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Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) - EDI-RED

La edición en Uruguay

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Montevideo recibió un número considerable de inmigrantes, provenientes en su mayoría de España, Italia y Francia. Mayoritariamente se establecieron en la capital urbana integrándose al incipiente circuito comercial de la novísima república. En materia editorial el pionero fue el español Antonio Barreiro y Ramos (1851-1916), natural de La Coruña, fundador en 1871 de la Librería Nacional.

Los antecedentes más inmediatos fueron la Imprenta Artística de Dornaleche y Reyes y el trabajo que había llevado adelante Francisco Vázquez Cores, maestro español fuertemente vinculado a la reforma de José Pedro Varela (1845-1879), proceso de apropiación, reorganización y centralización del sistema educativo uruguayo que pasó de ser mayormente privado con formación religiosa, para transformarse en un sistema público, gratuito y laico, gestionado por el Estado. Estableciéndose en un local cercano a la antigua Ciudadela de Montevideo, Barreiro y Ramos inicialmente se dedicó a la venta de libros para dar paso después a la edición, impulsado también por la reforma educativa vareliana. En 1890 Barreiro y Ramos inauguró sus colecciones con la Biblioteca Popular de Historia Nacional en la que se dieron a conocer los trabajos de los primeros historiadores, como Francisco Bauzá, Clemente Fregerio y Carlos María Ramírez. Con posterioridad, debido al éxito empresarial alcanzado, instaló en su establecimiento talleres gráficos, completando de esta forma el proceso editorial (impresión, edición y comercialización). Su trabajo como editor fue fundamental en la incipiente Montevideo de mediados del siglo XIX.

En los albores del siglo XX, resulta ineludible la mención al editor de origen italiano Orsini Bertani. Su incidencia en el medio cultural del período va a coincidir con la producción de los integrantes de la Generación del Novecientos, a quienes editó mayoritariamente. Orsini Bertani no solo fue editor, también fue librero e impresor. Al igual que en el caso de la Librería Nacional de Barreiro, la llamada Librería Moderna de Bertani funcionó a su vez como cenáculo de escritores, poetas y artistas del primer cuarto del siglo XX. Anteriormente el editor había entrado en contacto con la élite cultural del país, participando de las tertulias que tenían lugar en el Café Moka, el Polo Bamba y el Café Carlitos, entre otros. Fomentó también la traducción de escritores extranjeros como Guy Boothby, Anatole France, Jean-Marie Guyau y Gastón Leroux, entre otros.

En la segunda mitad de la década del siglo XX, coincidente con el aumento de la matrícula en Educación Secundaria, la etapa de Claudio García, otro inmigrante español, será más expansiva. Su estrategia se centró en conseguir ediciones de bajo costo para el mercado interno con el sello editorial La Bolsa de los Libros, buscando de esta manera incrementar el público lector. A comienzos de los treinta creó la emblemática colección Biblioteca Rodó, dedicada exclusivamente a la publicación de autores nacionales, en tanto que en la Colección Cultura se editaban autores extranjeros, clásicos y actuales, desde Cicerón a Lord Byron, José Asunción Silva, Rubén Darío, José Santos Chocano, Friedrich Nietzsche o William James, entre otros.

Como antecedente a las acciones tanto de Bertani como de García, pero fundamentalmente a la labor de este último, en la otra margen del Plata durante la década de los años veinte, las publicaciones periódicas de novelas y cuentos en Buenos Aires comenzaron a abrir el camino para posibilitar proyectos editoriales que no se centraran ya únicamente en revistas, sino también en libros de autores argentinos, tal como señala Jorge Rivera. Este proceso coincidió con el fin de la Biblioteca de la Nación, en 1920.

En la segunda mitad de la década de los cuarenta tendrá lugar el surgimiento de una nueva generación de lectores en América Latina que determinará, posteriormente, el ya conocido boom de la novela latinoamericana. Con la llegada al continente de los refugiados españoles de la Guerra Civil (1936-1939), entre ellos escritores como Juan Ramón Jiménez, León Felipe, Rafael Alberti, editores como Gonzalo Losada y Antonio López Llausás, a los que se sumaron docentes como José Gaos y Xavier Zubiri, se impulsaron emprendimientos editoriales que provocaron, al decir de Emir Rodríguez Monegal, un verdadero renacimiento cultural en Uruguay.

En 1950, el Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social creó la Comisión Editora de la Biblioteca Artigas (Justino Zavala Muniz, Juan E. Pivel Devoto, Dionisio Trillo Pays y Juan C. Gómez Alzola) para la edición de la Colección de Clásicos Uruguayos; esta comenzó a editarse en 1953 con el volumen inaugural Artigas, escrito por Carlos María Ramírez. La colección publicó un total de 166 títulos.

En relación a los medios y estrategias orientados a la promoción de la lectura que a comienzos del siglo XX trazaron en la sociedad montevideana un camino hacia lo que luego, mediando el siglo, comenzaría a gestarse como el proyecto editorial montevideano de la década de los sesenta, es necesario considerar como antecedente fundamental para cualquier abordaje cultural y literario posterior a 1939 la referencia a la Generación del 45 y su incidencia en lo que posteriormente se denominó «el boom editorial montevideano», protagonizado por las tres editoriales más importantes del período: Alfa (1958), Ediciones de la Banda Oriental (1961) y Arca (1962). Este proceso tuvo lugar a fines de la década del cincuenta y durante todos los sesenta, interrumpiéndose en 1973 como consecuencia del Golpe de Estado cívico-militar (1973-1985). De las tres editoriales antes mencionadas, Arca pierde a Ángel Rama como responsable a consecuencia de su exilio, mientras que Alfa corre igual suerte luego de la partida de Benito Milla. Ambos estarán a cargo en Venezuela de dos de los emprendimientos editoriales más importantes del momento: la Biblioteca Ayacucho y Monte Ávila, respectivamente.

De las editoriales emblemáticas de los sesenta pervivieron durante la última dictadura uruguaya, con las restricciones del caso, Ediciones de la Banda Oriental y Arca. Al igual que ocurrió en otros países del continente, la apertura democrática coincidió con una profundización en el proceso de la globalización en el campo editorial, como sucedió, pero en escala mucho menor, en Argentina con la presencia e incidencia de editoriales como Sudamericana, Planeta, Plaza & Janés, Kapelusz y Santillana, que comenzaron a instalarse progresivamente en el Uruguay como consecuencia de la expansión regional.

Una de las primeras editoriales nacionales de este segundo período, Trilce (1985), junto con Ediciones de Uno (editorial rupturista fundada por Luis Bravo, Daniel Bello, Gustavo Wojciechowski, Diego Techeira, Miguel Ángel Olivera, Héctor Bardanca y Agamenón Castrillón que había publicado sus primeros títulos en 1982), van a pautar en cierta medida la aparición a comienzos del siglo XXI de las llamadas editoriales «independientes», favorecidas por el abaratamiento de los costes que posibilitan las nuevas tecnologías. Entre ellas se destacan Yaugurú, Irrupciones Grupo Editor, Civiles iletrados, La Propia Cartonera, Rumbo Editorial, Criatura Editora, Antítesis, Fin de Siglo, Casa Editorial HUM y Estuario Editora.

Alejandra Torres Torres

(Universidad de la República, Montevideo)

Cubierta de «Historia de la Literatura Gauchesca en el Uruguay 1810–1940» (1945), de Domingo A. Caillava, Colección Biblioteca Rodó.

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