarse a sí mismo. Este acto posee ciertas claves de desarrollo interior y ciertas artes que acompañan dicho proceso. Pasarán lustros, décadas y siglos para que la constitución espiritual de la especie pase de tablillas, papiros y pergaminos a un desarrollo ulterior que redimensione la capacidad de expresión de esta misma especie. La naturaleza, en el hombre, ha llegado a comprenderse a sí misma y a la par ha constituido un arte que difunde los conocimientos que surgen de esta marcha vital. Un acontecimiento fundamental es, sin lugar a dudas, el perfeccionamiento de las técnicas tipográficas, específicamente, la introducción de los tipos móviles en el maravilloso acontecimiento de la imprenta. Según los datos aportados y ya establecidos por la historiografía, a estos primeros impresos, tirados en los orígenes (1450-1500) o en la cuna del perfeccionamiento del arte tipográfico, se les llamará en lo sucesivo «incunables», en buen español, e incunabula, en provecto latín. De estos, numerosos, han llegado a ser patrimonio de la Biblioteca Nacional de Venezuela un total de cinco obras, publicadas cuatro en Italia y una en España, cuatro en latín y una en español. Las constantes observadas en la determinación de estas obras son las siguientes: portada elemental, sin mayores detalles, en la que aparece fundamentalmente el título de la misma, el colofón, al final de la obra, que hará las veces de la portada en cuanto a datos editoriales, letras capitales, abreviaturas, signos particulares de abreviaturas, entre otras. Uno de los más bellos es el de Plutarco, tomo segundo de sus Vidas Paralelas, que, según el indispensable Palau, es uno de los incunables más valiosos salidos de las prensas sevillanas (1491). Se divisa, en el colofón, el nombre de los impresores, todos ellos alemanes, lo que refuerza la convicción de que los salidos de aquellas tierras fueron los que introdujeron el arte tipográfico en las lindes peninsulares. Están también la bella edición de los Diálogos de Catalina de Siena (Brescia, 1496), en tipos góticos, encuadernada en pergamino, pergamino que hubo de ser, alguna vez, un manuscrito de canto gregoriano; los Comentarios de Beroaldo al Asno de Oro de Apuleyo, libro impreso en Bolonia en el año de 1500; el más antiguo de los incunables preservados en la Biblioteca, el Tratado de Derecho Sucesoral ab Intestato, de Nicolás de Ubaldis (Italia, 1471); y, por último, de Cicerón, el libro Sobre los Oficios, pequeño tratado de virtudes cívicas en el que se concluye que es imposible una buena acción política si no existe una ética consolidada en el hombre (Venecia, 1492). En el incunable, y más allá, en el universo que constituye la totalidad de los impresos antiguos, la memoria humana consagra no sólo el testimonio del saber que ha atesorado en el tiempo, filosofía, religión, derecho, literatura, sino también la forma misma, el soporte, sobre el que dicho saber encarna. El incunable es testimonio de un saber al ser su vehículo expresivo, pero es también, simultáneamente, un fragmento de historia cristalizada, un portento de hechos foliados que insisten en perdurar en el ser: un ser que es, en sí mismo y por sí mismo, allende de lo que transmite, historia.

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