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Libros antiguos y raros venezolanos y venezonalistas en la Biblioteca Nacional de Venezuela

Por Mario Di Giacomo Z.
(Profesor especialista en Información-División de Libros Raros Biblioteca Nacional de Venezuela)

Introducción

Memoria de los abonos, cultivo y beneficios que necesitan los diversos valles de la provincia de Caracas para la plantación de café (Caracas, Imprenta de Tomás Antero, 1833)

En cuanto a la singular historia tipográfica venezolana, hay que decir que los orígenes de la imprenta están inexorablemente asociados a una publicación periódica. Hasta fechas recientes, se precisaba en la Gazeta de Caracas (1808) el comienzo del arte tipográfico en Venezuela, que despunta del taller de Mateo Gallagher y Jaime Lamb, quienes, como afirma Iván Drenikoff, manejaban la primera imprenta traída al país por el Precursor de la Independencia, Francisco de Miranda. Sin embargo, una investigación ulterior, llevada a efecto por el profesor Ildefonso Leal (Caracas, 1985), puntualiza el año de 1789 como el que da inicio a la imprenta en tierras venezolanas, con la publicación del periódico El Correo de la Trinidad Española. El punto focal del argumento se ubica en la posesión o pertenencia de la isla de Trinidad a lo que se conocía como Capitanía General de Venezuela. Asumiendo este hecho histórico, se puede concluir, con el profesor Leal, que, efectivamente, sería el periódico insular trinitario el primer impreso venezolano. No obstante, don Pedro Grases aduce que el taller que produjo dicho Correo o Courier de la Trinité Espagnole careció de trascendencia pública para el territorio continental de Venezuela. Ahora bien, por otra parte, en cuanto a libros propiamente dichos, se acepta que el primero publicado en Venezuela es el Calendario Manual y Guía Universal de Forasteros para 1810, tirado por la ya mencionada imprenta de Gallagher y Lamb en el mismo año de 1810. Esta pequeña obra de 64 páginas en formato de 16 cms se atribuye al ilustre humanista venezolano Andrés Bello. A instancias del reconocido bibliógrafo venezolano Manuel Segundo Sánchez, se adopta en el país la categoría «incunables venezolanos» para todos aquellos impresos publicados en Venezuela desde el año de introducción de la imprenta en el país (1808 o 1789) hasta el año de 1821, fecha determinada por el evento de la Batalla de Carabobo, que fija la separación definitiva, la Independencia de Venezuela con respecto de la metrópoli peninsular europea (España). Estos incunables venezolanos deben su rareza al hecho de ser ejemplares únicos, muchos de ellos destruidos por la dinámica política decimonónica. Es menester puntualizar que si bien los impresos venezolanos del siglo XIX venezolano reflejan el conflicto bélico-político que significó la lucha por la Independencia, no todos absolutamente son de carácter político y en contra de la dominación ejercida por España. Como ejemplo de lo dicho están la Memoria de los Abonos (1833) y la Apología de la Intolerancia Religiosa (1811), folleto este impreso por Juan Baillío, conocido como el «impresor de la Independencia», cuya vida tipográfica termina en 1816, en Ocumare, cuando los realistas toman su taller. En este mismo tenor argumentativo, resulta ineludible el nombre de Andrés Roderick, el impresor del Gobierno de Angostura, como lo llamara Pedro Grases, y recordado, entre otras cosas, por su labor de impresor al frente del Correo del Orinoco (1818-1822) y la publicación del folleto titulado Acta de la Instalación del Segundo Congreso Nacional de Venezuela (Angostura, 1819). Más allá del año 1821, y hasta el año de 1840, están los «antiguos venezolanos», libros en los que el arte tipográfico alcanza una evolución y desarrollo sobresalientes. Impresores destacados aparecen en la escena tipográfica del país. Merecen citarse los nombres de Valentín Espinal, a quien Arístides Rojas llama el verdadero creador del arte tipográfico en Caracas, que tiene en su palmarés la publicación de más de 600 impresos entre libros, folletos, hojas sueltas, periódicos y revistas, entre 1823 y 1864, Tomás Antero, cuyos datos biográficos resultan aún hoy, a esta fecha, casi desconocidos, Domingo Navas Spínola, Antonio Damirón, Joaquín Permañer, los hermanos Devisme.

Con el término «hojas sueltas» se entiende aquel conjunto de impresos venezolanos, incunables o no, que dan cuenta de la vida política, social y costumbres de la Venezuela del diecinueve. En ellas se puede leer el pasado cotidiano del país bajo la forma de volantes en los que se da a conocer a la opinión pública algún evento, sea este político o de otra naturaleza, acontecimientos en pleno desarrollo en los que se trata la noticia fresca, recién salida de las fuentes, de los actores y de las circunstancias que la propiciaron. Notables, entre muchas otras, son el Tratado sobre la Regularización de la Guerra (1820), convenido entre Simón Bolívar y Morillo, la Pronunciamiento de la Ciudad de Mérida el 25 de Marzo (1858), en la que se protesta la conducta asumida por el gobierno de José Tadeo Monagas con la ciudad merideña, El Congreso de Venezuela a los Pueblos sus Comitentes (1830), firmada por Andrés Narvarte, en la cual se alude al Congreso Constituyente de Valencia, que consagró la separación de Venezuela de la Gran Colombia y aprobó una constitución que estuvo vigente durante 27 años.

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